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MEDITACIÓN DE EUROPA
Este trabajo ha sido elaborado por un grupo de alumnos y alumnas de 2º de bachillerato – modalidades Humanidades y Ciencias Sociales- del I.E.S. Alisal, de Santander, para la 49ª convocatoria del concurso “Europa en la Escuela” ( B.O.E. 24 de enero del 2002).
Coordinador: Pedro Torres Beldarrain, profesor de Historia de la Filosofía.
Febrero de 2005
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Septiembre de 1949, Berlín. El filósofo español José Ortega y Gasset pronuncia una conferencia bajo el título Meditación de Europa ante un grupo de estudiantes alemanes que le escuchan, si hacemos caso de sus palabras, con efusiva cordialidad. Comienza su alocución con estas palabras: “ Pienso que es en Berlín, precisamente en Berlín, donde se debe hablar de Europa”. Conviene recordar, antes de continuar con las palabras de Ortega, la imagen que ofrecía Berlín, como tantas ciudades alemanas y europeas, en aquellas fechas: ruinas, el duro trabajo de la reconstrucción. Ortega sigue dictando su conferencia: ”Las ruinas forman parte de la íntima economía de la historia. Las ruinas son ciertamente terribles para los arruinados, pero más terrible sería que la historia no fuese capaz de ruinas. No tendríamos lugar donde poner nuestros pies (...) Sobre este fondo, que es nuestra inmediata actualidad, intentemos decir algo sobre Europa". (1)
Retrocedamos unos años: 1944. Alemania y Europa entera están devastadas, material y espiritualmente. El delirio imperial de Hitler, el Tercer Reich, ha conducido a las naciones europeas a un conflicto bélico de proporciones antes desconocidas. Los muertos, militares y civiles, se cuentan por millones. El fin de los combates va dejando al descubierto las atrocidades cometidas durante la contienda. Europa está rota: entre vencedores y vencidos, entre vencedores de un signo y de otro –pronto aparecerán las diferencias entre las potencias occidentales y la U.R.S.S.- Y en el interior de cada nación, comienza un doloroso examen de conciencia para clarificar la posición que cada uno adoptó durante la guerra.
Pero de las ruinas de la guerra brota también el aliento de una reconciliación inevitable y las mentes más lúcidas del continente comienzan a construir un marco institucional en el que las naciones europeas puedan cooperar y establecer vínculos duraderos. Sólo así será posible evitar en adelante la repetición de acontecimientos tan dramáticos como los que acaban de vivirse. Los progresos más decididos se dan en los ámbitos de la integración económica y militar. En 1948 se crea en París la Organización Europea de Cooperación Económica, organización instrumental para la distribución de los fondos del Programa de Reconstrucción Europea (Plan Marshall) diseñado por la administración estadounidense unos meses antes. Ese mismo año comienza a funcionar la unión aduanera entre Bélgica, Luxemburgo y los Países Bajos (Benelux) y en 1950 se presenta el Plan Schuman con el objetivo de crear un Mercado Común Europeo del Carbón y del Acero, poniendo así bajo una dirección común estos dos sectores estratégicos. Los esfuerzos de integración económica desembocarán en la creación de la Comunidad Económica Europea (Tratados de Roma, 1957), germen de la actual Unión Europea. En el terreno militar también progresa la cooperación entre las naciones europeas. En 1948, los países del Benelux, Francia y Gran Bretaña firman el Pacto de Asistencia Mutua en Bruselas, centro ya entonces del movimiento europeísta. Este pacto dará lugar dos años más tarde a la Comunidad Europea de Defensa, con participación de la recién creada República Federal de Alemania.
En el terreno político, diversas organizaciones inspiradas en la idea de una Europa unida forman un Comité que convoca en 1948 el Congreso de La Haya, conocido también como el Congreso de Europa. En 1949 nace el Consejo de Europa con el objetivo de “ alcanzar una mayor unidad entre sus miembros para el propósito de salvaguardar y realizar los principios e ideales que son su herencia común y facilitar su progreso económico y social” (2). Otros proyectos de cooperación política, como la ambiciosa Unión Europea proyectada por los “federalistas” (1950-51) terminan fracasando por las reservas de algunos Estados, pero dan testimonio de lo lejos que llegaron en los primeros años de la posguerra las ambiciones europeístas de muchos políticos, intelectuales y movimientos sociales. De otra parte, al tiempo que las naciones de Europa occidental progresan en la integración, se consuma la división del continente en dos bloques de influencia aparentemente irreconciliables. La línea divisoria se conocerá como el telón de acero.
Septiembre de 1949, Berlín: una ciudad en ruinas, vencida y dividida. ¿Quién era entonces José Ortega y Gasset? En un breve texto que el gran filósofo alemán Martin Heidegger escribió con ocasión de la muerte de Ortega, describe su encuentro con éste en 1951 de esta manera: “Parecía hallarse deprimido. Me hizo una seña y me senté junto a él, no sólo por cortesía, sino porque me cautivaba también la gran tristeza que emanaba de su figura espiritual. Pronto se hizo patente el motivo de su tristeza. Ortega estaba desesperado por la impotencia del pensar frente a los poderes del mundo contemporáneo. Pero se desprendía también de él al mismo tiempo una sensación de aislamiento que no podía ser producida por circunstancias externas (...) Muy pronto el coloquio se centró en la relación entre el pensamiento y la lengua materna”. (3) En 1949, José Ortega y Gasset era un sexagenario pensador español conocido y respetado en los círculos académicos europeos, especialmente desde la aparición en 1930 de su libro La rebelión de las masas, una de las obras escritas en español que más difusión ha tenido en otras lenguas y que mayor influjo ha ejercido fuera de nuestras fronteras. En este libro Ortega hacía un análisis preciso de la sociedad europea de aquel momento y constataba la falta de aliento espiritual de Europa, su pérdida de liderazgo en el mundo y la amenaza de graves convulsiones sociales de las que serían protagonistas unas masas despersonalizadas, carentes de verdaderas ideas y huérfanas de líderes a la altura de los tiempos. La clarividencia de su diagnóstico no pasó inadvertida y le valió el reconocimiento de los intelectuales europeos. Pero en 1949 Ortega no era ya un pensador de moda en España. Había tenido su momento de gloria en los años que precedieron a la guerra civil, como figura destacada del amplio movimiento social en favor de la República. Había llegado a ser catedrático de Metafísica en la Universidad Central de Madrid y diputado en Cortes y sus libros, artículos y conferencias le habían proporcionado una generosa presencia en la vida pública española. Sin embargo, en 1949 Ortega era un personaje incómodo al que la cultura oficial de su país ignoraba. Daba cursos y conferencias sin ocupar cátedra universitaria alguna y no terminaba de desprenderse de su condición de discreto exiliado, que le había llevado por diversos países de Europa y América desde que estallara la guerra civil en 1936.
Para completar esta sucinta descripción de la circunstancia histórica y del personaje, hemos de decir algo de la situación de nuestro país en aquel tiempo. En 1949, España era un país empobrecido en manos de una dictadura militar, aislado diplomáticamente, excluido de la Organización de las Naciones Unidas, del Plan Marshall, de las instituciones de integración europea. Como irónicamente dijera el propio Ortega, un país que colgaba de un extremo del continente no sólo geográficamente, sino también política, cultural y espiritualmente.
Entender el pensamiento de Ortega sobre Europa y el modo como él entendía las relaciones entre España y Europa nos obliga a viajar hacia atrás en el tiempo: nada menos que cuarenta años, hasta sus primeros escritos de 1908-1909. Situémonos pues antes de la Segunda Guerra Mundial, antes de la contienda civil y aun antes de la Gran Guerra. Vayamos al tiempo en que los intelectuales españoles se preguntaban por el papel de España en el mundo después de la pérdida de sus últimas colonias ultramarinas, las que habían hecho vivir a los españoles en el espejismo de que aún eran cabeza de un imperio. Es el momento de la dolorosa toma de conciencia de nuestra devaluada y excéntrica posición en el concierto europeo e internacional. Es conocido el diagnóstico de Ortega y su receta: España es el problema, Europa la solución. Pocos años antes, Ortega había regresado de ampliar sus estudios filosóficos en Alemania y este país era para él el epítome del ideal de cultura al que España debía aspirar. En sus primeros escritos se refiere Ortega al déficit cultural de nuestro país, a nuestra pereza para los trabajos intelectuales y para proponernos empresas de altura. Se lamenta de la escasa atención que nuestras autoridades prestan a la investigación científica y a la instrucción de los jóvenes, denuncia la ausencia de sensibilidad para los valores cívicos, para las virtudes propias de la convivencia civilizada. Todo esto que nos falta y que es la causa de nuestro atraso y de nuestro aislamiento, piensa Ortega que debemos buscarlo en Europa: en esta palabra se resume todo un proyecto de convivencia y cultura para el joven profesor de filosofía que se estrena por aquellos años en la tribuna pública, el ideal al que España debe mirar.
“ Europa, señores, es ciencia antes que nada: ¡amigos de mi tiempo, estudiad! Europa es también sensibilidad moral, pero no de la vieja moral cristiana de las intenciones, sino de esta otra moral de la acción, menos mística, más precisa, más clara que antepone las virtudes políticas a las personales, porque ha aprendido que es más fecundo mejorar la ciudad que el individuo. (...)Puesto que no podemos aprender estas virtudes en español, estamos obligados a buscarlas dondequiera que se hallen. Tomando el bastón de hacer camino echémonos por el mundo y peregrinemos en busca de los santos de la tierra. Y luego, a nuestra vuelta, encendamos la pura alma del pueblo con las palabras de idealismo que aquellos hombres de Europa nos hayan enseñado.” (4)
Partiendo de esta convicción, Ortega se convierte durante los años que siguen en adalid de un movimiento reformista de gran alcance que culminará veinte años más tarde con el advenimiento de la República (1931), a la que nuestro pensador saludará con la esperanza de que las ansias de progreso y regeneración de una parte importante de los españoles encuentren concreción y den fruto. Pero mientras España celebra la llegada de la República, una sombra se cierne sobre Europa. Una grave incertidumbre pesa sobre las ideas y los valores europeos en los que Ortega había puesto su confianza. El ascenso del fascismo en Italia, del nacionalsocialismo en Alemania, la consolidación del socialismo real en la URSS, la crisis del parlamentarismo en todo el continente, significan la pérdida de confianza en el individuo y en las minorías dirigentes, la exaltación de las masas, el sometimiento de los líderes políticos a las exigencias de la mediocridad. Europa pierde su señorío sobre sí misma, su ideal y, consecuentemente, su papel rector en el mundo. En esta delicada situación, Ortega es capaz de barruntar una vía de salida, un modo de superar la crisis. En la segunda parte de La rebelión de las masas (1930), escribe:
“Sufre hoy el mundo una grave desmoralización, que entre otros síntomas se manifiesta por una desaforada rebelión de las masas, y tiene su origen en la desmoralización de Europa. (...) Los europeos no saben vivir si no van lanzados en una gran empresa unitiva. Cuando ésta falta, se envilecen, se aflojan, se les descoyunta el alma. Un comienzo de esto se ofrece hoy a nuestros ojos. Los círculos que hasta ahora se han llamado naciones llegaron hace un siglo, o poco menos, a su máxima expansión. Ya no puede hacerse nada con ellos si no es trascenderlos. Ya no son sino pasado que se acumula en torno y bajo lo europeo, aprisionándolo, lastrándolo. Con más libertad vital que nunca, sentimos todos que el aire es irrespirable dentro de cada pueblo, porque es un aire confinado (...) Sólo la decisión de construir una gran nación con el grupo de los pueblos continentales volvería a entonar la pulsación de Europa. Volvería ésta a creer en sí misma, y automáticamente a exigirse mucho, a disciplinarse.” (5)
La tesis de Ortega se resume en la idea de que los proyectos nacionales de los pueblos europeos han agotado su ciclo. La empresa que los mantenía en forma ha terminado y sólo una empresa nueva, un proyecto integrador más ambicioso que supere los confines de las viejas naciones, puede devolver a los pueblos europeos su tono vital. Aparece claro en este punto - y esta idea reaparecerá en su conferencia de Berlín de 1949- que superar el horizonte de los proyectos nacionales no significa disolver o renunciar a las naciones, al fruto del proyecto anterior. Ortega propone construir una Europa de las naciones. Éstas son los sujetos de la empresa de integración en ciernes. “En la superación europea que imaginamos, la pluralidad actual no puede ni debe desaparecer. Mientras el Estado antiguo aniquilaba lo diferencial de los pueblos o lo dejaba inactivo, fuera o a lo sumo lo conservaba momificado, la idea nacional, más puramente dinámica, exige la permanencia activa de ese plural que ha sido siempre la vida de occidente.” (6) Y cuatro años más tarde, en 1934, con Hitler, Musolini y Stalin ya en el poder, escribe en el prólogo a la cuarta edición de España invertebrada que el fracaso de los movimientos políticos que se sustentan en la exaltación de las masas es inevitable. Este fracaso sobrevendrá como consecuencia de su propia inconsistencia, de su arrogante incapacidad para enervar la sociedad europea. Sobre este fracaso será posible iniciar una nueva construcción:
“ Y entonces se verá, con gran sorpresa, que la exaltación de las masas nacionales y de las masas obreras, llevada al paroxismo en los últimos treinta años, era la vuelta que ineludiblemente tenía que tomar la realidad histórica para hacer posible el auténtico futuro, que es, en una u otra forma, la unidad de Europa”. (7)
Como ocurre siempre, afirma Ortega, la solución definitiva de una crisis sólo aparece cuando se han ensayado sin éxito las demás alternativas. La exaltación nacionalista que condujo a la guerra en 1939 era el canto de cisne de una política vieja, agotada: la política del equilibrio de poderes entre las naciones europeas, que se renovaba y afirmaba periódicamente mediante conflictos bélicos.
Y ha llegado el momento de exponer, por fin, las ideas fundamentales de la conferencia de Berlín a la que hacíamos referencia al comienzo de este trabajo (8). En ella afirma Ortega la existencia de una verdadera sociedad europea - que se manifiesta, por ejemplo, en una opinión pública europea- caracterizada por una forma dual de vida. De una parte, la sociedad europea es portadora de un repertorio común de ideas, maneras y entusiasmos. La sustancial homogeneidad de la sociedad europea es el resultado de una prolongada y efectiva convivencia (en la paz o en la guerra). Podemos hablar así de un espacio histórico común, de una auténtica comunidad de vida bajo un definido sistema de usos. En ese ámbito común se han ido formando poco a poco, por diferenciación sucesiva, las naciones europeas como núcleos más densos de socialización. Homogeneidad y diversidad son las dos caras de la sociedad europea. La unidad europea no es, por tanto, mero programa político para el porvenir, sino principio metódico que nos permite comprender la historia del continente.
La sociedad de cada una de las naciones europeas tiene por tanto desde un principio dos dimensiones: la gran sociedad europea – la civilización europea- y los usos particulares, diferenciales, nacionales. Ortega descubre un ritmo histórico en el predominio de una u otra de estas dimensiones sobre la otra y habla de una pendulación entre lo europeo y lo nacional. Ejemplo de predominio de lo europeo sobre lo nacional es el Imperio Carolingio del siglo IX o el Siglo de las Luces. Ejemplo de exaltación de lo nacional son el siglo XVII, momento de eclosión de las modernas naciones en el escenario europeo o el siglo XIX, el siglo de los nacionalismos. Pero aun en los momentos en los que con más fuerza se han afirmado las naciones, éstas han tomado conciencia de sí mismas comparándose y midiéndose con las demás naciones, con las cuales se sentían al mismo tiempo formando una comunidad más amplia. Esta rivalidad en comunidad es la que ha forjado el llamado equilibrio europeo (balance of power) que es la forma que ha adoptado el poder político en el continente. Ortega ve en este equilibrio dinámico una cierta forma de Estado europeo. En opinión del pensador español, las diferentes empresas nacionales (la nación no puede vivir apoyándose sólo en la tradición, sino que se nutre de su propio dinamismo, sólo puede perdurar si es también empresa, proyecto de futuro) han llegado a una situación de agotamiento, han perdido su capacidad para movilizar a sus pueblos.
“Las naciones europeas han llegado a un instante en que sólo pueden salvarse si logran superarse a sí mismas como naciones, e.d., si se consigue hacer en ellas vigente la opinión de que la nacionalidad como forma más perfecta de vida colectiva es un anacronismo, carece de fertilidad hacia el futuro, es, en suma, históricamente imposible”. (9)
En opinión de Ortega, si no se comienza enérgicamente y de forma inmediata – de hecho la tarea había comenzado ya - a trabajar en el sentido de articular las naciones europeas en una unidad política supranacional, éstas pasarán rápidamente de liderar el mundo a sumirse en un proceso irreversible de degradación.
A estas alturas de nuestra exposición sorprende la capacidad de Ortega para interpretar la circunstancia histórica que le tocó vivir, para ver destacarse desde lejos los acontecimientos que iban a marcar los destinos de Europa durante el siglo XX. Sorprende más aún si tenemos en cuenta que su vida y su trabajo tuvieron por principal escenario una nación periférica y aislada. La intuición central de su pensamiento europeísta permanece plenamente vigente y puede resumirse así: los proyectos nacionales sólo pueden conservar su dinamismo en el sentido de superar (en lo económico, en lo político y aun en lo estético y lo moral) los confines de las actuales naciones europeas. Que el proyecto de unidad europea tiene la virtud de movilizar y dar cauce a fuerzas que otro modo quedarían inéditas o dispersas es incuestionable. Como lo es que este proyecto no surge de la nada, sino que hunde sus raíces en una herencia secular de ideas, valores y tradiciones comunes (el derecho, el amor por las libertades, las instituciones democráticas). Es evidente también, como dice Ortega, que la unidad europea expresa también la voluntad de seguir desempeñando en el mundo un papel relevante (“mandar en el mundo”, dirá) y no por un arrogante afán de dominio, sino por el legítimo orgullo asociado a la convicción de que los europeos tenemos algo importante y valioso que decir, por sentirnos depositarios y guardianes de instituciones y valores que merece la pena que sean defendidos, en los que reconocemos vocación de universalidad. En la concreción y definición de estos valores - nuestra civilización- es donde en ocasiones chirría el lenguaje de Ortega, dando testimonio de las limitaciones que el contexto histórico impone a cualquier pensador. La Europa en la que hoy vivimos es, y lo será cada vez más, una sociedad plural, no sólo en el sentido de la pluralidad de naciones a la que se refiere Ortega sino, en virtud del fenómeno de la inmigración, una sociedad multicultural. No podemos definir lo europeo identificándolo, como hace Ortega en algún pasaje de sus obras más tempranas, con lo ario, con el Imperio Romano o con la Cristiandad. No podemos construir nuestra identidad frente a los árabes o los turcos, por mucho que históricamente la conciencia europea se haya alimentado de estas oposiciones. Muchos hombres y mujeres de origen árabe o turco son hoy ciudadanos europeos. Hombres y mujeres de diferentes confesiones conforman esa realidad plural que es Europa y que tiene por seña de identidad la aspiración a convivir en una cultura de la democracia, las libertades y los derechos humanos. En cualquier caso, la obra de José Ortega y Gasset es un valioso ejemplo de cómo en un tiempo histórico marcado por dos guerras entre europeos y desde una nación excéntrica del continente, una inteligencia brillante supo ver que del Atlántico a los Urales es posible y necesario construir la unidad europea sobre valores e ideales comunes. Europa es empresa y tradición. Empresa posible y necesaria por ser portadora desde hace varios siglos una tradición común.
NOTAS
(1) ORTEGA Y GASSET, J. Meditación de Europa. Revista de Occidente, Madrid, p.21
(2) CONSEJO DE EUROPA, Estatuto, capítulo I, en www.coe.int
(3) HEIDEGGER, M. Encuentros con Ortega y Gasset, 1956, en www.piedraverde.com
(4) ORTEGA Y GASSET, J. Los problemas nacionales y la juventud, 1909. En Obras Completas, tomo X. Revista de Occidente, Madrid, 1969. p. 118.
(5) ORTEGA Y GASSET, J. La rebelión de las masas. Colección Austral, p. 118.
(6) ORTEGA Y GASSET, J. La rebelión de las masas. Colección Austral, p. 200.
(7) ORTEGA Y GASSET, J. España invertebrada, en Obras Completas, Revista de Occidente, Madrid.
(8) ORTEGA Y GASSET, J. Meditación de Europa. Revista de Occidente. Madrid, 1960.
(9) ORTEGA Y GASSET, J. Meditación de Europa. Revista de Occidente. Madrid, p. 46.
Este trabajo ha sido elaborado por un grupo de alumnos y alumnas de 2º de bachillerato – modalidades Humanidades y Ciencias Sociales- del I.E.S. Alisal, de Santander, para la 49ª convocatoria del concurso “Europa en la Escuela” ( B.O.E. 24 de enero del 2002).
Coordinador: Pedro Torres Beldarrain, profesor de Historia de la Filosofía.