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EL ESPEJO Y YO (por Francisco Umpiérrez Sánchez. Las Palmas. Publicado
en Noviembre de 2002).
Los artistas prefieren los objetos sensibles frente a los objetos conceptuales.
La razón estriba en que los primeros pueden verse, oírse y tocarse, mientras que
los segundos sólo pueden pensarse.
Pero los artistas no se interesan por los objetos sensibles como lo hacen los
hombres prácticos, ajenos a consideraciones transcendentales, sino que en ellos
buscan la belleza de sus formas y sus profundos significados humanos. En este
sentido están más cerca de los filósofos, que captan lo profundo del mundo
mediante el concepto, que del hombre práctico, que se contenta con el aspecto
exterior y superficial de las cosas. Las seis meditaciones que hoy entrego a la
inteligencia del lector están dirigidas especialmente a los artistas, para que
observen cómo en un hecho tan sencillo y universal, la relación de nuestro yo
con el espejo, se esconden secretos conceptuales maravillosamente dialécticos.
Primera meditación. Cuando uno se pone delante de un espejo, circunstancia a la
que nos exponemos todas las mañanas, uno se ve en espejo. Pero si uno se ve en
el espejo, será porque uno está en el espejo. Por lo tanto, yo no soy uno, como
al principio de esta meditación creía, sino dos: por un lado, soy yo en mí
mismo, fuera del espejo, y por otro lado, soy yo en otro, en el espejo, fuera de
mí mismo. Este es el primer secreto conceptual que descubro en esta experiencia:
que yo no sólo existo en mí mismo, sino también fuera de mí mismo.
Segunda meditación. Cuando yo existo fuera de mí mismo, no sólo existo en el
espejo, sino también en la retina de las personas que me ven, en las fotografías
de los familiares que me recuerdan, y en la conciencia de los amigos que me
sueñan. Por lo tanto, yo en mí mismo soy uno, pero fuera de mí mismo soy muchos.
Este es el
segundo secreto conceptual que descubro en esta experiencia: que me multiplico,
que lo uno se vuelve múltiple.
Tercera meditación. Si mañana mismo por un sencillo azar del destino me muriera,
yo en mí mismo dejaría de existir, pero fuera de mí mismo seguiría conservando
la existencia: en las fotografías, en los sueños de los vivos, y en cera o en
mármol si con la llegada de la posteridad la sociedad me volviera estatua. Por
lo tanto, yo en mí
mismo soy perecedero, pero fuera de mí mismo me vuelvo eterno. Este es el tercer
secreto conceptual que descubro en esta experiencia: que lo caduco se transforma
en eterno.
Cuarta meditación. Yo en mí mismo no soy como fuera de mí mismo: en mí mismo soy
cuerpo y soy apariencia, pero fuera de mí mismo, en el espejo, sólo soy
apariencia. La primera y segunda meditación me proporcionaron la inmensa alegría
de que yo existía y me multiplicaba fuera de mí mismo, pero ahora me llevo el
disgusto de
que cuando esto ocurre, cuando existo fuera de mí mismo, experimento la pérdida
de mi anhelado cuerpo. Este es el cuarto secreto conceptual que descubro en esta
experiencia: perdemos el cuerpo cuando pasamos a existir fuera de nosotros
mismos.
Quinta meditación. El hombre del espejo, que hasta ahora había estado callado,
toma el turno de la palabra: "es natural y comprensible que estés preocupado por
el destino de tu cuerpo, puesto que eres finito y temes a la muerte, pero para
mí tal preocupación no existe. Sé que necesito un cuerpo donde cobrar
existencia, pero me es indiferente cuál sea ese cuerpo: puede ser tu cuerpo de
carne y sangre, el cristal del espejo o el mármol.
Por lo tanto, yo soy siempre uno y el mismo, mientras que mis cuerpos son muchos
y variados". Este es el quinto secreto conceptual que descubro en esta
experiencia: si en la segunda meditación mi cuerpo era lo uno y mi apariencia lo
múltiple, en esta quinta meditación las cosas se invierten: mi apariencia es lo
uno y el cuerpo lo múltiple.
Sexta meditación. En esta última meditación la iniciativa también corre a cargo
del hombre del espejo: "Tu crees que tu cuerpo es la sustancia y el sujeto de
este proceso y que tu apariencia no es más que uno de sus accidentes o
atributos, como pueden serlo igualmente tu peso y tu habla. Pero te equivocas:
la verdadera sustancia y sujeto de este proceso soy yo, tu apariencia, mientras
que tu cuerpo no es más que uno de sus accidentes o atributos, como pueden serlo
igualmente el cristal del espejo, la cera o el mármol. Este el sexto y último
secreto
conceptual que descubro en esta experiencia: que el sujeto se transforma en
atributo y el atributo en sujeto.
Cordialmente,
Francisco Umpiérrez