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La lengua olvidada
Carlos Montuenga
Llegamos esta mañana. Yo me había quedado dormida, y cuando el tren se detuvo abrí los ojos con sobresalto sin saber qué ocurría; oí a papá hablando con alguien en el pasillo del vagón, y tía Emi, que estaba sentada frente a mí, se arreglaba el pelo mirándose en un espejito que siempre lleva en su bolso. El sol caía a raudales por la ventanilla y, para disgusto de la tía, una mosca revoloteaba sin cesar entre nosotras, golpeándose una y otra vez contra el cristal como si estuviera ansiosa por escapar del vagón y verse en libertad; me dio pena de ella, descansaba unos instantes frotándose las patitas delanteras, igual que si reflexionara sobre lo que debía hacer, y luego volvía a repetir lo mismo, pero claro, sin conseguir nada; pobrecilla, me entraron ganas de ayudarla, pero las ventanillas de los trenes están siempre cerradas y las moscas no pueden comprenderlo, o a lo mejor sí, pero son muy cabezotas y no se resignan a que algo invisible las impida ir por donde quieren. Cuando bajamos del tren, vi que la estación se parecía mucho a otras de esta comarca: una casona de ladrillo oscuro con muchas flores en las ventanas y los cercos pintados en blanco; además, había un gran reloj dorado delante de la salida. En el andén se veía poca gente, algunos de pie con maletas, y otros sentados en un banco largo junto a la salida; una mujer joven, alta, de piel muy clara y con un bonito cabello negro que le caía por la espalda, se quedó un momento mirándome con curiosidad cuando pasé junto a ella, pero no dijo nada; eso me molestó un poco, aunque luego pensé que seguramente me habría confundido con otra persona.
Roslare es un pueblo pequeño junto al mar, pero no tiene playa, todo son rocas de color negro entre las que vuelan miles de gaviotas y otros pájaros más grandes que no había visto nunca, con una especie de buche bajo el pico donde meten pequeños peces. Sobre el acantilado hay un paseo de césped bordeado por tilos; cuando levanta la bruma del mar se puede ver a lo lejos un islote que la gente de por aquí llama Roca de San Andrés. Allí hay un faro y, al anochecer, su luz brilla sobre la oscuridad del mar. Las calles del pueblo son bastante empinadas y terminan en un puerto no muy grande, donde entran y salen barcos de pesca y también otros que transportan fruta, aceite y muchas cosas más. En el muelle se ven mujeres que llevan cestos con la pesca de un lado para otro o se pasan horas y horas junto a los barcos mientras cosen redes. Las casas de aquí no tienen más de tres pisos y las ventanas son pequeñas, pero en algunas se ven miradores de cristal muy bonitos; la nuestra no tiene mirador pero hay un balcón largo de madera pintado en verde que da a un jardín con macizos de hortensias, begonias y brezo; también hay varios manzanos y, junto a ellos, una mesa de piedra en la que a veces comemos cuando hace buen tiempo; a mí me gusta sentarme bajo los manzanos y escribir en mi cuaderno, pero solo lo hago cuando tía Emi baja al pueblo para solucionar algo o visitar a una señora, amiga suya, que suele pasar aquí los veranos. A la tía no le gusta que yo escriba cosas, dice que con trece años debería esforzarme más en estudiar y sacar buenas notas, en vez de perder el tiempo imaginando fantasías. Siempre me está repitiendo lo importante que son las mates; dice que ayudan a ejercitar la mente y enseñan a pensar con claridad. A veces, me pone problemas para que le entregue las soluciones al día siguiente. Tía Emi trabaja en un banco y es una persona lista, pero hay cosas mías que sería incapaz de entender, por eso procuro que el cuaderno no esté a la vista, y cuando termino de escribir lo dejo bien guardado entre ropa, en un cajón de mi armario. Por detrás de la casa, al final del jardín, se extiende un muro alto de piedra cubierto por lilas y madreselva. Desde mi cuarto se ven prados al otro lado del muro, y más allá, sobre una colina cubierta de bosques, asoma un caserón con tejado oscuro y varias chimeneas; papá me ha dicho que es una antigua mansión donde nadie vive desde hace mucho tiempo. Al poco de llegar, vi un gato blanco que estaba sobre el muro, muy quieto, como si durmiera o tomase el sol; lo he vuelto a ver otras veces en el mismo sitio y, si me acerco, él lo sabe al momento por mucho que yo intente andar despacito, sin hacer nada de ruido; abre los ojos, se despereza y me observa con gran atención; entonces, tengo una sensación rara, como si al mirarme pudiera ver dentro de mí y saber lo que pienso. Yo, por si acaso, intento no pensar nada malo y enseguida me alejo de él para dejar que siga descansando sin que nadie lo moleste. Me recuerda mucho a Riquíqui, el gato que teníamos en casa cuando yo era pequeña, pero aquel no era de color blanco sino gris, con la cabeza negra y los ojos de un azul transparente. Riquíqui era muy inquieto, aunque cuando yo lo cogía en brazos, se convertía en un animal tranquilo y obediente, sobre todo si le rascaba con suavidad entre las orejas y le hablaba de mis cosas, igual que si fuera alguien capaz de entenderme. Muchas veces, sin que papá lo supiera, le dejaba subirse a mi cama por la noche; entonces yo era feliz, oyéndole ronronear a mi lado mientras me quedaba dormida. Fausti, nuestra asistenta, le tenía muchísimo miedo; nunca se acercaba a él, decía que era un demonio con figura de gato, y una vez que se fue la luz, estuvo más de una hora encerrada en la cocina, por temor a encontrárselo en algún rincón oscuro de la casa. A veces desaparecía por un tiempo, como si se esfumara en el aire; yo le buscaba por todas las habitaciones, mirando hasta debajo de las camas, pero nada. Papá procuraba quitarle importancia al asunto y me decía que no debía preocuparme, que los gatos son muy ágiles y les encanta moverse a su antojo por cualquier sitio, dentro y fuera de las casas; pero a mí eso me ponía más nerviosa aún, porque vivíamos en un sexto piso, y solo respiraba tranquila cuando Riquíqui aparecía otra vez.Anoche desperté de madrugada y, por más que cambiaba de postura y procuraba arreglarme la almohada para estar cómoda, no conseguía volver a coger el sueño. La casa estaba silenciosa, y a través de los visillos penetraba la luz de la luna envolviendo el cuarto en una claridad plateada. Me puse a mirar las cosas que había a mi alrededor: el armario a la derecha, la mesilla de noche con mi reloj de pulsera, la lámpara junto a la cama, una silla con ropa, las dos figuritas de porcelana cogidas de la mano, que están sobre la repisa, el libro que había dejado por la tarde sobre una mecedora, al lado de la ventana. Todo parecía distinto que durante el día; como no lograba dormirme, estuve un rato pensando en ello, pero pronto me cansé. Encendí la lamparita y cogí el libro; luego me senté en la cama apoyada contra la almohada y lo abrí por la señal que había dejado antes de acostarme. No sé cuánto tiempo estaría leyendo, solo recuerdo que cuando llegaba al final del capítulo en el que Jim está oculto dentro del barril, comiendo una manzana, y se entera por casualidad de que John Silver planea adueñarse del barco, empecé a sentir que se me cerraban los ojos y no era capaz de sostener el libro entre las manos. Soñé que iba andando por un camino recto que se perdía en la distancia, atravesando una inmensa llanura; el camino la dividía en dos, pero una parte no era igual a la otra; la parte izquierda estaba cubierta hasta el horizonte de tulipanes azules, y la derecha, de tulipanes amarillos. No se veía nada más, ni casas, ni árboles, ni nadie a quien pudiera preguntar dónde acababa aquel camino, solo había infinitos tulipanes azules y amarillos ondulándose en la brisa, como dos océanos resplandecientes bajo un sol de primavera. Pero en un instante, el cielo se cubrió de nubes negras y empezó a caer un fuerte aguacero. No existía ningún lugar donde pudiera refugiarme, así que me quedé sentada en el camino, hecha un ovillo, con la cabeza entre las rodillas. Así permanecí sin moverme, empapada por la lluvia, hasta que el sol empezó a lucir de nuevo, pero al ponerme en pie, los tulipanes eran más altos que yo, y no me dejaban ver la llanura. Crecían tan deprisa que los veía elevarse más y más sobre mi cabeza. No pararon de crecer hasta que sus tallos se hicieron gruesos como troncos de árbol y me vi rodeada por una selva que apenas dejaba pasar los rayos del sol. Seguí andando con mucha dificultad porque la maleza crecía por todas partes, ocultando el camino. Empecé a sentir miedo, pensando que nunca podría salir de un lugar como aquel, intenté trepar por uno de los tulipanes amarillos, pero el tronco era tan resbaladizo que resultaba imposible subir por él; en esto, pasó un pájaro negro volando sobre mí, y oí que chillaba: «¡Los azules, prueba los azules!». Decidí hacerle caso porque no tenía nada que perder, me encaramé a uno de los tulipanes azules y haciendo un gran esfuerzo logré subir uno o dos metros; entonces me detuve un momento a coger aire, apoyándome mientras tanto en un nudo del tronco, pero luego, al continuar trepando, me rozó el pelo un moscardón enorme que apareció de repente zumbando entre las hojas; con el susto perdí el equilibrio y acabé en el suelo, con la cara llena de tierra y un gran desgarrón en la falda. Entonces me puse furiosa y empecé a dar patadas a todo lo que encontraba a mi alrededor. Y en eso estaba, cuando me desperté.
Llevamos unos días con mucha niebla, y desde mi habitación puedo oír las sirenas de los barcos sonando en la lejanía. La tía me pidió que fuera a recoger en la farmacia unas gotas que suele tomar después de la comida. Cuando bajé al pueblo, las calles estaban casi desiertas y en la farmacia aún no habían subido el cierre. Me quedé dudando si regresar a casa para volver más tarde o esperar un poco a ver si abrían; entonces empezó a sonar una música muy agradable que venía del lado donde está el puerto y, sin pensarlo dos veces, me acerqué para ver quién tocaba. En el muelle, la mayoría de los barcos seguían amarrados y se notaba poco movimiento; algunos hombres fumaban sentados sobre cajas o se movían por las cubiertas arrastrando bártulos de aquí para allá, y otros hacían corro alrededor de un viejo muy delgado, con lentes y barba canosa, que tocaba el acordeón junto a la taberna donde suele reunirse la gente del mar. Me pareció una melodía muy bonita aunque un poco triste, pero luego siguieron otras más alegres que los demás corearon entre palmas y risas. Después entraron todos en la taberna y yo volví corriendo a la farmacia para recoger el encargo de tía Emi antes que se hiciera más tarde. De regreso a casa, mientras cruzaba la plaza de la iglesia caminando bajo los soportales, me sorprendió ver una tiendecita en la que no me había fijado hasta ese momento; sobre la puerta colgaba un escudo oxidado, con una estrella en la parte superior y, bajo ella, dos delfines saltando sobre las olas; a través de los cristales sucios del escaparate se podían ver objetos amontonados sin ningún órden: cristales de cuarzo, caracolas, anzuelos, pequeños ídolos rojos de formas extrañas, candelabros, cajitas de música, y otras muchas cosas que no sé bien cómo describir. También había algunos mapas muy viejos y una gran lámina enmarcada, de colores gastados por el tiempo, donde se veía un pulpo gigantesco de ojos saltones que agarra entre sus tentáculos una nave con las velas y los mástiles destrozados, mientras algunos supervivientes intentan alejarse en un pequeño bote, remando entre cortinas de espuma. Estuve tentada de entrar a mirar dentro, pero pensé que mejor lo dejaba para otro día.
Ayer estuvimos merendando en un pequeño café, cerca del paseo que bordea los acantilados. Tenían bollos típicos de aquí y yo me tomé uno grande con crema y almendras, que estaba buenísimo. Tía Emi solo tomó un té y dos o tres pastas; ella suele comer poco porque le preocupa mucho engordar, aunque nunca habla del asunto. El café estaba lleno, pero todos eran gente mayor; al fondo, en una mesa algo apartada, había un grupo muy ruidoso jugando a las cartas; de vez en cuando, uno alto y muy gordo, con gorra de marino, golpeaba la mesa y decía a gritos cosas que a los demás parecían hacerles mucha gracia, a juzgar por el escándalo que armaban a continuación. Cuando salimos del café, estuvimos andando bajo los tilos del paseo. El mar tenía un color azul oscuro y se veían cientos de gaviotas volando por todas partes. Mientras mirábamos cómo rompían las olas contra el acantilado, se me ocurrió decirle a tía Emi que, a lo mejor, algún día podíamos alquilar un coche para ir a conocer otros sitios de la costa; ella dijo que bueno, pero con lo poco que le gustan las excursiones, dejará pasar el tiempo a ver si mientras tanto me olvido de la cuestión y no vuelvo a decirle nada. Es una pena que papá haya tenido que regresar a casa por cosas de su trabajo. Ojalá pueda venir más adelante para estar con nosotras; me había prometido que iríamos en barco hasta la Roca para ver el faro, que en verano se puede visitar. Oí contar a la farmaceútica del pueblo que cuando había fareros, o sea, mucho antes de nacer yo, uno llegado de fuera que pasó dos años viviendo solo en ese faro, acabó volviéndose loco porque decía oír voces que le ordenaban abandonar el islote y no regresar nunca más; al parecer, la cosa empezó poco después de que un barco carguero, con grano y verduras, se hundiera no muy lejos de esta costa durante una fuerte tormenta. Dicen que todos los hombres de la tripulación desaparecieron con el barco, como tragados por el mar. Nunca llegó a encontrarse ningún cuerpo.
Llevo casi una semana sin escribir. Lo que me ocurrió el pasado domingo fue tan extraño que hasta ahora no me he decidido a poner nada en el cuaderno. Cuando me levanté, no se veía una sola nube, y daba gusto ver cómo brillaban las begonias y las hortensias bajo el sol de la mañana. Tía Emi no estaba, me había dejado una nota sobre la mesa de la cocina diciendo que no volvería hasta la tarde, pues pensaba asistir con su amiga a una ceremonia que se celebra todos los veranos en la iglesia del pueblo, y luego comerían juntas. Mientras me estaba calentando la leche para el desayuno, oí unos golpecitos tras de mí, y al volverme ví al gato blanco sobre el alféizar de la ventana. Me miraba fijamente, como tiene por costumbre, pero esta vez no sentí ninguna inquietud, sino que me alegré de volver a verlo; abrí enseguida la ventana para dejarle entrar y él saltó dentro, se rozó varias veces contra mis piernas sin dejar de mirarme, y luego empezó a curiosear de un lado para otro. Entonces fui un momento al comedor para coger unas galletas de chocolate que estaban sobre el aparador, y al volver a entrar en la cocina vi que el gato ya no estaba allí. Me costaba entender que se hubiera ido tan de repente, miré por la ventana y pude verlo correteando entre el brezo en dirección al muro de atrás. La verdad es que me puse un poco triste, porque creía que nos habíamos hecho amigos; salí al jardín, pero no lo encontré, y ya iba a volverme adentro cuando me dí cuenta de que en un extremo del muro había una especie de grieta medio oculta por ramas secas. Era raro que no recordara haberla visto antes; me acerqué, y tras apartar la hojarasca, quedó al descubierto una abertura que comunicaba con el otro lado. No era muy grande, pero parecía como si las paredes hubieran sido trabajadas para formar un pequeño túnel, y no me costó mucho atravesarlo a base de arrastrarme sobre la maleza que cubría su interior; eso sí, acabé con las rodillas y las manos cubiertas de arañazos, y no es que me importara, pero tendría que darle alguna explicación a tía Emi cuando volviera por la tarde. Una vez al otro lado, me sacudí la suciedad del vestido y, después de mirar por aquí y por allá, encontré un sendero que conducía hacia la colina, atravesando el prado. Se me ocurrió que era una buena ocasión para acercarme a ver de cerca la casa deshabitada y, sin pensarlo más, empecé a caminar hacia ella. El cielo estaba muy azul y parecía como si un resplandor dorado descendiera desde muy alto para abrazarlo todo, el verdor del prado, los arbustos con sus colores ocres y rojos, las colinas oscuras elevándose en la lejanía. Después de una buena caminata, llegué a la linde del bosque y empecé a caminar entre los árboles; la mayoría eran altísimos, y alrededor de sus grandes troncos plateados se enroscaba una maraña de plantas trepadoras llenas de colorido; algunas, con grandes flores amarillas similares a parasoles, y otras, con hojas alargadas, color malva y granate. Fui subiendo por una suave pendiente tapizada de helechos y pasé junto a un viejo roble solitario; al verlo pensé que tal vez llevaba allí siglos, como un guardián encargado de vigilar el sendero; sus enormes ramas estaban oscurecidas por el musgo y se retorcían en todas direcciones, igual que si fueran los brazos de algún ser monstruoso. Llegué después hasta un arroyo de aguas transparentes que descendía hacia los prados y me acerqué a su orilla porque estaba sedienta. Había algo en aquel lugar que no sé explicar: la música del agua, el susurro de las hojas, el trino de los pájaros, todo allí parecía ser parte de una gran quietud que estaba también dentro de mí; al inclinarme para beber y verme reflejada en el agua, tuve por un instante la sensación de que aquella imagen no era la mía. Pero continué hacia arriba, siguiendo el curso de la corriente y, por fin, apareció la vieja mansión entre el ramaje del bosque. Cuando me acerqué a ella quedé sorprendida, porque, a pesar de su aspecto antiguo, no parecía estar abandonada; era un edificio con muros de piedra en los que se abrían gran número de balcones; el tejado estaba rematado por torrecillas con formas caprichosas y grandes chimeneas de ladrillo rojo oscurecido por el humo. Uno de los balcones estaba entreabierto y cuando crucé por delante me pareció escuchar algo como un suave murmullo que salía del interior; pero al momento cesó, y supuse que lo causaba la brisa. En los alrededores de la casa crecían nogales, almendros y otros árboles frutales, y más allá, las aguas del arroyo se remansaban en un estanque rodeado de sauces, antes de proseguir su viaje hacia el valle; «buen sitio para descansar un rato», pensé, y al acercarme, vi junto al agua a una joven descalza sentada sobre la hierba. Se volvió hacia mí y sonrió. Yo quedé muda de asombro, me recordó a la mujer que vi en la estación, nada más llegar a Roslare con papá y tía Emi, la que se quedó mirándome como si me conociera, pero su piel era aún más clara que la de aquella, tenía un brillo parecido al del marfil, como el de las dos figuritas que están sobre la repisa de mi habitación. Ella dijo: «Siéntate a mi lado, me alegra que estés aquí», y cuando escuché esas palabras, debí ponerme muy colorada porque notaba que la cara me ardía, pero enseguida se me pasó la vergüenza. Estuve dudando si preguntarle quién era y si me conocía de algo; también sentía mucha curiosidad por saber si vivía en aquella casa tan grande que, según papá, estaba deshabitada, pero no quería ser descortés, habría sentido mucho que me tomara por una maleducada. Permanecí callada, igual que ella, mirando los rayos de luz, que al filtrarse entre las ramas de los sauces, creaban mil reflejos en el agua; dos mariposas blancas se perseguían sobre los arbustos de la orilla y una hormiga minúscula trepaba nerviosa por mi falda, parándose una y otra vez entre los pliegues como si dudara qué dirección seguir. Todo era nuevo, diferente; estaba frente a mí, pero a la vez tan lejos que no creía posible poder expresar con palabras las sensaciones que me producía. A lo mejor, hace mucho, mucho tiempo, existió un idioma que nadie recordaría ya, una lengua formada por sonidos sencillos, como los utilizados por los niños pequeños, sonidos cargados de fuerzas mágicas para transmitir cosas que al hacernos mayores no sabemos nombrar. Mientras yo le estaba dando vueltas y más vueltas a todo eso, ella me miró sonriente como si adivinara mis pensamientos, luego señaló con un gesto de la mano todo lo que nos rodeaba, el cielo, los árboles, la hierba poblada por innumerables florecillas blancas y celestes, las ramas de los sauces balanceándose sobre el estanque, y me dijo: «Solo el silencio es mágico; si aprendes a escucharlo, descubrirás todo el poder que se oculta en las palabras». Después, siguió hablando, y lo que decía resonaba en mi interior con un eco muy raro, como si yo estuviera hecha de cristal. Cerré los ojos; sus palabras iban tejiendo una delicada armonía que volaba sobre mí, llenando el aire de suaves murmullos, similares a los que produce el tintineo de pequeñas campanillas acariciadas por la brisa. No sé cuánto tiempo duró aquello, tampoco puedo asegurar si seguía despierta o soñaba, solo diré que nunca había sentido nada tan maravilloso. Cuando abrí los ojos y miré a mi alrededor, ella ya no estaba allí, pero continué escuchando esa especie de melodía, hasta que su vibración se apagó.
Hoy, antes de que anocheciera, estuve mirando el mar desde los acantilados. Poco a poco, las llamaradas del cielo se fueron hundiendo tras la línea oscura del horizonte y la primera estrella empezó a temblar en lo alto. Al bajar la marea, había quedado al descubierto una gran franja de arena y rocas. Pasé largo rato contemplando esa tierra desconocida que acababa de surgir del mar; algunas rocas parecían castillos en ruinas, con restos de almenas, pasadizos, arcos y murallas elevándose sobre lagunas cubiertas de algas, sobre las que volaban las gaviotas; otras tenían formas fantásticas, como si fueran laberintos muy antiguos, medio ocultos por la arena, o dragones cubiertos de escamas y espinas en las que se reflejaban las últimas luces del crepúsculo.
El cielo era ya un zafiro oscuro cuando brilló en la distancia el foco del faro, iluminando con su luz blanca las aguas que rodean la Roca. Al verlo, me acordé de esos barcos tan grandes, que navegan lejos, muy lejos, rumbo a cualquier parte del mundo. Pensé en países que nunca he visto, donde dicen que el sol desaparece durante meses y los bosques duermen bajo el hielo hasta la llegada de la primavera; vi mares grises agitados por tempestades, ríos de fuego, grandes ballenas viajando sin descanso junto a sus crías a través de los océanos, ciudades con cúpulas de plata, que hace mucho solía visitar en sueños, y playas solitarias donde solo se oye la voz del mar.