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Blade Runner
o
la lucha de Teseo contra el Minotauro
David
Cifuentes
(Este artículo fue publicado antes en
la revista Pensamiento, vol. 54, núm.
210, septiembre-diciembre de 1988)
En términos generales, podría
decirse que la filosofía se ha acercado al mito desde dos perspectivas
diametralmente opuestas. Desde una perspectiva reduccionista, algunos filósofos
no han visto en el mito más que una manifestación narrativa fabulosa y carente
de sentido, propia de una época en la que el hombre vivía aún en las
penumbras de la razón; un relato falaz, totalmente desechable para el
pensamiento posterior al advenimiento del logos
racional. En oposición a esta visión, algunos pensadores han creído poder
hallar en el mito un relato alegórico, en el que lo ficticio y lo real son dos
aspectos inseparables del mismo. Desde esta perspectiva, se ha entendido el
relato mítico como un modo de "expresar de manera anecdótica lo
supratemporal, un relato de lo que jamás deja de ocurrir y que, como paradigma,
vale para todos los tiempos"[1].
En consonancia con este segundo punto de
vista, no debería sorprendernos que ciertas figura míticas no sólo no hayan
caído en el olvido al desaparecer la civilización en la que vieron la luz,
sino que podamos verlas aparecer de nuevo, bajo otro disfraz, en creaciones de
la imaginación humana de otras épocas y culturas. En mi opinión, una de estas
figuras es el Minotauro, un símbolo mítico que se puede rastrear en un
contexto tan alejado del originario como el film de R. Scott Blade
Runner.
El Minotauro fue un ser mítico
nacido de la unión entre la reina de Creta, Pasifae, y un fabuloso toro enviado
a la isla por el dios Poseidón.[2]
Cuentan los mitógrafos que cuando murió Asterión, el soberano del imperio
cretense en la Edad de Bronce, Minos pretendió sucederle en el trono, a lo cual
se opusieron la mayoría de los cretenses. Pidió Minos a Poseidón que enviase
una señal que convencer a su pueblo de que él era el elegido por los dioses
para reinar. Poseidón hizo que apareciese en la isla -saliendo del mar- un
hermoso toro, el cual Minos prometió sacrificar en honor del dios en cuanto
hubiese conseguido el poder en Creta. Pero, llegado el momento del sacrificio,
Minos decidió conservar el divino animal y sacrificar en su lugar otro de los
toros de su dehesa -enfrentándose así con el poder divino; tratando acaso de
igualarse al dios conservando para sí el "regalo divino".
Poseidón, al darse cuenta del engaño,
castigó a Minos haciendo que Pasifae, su esposa, sintiese una irrefrenable pasión
por aquel toro, que la llevaría a unirse carnalmente con él. Pasifae quedó
encinta y dio a luz al Minotauro, un híbrido entre toro y hombre. Al comprender
Minos lo sucedido, solicitó a Dédalo la construcción del laberinto, donde
encerró a aquella extraña criatura mitad humana y mitad divina. A partir de
ese momento, el Minotauro se convirtió en un animal divino para los cretenses,
al cual se ofrecían sacrificios humanos.
Algún tiempo después, un hijo de Minos,
Androgeo, fue asesinado por un grupo de atenienses cuando se dirigía a Tebas
para participar en unos juegos olímpicos. Minos decidió castigar a los
atenienses, exigiéndoles que le enviasen cada año a siete muchachos y siete
muchachas a Creta, donde serían entregados como alimento al Minotauro, si no
querían ver su ciudad devastada a manos del ejército cretense.
Los atenienses cumplieron dos veces aquel
castigo. Pero cuando se iba a enviar la tercera expedición, Teseo, hijo del rey
de Atenas, se ofreció a formar parte de ella, dispuesto a acabar
definitivamente con aquellos sacrificios humanos, dando muerte al Minotauro.
Una vez en Creta, Ariadna -hija de Minos y
hermanastra del Minotauro; la única que conocía el secreto para entrar y salir
del laberinto- se enamoró de Teseo y decidió ofrecerle su ayuda a cambio de la
promesa de que la llevase con él a Atenas. Le entregó un largo ovillo, indicándole
que atara uno de los extremos en la puerta del laberinto al entrar. De ese modo,
debería avanzar sin soltar el ovillo de sus manos y, después de matar al
Minotauro, podría Teseo encontrar el camino de salida sin la menor dificultad.
Todo sucedió tal y como estaba previsto.
Teseo llegó al centro, mató al Minotauro y siguió el hilo de Ariadna,
escapando luego con ella de Creta. Pero, llegando a la isla de Día, de vuelta a
Atenas, la abandonó en una playa, donde sería desposada por el dios Dionisos
-en quien algunos filólogos han visto una "reencarnación" de la
figura del Minotauro[3]-
y convertida en divina inmortal.
Una de las más sugerentes
interpretaciones de esta lucha de Teseo contra el Minotauro[4],
descubre el ella una alegoría de la lucha entre el hombre‑animal y el
hombre‑racional, entre el instinto y la razón, que, lejos de haberse dado
una sola vez, se repite constantemente, sin posibilidad de solución, en todos
los tiempos y en todas las culturas.
Si buscamos en este mito aquello que de supratemporal y permanente
pudiera tener, la figura del Minotauro no puede comprenderse en profundidad sin
un concepto que más tarde sería clave en la tragedia clásica, pero cuyo
origen debe buscarse en este ser híbrido; me refiero a la hybris.
Se trata de un término de difícil traducción, con el cual se define el
impulso humano por transgredir los propios límites, aunque sea enfrentándose a
las leyes que rigen el cosmos -ya sean divinas, humanas o de la naturaleza-.
El Minotauro nace a causa de una doble hybris. Por una parte, la de Minos al enfrentarse a las leyes
divinas, tratando de igualarse con los dioses; por otra, la de Pasifae al
desafiar las leyes de la naturaleza, relacionándose con aquel animal enviado
por Poseidón. Pero el Minotauro es también en sí mismo la personificación de
la hybris, en tanto que ser imposible,
mitad animal, mitad humano, un monstruo para los atenienses, un ser divino para
los cretenses. Es el símbolo de una humanidad que ha hecho realidad su impulso
de traspasar sus límites, siendo a la vez hombre, animal y divino.
Pero un ser de este talante no podía tener
larga vida, ni siquiera en la imaginación mítica, y Teseo -el héroe
civilizador- sería el encargado de acabar con él. Con esa muerte, acabando con
lo que de animal e instintivo existe en lo humano, la humanidad quedaría
circunscrita dentro de los límites de la razón. Con este gesto, el mito parece
poner en boca de Teseo lo que, siglos después, afirmaría Aristóteles[5]
acerca de los límites dentro de los que debe desarrollarse el vivir humano:
"ni divinidad ni animalidad pueden tener cabida en la vida humana".
La lucha de Teseo contra el
Minotauro es el relato simbólico de una lucha que parece definir desde siempre
nuestro habitar en el mundo, una agonía
que define nuestro peculiar modo de construir destruyendo. Veamos ahora de que
manera volvemos a encontrar de nuevo esos mismos temas, y personajes míticos,
en una obra de ciencia-ficción de nuestro más contemporáneo medio de expresión
artística: el cine.
Se pueden señalar tres paralelismos
principales que relacionan el mito y el film. En primer lugar, entre los
escenarios en los que se desarrollan los acontecimientos; en segundo lugar,
entre los personajes de ambas historias; y, en tercer lugar, ‑la que me
interesa resaltar‑, entre lo que se podría definir como el ámbito de los
"contenidos subyacentes": el componente de hybris
que mueve ambos relatos por análogos caminos.
El film de R. Scott comienza con una nave que
se aproxima en medio de la noche a una gran ciudad. No se trata de aquella nave
arbolada con negro velamen, portadora de los catorce muchachos que iban a ser
sacrificados al Minotauro y de aquel que entre ellos llegaba para acabar con el
monstruo del Laberinto. Ahora, se trata de una nave espacial ocupada sólo por
un agente especial -Deckard- que viene a librar a los hombres de la amenaza de
un ser híbrido, de un "monstruo tecnológico". Tampoco la ciudad a la
que se aproxima esta nave es Cnosos, la capital de la floreciente isla de Creta,
un paraíso de naturaleza exuberante. Aquí la isla se ha convertido en una gran
urbe propia de la ficción futurista cinematográfica, una ciudad repleta de
rascacielos, luces de neón, pantallas gigantes de vídeo, hormigón y vidrio, máquinas
y humo.
Creta fue, en época clásica, el símbolo de
la naturaleza en su máximo esplendor, como puede adivinarse por el hecho de que
la tradición griega nos haya legado una imagen de la Creta minoica como un
lugar paradisíaco, como un Edén en medio del Egeo. Una isla que no dejaba de
ser paradigma de cierto modo de vida natural, acorde con las leyes divinas, un
país rico y floreciente[6].
Por su parte, esta ciudad de ficción futurista ‑Los Ángeles, año
2019‑ a la que llega el agente Deckard es la representación de la
naturaleza contemporánea en su máximo esplendor. El más alto exponente de una
civilización tecnológica, ya que ¿cuál podría ser la representación modélica
de nuestro entorno, en este siglo en que "lo artificial ha pasado a ser lo
natural y lo natural es lo extraño"[7], sino el de una ciudad
absolutamente tecnológica?
A menudo, las ficciones futuristas que no son
más que exageraciones del momento actual nos remiten a una manera de
representar el mundo que, por cotidiana, suele pasar desapercibida. Si hoy en día
ya no somos capaces de representarnos un entorno sin todos esos artefactos que
la técnica ha puesto a nuestra disposición, es, en buena medida, porque ya no
somos capaces de imaginar otro mundo que no sea continuación del que existe.
Ese "más de lo mismo" que cierta corriente de pensamiento
estadounidense comenzó a proponer, como futuro para nuestra civilización, en
cuanto empezaron a barrerse los cascotes del muro de Berlín.
Así, se podría definir nuestro
"entorno natural" contemporáneo como ese conglomerado de máquinas,
artefactos y objetos con los que nos rodeamos cotidianamente, con los cuales y
gracias a los cuales sobrevivimos ‑del mismo modo que hace más de tres
mil años el "entorno natural" del mundo arcaico estaba formado por
aquella Naturaleza en la cual y de la cual vivían‑. De este modo, nos
encontramos ante dos escenarios que, aunque en apariencia sean diametralmente
diferentes, ocupan el mismo lugar simbólico en el relato: el de la más elevada
expresión de lo que representa el escenario natural, para cada una de las
civilizaciones en la que nace cada uno de estos dos relatos. A una distancia de
más de tres mil años, el lugar modélico que ambas representaciones ocupan en
la historia parece seguir siendo idéntico.
Uno de las personajes principales del film de
R. Scott es Tyrrell, una figura que se pliega perfectamente a la del mítico rey
Minos ‑aquel que llevado por su hybris
puso en marcha la rueda de los acontecimientos‑. Al igual que Minos, también
Tyrrell es un ser soberbio que ha osado traspasar los límites de lo humano,
creando un androide mitad hombre y mitad máquina que posee todas las
capacidades humanas ‑sentimientos incluidos‑ pero que, además, podría
llegar a disfrutar de aquello que más anhelan los humanos: la inmortalidad.
Aquel Minos mítico se ha transformado en el
relato cinematográfico en un científico del más alto nivel. Pero, en un mundo
dominado por la tecnología ‑en un mundo sin dioses‑, no debe
sorprendernos que el científico haya usurpado el lugar que ocupaba, en época
arcaica, el soberano divino: detentador del poder y la verdad. En una sociedad
en la que la ciencia ha ocupado el lugar que antaño tuvo la religión[8],
la figura del soberano‑divino ha quedado transformada en la del
empresario‑científico, donde el término "empresario" sustituiría
a "soberano" ‑pues supongo que ya nadie dudará acerca de quién
detenta el poder fáctico en nuestras sociedades modernas‑ y el término
"científico" a "divino" ‑si tenemos en cuenta que,
mientras un viejo dios moría a finales del siglo XIX, otro más joven acaba de
nacer: el dios de la ciencia‑.
Trasladando a la actitud de este personaje
-Tyrrell- el vocabulario mítico ‑aunque ciertos adjetivos puedan sonar
extraños en este ambiente futurista‑, se podría afirmar que también en
su caso la hybris es la causa de la
aparición de los replicantes. Una hybris
que, si en Minos se enfrentaba a los dioses, en el caso de nuestro
empresario‑científico se enfrenta ‑cuanto menos‑ a las leyes
de la "naturaleza". O, dicho de otro modo, se enfrenta a cierto orden
"establecido" según el cual se supone que existe cierto límite que
el hombre no puede traspasar: la mortalidad.
Porque, si se puede afirmar que a ambos
personajes les une el que, en su modo de actuar, pretendiesen "ser como
dioses", es porque esa pretensión no era otra cosa que el impulso por
transgredir los límites. Y, de manera especial, el límite que antaño separaba
a los hombres de los dioses y que hoy separa a los hombres de cierta hipótesis
científica, según la cual la muerte podría ser soslayable.
De esa hybris
nacerán tanto el Minotauro como los replicantes. Seres híbridos de análogas
esencias, hombre-animal en el contexto de una naturaleza divinizada y hombre-máquina
en el de una divinización de la tecnología; en ambos casos, unos seres
llamados a convertirse en animales "sagrados". Ahora bien, Minos no sólo
no se convirtió en dios, aun cuando se atreviese a desafiar los límites que le
separaban de la divinidad, sino que, con su insensata actitud dio vida a un
monstruo que atrajo su destrucción. El Minotauro ‑su "creación"‑
se convirtió en el castigo de su propia hybris.
Del manera análoga, cuando Tyrrell crea a los replicantes, crea unos seres con
posibilidad de inmortalidad que se convertirán en una grave amenaza para él y
para todos los hombres -esto es, su castigo-.
Se inventaron esos seres híbridos para que
trabajasen como esclavos ‑como animales‑ al servicio del hombre.
Pero, haciendo a esos seres inmortales, se corría el riesgo de que los hombres
acabasen trabajando para ellos. O, dicho de otra forma, crear un ser inmortal,
en este mundo sin dioses, es tanto como crear un dios. Ya que, de hecho,
inventar la inmortalidad es lo único que le faltaría a la ciencia para ocupar,
con todo derecho, ese lugar de divinidad que hasta ahora sólo ocupa de manera
vicaria -en tanto la "inmortalidad" aún sigue en manos de las
religiones-. Pero, por supuesto, ese nuevo dios exigiría también sus
sacrificios; sacrificios humanos, ya que sin mortalidad no existiría eso que
conocemos como humanidad. Tratando de prevenir esta amenaza, el ingeniero
Tyrrell había programado a los replicantes con un dispositivo de autodestrucción
a fecha fija y, además, los había "encerrado" no en un laberinto,
sino en un planeta alejado de la Tierra.
Pero cuando un grupo de replicantes descubre
que su muerte no se debe a algo propio de su naturaleza, como sucede con los
humanos, sino al modo como han sido programados por su creador, escapan del
lugar de trabajo en el que estaban confinados y se dirigen a la Tierra, con la
intención de encontrar a quien los creó para que desprograme sus dispositivos
de autodestrucción. Alertado de que varios replicantes han llegado a la Tierra,
Tyrrell encomendará al agente Deckard que los encuentre y acabe con ellos. De
este modo llega Deckard a esta Creta futurista con la misión, como en el mito,
de acabar con el monstruo que podría poner en peligro la humanidad.
Como se ha visto, el tipo de híbrido también
ha variado acorde con el nuevo decorado. Nuestros híbridos contemporáneos ya
no son la mezcla de una especie animal con la especie humana, sino unos seres
mitad hombre y mitad máquina, creados por la ingeniería robótica de más alto
nivel. En un mundo en el que la naturaleza es el feroz dominio de la tecnología
‑hoy en día, que los animales son poco más que un conjunto de grasas,
proteínas y vitaminas, concienzudamente aliñadas y cocinadas para la
subsistencia de la especie humana‑, el híbrido no podía ser otra cosa
que una mezcla de hombre y máquina.
Ahora bien, en Blade
Runner -a diferencia de en el mito-, el acto de crear a los replicantes no
está provocado por la locura inducida por un dios, sino que es un acto
plenamente consciente ‑o, cuanto menos, una consciente locura‑.
Aunque, acaso debería decir por una "locura científica"; la locura
de una ciencia "divina" que hace creer a los hombres que pueden
transgredir los límites que la vida les impone.
Tyrrell pretende jugar a ser dios creando él,
que es mortal, una obra impropia de su condición humana, un ser que traspase
los límites que la tiranía del tiempo impone a los mortales. Consciente después
de la monstruosa creación a la que ha dado vida, se ve obligado a destruir
‑con la misma consciencia con la que creó‑ aquellas fabulosas máquinas,
esos replicantes a los que, a pesar de todo, no puede dejar de admirar en su
perfección. Tyrrell es el moderno paradigma de unos hombres que, "sin
saber refrenarse en su hartura"[9], han llevado tan lejos las
pretensiones de su ciencia que han caído la hybris, ese "primer mal que la divinidad envía a los hombres
cuando quiere destruirlos"[10].
Y una vez más -aquí sí como en el mito- un acto de destrucción deberá
restablecer el orden.
Si casi todos los personajes míticos se
ocultan en este film bajo otras máscaras, el agente Deckard es quizás el único
que apenas a cambiado con respecto al original. Sigue siendo aquel que debe
encargarse de matar al híbrido, para acabar así con el sacrificio humano que
supone su presencia. También sigue siendo aquel que mata lo que de inhumano hay
entre los hombres ‑en este caso la máquina, donde antes estaba el
animal‑. Aunque ahora ya no se pretende que esta muerte sea necesaria para
alcanzar el loable bien de una vida más elevada en aras de la sabiduría[11],
sino tan sólo el más prosaico y elemental bien de la pura y simple
supervivencia[12].
También en este caso, el acto de destruir a
los replicantes es una forma de diké
o "justicia divina" ‑como lo fuese el acto de Teseo‑, que
deberá restaurar un orden anterior. Es decir, con la muerte de los replicantes
se deberá restablecer la vida humana dentro de sus propios límites de seres
mortales. Tampoco aquí nada divino tiene cabida entre los humanos, nada
inmortal puede vivir entre mortales, ni éstos pueden tratar de traspasar sus límites,
sino es a riesgo de atraer contra sí terribles catástrofes. También, en este
caso, parece resonar un eco aristotélico en el film.
Al igual que Teseo, también Deckard deberá
introducirse en el laberinto de Los Ángeles año 2019 -para acabar con los
"monstruos" replicantes- con la ayuda de una "hermana" del
monstruo: una replicante que le ayudará a acabar con estos modernos híbridos.
En los últimos metros del film, tras haber
cumplido el agente Deckard su misión, abandona la laberíntica ciudad a bordo
de su nave. Deckard viajará esta vez acompañado -como Teseo cuando abandonó
Creta-; a su lado vemos a una moderna Ariadna, réplica de la original. En esa
última escena -en la versión comercial del film, no en el llamado
"montaje del director"- vemos la nave de Deckard sobrevolando una
playa. ¿Acaso una isla de Día? No lo sabremos; los créditos aparecen antes de
que lleguemos a averiguar si en esta playa será abandonada Ariadna, y si allí
será desposada por un nuevo Dionisos‑replicante.
Porque, aunque un nuevo Teseo haya acabado
otra vez con el monstruo, seguramente muchos otros replicantes seguirán
rondando la imaginación mitopoética de la humanidad. Y, quizás, aunque no lo
podamos ver, siga el Minotauro escondido entre los pasadizos del laberinto de
nuestro pensamiento, esperando a que nuevas víctimas se introduzcan en él y
acaben siendo devoradas por las fauces de este hijo de la hybris.
Desde ese lugar oculto, en el fondo de
nuestro laberinto, seguirá afirmando, con su presencia, que en la esencia del
carácter humano se halla un impulso irrefrenable por transgredir sus propios límites;
un impulso al que los griegos dieron el nombre de hybris.
Muchos siglos han pasado desde
que, en plena Edad de Bronce, el hombre empezase a tomar conciencia de cuáles
eran sus límites y a enfrentarse a ellos de forma mítica ‑la forma de
reflexión propia de aquel pensamiento arcaico‑. Esos límites aparecieron
como reflejo de la voluntad de trascenderse inherente al ser humano. Una
voluntad que más tarde se definiría como hybris
y que sería sancionada por buena parte de los filósofos clásicos como origen
de todos los males que acechan al hombre.
En el mito del Minotauro se tocó una de los
más cruciales dilemas del vivir humano. Por una parte, la necesidad de habitar
dentro de unos límites infranqueables, para asegurarse la propia supervivencia;
pero, a la vez, el inevitable impulso de traspasar esos límites, como motor de
la propia vida humana. En esa encrucijada, en esa doble tensión, parece haber
habitado desde siempre el hombre. Desde ella parece haberse establecido toda
relación entre hombres, y entre los hombres y el mundo. Pues no otra cosa
parece mover ese crear destruyendo o ese destruir creando propio de toda
actividad humana.
No se trata de un problema filosófico en
sentido académico ‑es decir, un problema con una solución, desconocida
pero existente‑, sino de la constatación de un lugar vivencial, acaso el
único posible, para una especie determinada: la de un ser que es en tanto que
se piensa siendo.
Desde cierta óptica, Blade
Runner puede ser "sólo" un film de ciencia ficción, del mismo
modo que la lucha de Teseo contra el Minotauro pudo ser "sólo" una
narración mítica. Desde esa perspectiva, el primero no sería más que una
ficción propia de una época y la segunda un relato propio de otra, sin que
existiese más relación entre ambos. Sin embargo, en el momento que leemos
estas dos narraciones desde una perspectiva común ‑desde la cual la hybris
sería el hilo de Ariadna en el que se enredan ambos relatos‑, podemos ver
aparecer en ambos casos una misma problemática común. Un conflicto nuevo y
antiguo a la vez, un conflicto que puede plantearse tanto en una civilización
religiosa, que vive en inmediatez con la naturaleza divinizada, como en una
civilización no teísta, artificial y tecnológica.
Acaso lo único que tengan en común ambos
relatos sea que en ellos se plantea el conflicto del hombre consigo mismo; es
decir, el habitar del hombre en el mundo ‑en cualquier mundo‑ como
un conflicto, como una lucha, como un vivir en esa estrecha franja delimitada
por los propios límites y los propios impulsos de transgresión. Algo en lo
que, por sencillo que parezca, seguirá reflexionando sin duda el hombre, en
tanto siga conservando innato ese "carácter humano" que lo define
como tal: ese impulso por tratar de ser "otra cosa" que le hace seguir
siendo siempre el mismo.
[12]En
un mundo donde la posibilidad de exterminar la raza humana en su totalidad
‑y en bastante poco tiempo‑ es algo que ya nadie se cuestiona,
la búsqueda de la sabiduría o el imperio de la razón sobre la
irracionalidad son cosas que empiezan a estar realmente muy devaluadas. La
gran preocupación que nos queda es la de defender la supervivencia de la
especie frente a la barbarie del exterminio. Aunque curiosa y paradójicamente,
tanto ahora como antes ‑ya sea para alcanzar la más alta racionalidad
civilizada, o sólo para tratar de seguir sobreviviendo‑, se deba
recurrir siempre a un acto de destrucción para salvarse: matar al híbrido
parece ser la primera condición para tratar de superar la animalidad o la
barbarie que anida en el fondo de lo humano.