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EL
VINO COMO ELIXIR SAGRADO Y SACRIFICIO EXPIATORIO. UNA INVESTIGACIÓN SOBRE LOS
RITUALES UNIVERSALES DE COMUNIÓN CON LA DIVINIDAD[i].
El origen del presente escrito está en un breve artículo que se publicó en la Revista de Filosofía Anábasis (Año II, Núm.2, marzo-septiembre 1995) con el título de: In vino veritas. Desde entonces la investigación ha cobrado un cuerpo mayor, siendo corregida y aumentada, motivo de que sea el momento de presentarla nuevamente a la luz pública.
1.La embriaguez dionisíaca: los posesos por el vino.
Los orígenes del vino se confunden con el origen de nuestra civilización.
Griegos y romanos difundieron a la par la filosofía y el cultivo de la vid.
Pero el vino no fue inventado por los griegos sino que fue importado por primera
vez en cántaros desde Creta. Su cultivo se extendió desde la costa meridional
del Mar Negro al monte Nisa en Libia, y luego por Palestina hasta llegar a Creta
de donde se llevaría a Grecia.
Las pruebas arqueológicas remontan el culto a Dioniso hasta la isla de
Creta, puesto que su nombre apareció en algunas tablillas micénicas al ser
descifradas por Ventris y Chadwick en 1952. Pero puede conjeturarse que hasta
allí viniese de Asia y que su aparición no fuese una creación minóico-micénica,
sino un culto que, como tantos otros, se remontaría a remotísimas épocas,
previas a las sociedades históricas de las que nos quedan fuentes de
comprobación; a una prehistoria que sólo podemos plantear como hipótesis.
La simbología mítica que el vino adoptó en la antigua Grecia quedará
reflejada en la figura de Dioniso[ii], dios del racimo, en cuyas
fábulas y ritos se funde un alto contenido: el de las vivencias y creencias del
mundo griego.
Según la mitología griega fue Dioniso el inventor del vino. Hijo de la
mortal Semele y del divino Zeus, a través de sus conquistas militares habría
extendido su cultivo y su culto por todo el mundo.
Eurípides muestra al principio de su obra trágica Las Bacantes
(vv. 12-22) la difusión del culto dionisíaco y su paso de Oriente a Occidente;
desde las regiones del Asia Menor hasta la Hélade: “(Dioniso): He dejado los
campos ricos de oro de los lidios y de los frigios, y he recorrido las mesetas
ardientes de los persas, y los muros de Bactria y la tierra de los medos, de rígidos
inviernos, y la Arabia feliz y toda el Asia que se extiende junto al salado mar
con sus bien almenadas ciudades, llenas juntamente de griegos y de bárbaros
mezclados; y ésta (Tebas) es la primera ciudad de los helenos donde llego,
después de crear allá mil coros y establecer mis misterios, a fin de que los
hombres me tengan por divinidad manifiesta”. La espléndida tragedia euripídea
refleja el dionisismo en plenitud, tal y como el poeta lo pudo contemplar en
Macedonia durante su permanencia en la corte del rey Arquelao, donde debió de
quedar sumamente impresionado por las orgías báquicas.
El triunfo de Dioniso consistió en que el vino sustituyó en todas
partes al resto de las bebidas alcohólicas como elixir sagrado. Así ocurrió
en Tracia y en Frigia, donde el éxtasis orgiástico se alcanzaba con la cerveza
hasta ser sustituida por el vino y el culto dionisíaco.
La embriaguez dionisíaca tiene relación con el estado de inspiración
poética, que también se ha llamado rapto o delirio. No en vano Orfeo fue
sacerdote de Dioniso hasta instaurar sus propios misterios y con ellos la secta
órfica. Parece como si las Musas sólo atendiesen a los ruegos de los poetas
malditos y dieran sus favores a los que las convocasen desde el fondo de una
botella de vino. No hay que olvidar que el ditirambo (dithyrambos)
invención mítica de Arión, se va transformando de rito colectivo frenético a
espectáculo, convirtiéndose finalmente en genero literario.
Los posesos por el vino llegan al entusiasmo y pecan de desmesura (hybris),
retornan a un estado anterior a la promulgación de las leyes con que surgen las
ciudades civilizadas. El estado en que se sitúan los oficiantes de ciertos
ritos religiosos hace pensar en el empleo de ciertas drogas psicoactivas (enteógenos)
que se habrían de disolver en vino, formando, la bebida sagrada denominada kykeion;
como es el caso de los Misterios de Eleusis y del culto a Dioniso.
Al llegar a Eleusis, bien entrada la noche, los devotos “bailaban en
honor de las dos diosas (Démeter y Perséfone) y de su misterioso consorte
Dioniso, el dios de los embriagantes... Se le llamaba misterio porque nadie,
bajo pena de muerte, podía revelar lo que sucedía en el santuario”[iii],
aunque poetas como Sófocles o Píndaro coincidirán en manifestar, sin narrar
nada acerca de su desarrollo debido a la prohibición, haber tenido una
experiencia única e inolvidable en la que se alcanzaba el éxtasis. “Para los
griegos ekstasis significaba que el alma volaba fuera del cuerpo... que
el alma misma es tomada y sacudida hasta el estremecimiento”[iv].
Una perfecta descripción de una persona que ha ingerido determinados
estimulantes. Con lo cual, si bien vemos que la etnomicología puede arrojar luz
sobre los misterios de la antigüedad, no suscribimos el enfoque reduccionista
de R.Gordon Wasson, que pretende explicar todo el fenómeno mistérico a partir
de la hipótesis del empleo de los enteógenos o sustancias psicoactivas.
Fue el jóven Nietzsche quien hizo célebre el carácter dionisíaco de
la Tragedia griega como lo embriagador, lo arrebatador, lo desmedido y libre por
antonomasia; frente a la armonía y la mesura de su aspecto apolíneo. Escándalo
de los filólogos y delicia de los filósofos, Nietzsche, que se reconoce como
discípulo de Dioniso, establece en su obra El Nacimiento de la Tragedia[v]
cinco estadios en el mundo helénico. En ellos habrían de imperar sucesivamente
las tendencias dionisíacas y apolineas hasta su unificación en la Tragedia ática:
1) Los Titanes (Dioniso). 2) Mundo homérico (Apolo). 3) Irrupción de lo dionisíaco
(Dioniso). 4) Arte dórico (Apolo). 5) Tragedia ática (dionisiaco-apolinea),
fusión de los dos instintos artísticos en la obra de arte. “Bajo la magia de
Dioniso el hombre ya no es hostil al hombre y el Canto a la alegría de
Beethoven se transforma en una pintura. Cuando millones se postran en el polvo
llenos de escalofríos: así será posible aproximarse a lo dionisíaco...
Ahora, en el evangelio de la armonía universal, cada uno se siente no solo
reunido, reconciliado, fundido con su prójimo, sino uno con él, cual si el
velo de Maya estuviese desgarrado y ahora solo ondease de un lado para otro, en
jirones, ante lo misterioso Uno primordial. Cantando y bailando manifiestase el
ser humano como miembro de una comunidad superior: ha desaprendido a andar y a
hablar y esta en camino de alzar el vuelo por los aires volando. Por sus gestos
habla la transformación... se siente dios... el hombre ya no es artista, se ha
convertido en obra de arte”[vi].
Es a Sócrates a quien escoge Nietzsche como representante de la
racionalidad apolínea carente de intensidad y como principal causante de la
muerte de la Tragedia griega. Y no es coincidencia que Platón nos revele a Sócrates
como un personaje inmune a los efectos del vino. Pues esa proverbial incapacidad
del pensador para llegar a la ebriedad, manifiesta el triunfo de la razón y la
lucidez sobre el instinto y la pasión.
Para constatarlo basta detenerse en algunos pasajes al final de El
Banquete de Platón. Alcibiades intenta seducir a Sócrates y pide las copas
más grandes de vino para ambos. Pero en seguida replica: “Ante Sócrates, señores,
este truco no me sirve de nada, pues beberá cuanto se le pida y nunca se
embriagará” (214 a).
A continuación Alcibiades comienza un discurso alabando a Sócrates y
sus palabras aluden a las dos formas de un conocido proverbio: oinos kai
aletheia (vino y verdad), y oinos kai paides aletheis (el vino y los
niños dicen la verdad); como prueba de que todos sus comentarios son veraces
(217 e). Resalta también que Sócrates se ha destacado siempre por ser el
primero en muchas cosas: “Y especialmente al beber, aunque no quería, cuando
era obligado a hacerlo vencía a todos; y lo más asombroso de todo: ningún
hombre ha visto a Sócrates jamás borracho” (220 a).
Al terminar el Banquete, mientras todos los demás comensales quedan
inconscientes por el vino, Sócrates se retira y pasa el resto del día según
acostumbra (223 d); lo cual demuestra una vez más su inmunidad ante el influjo
de Dioniso. La racionalidad frente a la ebriedad.
En el primer libro de la trilogía de Mary Renault sobre Alejandro Magno,
se relata detalladamente una fiesta dionisíaca a la que asiste, oculto, el
Alejandro niño, dirigida por su madre Olimpia. La descripción de una estatua
de Dioniso presidiendo el lugar donde las mujeres iban a ejecutar el sacrificio
y la danza frenética es sumamente ilustrativa: “Olimpias had had him brought
here from Corinth, where he had been carved to her commands. He was nearly
life-sized, a youth of about fifteen, fair-haired, with the slim muscles of a
dancer. He wore ornate red boots, and a leopard-skin on one shoulder. A
long-shafted thyrsos was grasped in his right hand; the left held out a gilt cup
in welcome. His smile was not Apollo's, which says, Man, know yourself; that
is enough for your little life. This was a beckoning smile; its secret was
for sharing”[vii].
Párrafo que resalta la dicotomía entre el lado racionalista del dios apolíneo
y la misteriosa comunidad dionisíaca.
La sangre de la cabra sacrificada se mezclaba con vino en la copa
ofrecida a los dioses y la danza de las mujeres aumentaba de ritmo sin cesar.
“They drank neat wine, for the dances of Dionysos; after the sacrifice, they
had drunk along with the god”[viii].
Esta lucha entre el instinto y la razón, el Romanticismo frente a la
Ilustración, queda inscrita existencial e intelectualmente en la vida y obra de
Goethe. En Las Afinidades Electivas, ese homenaje a las buenas costumbres
y a la mesotes de la aristocracia, del Goethe maduro, queda empañado por
la intervención de la pasión amorosa en el seno de unas relaciones burguesas.
Es la bella Otilia el personaje encargado de reflejar la presencia del vino como
un elemento perturbador: “Ya que habla usted de mesura, querida tía, no puedo
ocultar que me llama la atención la desmesura de los hombres, especialmente por
lo que toca al vino. ¡Cuántas veces me ha turbado y angustiado tener que
observar que el puro entendimiento, la prudencia, el cuidado de los demás, la
gracia y la amabilidad, se perdían aun por varias horas, y a menudo, en vez de
todo lo bueno que un hombre excelente puede producir y garantizar, amenazaban
irrumpir la perdición y la desgracia!”[ix].
Ante el comedido clasicismo de las formas sociales del siglo XIX gravita
la momentánea explosión del Sturm und Drang que todo lo hace tambalear.
Pero la ruptura de todos los ordenes es un estado en el que no es posible
permanecer por mucho tiempo y debe retornarse finalmente al lugar donde la ley
impera.
Lo mismo ocurre en los dominios de Dioniso. La exaltación entusiasta sólo
dura un instante y el dionisíaco realmente alcanza el éxtasis, pero para
perderlo un momento después. Esta es la principal diferencia entre los órficos
y los dionisíacos; los primeros buscan la permanente fusión con la divinidad
mediante la purificación progresiva y la adquisición de sus misterios escatológicos,
mientras que los segundos, pretenden romper el sortilegio de la individuación y
durante un instante ser el Todo, estar fuera de si, en la plena libertad, para
volver a caer en el mundo tras la momentánea experiencia extática, cuya tensión
no se puede mantener.
2.El culto al vino: la alegría de vivir y la insoportable levedad
del ser.
Es en la Persia del siglo XI donde encontramos a Omar Jayyam, poeta, filósofo,
matemático y astrónomo que en sus célebres cuartetas (Rubaiyyat),
canta simultáneamente al vino[x]
y al instante. La vida de Jayyam, que ha sido magistralmente recreada por Amin
Maalouf en su novela histórica Samarcanda, transcurre entre la meditación,
el estudio, la escritura, las mujeres y el vino: “Lo mejor es que abandones
tus estudios y rezos. / Abrázate a una novia que despierte en ti el éxtasis. /
Escancia en tu copa la sangre de los racimos / antes de que las horas derramen
la tuya” (Rubai 23). El vino permite una liberación transitoria de la
conciencia y por eso permite el aprovechamiento pleno del presente. El tópico
literario del carpe diem encuentra en Jayyam uno de sus máximos
seguidores, pues se sabe mortal y perecedero, lastrado por el pensamiento y
alado por el rojizo vino.
La experiencia reflexiva del filósofo Jayyam es dolorosa, como la de
Wittgenstein y tantos otros a los que pensar les duele pero no pueden evitar el
pensar. En Jayyam, el vino surge como una válvula de escape ante ese dolor: “¿Hasta
cuando te adorarás a ti mismo / y gastarás tus horas persiguiendo el orígen
del Ser y la Nada? / Bebe vino. Esta vida a la que sigue la muerte, / es mejor
que la pases ebrio o dormido” (Rubai 138). Es aquí, en esta reiterada
experiencia de una sabiduría que ha llegado a ser insoportable, en la que el jóven
Nietzsche basaba su impreciso y magistral diagnóstico del mundo griego. Los
griegos conocieron los horrores de la existencia, la terrible sabiduría de
Sileno también cantada por Omar Jayyam[xi],
y para poder vivir los encubrieron, ocultándolos bajo el ropaje de sus fiestas
y misterios; en un lugar donde el máximo dolor se fundía con el mayor gozo
provocando el éxtasis.
Mohammed Schemsu-D-Din, más conocido como
Hafiz o el guardador, por su buena memoria, es el máximo representante de la
poesía mística sufí de la Persia del siglo XIV. El canto al vino, a la
embriaguez, al amor y al instante de Jayyam, continúa floreciente tres siglos
después, en los versos de Hafiz, que siguen la estructura métrica persa de la Gacela.
El vino permite el olvido del mundo particular y la contemplación hiperbólica
de quien se identifica panteísticamente con el universo: “¡La piedra de los
sabios trae, copero! / La copa que en sí encierra el universo. / ¡Venga vino!
que quiero yo mi alma / de soberbia y rencor, dejar lavada. / ¡Venga vino! que
quiero hacer pedazos / esa red del absurdo clerical, / que trata de envolvernos
en sus lazos. / ¡Venga vino! Que quiero ver postrado / todo ese mundo bello,
ante mis plantas / y en la tierra mandar cual soberano. / ¡Venga vino! Que el
cielo subir quiero; / y ver de la otra vida los misterios. / ¡Vino, vino,
copero! ¡Traeme el vaso / que encierra cuanto existe de valioso / en este mundo
vano!”[xii].
Hafiz era un piadoso anticlerical,
conforme al sufismo persa, que coincide con el luteranismo europeo en su condena
de los mullahs (sacerdotes islámicos), a los que llama hipócritas, y en
su desprecio por los ritos exteriores y los intermediarios religiosos. Por ello
su actitud mística, que le llevaba a alcanzar estados de ultraterrenalidad únicamente
a través de los placeres y deleites terrenales, fue tachada por los ortodoxos
de atea y blasfema. “En el fondo, si bien recapacitas, / verás que todo es
uno en esta vida” (Gacel XXXVII). Impío es para Hafiz, el sacerdote,
que no disfruta de la vida y que pretende que los demás tampoco lo hagan: “El
mul-lah con furor me recrimina / mi vida, y mis pecados; / con tremendos
castigos me amenaza; / mas yo no le hago caso” (Gacel XXX).
En Hafiz perdura y se mantiene la larga
tradición persa del divino culto a la vida a través de la embriaguez y el éxtasis
terrenales. La tradición juglaresca de la Edad Media europea, mejor
conocida por nosotros, seguía unos patrones vitales completamente similares a
los de sus contemporáneos persas. La vida de
Hafiz es más sosegada y menos inquieta que la
de Jayyam, su obra menos desgarrada y menos trágica. Apartado de los asuntos
políticos, vivió siempre epicúreamente como un pobre dervisch, en el
lugar que le vió nacer, sin aceptar nunca ningún puesto de favor en una corte,
pese a ser muy admirado de numerosos principes y sultanes. Se cuenta que sólo
una vez intervino en un asunto mundano para salvar a su ciudad natal (Schirás)
de la destrucción. Saliendo al encuentro del terrible ejército de Timur-lenk,
le rogó que no lo hiciese, y fueron su palabra y su prestigio, las que
disuadieron al poderoso, que no sólo accedió a su súplica, sino que además
le obsequió regalos para él y para su bella y amada ciudad.
La embriaguez de éste poeta está calculada con la fineza de Epicuro y
vemos en él la paradojica aparición de un dionisismo moderado y modelado, que
no simboliza la potencia impetuosa del volcán, el terremoto o la cascada, sino
el curso firme de un río tranquilo, pero profundo, que no sigue los cauces de
los otros, sino que se dirige con calma a un más extenso mar, latente en cada
gota de agua.
3.Comed y bebed: la universalidad de la embriaguez y el sacrificio
como formas
solidarias de endiosamiento. El sacrificio homérico y el dionisíaco.
Dioniso difundía conjuntamente la alegría y el terror allí por donde
pasara. En sus arcaicos orígenes el sparagmos o
descuartizamiento y la omophagya o ingestión de carne cruda, se
revelan como auténticos ritos en los que se ofrecían sacrificios humanos al
terrible dios; victimas que mas tarde serían sustituidas por animales. La época
homérica testimonia a favor de dicha transición.
Los antropólogos han encontrado siempre y en todas partes la existencia
del canibalismo ritual. Aún los miembros de ciertas tribus actuales creen que
ingiriendo porciones del difunto adquieren las cualidades que poseía éste en
vida. Desmintiendo que las formas positivas de antropofagia, es decir, las que
excluyendo el hambre dependen de causas místicas, mágicas o religiosas, fuesen
patrimonio exclusivo del conocido caso de los aztecas, Lévi-Strauss las señala
como practicas de carácter universal[xiii].
Según el fundador del psicoanálisis, Sigmund Freud, la Cultura ha sido
creada obedeciendo al impulso de las necesidades vitales y a costa de la
satisfacción de los instintos y ha de ser continuamente creada de nuevo, en
gran parte, del mismo modo, pues cada individuo que entra en la sociedad humana
repite, en provecho de la colectividad, el sacrificio de la satisfacción
de sus instintos. El tránsito psicoanalítico de lo individual a lo colectivo
lo da Freud en virtud de un gran número de analogías entre el devenir del
desarrollo psíquico del individuo y la evolución de la colectividad y la
cultura. Freud emprende la transición desde la actividad psíquica del
individuo a las funciones psíquicas de comunidades humanas y pueblos, e incluso
de la entera Humanidad, consideradas de forma organicista; esto es, desplaza sus
descubrimientos en la psicología individual a la psicología colectiva,
encontrando una muy alta analogía o semejanza entre ambos procesos.
Entre dichas analogías se encuentra la coincidencia entre la psicología
de los primitivos, los sueños del adulto, y la psique de los niños y los neuróticos,
estableciendo una relación entre la evolución psíquica que sigue el individuo
desde la infancia hasta la madurez y la evolución de la cultura desde las
edades prehistóricas del hombre primitivo hasta la civilización occidental
contemporánea. El proceso histórico mundial de civilización y progreso
resulta comparable al proceso individual de socialización.
En tales planteamientos, Freud no hace sino aplicar a su campo los
descubrimientos más recientes de su tiempo, aún hoy vigentes, en relación con
la investigación en materia de biología. Ernst Haeckel presentó, en su Morfología
General de los Organismos (1866), la primera formulación de la ley
fundamental biogenética (biogenetisches Grundgesetz); que se enuncia en
estos términos: “La ontogenia es la recapitulación abreviada y rápida de la
filogenia, regida por las funciones fisiológicas de la herencia (reproducción)
y de la adaptación (nutrición). El individuo orgánico, durante el curso breve
y rápido de su desarrollo individual, repite las más importantes variaciones
de forma a través de las que pasaron sus antepasados en el transcurso lento y
largo de su desarrollo paleontológico, conforme a las leyes de la herencia y de
la adaptación”[xiv]. Según la ley enunciada
por Haeckel hay un paralelismo entre ontogénesis -desarrollo del individuo de
una especie- y la filogénesis -desarrollo
de la correspondiente especie-, la primera, ofrece una recapitulación de la
segunda. Conceptos que pertenecen hoy dia al lenguaje técnico de numerosas
disciplinas de investigación, las ideas de Haeckel, quien acuñó los términos
ontogenia y filogenia, alcanzaron gran difusión precedidas de la
publicación del Origen de las especies de Darwin (1859) donde se sostenía
ya la misma tesis, que no ha dejado de tener hasta nuestros días numerosas
confirmaciones científicas, tras las correcciones y matizaciones que le han añadido
los estudiosos de la embriología.
La lectura de Freud, quien recogió para la psicología
individual-colectiva los estudios de Haeckel, nos dice que tanto en el animismo,
como en el politeísmo y finalmente en el monoteísmo, se da una proyección del
psiquismo encaminada a recomponer la vivencia primitiva e infantil-adolescente
que conocemos como complejo de Edipo. El camino que sigue la evolución cultural
es: animismo, religión y ciencia, que equivalen en el individuo a infancia
(periodo de latencia), adolescencia (pubertad) y madurez. Al comparar la
psicología individual y la colectiva, Freud señalará que el animismo
corresponde al narcisimo (fase oral y anal), la religión a la elección de
objeto (fase fálico-genital) y la ciencia a la adecuación al principio de
realidad y dominio del principio del placer (resolución del complejo de Edipo).
La civilización se basa, en general, en la renuncia a la satisfacción
directa de los instintos y cada individuo tiene que repetir personalmente, en su
camino desde la infancia a la madurez, esta evolución de la Humanidad. El
psicoanálisis ha mostrado que son los impulsos instintivos sexuales y
agresivos, los que sucumben a esta represión cultural. Parte de ellos integra,
la valiosa cualidad de poder ser desviados de sus fines más próximos y ofrecer
así su energía, como tendencias sublimadas, a la evolución cultural.
Pero otra parte perviven en lo inconsciente en calidad de impulsos optativos
insatisfechos y tienden a lograr una satisfacción. Nada desaparece nunca de la
mente sino que deviene inconsciente y lo mismo ocurre con los fenómenos
culturales, pueden ser despotenciados o canalizados, aflorar o permanecer en
estado latente, pero no pueden ser erradicados.
Ya en su obra de 1913 (Totem y Tabú) señala Freud la tendencia
humana hacia la agresión, descubriendo un instinto caníbal, homicida e
incestuoso, en todo ser humano, ya implícito en la ambivalencia afectiva
(mezcla de amor-odio), que en 1920 (Más allá del Principio del Placer)
llegará a concebir como impulso independiente y autónomo. Un instinto que,
siendo originariamente de autodestrucción, es reorientado hacia el exterior.
Freud lo bautiza con el nombre de instinto de muerte, opuesto al instinto
libidinal primordial, a cuya configuración socio-cultural denominará Eros.
En su obra de 1930 (El Malestar en la Cultura), Freud presentará el
destino de la Humanidad como el resultado impredecible y futuro del
enfrentamiento entre estas dos potencias antagónicas.
Ahora bien, no es nuestra intención desarrollar todo el panorama
universal relativo a los instintos operantes en el ritual del vino y del
banquete festivo-comunitario, sino que pretendemos mostrar su despliegue en el
caso concreto de la Grecia arcaica y clásica de donde se podrán derivar las
correspondientes analogías (algunas insinuadas por nosotros) con la estructura
sacrificial de otras tradiciones mejor conocidas.
Por tanto, volviendo a las manifestaciones de la piedad homérica,
habremos de destacar, en consonancia con lo que nos precede, la venganza
sacrificial, que provoca un exaltante sentimiento de triunfo embriagador en el
vencedor. Tal es la que realiza Aquiles a causa de la muerte de su amado
Patroclo a manos del principal héroe de los troyanos.
Héctor que se ve enfrentado con Aquiles, oscilará entre el miedo y el
arrojo, buscando la forma de evitar el combate, pero sin conseguirlo. Ya herido
de muerte y a merced de Aquiles, Héctor suplica no ya por su vida que sabe
perdida, sino para que su cuerpo sea devuelto a Troya; merced que no le iba a
conceder el vencedor: “¡Perro!. No por mis padres ni por mis rodillas
supliques. ¡Ojalá el furor y el coraje me incitaran a cortar tus carnes y a
comérmelas crudas!” (Ilíada XXII,vv.346ss). Ni las súplicas ni las
ofertas de cuantiosos rescates son atendidas por el héroe griego, que si bien
no va él mismo a despedazar y comer la carne cruda del héroe muerto, destina
esta afrentosa acción a los perros.
Más adelante, ya frente al cadaver de Patroclo, Aquiles pronuncia estas
terribles palabras: “¡Alégrate, oh Patroclo, aunque estés en el Hades!. Ya
voy a cumplirte cuanto te prometiera: he traido arrastrando el cadaver de Héctor,
que entregaré a los perros para que lo despedacen cruelmente; y degollaré ante
tu pira a doce hijos de troyanos ilustres, por la cólera que me causó tu
muerte” (Il.XXIII,vv.20ss). La pira funeraria de Patroclo se convertirá
en una montaña de cuerpos ardiendo: bueyes, cabras, ovejas, perros, cerdos y
hombres degollados, regarán el suelo de sangre y se consumirán bajo el fuego,
ofreciendo un ébrio banquete de humo sagrado, como festín, a los dioses del
Olimpo.
Como ha señalado Luis Gil[xv],
las manifestaciones externas de la religiosidad del hombre homérico se
realizaban en general como homenaje o tributo (geras) comprendiendo tal
culto la realización de la ofrenda, la libación y el sacrificio, en el ámbito
público, privado o sacerdotal. La manifestación más básica era la plegaria,
de la que eran variaciones el himno y la maldición; con la maldición está
vinculado el juramento, todas ellas formas al alcance de todos en igualdad de
condiciones. Las ceremonias religiosas más importantes son las ya mencionadas
de homenaje, la ofrenda, la libación y el “sacrificio, donde el culto a los
dioses alcanzaba su máxima expresión”[xvi].
Los sacrificios, que son un subgrupo de la ofrenda, son con mucho el más
importante factor dentro de la religión homérica, reservado para quienes podían
permitirse costearlos. En general y de acuerdo con sus variantes los sacrificios
se pueden clasificar: 1) en razón de su motivación, en suplicatorios, de acción
de gracias y expiatorios; 2) en razón de la índole de la ofrenda, en cruentos
o incruentos; y 3) en razón de los dioses a quienes va dirigida la ofrenda, en
uranios o ctónicos. 4) Una última variante la compone el sacrificio convivial,
que es en realidad la fase anterior (preparativos) y posterior (banquete) que
acompañan a la inmolación propiamente dicha. El sacrificio canibalistico de
Aquiles es expiatorio, cruento, uranio y convivial. Sin embargo, se mantiene
dentro de los límites de lo establecido por la costumbre (nomos), límites
contínuamente traspasados por el dionisismo.
La rivalidad homérica entre los grupos humanos responde a la rivalidad
entre dioses protectores de hombres y ciudades. De todo ello nace la necesidad
de dependencia y relación entre los hombres y los dioses, “nace la conciencia
de las obligaciones para con ellos”[xvii].
De la noción de obligación se desprenden las de recompensa hacia la piedad y
castigo ante la impiedad. La venganza era obligatoria, cuestión de honor y lo
que nosotros conocemos como compasión y gratuidad sentimientos vergonzosos,
indignos de un hombre en el que se manifestase la excelencia (arete) y al
que fuese lícito considerar como bello y bueno (kalos kai agathos).
Al no existir Libro Canónico el designio de los dioses se libraba a la
libre interpretación. La epifanía, que Demócrito consideraba ensoñación, se
concede a personajes ilustres en muy raras ocasiones y el escrutinio se realiza
a menudo a través de la adivinación, sirviendo para justificar conductas
diversas e incluso antagónicas, ya que los diversos dioses podían querer cosas
distintas enfrentándose entre sí a través de los humanos. “Les resulta a
los héroes homéricos difícil conocer lo que en realidad querían los dioses,
al carecer de una revelación donde se concretara en ley, dentro de normas
generales, la voluntad divina”[xviii]. Sin embargo hay
ciertas costumbres establecidas (nomos) que resultan bendecidas por todos
los dioses, aunque sea su guardián un dios determinado, y que constituyen el núcleo
tribal básico al que se someten todos los griegos. El sorteo también es
empleado cuando se tiene que elegir entre varias posibilidades que se presentan
a priori como igualmente buenas.
Determinados signos de piedad requerían cuantiosas posesiones, como es
el caso del sacrificio expiatorio, de manera que el alcance de las
manifestaciones de piedad estaba a menudo en relación con la posición social
del piadoso. El rico tiene la posibilidad de ser más piadoso que el pobre y por
tanto, más probabilidades de ganarse el favor de los dioses. Ya la riqueza y la
posición social son consideradas como un signo de predilección, aunque también
pueden ser consideradas como resultado de la impía soberbia (hybris), a
la que algún día ha de seguir un castigo. La desgracia del hombre demasiado
feliz se explicaba por la ira de los dioses ante el mortal que osase rivalizar
con ellos.
Pero frente a los sacrificios expiatorios masculinos, aristocráticos,
costumbristas e uranios de los homéricos (Ilíada) destacarán, en
contraposición, los sacrificios expiatorios populares, anárquicos, femeninos y
ctónicos de las mujeres de Dioniso (Himno a Démeter). En el dionisismo
las ninfas más promiscuas y salvajes formaban parte del séquito del dios.
Entre ellas destacaban las Ménades[xix],
que inflamadas por el vino y el éxtasis religioso despedazaron a Penteo rey de
Tebas en el monte Citerión, por no querer tomar parte en sus fiestas[xx].
El mismísimo dios Pan, sátiro perezoso y rufián, se jactaba de haber poseído
a todas las Ménades borrachas de Dioniso; petulancia que acabaría pagando con
la misma suerte de Penteo.
“Lo que tenía lugar en el monte Citerión[xxi]
era la histeria en crudo, el baquismo peligroso que desciende como un castigo
sobre los demasiado respetables y los arrastra contra su voluntad”[xxii].
La danza ebria de las bacantes era contagiosa y los pocos que eran capaces de
resistir el llamamiento del dios-vino, quedaban a merced de la ira homicida de
sus fieles sacerdotisas. “He obligado a llevar el habito de mis misterios a
toda la estirpe femenina de Tebas, cuantas mujeres había, las he echado,
furiosas, de sus moradas” (Eurípides Las Bacantes, vv. 34-36). Estas
palabras de Dioniso, muestran como bajo su influencia, las mujeres se convierten
aún contra su voluntad. Son los hombres quienes le resisten con las consabidas
consecuencias: morir a manos de sus predilectas, formar parte del rito aportando
la carne y la sangre que recuerde a los fieles el despedazamiento del dios por
los Titanes.
La procedencia antropológica de este mito la explica Dodds[xxiii],
fijándola en la canalización, por medio de un ritual organizado, de auténticos
ataques espontáneos de histeria colectiva. Las mujeres que participaban en los
ritos sagrados de Dioniso bebían hasta quedar poseídas de un convulso furor y
los hombres, representando a los silenos, alcanzaban también el delirio orgiástico
con frecuentes libaciones. Pero eran ellas, las mujeres, las más fervorosas y
las que favoritas del dios, alcanzaban los estados de máxima exaltación.
La adhesión masiva de las mujeres al ritual dionisíaco se explica por
la represión a que estaba sometida la mujer griega. En la comunión con el dios
se superaba la condición humana y todas las prohibiciones de orden ético y
social quedaban abolidas. Por eso el furor que el dios del racimo infundía en
sus huestes conquistadoras las volvía irresistibles.
Clístenes, el abuelo, por ironía de la historia, del reformador homónimo
que llevó a Atenas la democracia, en el siglo VII a.C., en la ciudad de Sición
regida por la oligarquía de la familia de los Ortagóridas, empeñado en una
política de desdorificación para apartarla de su rival Argos, tomo tres
medidas de gran importancia: “una reorganización tribal del territorio, una
reforma religiosa y una reforma literaria que supusiera un rompimiento
definitivo con la tradición.... las competiciones de los rapsodos homéricos -y
esta es la primera vez en la historia del mundo antiguo en que Homero fue objeto
de anatema- se suprimieron radicalmente”[xxiv].
El culto que se rendía en Sición al héroe árgivo Adrasto se trasladó al héroe
tebano Menalipo y “los coros trágicos que se celebraban en su honor se
traspasaron a Dioniso, divinidad de origen labriego y popular cuya religión venía
a enfrentarse con la aristocrática de los dioses olímpicos”[xxv].
Actuación imitada por otros tiranos de tendencias populares que favorecerían
el culto de Dionisos y el desarrollo de los géneros literarios relacionados con
él, el ditirambo y la tragedia, no por aperturismo político, sino para
desbancar a la clase aristocrática tradicional del poder y situar a una nueva
oligarquía.
Las luchas sociales que encontraron su apogeo en toda Grecia durante el
siglo VI a.C. elevaron politicamente a las clases populares y sus concepciones
religiosas. Reflejo de esta revolución fue la creciente influencia que llegó a
tener el culto de Dioniso, que pasa así del campo a las ciudades, donde pronto
encontró un lugar en las fiestas públicas y en las ceremonias religiosas.
“En un principio se había visto en el carácter orgiástico de la religión
dionisíaca algo de todo punto extraño, un insulto a todo orden municipal...
Pero en el siglo VI, y a menudo por razones políticas, alcanzó el favor de los
tiranos, que eran los representantes de la capa social que acababa de llegar al
poder”[xxvi].
Podemos ver este cambio bajo el gobierno de Clístenes en Sicione, de Periandro
en Corinto y en Atenas bajo los Pisistrátidas. “A partir de Pisístrato se
celebraban en Atenas cuatro fiestas en honor a Dioniso... En febrero-marzo,
aproximadamente, se celebraban las Antesterias. Tucídides (II, 15,4) estimaba
que las Antesterias eran las fiestas mas antiguas de Dioniso. Eran además las
mas importantes. El primer día se llamaba pithoigia, apertura de las
tinajas (pithoi) en que se conservaba el vino de la ultima cosecha... El
segundo día (Choes, cuencos) se celebraba un concurso de bebedores, que
se presentaban provistos de un cuenco que se llenaba de vino; a la señal
convenida tenían que beberlo lo mas rápidamente que pudieran... La euforia y
la embriaguez anticipan en cierto modo una vida en el mas allá que en nada se
parece al triste mundo homérico de las sombras”[xxvii].
Es la madre Olímpica de los dioses, Hera, la siempre celosa esposa de Zeus,
quien representa la oposición conservadora al empleo ritual del vino y a los
excesos de las Ménades. Por eso es Hera quien ordena a los Titanes que
despedacen a Dioniso niño, quien renace bajo el nombre de Zagreus.
Como hemos visto, en el siglo VI a.C. los principales gobernantes de la Hélade
decidieron aprobar el culto y fundaron fiestas dionisíacas oficiales, ahora
incluyendo cultos alternativos para ganarse la adhesión del demos ya
importante. La consumación del proceso llega cuando Pisístrato instituye en
Atenas de un modo fijo la celebración de las grandes Dionisias, al tiempo que
manda poner por escrito la épica homérica fijando el texto que habría de
llegar a nuestras manos.
Conrado Eggers Lan muestra muy acertadamente la pugna entre la
religiosidad tradicional de la polis, olímpica y aristocrática, y la
religiosidad clandestina de la montaña, dionisíaca y popular. Lucha que
termina cuando los nuevos gobernantes, incluyen los nuevos ritos dentro de la
tradición, los moderan y los cargan de formalismos que incluso les sirven para
consolidar las nuevas estructuras sociales[xxviii].
De esta manera Dioniso entraría a formar parte del Olimpo y de la
religiosidad oficial, asimilándose a los cultos olímpicos, entre los que se
acabó integrando, al no atreverse los nuevos gobernantes a romper del todo con
la religiosidad aristocrática. El hijo bastardo de Zeus fue finalmente
reconocido como vastago legítimo. Pero los escandalosos ritos báquicos, aun
mitigados por la formalidad, no dejaron de ser demasiado liberales para los que
siglos después los heredaron. Y llegarían a ser prohibidos en el año 186 a.C.
por una moral mucho más rígida y conservadora que la griega, la del Senado
Romano.
Más adelante, con el triunfo del Cristianismo sobre el paganismo, otra
simbología de análoga estructura, habría de revestir el culto a la vid y el
sacrificio comunitario de la divinidad. No exento de elementos paganos e inmerso
en la tradición hebrea[xxix], el Cristianismo[xxx] reconocía la centralidad
del vino como parte esencial de su doctrina, que terminaría volcándose en la
Eucaristía. En esa propiciación de la Gracia (Eu-Charis) asistimos a la
Transubstanciación, en la que el pan y el vino se transforman en el cuerpo y la
sangre de Cristo y que junto al Trinitario, es uno de los misterios primordiales
de la religión cristiana.
El vino continuaba así su historia a través de los pueblos y culturas
de todo el orbe como un signo nunca lo suficientemente descifrado, como una
fuente de tesoros en clave mítica; cuyo logos tendrá que ser desentrañado
una y otra vez por todo aquél que quiera comprender los fenómenos sociohistóricos
a los que está indisolublemente unido.
[i]
Para cualquier comentario al autor (Simón Royo Hernández) dirigirse al
E-MAIL: siroyo@rocketmail.com
[ii]
Esta es la forma correcta de transcribir el nombre del dios al
castellano, sin la “s” final que se le suele poner por resultar
“Dionisos” más grato al oido hispano. El problema es que verter
“Dionisios o Dionisos” en castellano, aludiría al plural
del nombre de persona “Dionisio” que existe también en griego y
nada tiene que ver con el dios del vino; así se llamaban los tiranos de
Siracusa con los que intentó Platón llevar a la práctica su República
ideal.
[iii] El camino de eleusis. Una solucion al enigma de los misterios. R.Gordon Wasson, Albert Hofmann, Carl A.P.Ruck. Breviarios del F.C.E. México, 1985, pág.55.
[v] “Las dos innovaciones decisivas del libro son, por un lado, la comprensión del fenómeno dionisíaco en los griegos... por otro la comprensión del socratismo”. Friedrich Nietzsche Ecce Homo, pág.67. Madrid Alianza ed.1989.
[vii] Mary Renault Fire from Heaven. Chapter I, page 42. Penguin Books. London 1983. La escultura de Dioniso: “Olimpia la había mandado traer desde Corinto, en donde la había sido tallada según sus instrucciones. Era casi de tamaño natural, representando a un muchacho de quince años, con una larga cabellera y los delgados músculos de una bailarina. Calzaba botines rojos y llevaba una piel de leopardo sobre uno de sus hombros. Su mano derecha sostenía un gran tirso y la izquierda una copa en señal de bienvenida. Su sonrisa no era como la de Apolo, que dice: Mortal, conócete a ti mismo; eso es suficiente para tu corta vida. La suya era como una invitación a participar en sus secretos”.
[viii] Mary Renault, op.cit, page 42. “Habían bebido vino puro para las danzas de Dioniso y después del sacrificio, ya estaban ebrias con su dios”. (Los griegos solían beber el vino mezclado con agua, lo que indica que debía de ser fuerte y no muy bueno, en ocasiones lo bebían sin mezclar y así lo utilizaban para las libaciones a los dioses, denominándolo entonces vino puro).
[ix] J.W.Goethe Las afinidades electivas, cap.XVII. Trad.José María Valverde. Editorial Bruguera. Barcelona 1986.
[x] El vino es un elemento central en las cuartetas de Jayyam como bien lo atestigua su constante aparición. Cfr. Omar Jayyam Rubaiyyat 2 / 17 / 21 / 22 / 23 / 27 / 33 / 34 / 36 / 60 / 68 / 72 / 75 / 80 / 82 / 83 / 88 / 90 / 93 / 98 / 101 / 107 / 111 / 113 / 114 / 121 / 123 / 134 / 138 / 145 / 147 / 148 / 149. Vol.CXXV de la Colección Visor de Poesía. Madrid 1985.
[xi]
“Nuestra cosecha en este mundo / es sufrir hasta el último instante. / ¡Felices
aquellos que parten pronto! / ¡Más felices aquellos que no nacerán!”.
Omar Jayyam, op.cit. (Rubai 70). Cfr. Friedrich Nietzsche El
Nacimiento de la Tragedia, op.cit. pág.52: “Una leyenda cuenta que
durante mucho tiempo el rey Midas había intentado cazar en el bosque al sátiro
Sileno, acompañante de Dioniso, sin poder cogerlo. Cuando por fín cayó en
sus manos, el rey pregunta qué es lo mejor y más preferible para el
hombre. Rígido e inmóvil calla el demón; hasta que, forzado por el rey,
acaba prorrumpiendo en estas palabras, en medio de una risa estridente: Estirpe
miserable de un sólo día, hijo del azar y de la fatiga, ¿por qué me
fuerzas a decirte lo que para tí sería muy ventajoso no oir? Lo mejor de
todo es totalmente inalcanzable para tí: no haber nacido, no ser, ser nada.
Y lo mejor en segundo lugar es para tí -morir pronto”.
[xii] Hafiz Gaceles. Traducción de Rafael Cansinos-Asséns. Editora Nacional (poesía). Madrid 1983. Gacel III, pág.15-16.
[xiii]
“Será suficiente con citar a los aztecas” en quienes apreciamos “una
obsesión maníaca por la sangre y la tortura, en verdad universal”: Lévi-Strauss
Tristes trópicos, novena parte, cap.38: Un vasito de ron, pág.443.
Editorial Paidós. Barcelona 1992.
[xiv] Citado en el artículo <Loi biogénétic fondamental> del Dictionnaire du darwinisme et de l'évolution, Paris, PUF, 1996.
[xv] R.Adrados, Fernández-Galiano, Luis Gil y Lasso de la Vega Introducción a Homero. Editorial Labor, Barcelona 1984, vol. II, 7ªparte: <El individuo y su marco social> por Luis Gil. Cap.XIV-XIX.
[xix] “El sobrenombre de Ménades refiere a mujeres salvajes cuya personalidad humana había sido reemplazada temporalmente por otra”. E.R.Dodds Los griegos y lo irracional, pág.252. Alianza ed. Madrid 1993. Las bacantes eran también llamadas ménades, voz procedente del verbo griego mainomai, que significa “estar furioso o rabioso / (estar poseído de furor báquico)”. De donde proviene nuestra palabra manía (locura).
[xx] Este es el argumento central de Las Bacantes de Eurípides. Dioniso llega a Tebas a castigar la insolencia de Penteo que se opone a la difusión de su culto. El dios se las arregla para hacer que Penteo acuda al monte Citerión disfrazado de mujer donde es despedazado por las orgiastas. Entre ellas destaca Agave, su propia madre, que enloquecida le arranca la cabeza creyéndolo un león y la clava sobre un tirso, paseándose ufana por la ciudad con su trofeo y aterrando a todos los ciudadanos.
[xxi] “Aquí niño, está representado lo que ocurre en el Citerión: coros de Bacantes, rocas impregnadas de vino, el néctar manando de las vides y la leche que surge de la tierra para fecundar el suelo”. Filóstrato el Viejo Imágenes, pág.66. Ed.Siruela. Madrid 1993.
[xxiv]
Luis Gil Censura en el mundo antiguo, Cap.1: «La polis
y la creación literaria», p.36. Alianza Universidad. Madrid 1985 (2ª
edición); cfr.Heródoto V 67, 5.
[xxvi] Werner Jaeger La teología de los primeros filósofos griegos. Cap.IV, pág.62. Madrid F.C.E. 1993.
[xxvii] Mircea Eliade Historia de las creencias y de las ideas religiosas. Vol. I, pág.377. Ediciones Cristiandad. Madrid 1978.