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FORMAS
DE PROYECCIÓN Y REPRESENTACIÓN
DEL
CONOCIMIENTO EN LOS SIGLOS DE ORO
(Por
Gonzalo Gil. Madrid, marzo de 2002)
El
período coincidente con el reinado de la Casa de Austria en España fue rico
en prodigios. Los pliegos sueltos permiten
comprobar ahora cómo se trasladaban elementos de la cultura libresca y de la
tradición popular oral a este
linaje de impresos, que a veces recogen las apariciones de extraños seres y
diversas clases de demonios, muy apropiados para ser leídos con mentalidad de
lector inocente.
También
existen hoy lectores inocentes, gente que atribuye procedencia extraterrestre
a toda «res inexplicata volans». Nuestra percepción, tan escéptica para
los mitos y misterios de otros tiempos, se resuelve con credulidad ante los
nuevos mitos tecnológicos. Este cambio de actitud nos permite ver hoy los
viejos prodigios como una fenomenología de objetos artísticos, formas
culturales y estéticas, e incluso como hipertextos, es decir, textos cuyas
partes marcadas remiten al macrocosmos y determinan sucesos previsibles, pero
ya no nos interesa tanto la percepción astrológica, preferimos la psicológica
porque nos revela aspectos interesantes de la mentalidad de la época.
Los
prodigios en la España de los siglos XVI o XVII ya no son entendidos de la
misma forma que en la antigüedad clásica: la gente aceptaba un porvenir
favorable o funesto dependiendo siempre de la voluntad suprema de Dios, aunque
los ejecutores fueran los demonios, las fuerzas de la naturaleza o los propios
hombres. Son varios los términos asociados a este significado predictorio;
San Isidoro de Sevilla, en sus Etimologías,
señala que los portentos anuncian (portendere), evidencian (ostendere),
predicen (praedicare) y muestran (monstrare) algo futuro, y repárese en que
«monstrare» es el término que evoluciona hasta derivar en monstruo,
revelando ya en su etimología la extraordinaria perplejidad y curiosidad que
la presencia del monstruo ha causado en todas las épocas.
El
monstruo es prodigioso en mayor o menor grado, y posee fuerza suficiente para
anunciar sucesos relacionados con el desorden y la alteración de la
naturaleza; en opinión de muchos, un ser sin las debidas proporciones era un
microcosmos desordenado, anunciador de la llegada de un mundo (macrocosmos)
también caótico y amenazante. En todas las sociedades está presente el
miedo al desorden, provocado por fuerzas desconocidas que se escapan al
control, y también a todo un retablo de seres incorpóreos y de monstruos que
representan los profundos miedos ancestrales que adoptan a lo largo de los
siglos formas culturales. El prodigio se proyecta en un doble plano temporal,
se extiende al pasado (causas) y al futuro (porvenir o consecuencias). En la
España del siglo XVII la proyección de futuro no puede definirse a través
de la adivinatoria, como en Grecia o Roma, lo que reduce su desarrollo a
presagios y temores subjetivos, una actitud muy extendida en la población de
aquel tiempo, que era ignorante y supersticiosa la mayor parte.
Pedro
Mexía se detenía ante los fenómenos extraordinarios con la siguiente
reflexión: «Qué causa sea, milagrosa o natural, de esto, yo no lo alcanzo»;
son las dudas sobre el origen del suceso: profano o sagrado, dilema que unas
veces será resuelto en un sentido y otras en otro, dependiendo de quienes
interpreten el objeto o suceso prodigioso. A los métodos de conocimiento que
dominan los teólogos (actividad metafísica), surge la alternativa que
ensayan los filósofos naturales, destinada a aportar una nueva forma de
entender los fenómenos de la naturaleza, entre los que se encuentran los
prodigios.
La
mentalidad en el siglo XVII ya ha cambiado mucho desde la Edad Media, hay
nuevas formas de divulgación, como los pliegos sueltos, que tienen su origen
en el siglo anterior y difunden monstruos, demonios o estantiguas, pero no
para causar temor, sino como noticias de fenómenos nuevos y curiosos que
desafían el conocimiento, y también como objetos de diversión, de alucinación
o de ocio.
Podemos
ver el prodigio como un fenómeno informativo, y el monstruo como un objeto
que surge por acción combinatoria, sujeto a una lógica formal que podría
analizarse mediante un tratamiento automático. Si dispusiéramos de un catálogo
de formas lo suficientemente completo sería también posible crear de manera
sistemática nuevas imágenes por ordenador, imitando el trabajo de la
naturaleza o el de la imaginación del hombre.
Ya
existe algún programa informático creado específicamente para generar
monstruos, pero las formas parecen flotar en espacios oblongos y no se definen
bien algunos aspectos que merecen atención, como las propiedades de los
bordes de unión, la valoración de la funcionalidad, la participación del
espacio vacío en el desplazamiento de formas, etc. Pero hay algo más que las
formas, y son los referentes culturales, el significado simbólico y otras
muchas funciones, que son imposibles de manejar de forma automática y
representan la verdadera esencia de los seres prodigiosos.
Para
entender los elementos que caracterizan un monstruo del siglo XVII no es
necesario acudir a la programación informática, es preferible comprender el
punto de vista de quienes estudiaron los fenómenos de la naturaleza en esa época,
en particular la zoología, y aquellos seres extraños en los que se quedó
trastocado el modelo que la naturaleza había concebido para su especie.
La
acción combinatoria de la naturaleza genera seres extraños; algunos han
perdido completamente un órgano o elemento; en otros aparece añadido un órgano
o parte claramente heterogénea a su naturaleza. En ocasiones se hacen
patentes las variaciones en el aspecto externo del ser prodigioso a causa del
aumento o disminución de órganos o partes, pero también como consecuencia
del número de veces que se repiten éstos manteniendo su tamaño original.
Finalmente está la reordenación de los órganos o elementos, que pasan a
ubicarse fuera de su lugar natural, con modificación previa o sin ella. No
siempre estos cambios se producen de manera única en el mismo ser, ni tampoco
la existencia de alguno invalida la presencia de otros, porque todos ellos son
perfectamente compatibles.
Los
diferentes movimientos de la sustancia (material o inmaterial) en la formación
de nuevos cuerpos se proyecta en todas las direcciones posibles, es inevitable
que en las zonas de unión se produzcan indeterminaciones y, sobre todo,
variaciones en las cualidades, que se concretan especialmente en la
funcionalidad. Los factores cualitativos son los más complejos pero, en
ocasiones, los menos importantes, especialmente cuando sólo tienen
significados simbólicos o alegóricos.
Es
de suponer que no pueda volar el ejército de la estantigua, e igualmente
existen seres que poseen órganos extraños y sin funcionalidad aparente,
constituyendo un cuerpo que es difícil o imposible de adscribir a una especie
concreta, pero la función de esas partes extrañas o absurdas puede ser únicamente
la de dar forma ilustrada a inquietudes
y temores de la sociedad de aquel tiempo, lanzando al medio social mensajes en
la forma de estampas xilográficas y descripciones que van a ser perfectamente
entendidas. En este valor de referencia es donde hay que determinar la búsqueda
de significado, y sólo secundariamente en el propio objeto.
Esta
forma de percibir la deformidad y la monstruosidad sólo puede ser moderna,
porque la percepción de quienes se interesaron por la filosofía de la
naturaleza en el siglo XVII, partiendo de los estudios de Aristóteles sobre física
y los de sus continuadores, era muy distinta a la que podemos tener hoy. La
rica variedad de descripciones y observaciones que dejaron se centran en la
variación formal de los seres y las cosas, en su posible composición,
formación, etc., pero entendiendo el significado de forma preferente desde la
perspectiva del presagio, del suceso anunciado por la presencia del monstruo.
En
esta época, los elementos básicos del mundo material son la tierra, el aire,
el fuego y el agua, pero hay otras realidades menos tangibles, que surgen de
«exhalaciones» y fenómenos muy diversos originados en la tierra. Estas
ideas proceden de reinterpretar algunas teorías de Aristóteles y también de
admitir temores procedentes de la Edad Media. Se cree que existe todo un
retablo de seres inmateriales, especialmente demonios, y también otros de
dudosa procedencia, que surgen al mezclarse elementos del mundo material con
otros del mundo inmaterial. El mundo existe como un campo general donde se
producen constantemente hibridaciones, obedece a un impulso y una mecánica
universales y mueve a su vez la dinámica vital de los seres corpóreos y los
incorpóreos, que a veces se mezclan entre sí produciendo extrañas
representaciones y figuras.
Una
hibridación no ha de considerarse correcta o incorrecta, ni
verdadera o falsa, porque es consecuencia de un juego de uniones que
obedece a necesidades simbólicas y a formas metafóricas de expresión, por
eso no ha de extrañar que el hombre sea un gran inventor de prodigios, y para
ello tiene en su propia mente un mundo-modelo reducido en el que interactúan
las mismas reglas generales que existen
en el mundo en el que vive. Hay seres muy bien creados, de los que hay
consenso en nuestra cultura, en la tradición supersticiosa o en la religión,
pero otros no se aceptan, a pesar de poseer prácticamente los mismos
atributos y el mismo grado de construcción.
Ángeles,
demonios y fantasmas de humanos comparten la misma sustancia incorpórea,
animada, sensible, racional, inmortal y no deífica, pero esta cadena de
atributos corresponde también a otras especies distintas.
Según algún autor, el duende es irracional y carece de vejez, por lo
que tendría que separarse de las tres especies citadas, claramente
racionales. Pero la configuración del duende no es unánime, también se le
atribuye inteligencia y otras capacidades, como el rencor y la desobediencia;
algunos de estos seres aparecen al servicio de distintos amos, a los que hacen
la vida imposible con sus fechorías, y luego desaparecen hasta encontrar un
nuevo amo pasado mucho tiempo, tal vez siglos, porque no envejecen nunca, por
eso parece más conveniente equipararlos en evolución a los ángeles,
demonios y fantasmas de humanos, y muy especialmente a los demonios.
En
cuanto a los animales fantasmales (perros, jabalíes, liebres, etc.) que
aparecen en tantos relatos maravillosos de los siglos XVI y XVII, siguen
siendo considerados irracionales también en el mundo de la sustancia incorpórea
(réplica de la corpórea), por lo que su grado de evolución es también
inferior y su función en los relatos es meramente instrumental. En
definitiva, hacen su presencia dos mundos paralelos: corpóreo e incorpóreo
o, dicho de otro modo, material e inmaterial, y entre ambos se producen
intercambios de órganos, apariencias y atributos, dinámica que tiene
similitudes con el sistema clasificatorio de Porfirio, que permite agrupar o
diferenciar manifestaciones de la sustancia dependiendo
de que aparezcan características
esenciales comúnes o no aparezcan.
Lo
que parece extraño no lo es tanto, depende del paradigma cultural. El
monstruo de materia orgánica y el espíritu externado pertenecen a
manifestaciones de muy distinta naturaleza, pero pueden mezclarse y
convertirse en seres de realidad indiscutible en una determinada cultura. Por
ejemplo: el espíritu del mal se hibrida ya en la Edad Media con las formas
caprinas del rey del aquelarre, y de no creerse así no hay aquelarre sino un
juego inocente de pastores. El demonio caprino es una de las hibridaciones
mejor asentadas en el ámbito de las creencias religiosas de los Siglos de
Oro, la persecución patológica de sus supuestos adoradores así lo
atestigua; existieron también otros seres, de parecida naturaleza, pero
considerados menos peligrosos, como es el caso de los duendes. Se pueden
producir infinitas construcciones de seres nuevos, sobre todo partiendo de
formas heredadas, porque la imaginación del hombre crea nuevas atribuciones y
rasgos inesperados, mediante procesos libres o manipulados.
La tierra es un gran objeto prodigioso en sí mismo, pero hay sucesos
muy variados y extraordinarios en toda su corteza y muchas veces se representa
su totalidad de forma mágica o simbólica. Una de estas representaciones, en
forma de huevo, sale de la imprenta de Lucas Antonio de Bedmar de Madrid
(1681); se trata de un curioso pliego[1]
suelto que describe dos huevos prodigiosos supuestamente hallados en Roma:
tienen extraños signos y es indudable que se trata de una forma de
representar el globo terrestre.
Son de antigua tradición las representaciones de la tierra en forma de
una vasija esférica transparente y cristalina, en su interior suelen verse
los paisajes y fenómenos del mundo. Hay también representaciones en forma de
círculos, auras y recipientes cerrados y huevos; en el Bosco[2]
o Brueghel existen algunos antecedentes[3].
Según la alquimia, en la representación mediante el huevo se pretende
establecer una correspondencia con los materiales de la naturaleza; la cáscara
es semejante a la tierra, mientras que la clara y la yema remiten a sustancias
más perfectas[4].
La serpiente que aparece en la parte inferior de uno de ellos recuerda
a Ofión, otra serpiente parecida que también está asociada al huevo y
representa el tiempo como límite del mundo creado[5].
La serpiente es la que incuba el huevo del mundo[6],
y si tienen inscripciones en la cáscara es que representan profecías. Este
tipo de huevos deben ser importantes, porque la última hoguera de la
Inquisición española, encendida en 1781, lo fue para quemar a una mujer
acusada de fornicar con el demonio y conseguir que las gallinas pusieran
huevos con profecías escritas en la cáscara[7].
Ya sea puesto por un ave o una serpiente[8],
es una imagen primordial, un mitologema con muy parecido valor en los pueblos
antiguos, así occidentales como orientales[9];
se interpreta como dotado de un cielo-tierra, o dos opuestos que son capaces
de generar algo nuevo. Suele estar dividido en siete capas, porque son siete
los cielos o esferas que rodean la tierra en la concepción geocéntrica del
universo griego. En este caso concreto la serpiente está en la parte inferior
y debiera permanecer dentro.

Huevos
romanos con inscripciones
Hubo muchas variantes en este tipo de representaciones, cabe citar
también el caso del extraño huevo que Ambroise Paré reproduce y comenta en
su obra De monstres et prodiges, al
parecer encontrado en 1569 por una sirvienta que se disponía a freírlo; en
este caso no aparece ningún cometa, sino una cabeza de hombre, con todo el
cabello hecho de pequeñas serpientes vivas, y la barba formada por tres
serpientes más que le brotaban de su mentón[10].
Es otra interpretación simbólica y mágica del mundo, pero no incluye
elementos astrológicos, mientras que en el pliego citado aparecen con
claridad.
Los huevos romanos con inscripciones estampados por Bedmar podrían ser
considerados como la representación mágica de un nuevo mundo, capaz de
albergar un nuevo escenario y un nuevo tiempo[11],
porque aparece un gran cometa en la parte superior de uno de ellos, y suelen
interpretarse estos fenómenos celestes como anunciadores de grandes cambios.
La historia no registra en estos años ningún gran acontecimiento de la
realidad social o política que sea indicio de un cambió semejante, pero este
tipo de representaciones reúne siempre una visión filosófica de la realidad
universal, que deriva de antiguos métodos racionales de tipo astrológico
para comprender y explicar el mundo. La astrología se ocupa de las
predicciones partiendo de la exactitud de los engranajes ocultos que mueven el
Sol, los planetas y las estrellas.
En algunas cuevas existen extrañas formas zoomórficas o antropomórficas,
y el hombre de estos siglos es propenso a ver verdaderos prodigios. Hay cuevas
naturales en las que se encuentran representadas figuras sagradas o profanas,
aparecen seres petrificados que son considerados mudos testigos del diluvio
universal y hay un sentimiento mágico en la observación y explicación de
muchos aspectos del entorno circundante. Esta valoración de la naturaleza, de
acuerdo con sus formas plásticas que recuerdan formas vivas, tiene sus
antecedentes en Asia y llega a Occidente a través de Grecia. También la
información para interpretar lo que existe a mayor profundidad ha podido
venir de Oriente[12].
No nos referimos a un conocimiento geológico sino mítico, ideas sobre un
mundo infernal y subterráneo, que muchos imaginan como un gigantesco cocedero
en equilibrio[13],
comunicado con la superficie por cuevas y bocas de volcanes; es donde residen
los demonios que sacuden la Tierra, y también otros seres subterráneos no
tan amenazantes.
Dentro de las cuevas y en la misma superficie de la tierra se dan muy
distintos prodigios. Pedro Mexía habla de «Algunas figuras e imágenes de
hombres y cosas naturalmente esculpidas [que] algunas veces se han visto en
las piedras, como si por mano de artífices fueran hechas»[14].
Refiere al caso concreto de un minero que sacó trabajando una piedra «naturalmente
esculpida», y era la imagen de un sileno, así como otros hallazgos de
figuras e imágenes que también considera naturales[15].
Las cuevas estaban llenas de misterios, en parte porque se desconocía su
proceso de formación; según la tradición popular muchos hermetistas y magos
se refugian en cuevas[16],
donde podían iniciarse en materias ocultas y realizar en secreto ritos mágicos
e invocaciones misteriosas, como ocurría en la famosa cueva de Salamanca,
donde supuestamente se enseñaban las artes mágicas[17].
Son también ámbitos en los que abundan entes mitológicos no cristianos[18],
que viven en ese ultramundo conservados gracias al frescor, el silencio o la
oscuridad, pero cuya existencia es incompatible con el mundo exterior, de
formas nítidas, bañado por el sol y desmitificado.
Hemos visto tres pliegos que hablan de cuevas con mayor o menor extensión;
el primero, de 1617, trata del crimen pasional de un sastre inducido por el
demonio, que engaña al asesino por segunda vez y le lleva a una cueva, de la
que sale con la cabeza trastocada y camino de su perdición[19].
El segundo pliego trata de una cueva natural, en la que el testigo dice ver
maravillosas imágenes, desconociendo su origen[20].
El tercero es de 1683, y presenta a un cristiano que llega a la boca de una
cueva, y allí encuentra a dos personajes venerables y mágicos del tipo del
Montesinos de Cervantes, los cuales le profetizan la inminente caída de la
ciudad de Buda y le regalan una espada prodigiosa[21].
Puesto que no se conoce nada acerca de las grandes profundidades de la
tierra ni tampoco las causas de los fenómenos de vulcanismo, se supone que
está causado por los demonios o por la presión de los cocederos internos
terrestres, que tiende a expulsar violentamente sus gases o materia ardiente
al exterior desde profundas oquedades. Juan Eusebio Nieremberg trata en su Curiosa
y oculta filosofía sobre volcanes extraordinarios, y refiere cierto
prodigio del Volcán de la Isla de San Miguel, la mayor de las Terceiras
(Azores), «sacado de las relaciones, que se enviaron con el juicio que se ha
de hacer de ello»[22].
Señala fenómenos similares en otras latitudes e interpreta que la causa de
semejantes sucesos está en la putrefacción de piedras sulfúreas en gran
cantidad, que están dentro del lecho marino y allí se inflaman provocando un
exceso de fuego, que el agua del mar no consigue sofocar a pesar de cubrir su
boca[23].
Estas explicaciones nos resultan increíbles, pero son propias del nivel de
conocimientos de la época; lo que conviene destacar en este caso es que el
traslado de la noticia de este fenómeno a la Península tiene lugar mediante
pliegos sueltos, relaciones de noticias, y que Nieremberg las incorpora a su
obra como fuente de información fiable.
Muchas de las manifestaciones de la materia terrestre fueron
prodigiosas por su violencia, como terremotos y volcanes. Se imprimieron
numerosos pliegos sobre algunas erupciones del Sur de Italia; en 1632 se llenó
de fuego la montaña de Soma (Nápoles), y causó grandes daños, dando lugar
a comentarios como éste: «ni con la flaqueza humana se puede resistir, ni
con el consejo humano se pueden estorbar. A estos solemos llamar prodigios, y
portentos; porque no solamente afligen con los daños presentes, sino que
también amenazan con las calamidades futuras»[24].
No son prodigios solamente, sino fundamento de presagios que formaban parte de
creencias populares muy antiguas, hasta que las teorías de Kircher fueron
introduciendo nuevos conocimientos sobre la tierra que comenzaron a cambiar
las interpretaciones medievales de los fenómenos naturales.
El monstruo es, sin duda, uno de los prodigios mas evidentes y que
causan más perplejidad en los Siglos de Oro. Numerosos pliegos registran
casos de mujeres que han tenido recién nacidos monstruosos, con rostros,
cabezas o miembros unidos, o también cuerpos deformes; en algunas ocasiones
es un doctor en medicina el que lo disecciona, observa y registra, en otras
vive y es paseado por ferias y mercados con el fin de sacar a los curiosos
unas monedas. Se mostraban a los nobles y a los reyes con la intención de
obtener gratificaciones, en especial en la segunda mitad del siglo XVII. Su
nacimiento puede tener muchas interpretaciones, entenderse como provocado por
la fantasía de la mujer en estado de gestación, o por la hibridación de
animales de distinta especie, incluyendo la intervención de humanos. No hace
falta unión carnal para que «una oveja haya parido un león, o lobo, sino
entero, por lo menos la mitad», porque aquello que impresiona vivamente a la
madre puede imprimir sus rasgos en el ser no nacido[25].
Suelen interpretarse como consecuencia de algún pecado reciente o antiguo, de
alguna generación anterior, idea que llega todavía hasta el tiempo de
nuestro mayores.
Una de las obras que
permiten apreciar la transmisión de la teratología medieval a los pliegos
sueltos es el libro de Ambroise Paré, titulado
Des Monstres et Prodiges. Paré no modifica los datos que encuentra en
otras obras, aunque no siempre le parezcan verdaderos, porque su actitud es la
de un coleccionista que ofrece lo mejor de su catálogo. Toma elementos de sus
predecesores del siglo XVI, utiliza todas las fuentes medievales que caen en
sus manos, directas e indirectas[26],
y no desprecia materiales de la tradición popular de su tiempo[27].
Los redactores de pliegos encuentran en este tipo de libros mucha inspiración
para sus noticias, aunque por lo general tratan de disimular su procedencia
presentando estos seres maravillosos como vistos por ellos mismos o por
testigos fidedignos. La representación de tales «horribles monstruos» puede
alcanzar una gran fuerza expresiva, buen ejemplo de ello es la estampa de una
especie de saurio que se le
apareció al sultán de Turquía mientras practicaba la caza cerca de
Constantinopla[28];
lo más expresivo para su significado son las medias lunas en que acaban sus
patas y el ojo al final de la cola.

Reptil-saurio
de Turquía
El grabado que aparece en el libro de Ambroise Paré[29]
de un «cordero monstruoso», nacido al parecer el 13 de abril de 1573, en un
lugar llamado Chanbenoist, arrabal de Sezannne, en casa de Jean Poulet,
permite sospechar que sirvió de inspiración para representar cierto monstruo
«de naturaleza del agua»[30]
que tiene algo de hombre, de ave y de pescado[31].
Salió del taller madrileño de Juan Sánchez, en 1645. La influencia del
recopilador francés parece evidente, al menos en la cabeza y los ojos; la
forma de construcción es la misma, aunque se nota que hay también otras
influencias. En el caso de Paré es la idea del centauro llevada a un cordero,
mientras que en el monstruo del pliego la influencia está en la sirena, lo
que impide en este caso considerar un trasvase claro entre ambos documentos.
Son muchas las obras que influyen en las noticias e ilustraciones de pliegos;
podríamos citar también la de Ulises Aldobrandi, italiano del siglo XVII,
que incluyó en su libro: Sobre
monstruos y prodigios[32]
todos los extraños seres que encontró en sus lecturas: peces con cabeza de
obispo, monstruos diabólicos marinos, etc.
Otro pliego de antecedentes difíciles de determinar es el que describe
un monstruo que fue capturado a los turcos en el cerco de Buda. El hecho, según
Fuente la Peña[33],
ocurrió en febrero de 1664, y el monstruo tenía cuerpo de hombre y cabeza de
caballo, con el pescuezo muy largo, también de caballo y con crines. Peleaba
con arco y flechas, como un soldado normal, al menos «así se pinta en la
tabla de Hungría, que dio a la estampa en dicho año Gillis Hendriex».
Hay un pliego de cordel que incluye un grabado de ese monstruo,
retratado de perfil[34],
probablemente impreso en ese mismo año aunque no lo indica, como tampoco cita
impresor ni lugar de impresión. El origen podría estar en algún pliego
italiano, que tal vez llegó a manos de Fuente la Peña y que de su obra pasó
al pliego citado, pero lo corriente en estos casos es la existencia de varias
versiones, y en cualquiera de ellas puede estar el origen. El «hombre bestia
de Aviñón», otro monstruo semejante que aparece en un grabado alemán, no
tiene ninguna conexión con este soldado con cuello de caballo, pero existe
alguna influencia mutua aunque no la podamos determinar[35].

Hombre-caballo
turco
Las influencias del arte figurativo del Extremo Oriente no se reducen
al mundo medieval, época en que se admiten y reelaboran representaciones de
dioses y genios de esta procedencia, sino que también alcanza a los pliegos
de prodigios del siglo XVII, con frecuencia portadores de estampas de seres
fantásticos. Un caso muy representativo es el que aparece en uno de ellos,
impreso en Sevilla por Juan Gómez de Blas (1654), y remite claramente a una
divinidad india llamada Shiva. Es el famoso monstruo antropomórfico capturado
en los montes del Ampurdán[36];
tiene siete cabezas de apariencia casi normal, pero la cabeza principal, que
está en el centro, posee un ojo único en medio de la frente. Cuatro brazos
salen de su hombro izquierdo y otros tres del derecho[37].
No podemos precisar si el origen está en San Isidoro de Sevilla, que
describió hombres con numerosas manos; en Juan de Mandeville[38],
que certificó especies maravillosas donde mejor le pareció, o en cualquier
otro tratado[39]
poco conocido o no traducido al castellano. Marco Polo y otros viajeros ya
describen ídolos de varias caras y manos[40],
pero este veneciano es demasiado realista para su época, y quienes transmiten
los prodigios del Extremo Oriente son los autores más imaginativos y fieles a
textos antiguos[41].
Tales descripciones y representaciones son trasvasadas a la cultura libresca,
y se repiten sin cesar con escasas variantes durante siglos, lo que hace muy
difícil determinar cuál es su verdadera procedencia.
En este caso, la adopción de siete cabezas y siete brazos no es de
ningún modo una casualidad. Los septenarios son representaciones de un orden
que se manifiesta en la religión, en la superstición y en modelos cósmicos
de mitos, leyendas, cuentos folklóricos, sueños, etc. El siete corresponde
también al mundo espiritual del esoterismo hindú, y ahí puede estar la
influencia originaria, en las siete representaciones o espíritus de la
totalidad del hombre[42].
Si tenemos en cuenta que el grabador de la imagen de este pliego solo debió
preocuparse de su fuerza efectista, y no se le ocurrieron modificaciones
apreciables, hay que pensar que la transmisión de estas figuras puede
realizarse sin apenas modificaciones del original, idea que concuerda con la
repetición de monstruos de procedencia libresca que con frecuencia se
encuentra en los pliegos.

Monstruo
del Ampurdán
En 1633 fue impreso por los herederos de Diego Flamenco en Madrid y en
Sevilla por Manuel de Sande, un pliego suelto con un «romance nuevo» que
cuenta el caso de una mujer casada en la ciudad de Sevilla que ha parido en
doce años cincuenta y dos hijos, todos a los nueve meses. En el romance nuevo
se describe el prodigio considerando que ocurrió en Sevilla, tiene una
llamativa portada (sin grabado) y explica cómo fueron lo ciclos y embarazos;
si alguna vez fue recitado en público no debieron entenderlo muy bien los
oyentes, porque comprender la dinámica de partos exige una lectura atenta.
También cita en la portada, muy brevemente, el caso de «una señora muy
principal de Irlanda, que parió trescientos y setenta hijos en una fuente de
plata, y los bautizaron. Y esta fuente se la enseñaron al emperador Carlos
Quinto, por caso prodigioso»[43].
Otro pliego da la noticia de un parto de siete varones en Sevilla, en 1633,
pero el relato deriva hacía el tema monstruoso, porque se afirma que la última
de las criaturas tenía tres cabezas[44].
Son tantos los autores que tratan este tipo de fenómenos que bastará con
enumerar algunos para dar una idea de la afición que despertó el tema, que
según Caro Baroja[45]
corresponde a un mito de fertilidad procedente de la antigüedad grecolatina.
Antonio Fuente la Peña[46]
tiene un capítulo entero dedicado a esta materia: «Si podrá una mujer parir
cada día del año, siendo el feto de nueve meses»; explica que por «superfetacion»
es posible, y que el método no es ningún secreto, consiste en «tornarse a
hacerse preñadas cuando ya lo están». Fray Jaime Rebullosa y Jerónimo de
Campos son autores que también tratan este tema, y Torquemada, en su Jardín,
se extiende todavía más que los anteriores; Jacinto Arias de Quintanadueñas[47]
recoge referencias del mito ya de Plinio, quien cita partos de numerosas
criaturas. Juan Eusebio de Nieremberg registra casos de más de treinta, y
Martín Carrillo[48]
y otros autores mencionan raíces míticas de este tipo de sucesos que afectan
a la genealogía del conde Fernán González. La invención de linajes por el
sistema de haber nacido de un solo golpe un montón de hermanos no es
infrecuente, recuérdese la procedencia que atribuye Ambrosio de Salazar al
linaje barcelonés de los «Porceils» (lechones)[49],
que fueron tan numerosos al nacer como lechones pueda tener una cerda en un
numerosísimo parto.
Además del mito de fertilidad apuntado por Caro Baroja, creemos también
que se trata de un mito creado para neutralizar una sospecha de grave
repercusión moral, ya que algunas personas ignorantes creía que los
nacimientos de muchos hijos podían deberse a que la mujer había tenido
relación con más de un hombre, tal vez sea esa la causa de que aparezcan
casos de partos múltiples en nobilísimas señoras, que al ser contados por
sus cronistas ponen estos buen cuidado en resaltar la intachable decencia de
la parturienta, en razón de su nobleza, piedad o actitud religiosa, de forma
que no quepa ninguna duda de que solo pudo haber un padre único. Muchos de
estos casos pasaron a la Península a través de traducciones de obras
italianas, otros proceden directamente de fuentes clásicas, y de estas y
otras fuentes pasaron a los pliegos sueltos con diversas variantes.
El tema de la fertilidad deriva en otros, como el del «hombre en cinta»,
un pliego que describe las consecuencias del hechizo de una bruja, que logra
dejar preñado a un hombre y consigue luego que la naturaleza desarrolle un
pequeño monstruo en su vientre. El parto es nefando y escandaloso, el ser que
nace es feo y diablesco, y representa una ruptura del orden natural, una
transgresión de la ley porque se invierten las funciones del hombre en mujer[50].
El tema del hombre marino o peces con aspecto humano es de los más
olvidados de nuestra literatura. Hay variantes que reúnen características
afines; estos tritones son monstruos marinos con forma humana, y asegura
Fuente la Peña, en 1676, que se han visto muchos de ellos en el océano; ha
habido casos en Portugal y Cádiz en tiempos antiguos y en 1525 en la costa
romana. Afirma este autor que Belonio, Mayolo y Teodoro de Gaza tratan de este
prodigioso ser, al igual que otros escritores en castellano, entre los que
destacan Nieremberg, Pedro Mártir, Pedro de Sevilla o Pedro Gil, todos ellos
recopiladores de algún testimonio de estos hombres marinos[51].
Hay una larga tradición de prodigiosos anfibios de apariencia humana
que también se recoge en pliegos sueltos. Disponemos de una relación impresa
en Barcelona, en 1608, por Sebastián de Cormellas, que cuenta en romance la
aparición del pez Nicolao[52],
una especie de tritón cuyas referencias más antiguas parece que están en
Plinio. En el pliego se indica que este «medio hombre, y medio pescado» se
apareció «de nuevo en el mar», circunstancia muy significativa porque alude
a toda una tradición de apariciones que efectivamente se testimonia en muy
diversas fuentes. Todo indica que el pez Nicolao «Nació en la villa de Rota
que está dos leguas de Cádiz»[53],
nació y se crió como un niño normal, pero a los diez años su vicio era bañarse
y su ilusión saber las dimensiones del mar; su disgustado padre no pudo
retenerlo y en su desesperación lo maldijo, deseando que se quedase para
siempre en el mar, ya que tanto le gustaba, y que muriese si alguna vez salía
del agua. Al acabar de decirlo, Nicolao (o Nicolás) se quedó convertido en
un pescado espantoso, ya que al menos la mitad de su cuerpo perdió la
apariencia humana. Se sumergió en las profundidades y pasó allí año y
medio hasta que regresó para ver a sus padres; a partir de esta primera
inmersión venía a tierra firme con más frecuencia para visitarlos, pero...
«Nunca
del agua salía
del
cuerpo la mayor parte,
que
como cualquiera pece
muere
si del agua sale»[54].
Siguiendo con el romance de este pliego llegamos a las pasmosas
aventuras de este hombre-pez, que estuvo explorando una cueva submarina en
Rota, permaneciendo bajo la superficie durante cien años. Contó al salir que
vio un mar nuevo, no navegado, que llegaba hasta las orillas del Jordán,
donde los pescados no se comían unos a otros ni llegaban a envejecer. La
cueva es también en este caso el lugar donde el protagonista entra en
contacto con un conocimiento oculto y se convierte en iniciado; cuando sale al
exterior posee nuevos dones y sabiduría. Es un tipo de experiencia que se
repite en otros relatos, a veces se trata de mundos extraños e incluso
hostiles que la desconfianza o el temor han impulsado a construir, también
son realizaciones perfectas de lo que aquí conocemos con formas imperfectas[55].
Ante el «otro» mundo la pregunta es siempre la misma: ¿cómo llegar a él?,
y sobre todo: ¿cómo regresar de él y contarles a los demás lo que se ha
visto? Ni del paraíso ni del infierno puede el hombre volver porque es
mortal; es indudable que sólo los seres superiores a los hombres pueden
emprender tan singular viaje para traer el conocimiento que allí se oculta.
Pues bien, el pez Nicolao es uno de estos seres capaces de llegar por caminos
abismales, por larguísimas cavernas nada menos que hasta el río Jordán,
para encontrarse con un mundo que es la perfecta inversión de lo que sucede
en los mares conocidos y llenos de peligros. Esta especie de tritón se hace
experto en rutas marinas, conoce las más seguras y pone al servicio de los
navegantes su sabiduría náutica con el fin de que puedan realizar sus viajes
sin peligro.
Es Benito Jerónimo Feijoo (1676-1764) quien entra con mayor
profundidad en la leyenda del anfibio Nicolao, ya conocido en Catania
(Sicilia) como «Pesce Cola», portentoso nadador y pescador de ostras y
coral. Este relato circulaba todavía en pliegos sueltos a finales del siglo
XVII, Feijoo lo conocía bien, probablemente dándole una credibilidad muy
limitada, pero se produjo una noticia en su tiempo que le hizo convencerse de
que era completamente cierto: el hallazgo del extraordinario nadador Francisco
de la Vega, conocido como el anfibio de Liérganes (actual Cantabria).
Este convencimiento de que eran ciertas las historias de hombres
marinos le hizo estudiar más a fondo al pez Nicolao, e ir a los orígenes de
la leyenda de este «racional anfibio»[56].
Afirma Feijoo que se pasaba días enteros en alta mar, hasta que en una ocasión
le sucedió una desgracia durante una peligrosa inmersión en el remolino de
Caribdis, lugar situado cerca del Cabo de Faro, cuando el rey Federico de Nápoles
y Sicilia quiso probar sus habilidades y resistencia. Salió triunfante de la
primera inmersión, rescató la copa de oro arrojada por el rey e informó a
éste «de la disposición de aquellas cavernas y de varios monstruos acuátiles
que se anidaban en ellas»[57],
pero en la segunda inmersión, cuando mayor hubiera sido la recompensa, se
perdió para siempre en aquel sumidero marino.
La leyenda del pez Nicolao tenía variantes ya antes de llegar a España,
algo usual en los testimonios de casos prodigiosos impresos en pliegos
sueltos. Feijoo debió leer en su juventud varias versiones españolas y tal
vez alguna itálica, todas ellas con parecidos detalles a la del pliego señalado,
donde se trata sobre la conversión en pez por causa de la maldición materna,
el medio cuerpo pisciforme, su nacimiento y crianza en Cádiz, etc. Este
maravilloso tritón formaba parte de las tradiciones españolas, especialmente
en la Andalucía Occidental, desde época tan indeterminada como antigua, y así
lo afirma Pedro Mexía, que siempre oyó contar a viejas mujeres cuentos y
aventuras de un pez llamado Nicolao, cosa bien creíble porque este autor era
natural de Sevilla, y publicó su famosa Silva
de varia lección[58]
en esta ciudad, tan cercana a todo lo referente a la leyenda. Mexía reconoce
que siempre le parecieron mentiras tales historias hasta que las leyó en
libros de autores como Joviano Pontano (1426-1503), Alexandro de Alexandro
(1461-1523) y otros humanistas italianos, y a partir de entonces les dio más
credibilidad, lo que representa un ejemplo de la importancia que se le da a la
cultura libresca frente a la transmisión oral. A Pedro Mexía debió
convencerle la descripción de ese pece Colan de Catania (Sicilia), que tenía
la inclinación natural de nadar sin descanso en el mar, incluso en días de
tormenta; los barcos se lo encontraban en cualquier parte del mar, y la
tripulación le daba de comer pidiéndole en ocasiones a cambio que le llevara
mensajes a tierra[59].
Feijoo conoce muy bien la obra de Mexía, aparecida más de un siglo
antes, y le merece credibilidad en lo referente al pez Nicolao. La leyenda
toma nueva fuerza cuando unos pescadores capturan, en 1679,
a un extraño nadador con forma humana en la bahía de Cádiz. No parecía
un monstruo, a pesar de tener escamosa buena parte de la piel de su cuerpo,
tampoco hablaba ninguna lengua conocida y tenía figura de «hombre racional»
. Fue llevado al convento de San Francisco, donde al cabo de unos días
pronunció la palabra «Liérganes», que oída por un mozo natural de esa
localidad permitió saber que correspondía a un lugar situado a dos leguas de
Santander. Aquí empieza la identificación que Feijoo hace de ambos
personajes, pues en su interpretación está seguro de que el recién
aparecido hombre-pez de Liérganes y el famoso pez Nicolao o Nicolás que
transmiten las leyendas y cuentan los libros como el de Mexía son el mismo «racional
anfibio».
Un secretario de la Inquisición, que era también de Lierganes,
escribió a un conocido suyo a Santander, y de los datos que recibió dedujo
que aquel fantástico ser de Cádiz bien podía ser el muchacho que había
desaparecido en la ría de Bilbao, cuatro años antes, hijo de María del
Casar, de padre fallecido, y cuyo nombre era Francisco de la Vega. No tardó
el franciscano Juan Rosende en ponerse en camino por otros asuntos y accedió,
en 1680, a llevar consigo al extraño muchacho escamoso hasta Santander; una
vez allí no hubo duda, demostró ser Francisco de la Vega, sólo así se
explica que acertara con el camino de su casa familiar y llegara sin titubeos
a la puerta; lo único raro fue que a pesar de ser reconocido por su familia y
abrazado por su madre y sus dos hermanos «el expresado Francisco ninguna
novedad ni demostración hizo más que si fuera un tronco»[60].
Contaron sus parientes que el muchacho estaba en la villa de Bilbao en 1674,
aprendiendo el oficio de carpintero, cuando fue a bañarse con otros compañeros
y desapareció en la ría. Al regresar a Liérganes, cinco años después,
todos se asombraban de que tuviera escamas en el espinazo «y como una cinta
de ellas desde la nuez al estómago»[61].
Feijoo se muestra seguro de que la maldición de su madre nunca fue
pronunciada, y que la leyenda popular no tenía razón en ese punto, y
entiende que la conversión de
Francisco en hombre marino debió ser un proceso puramente natural. Este
aspecto nos demuestra el vigor que tenía la leyenda del pez Nicolao, una
creencia indiscutible incluso para Feijoo, que siempre quiso saber cuáles
fueron las marítimas peregrinaciones del protagonista de la historia, que
luego debieron continuar, porque el curioso personaje volvió a desaparecer
misteriosamente nueve años más tarde y nunca más se volvieron a tener
noticias suyas.
Según Caro Baroja, que también ha investigado sobre el hombre-pez de
Liérganes[62]y
ha consultado a Feijoo, esta historia «debe proceder de un ciclo de
narraciones en las que se quiere expresar cuán peligroso es exponerse a las
maldiciones o el quebrantar una prohibición...»[63],
afirmación que se ajusta muy bien a nuestro pliego, cuyo original no llegó a
tener en su mano Caro Baroja por vicisitudes de organización documental[64].
También Antonio de Fuente la Peña hace su interpretación sobre los
tritones, y entiende que a pesar de ser peces con figura humana no pueden ser
hombres de verdad, y lo mismo debe considerarse sobre el pez fraile[65]
o el pez obispo[66],
llamados así por sus similitudes corporales con los ropajes religiosos. El «pescado»
encontrado en el mar de Liorna, en Italia, es un sirénido que aparece
descrito en un pliego valenciano de 1679. La hechura del grabado no es muy
perfecta, no se distingue bien que «el rostro era de hombre»[67].
Debieron circular bastantes pliegos sobre este tipo de seres mitológicos cuyo
origen está en la cultura grecorromana.

Sirénido
de Liorna
Fuente la Peña menciona también dos casos de apariciones de mujeres
marinas, una en Trisia, en el año 1600, y otra que algún cronista interpretó
en su momento como sirena[68]
y no nereida, capturada en un lago de Holanda en 1403, que luego resultó ser
tan inteligente que aprendió a hilar y otros oficios. Fue durante la Edad
Media cuando se desarrollaron y dieron por ciertas muchas historias
protagonizadas por extraños seres y monstruos, algunas de las cuales fueron
literarizadas durante los Siglos de Oro[69].
Es poco explícito Olao Magno[70]
cuando escribe sobre los peces con figura humana, pero les atribuye carácter
pacífico, gran tamaño, inteligencia y una curiosidad innata; destaca la gran
solidaridad que mantienen los miembros de su especie entre sí, y el insólito
gesto de tristeza que muestran al ser capturados por los hombres. Juan Eusebio
Nieremberg menciona también la falsa naturaleza humana de los tritones, y
recoge noticias antiguas y modernas de los mismos, desde el que fue visto en
Portugal salir del mar soplando una concha, tal vez en época romana, hasta
otro caso sucedido cerca de Roma, en 1523[71],
y señala que también las noticias llegadas de las Indias Occidentales traen
historias parecidas.
El trasvase de información de libros a pliegos sueltos se produce en
el caso de los tritones y también
con otros tipos de anfibios marinos. En 1624 redacta el licenciado Diego Ortiz
de la Fuente uno de estos pliegos, de dos hojas en folio, que trata
exclusivamente de prodigios[72].
Después de hacer un repaso a los casos sucedidos en la antigüedad cita
expresamente a Juan Botero en sus Relaciones
Universales[73],
donde cuenta la historia de una mujer marina, desnuda y muda, y de un monstruo
marino semejante a un obispo. En el pliego se reproducen también otros
prodigios procedentes de cierta obra del Padre Acosta. El trasvase de material
del libro de Botero al pliego no se ha producido omitiendo la procedencia del
mismo, ni se pretende convertirlo en noticia de actualidad, como ocurre con
otras apariciones y sucesos, y deja patente en todo caso la utilización
frecuente de fuentes librarias en la confección de pliegos.
El tamaño de un ser podía convertirle en prodigioso, ya fuera su
grandeza o su pequeñez. Cualquiera de estos rasgos causaba una sensación de
alteración inquietante en la naturaleza y era muy difícil de explicar sus
causas con los conocimientos de aquellos momentos, lo que obligaba
constantemente a acudir a criterios de autoridad.
Es conocido el caso de fray Andrés de Villamanrique, que estuvo muy
interesado en obtener información sobre un enano del tamaño de una perdiz
que al parecer vivió en Egipto hasta los 24 años de edad, en tiempos del
Emperador Teodosio[74].
Villamanrique debió leer el Viridario
de Francisco de Mendoza[75],
pero es difícil precisar otras fuentes en un tema semejante, pues la pista se
pierde en autores italianos poco conocidos o que trataron el tema
superficialmente.
En cuanto a gigantes, muchos autores trataron de la materia, pero
refiriéndose a restos óseos de supuestos gigantes. Desde Alonso de Castrillo[76]
(1521) a José del Olmo, ya en la segunda mitad del siglo XVII, muchos
autores citan estos hallazgos, pero no aparecen en pliegos, tal vez
porque nunca se confundieron tales huesos con restos humanos, especialmente en
Madrid, tan cercano a ricos yacimientos paleontológicos; debió ser una temática
de tradición libresca que no gozó de mucha credibilidad en España.
El tratamiento de gigantes en pliegos es de otras características, se
refiere a niños de gran tamaño, como es el caso de un pequeño gigante
nacido en Jaén; sus miembros eran de «formidables proporciones», y con
menos de dos años parecía tener diez, tan grueso como un hombre y de
parecidas fuerzas. Conocemos tres impresos de esta temática, al menos dos de
ellos de 1680, el primero impreso en Jaén, el segundo en Barcelona, por R.
Figueró y el tercero, sin pie de imprenta, es probable que sea tambjén de la
misma fecha que los anteriores. No se puede determinar cual de ellos ha podido
servir de modelo a los demás[77],
pero es posible que el último sea una copia del primero.
Otro tema que no falta en pliegos es el de los hombres de
extraordinaria longevidad, y de él trata inevitablemente Torquemada, que
recoge testimonios de varios autores clásicos, y también del Antiguo
Testamento[78].
Cuenta casos concretos de personas, como lo sucedido a cierto viejo de Taranto
que no era viejo por primera vez hacia 1531 sino por segunda, ya que medio
siglo antes, cuando era centenario, rejuveneció por completo hasta
convertirse en mozo; finalmente acabó tan viejo que parecía «hecho de raíces
de árboles»[79].
Entre otros casos que cuenta está el de dos personajes de la India, uno vivió
340 años, había rejuvenecido cuatro veces, con nuevo nacimiento de dientes y
muelas; otro había cumplido los 300 años, era muy amigo de los portugueses y
considerado un santo en aquel territorio.
Hay al menos un pliego suelto que trata de una noticia muy parecida,
está impreso en Cádiz, en 1664, pero indica que está sacado sacado de un
original estampado anteriormente en Lisboa, en 1622, y debe ser de procedencia
libresca la información. Se afirma en la hoja final que «concuerda este
prodigio con algunas noticias aun mas autorizadas de diversos autores»[80],
pero no cita la misma fuente que Torquemada, que es un cronista del rey de
Portugal llamado Hernán López de Castañeda, sino que acude a autores que
dan una versión de tendencia religiosa al prodigioso caso[81].
El origen de la eterna juventud de este indio musulmán, que tenía
aproximadamente 380 años en la fecha de impresión del pliego, está en la
caridad que tuvo con un santo peregrino y en el pago que de él recibió. Este
hombre de casi 400 años recordaba muy bien que en una ocasión ayudó a
cruzar el Ganges a un pobre viajero dolorido, cuya identidad desconocía; en
pago de una caridad tan grande, el viajero le concedió la eterna juventud,
cosa que tuvo ocasión de comprobar el indio con el paso del tiempo, porque
desde el siglo XIII no envejeció nada. El relato, en realidad, es bastante más
embrollado que este resumen, porque los autores religiosos que supuestamente
consulta el autor de este pliego no hacen bien las cuentas, aunque todos
parecen creer que aquel extraño peregrino era el propio San Francisco, es
decir, su espíritu, pues el religioso había muerto 38 años antes de
encontrarse con aquel indio, que tenía entonces sus primeros 40 años de
vida.
Hay otros temas que pasan de los libros a los pliegos de prodigios, es
el caso de un blasfemador o irreverente que sufre un terrible castigo divino
por interrumpir a los asistentes de un oficio religioso, y acaba enloquecido,
muerto y desfigurado[82].
El suceso aparece ya en el Jardín de
flores curiosas de Torquemada, una obra de la que se sirvieron muchos
redactores de pliegos, tal vez porque reúne numerosas noticias sacada de la
rica cantera popular y es fuente inagotable de prodigios.
La fuerza modificadora del pensamiento intrigó a los estudiosos de los
siglos XVI y XVII, y se llegó a creer que provocaba extraños fenómenos; por
ejemplo, que la imaginación de la mujer podía influir en las cualidades de
su hijo antes del nacimiento, o también que era posible la modificación de
objetos materiales sin contacto material, tan solo con la influencia de la
imaginación, tal como creía Pedro Mexía.
Otra forma de proyectar la capacidad modificadora de la imaginación es
mediante la fuerza de la vista; de esta idea era partidario Avicena, pero Juan
Eusebio Nieremberg[83]
se ve obligado a refutarla por su condición de religioso, ya que equivaldría
a aceptar como eficaz el aojo, cosa que ya la mentalidad popular admite
tradicionalmente. Andrés de Villamanrique asegura que la fuerza de la
imaginación de la madre es capaz de contagiar al niño la monstruosidad de
cualquier imagen que contempla ella mientras lo está gestando[84],
una idea que aunque resulte extraña ha llegado atenuada hasta el siglo XX y
aun se protegían de este riesgo algunas de
nuestras abuelas.
Conocemos al menos un pliego sobre este fenómeno[85],
que desarrolla la acción en Sevilla, donde una mujer casada con un hombre de
piel blanca acabó pariendo una criatura de negrita piel, cosa que al parecer
no entendió bien su marido. También se registra el nacimiento de una niña
en Montilla, mitad blanca y mitad negra, pero no se resuelve que la causa se
deba a fantasía de la madre[86].
El caso más claro es libresco, y lo recoge Juan de Piña, se trata de un
matrimonio de esclavos negros que tuvieron un hijo de piel blanca; «estaba su
padre tan gozoso, que no miraba mas de tener un hijo tan blanco, siendo él y
su madre tan negros, y que pensaba serían así los demás hijos, y no dejaba
de mirarlo con insistencia, creyendo que por desearlo tendría más como aquél»[87].
El sueño de volar y los mitos del vuelo han poblado el cielo también
de extraños seres y monstruos, figuras humanas e incluso ejércitos aéreos,
en un largo proceso de colonización zoológica y antropológica especialmente
simbólica. Algunos autores, como Nieremberg, consideran que las estatuas que
en alguna ocasión se han aparecido en el aire son puramente naturales,
formadas por las estrellas[88].
En los siglos XVI y XVII estos prodigios fueron de una gran variedad formal:
antropomórficos o zoomórficos, seres de rasgos terribles o pacíficos,
flotas numerosas en formación de ataque que se enfrentan en el aire, duelos
singulares o ejércitos combatiendo estrepitosamente, tinajas, carros, luces,
esferas luminosas, y tanta diversidad de objetos y seres que más parece una
pesadilla de los hombres que una fauna de los cielos. El nombre de «estantigua»
(hueste antigua) es el que más se ajusta a estos fenómenos, aunque dicha
denominación alude originalmente a columnas de hombres armados, en formación
de infantería o a caballo. Existe en muchos casos un valor asociado
directamente a situaciones de angustia de la población, que proyecta
inconscientemente su inquietud hacia el cielo o crea expectativas que hacen más
creíble la transmisión de estos testimonios.
Fernández Raxo nos da una exhaustiva relación de ejércitos aéreos
desde la antigüedad[89]:
unos son seres móviles que se ven oscilar de forma poco definida, pero otros
parecen arrebatados por una agitación interna y da la impresión de que
luchan con el ritual de hombres armados y de batallones, tal como ya atestigua
Plinio. También Alonso Fernández de Madrid, hacia 1536-1542 incluye en su Silva
Palentina un testimonio de este tipo de batallas en la que participan «gentes
armadas peleando unos contra otros con grande estruendo»[90];
no siempre son causa de graves presagios, pero ya desde la época romana se
han considerado esta clase de fenómenos como funestos anticipos de grandes
calamidades para los hombres. El mito posee tal universalidad que se extiende
incluso al mar. Los marineros también tenían su propia versión de estas
irrupciones extrañas, eran los barcos fantasmales como el del «holandés
errante» que todavía hoy tiene seguidores y testigos[91].
Estos navíos podían incluso internarse en los campos o cruzar los bosques a
más altura que las copas de los árboles, y se consideraban un presagio de
graves sucesos, guerras, desgracias o muerte.
No son raras estas noticias en los pliegos sueltos del siglo XVII.
Suelen ser casos de procedencia libresca muy manipulados, aunque se producen
también como espectáculo contemplado por testigos y trasladado directamente
a este tipo de relaciones de noticias. Se trata de una tradición con raíces
en la antigüedad, ya en la época romana se habla de vigas aéreas, y también
de cometas gigantes y ejércitos que surcan los cielos, por eso no han de
extrañar noticias como la que registra una carta escrita en Roma, el 23 de
Mayo de 1671, que termina así: «Avísase como en una Provincia de Francia
apareció un cometa, en forma de una grande viga roja, y después de ella se
formaban en el aire dos grandes ejércitos de caballería, y infantería, que
habiendo peleado grande rato desaparecieron, huyendo el uno, y siguiéndole el
otro»[92].
Los pliegos sueltos también sirvieron para transmitir este tipo de
espectáculos aéreos[93]:
resplandores en el cielo, el paso de extraños personajes seguidos de su séquito,
cuadrillas de hombres armados que desfilan, etc., son testimonios que pueden
mezclar elementos distintos, por ejemplo: la «columna armada» y el «desfile
procesional con luminarias». El fenómeno suele llamarse «estantigua»
porque esta es la denominación que está presente en la cultura popular y
puede aplicarse a significantes muy diversos: apariciones espectrales,
apariciones aéreas antropomórficas, zoomórficas y otros extraños
espantajos de naturaleza inmaterial o evanescente. El origen es la «hueste
antigua» de reminiscencias paganas, de la que hablaremos en profundidad en
obra aparte. Mas allá de toda esta variedad está su relación con
situaciones de alarma social, que se producen ante la inminencia de alguna
guerra, peste u otras causas que representen un grave peligro para el
bienestar social, que para las gentes de aquella época era un bien escaso.
Juan Eusebio Nieremberg entiende que «es cosa natural pelear ejércitos
de aves entre sí, antes que se sigan entre los hombres grandes guerras»[94],
y son muchos los autores que coinciden en su valor premonitorio de grandes
males: guerra, muerte súbita o cualquier otra desgracia. En el siglo XVI se
presentan muchos de tales fenómenos aéreos despertando expectativas de
presagio, y no sólo en zonas rurales, sino también en las ciudades y en
distintos países. Una furiosa batalla se testimonia en 1583 sobre París; el
cielo se volvió rojo y la luna se ennegreció durante la noche[95].
Otras dos armadas fueron vistas en 1590 en el valle de Dordogne, junto al
castillo de Montfort, que entablaron combate en las nubes[96].
También en Dublín, en 1641 se vieron dos ejércitos enfrentados en los
cielos de la ciudad; esta «estantigua» dublinesa ("the Heavens
Armado") protagonizó igualmente una espectacular batalla aérea[97].
Se trata de una variedad de noticias que se repiten en toda Europa y son
recogidas y divulgadas en pliegos sueltos durante todo el siglo XVII, época
de oro de este tipo de impresos.
El fenómeno ha derivado también en apariciones de carácter espectral
y terrestre, una especie de «santa compaña» de almas en pena cuya tradición
llega hasta nuestros días desde tiempos muy antiguos; no se trata ya de ejércitos
ni batallas aéreas, sino de apariciones individuales o colectivas de espíritus
o almas de muertos, que van por los caminos con candiles o velas, entonando cánticos
o rezos[98].
La constante que se mantiene a través de los siglos es que estas procesiones
misteriosas son portadoras de un mensaje funesto, de desgracia o de muerte[99].
Los demonios están también identificados con estas apariciones de ejércitos
aéreos, procesiones terrestres o espíritus solitarios. Como corresponde a su
tradición, estos seres se presentan engañosamente a los hombres para
tentarlos y apartarlos del pensamiento correcto y las creencias adecuadas. La
interconexión entre libros y pliegos también se da con frecuencia en esta
temática. Por ejemplo, cuenta Torquemada[100]
en su Jardín de flores curiosas la
historia de un niño que es maldito por su madre, y sale de noche al corral
para evitar su enfado, allí es capturado por unos grandes y feos demonios y
llevado por los aires más deprisa que un pájaro. Luego es bajado a un
espinoso monte y arrastrado, con tanto daño que cuando es devuelto a su casa,
dos horas después, ha perdido para siempre algunas de sus facultades y quedará
marcado por la experiencia; «del trabajo que pasó quedó sordo y abobado, de
manera que nunca fue el que antes era y pesábale de que le preguntasen o
trajesen a la memoria lo que por él había pasado». El pliego[101]
recoge la misma historia que aparece en el Jardín
de Torquemada, no hay diferencias significativas.
En otro de estos impresos aparece un romance sobre un tema que procede
tal vez de la Silva de Pedro Mexía[102].
Se trata de hombre que es llevado a prisión y engrillado por haber matado el
perro de un tirano. En cierto momento desapareció de su celda milagrosamente,
y al cabo de tres días, también de forma inexplicable, volvieron a
encontrarlo preso. En el relato de Mexía la salida de la celda tiene lugar
gracias a la ayuda del demonio, que acude ante la llamada desesperada de aquel
hombre, pero en el pliego, en cuanto el diablo se presenta, el preso se
desdice y nada quiere saber sobre una escapatoria que el diablo le ofrece a
cambio de su alma[103].
Todavía en el siglo XVII se distribuyen en pliegos y opúsculos
historias prodigiosas de origen medieval, como aparece en el pliego estampado
por Egidio Luengo, que cuenta lo sucedido a un ermitaño que vivía en el
desierto y en una ocasión «vio pasar muchos hombres como Ethiopes cargados
de heno, y preguntándoles, para que [fin se] apercibían [de] tanta cantidad
de heno, y quien[es] eran, dice que respondieron: nosotros somos demonios, y
esto no lo llevamos para alimento de los animales, sino para materia del
fuego; porque aguardamos a Pandulfo Príncipe de Capua, que esta expirando. El
santo varón envió luego un hombre a informarse de esto en Capua, el cual
volviendo con la respuesta, dijo, que le halló muerto; luego el monte de Soma
echó fuego [por su volcán] con mucha cantidad de pez, y resina, con tanta
vehemencia que se dilató hasta el mar»[104].
NOTAS
[1].
«Relación
verdadera, sacada de diferentes cartas ... refiereſe en ella el
admirable Prodigio; paſmoſo, y nunca viſto Caſo, que ha
ſucedido en Roma; poniendo vna Gallina en el Caſtillo de Sant
Angel vn Huevo, con vna Eſtrella de primera Magnitud, en forma de
Cometa redondo, en la parte ſuperior dèl; y diez y ſiete Eſtrellas,
repartidas por todo ſu ovalado circulo...». Madrid, Lucas Antonio de
Bedmar, 1681; fol. 2 h.
[2]. En la obra titulada: el Jardín de las Delicias (tabla central), de el Bosco, que está en el Museo del Prado de Madrid, aparecen este tipo de esferas o huevos.
[3]. Jurgis Baltrusaitis. La edad Media fantástica. Antigüedades y exotismos en el arte gótico. Madrid, Cátedra, 1987; pp. 205-213.
[4]. Constantín Amariu. El huevo. Esplugues de Llobregat; plaza y Janés, 1989, (Los Símbolos); pp. 97-99.
[5]. David Maclagan; J.M. Ibeas, trad. Mitos de la creación. Madrid, Debate, 1989; p. 16.
[6]. Constantín Amariu. Op. cit.; p. 60.
[7]. Juan Eslava Galán. Verdugos y torturadores. Madrid, Temas de Hoy, 1991; p. 181.
[8]. Vicente Hernández Catala. La expresión de lo divino en las religiones no cristianas. Madrid, Editorial Católica, 1972; p. 177.
[9]. El huevo primordial de la serpiente primitiva fue la imagen del dios egipcio Atum, y en el Libro de los muertos, se anuncia que cuando el mundo retorne al estado caótico, el oculto dios supremo Atum se convertirá de nuevo en serpiente. Mircea Eliade. Historia de las creencias y de las ideas religiosas. Madrid, Cristiandad, 1983, t. III/1; p. 104.
[10]. Ambroise Pare; Ignacio Malaxecheverría, ed. Monstruos y prodigios. Madrid, Siruela, 1987; p. 28, fig. 7.
[11]. Vicente Hernández Catala. Op. cit.; p. 176.
[12]. Jurgis Baltrusaitis. Op. cit.; pp. 214-230.
[13]. José Vicente del Olmo. Nveva descripción del Orbe de la Tierra. Valencia, Juan Lorenzo Cabrera, 1681; p. 35. (en el original: Ioan Lorenço Cabrera)
[14]. Pedro Mexía; Antonio Castro, ed. Silva de varia lección. Madrid, Cátedra, 1989, (2 vols.), vol. I; pp. 606-609.
[15]. Ibídem; p. 609.
[16]. Francisco Botello de Moraes; Eugenio Cobo, ed. y Fernando R. de la Flor, introd. Historia de las cuevas de Salamanca. Madrid, Tecnos, 1987; p. 10.
[17]. Salvador Ardevines Isla. Fábrica Vniversal y admirable de la composición del Mundo Mayor, a donde se trata desde Dios, hasta nada, y del menor, que es el hombre. Madrid, Diego Flamenco, 1621; f. 71 r.
[18]. Francisco Botello de Moraes. Op. cit.; p. 38.
[19]. «Relación verdadera, en la qval se declara como en la Ciudad de Murcia vn hombre sastre mató a su mujer preñada...». Barcelona, Bautista Sorita, 1617. Este pliego (y otros muchos aquí citados) se encuentran descritos en: Gonzalo Gil. Catálogo de pliegos sueltos de temática prodigiosa (siglo XVII). Madrid, Gonzalo Gil, ed., 2001; n.º 37.
[20]. «Relación del descvbrimiento de vna cveva junto al puerto Grado...». Madrid, Julián de Paredes, 1653.
[21]. «Relación general de casos sucedidos en diferentes reynos y Provincias, como en Polonia, Vngría y otras partes...». Madrid, s.i., 1683.
[22]. Juan Eusebio Nieremberg. Cvriosa, y oculta filosofía. Primera y segunda parte. Alcalá, imprenta de María Fernández, 1649; pp. 406-416.
[23]. Ibídem; pp. 406-416.
[24]. «Los incendios de la montaña de Soma». Nápoles, Egidio Luengo, 1632; p. 3 r. Indica que la historia procede de ciertas «epístolas ad Loricatum» de Pedro Damiani.
[25]. Juan Eusebio Nieremberg. Op. cit.; p. 69.
[26]. Algunos no tan conocidos, como Bovistuau, Tesserant o Simón Goulart; pero otros de mayor fama aunque en distintos saberes; es el caso de Rondelet (1507-1556), que escribió, entre otras obras: De píscibus marinus Libri XVIII; Conrado de Gesner (1516-1565), cuyas obras tratan sobre todo de animales terrestres, marinos y fósiles, Conrado Lycóstenes, antes llamado Conrado Wolfhardt (1518-1561), autor del Prodigiorum et ostentorum chronicon; Pedro Mártir de Anglería (o Anghiera) (1457-1526), que recogió en sus obras curiosos testimonios directos de los grandes navegantes del siglo XVI; Jean Bodín o Johanne Bodino, autor de una Demonomanía; Jerónimo Cardano (1501-1576), autor de De rerum varietate Libri 7, que trata de los animales y de lo que estos producen; Matiolo, etc., y entre los segundos, la mayoría de la antigüedad: Julio Obsecuente (Liber prodigiorum, s. IV), Casiano (s. IV-V), San Jerónimo (347?-420); Plinio (23-79), Heliodoro (s. III); Plutarco (50?-125?) Galeno (131-201), Hipócrates (460?-377? a. J.), el hispano-granadino Juan León «El Africano» (1483-1552), Sebastián Munster (1489-1552), Saxo Grammaticus (1150-1216?), Fulgosio, Volterranus, etc. Vide sobre estos últimos: Claude Kapler, Op. cit.; p. 254, 255.
[27]. Claude Kappler. Monstruos, demonios y maravillas a fines de la Edad Media. Madrid, Akal, 1986; p. 254.
[28]. «Relación verídica, y noticia extraordinaria ... del horrible mõſtruo...». s.l., s.i., 1688?
[29]. Ambroise Paré. Op. cit.; p. 68.
[30]. «Relación verdadera ... de la preſa que se ha hecho de vn animal monſtruoſo...». Madrid, Juan Sánchez, 1645.
[31]. Puede verse este monstruo anfibio de La Rochelle en el grabado reproducido en: Gonzalo Gil. Pliegos sueltos y género de prodigios (fuentes documentales y organización de la información en el siglo XVII). Madrid, Gonzalo Gil, ed., 2001; p. 116.
[32]. Se encuentra ejemplar también en la biblioteca de las Facultades de Farmacia y Medicina de la Universidad Complutense de Madrid, que conserva numerosas obras de curioso contenido, entre las que destacan el Hortus Sanitatis (s. XVI) o el Thesaurus Chirugiae (s. XVII) entre otros muchos.
[33]. Antonio de Fuente La Peña. El Ente dilucidado. Madrid, Imprenta Real, 1676; p. 26.
[34]. «Relación, y copia de carta, escrita a vn principal cavallero deſta Corte ... dà noticia de un horrible, y eſpantoſo monſtruo...». s.l., s.i., s.a. (vide estampa en la página 15).
[35]. Un grabado muy parecido a este monstruoso soldado capturado en Buda es el denominado «hombre bestia» de Aviñon. Se guarda en la Biblioteca Nacional de París. En el pie de la estampa hay una explicación en alemán de seis líneas. Se trata de un soldado que parece gastar barretina, casaca y espada curva. Vide: Eric de Goutel e Yves Verbeek. Animales míticos y monstruosos. Madrid, Círculo de amigos de la Historia, 1975; p. 98.
[36]. Hace algunos años apareció en un diario una curiosa interpretación mítico-tecnológica sobre este extraño ser: se le consideraba extraterrestre. Un lector contestó rebatiendo esta teoría por falta de pruebas.
[37]. «Copia de carta embiada de la Civdad de Girona ... dá quenta de vn prodigioſo monſtruo que fue hallado en las ſierras del Empurdan...». Madrid, Diego Díaz de la Carrera, 1654. Hay otro pliego sevillano que procede de este: «Copia de carta embiada de la civdad de Girona ... en que le dá quenta de vn prodigioſo Monſtruo, que fue hallado en las ſierras del Empurdan ...». Sevilla, Juan Gómez de Blas, 1654. Procede de una edición de Madrid, por Diego Díaz de la Carrera.
[38]. De la obra de John (o Juan) de Mandeville, el conocido Libro de las maravillas del mundo y de la Tierra, hay al menos noventa ediciones que se registran en Europa antes de 1600. Algunas de las ilustraciones de este autor, que vivió en el siglo XIV, las reproduce Claude Kappler. Op. cit.; pp. 54 y 138-148.
[39]. Jurgis Baltrusaitis. Op. cit.; p. 197. Se refiere este autor a fuentes francesas: Le Clerc; pierre le Picard y Guillaume de Metz, que al parecer describen seres de múltiples brazos similares al de nuestro pliego. En este caso no conocemos el valor simbólico que ha querido dársele a los siete brazos, pero podría tener relación con el modelo celeste de las siete esferas.
[40]. Ibídem; p. 197.
[41]. Ibídem; p. 197.
[42]. Juan-Eduardo Cirlot. Diccionario de símbolos. Barcelona. Labor, 1988; pp. 404 y 405.
[43]. Fernando Álvarez. «Relación muy verdadera, en la que ſe da cueta ... de vna muger natural de Seuilla...». Sevilla, Manuel de Sande, 1633. La edición sevillana procede de la de Madrid, de los herederos de Diego Flamenco.
[44].
«Carta escrita por
Salvador de Padilla, a un religioso grave de la ciudad de Sevilla, dándole
quenta del prodigioso parto de siete varones...». Málaga, Juan Serrano de
Vargas, 1633.
[45]. Julio Caro Baroja. Ensayo sobre la literatura de cordel. Madrid, Istmo, 1990; pp. 173 y 174. Recoge tres romances vulgares transcritos por Durán y cuenta sucintamente la leyenda.
[46]. Antonio de Fuente la Peña. Op. cit.; p. 84.
[47]. Jacinto Arias de Quintanadueñas. Antigvedades y Santos de la mvy noble villa de Alcántara. Madrid, Mateo Fernández, 1661; f. 70 r. y v.
[48]. Martín Carrillo. Annales y memorias cronológicas. Contienen las cossas mas notables assi Ecclesiásticas como Seculares sucedidas en el Mudo... Huesca, Pedro Blusón, imprenta de la viuda de Juan Pérez Valdivielso, 1622; f. 209 r.
[49]. Ambrosio de Salazar. Thesoro de Diversa lición. París, Louis Boullanger, 1637; pp. 215 y 216.
[50]. Pierre Cordoba. L'homme enceint de Grenade contribution a un dossier d'histoire culturelle. En: Mélanges de la Casa de Velázquez. 1987, t. XXIII; pp. (307-330). El pliego es: «Retrato de vn mõſtruo, que ſe engendró en vn cuerpo de vn hombre que ſe dize Hernando de la Haba...». Barcelona, Sebastián de Cormellas, 1606.
[51]. Fray Antonio de Fuente la Peña. Op. cit.; p. 165. Algunos de estos autores son hoy poco conocidos. Teodoro de Gaza (1400-1478) era bizantino, y fue gran traductor de obras clásicas griegas; en cuanto a Pedro Gil (1551-1622) debe referirse Fuente la Peña al autor de una Historia natural y eclesiástica de Cataluña; Pedro Mártir de Anglería (o Anghiera) (1457-1526) y Juan Eusebio Nieremberg (1595-1658).
[52]. «Relación de como el pece Nicolao se ha parecido de nueuo en el mar...». Barcelona, Sebastián de Cormellas, 1608.
[53]. «Relacion de como el pece Nicolao...». Ídem.
[54]. Ibídem.
[55]. Carlos Alvar. El viaje al más allá y la literatura artúrica. En: Literatura y fantasía... Op. cit.; pp (15-26); p. 17.
[56]. Biblioteca de Autores españoles. Obras escogidas del Padre Fray Benito Jerónimo Feijoo y Montenegro; Vicente de la Fuente, ed. Madrid, M. Rivadeneyra, 1863, t. 56; p. 329.
[57]. Jerónimo Feijoo. Ibídem; p. 329.
[58]. Pedro Mexía. Libro llamado silua d varia leciõ. Seuilla, Dominico de Robertis, 1540; f. 52 r.-53 v. (esta primera edición no es la definitiva del autor).
[59]. Ibídem; f. 53 v.
[60]. Jerónimo Feijoo. Op. cit.; p. 327.
[61]. Ídem; p. 328.
[62]. Julio Caro Baroja. Algunos mitos españoles. Madrid, Ediciones del Centro, 1974; pp. 133 y 144. El capítulo se titula: «Feijoo y el hombre pez de Liérganes».
[63]. Ídem; p. 137.
[64]. Julio Caro Baroja sólo pudo encontrar la portada de este pliego en un inventario. Con frecuencia no es posible ni acertar con la ficha de referencia de los documentos en algunas bibliotecas mal organizadas. Durante décadas no se actualizan viejos ficheros y hay material que puede estar medio siglo ilocalizable; de ahí la importancia que pueden tener los repertorios que contienen descripciones de contenido, ya que permiten en muchos casos la sustitución del documento original.
[65]. Fray Antonio de Fuente la Peña. Op. cit.; p. 169.
[66]. Ibídem; p. 169.
[67]. «Cvriosa, y verdadera relación de vn pescado que cogieron vnos pescadores este verano passado en el Mar de Liorna, en la toſcana...». Valencia, s.i., 1679. Se incluye su estampa en la página 24.
[68]. Fray Antonio de Fuente la Peña. Op. cit.; p. 165.
[69]. Para una introducción a las sirenas y sus diferentes especies puede verse la obra de Armando Landrín, D.A.; Carralon de Larrúa, trad. Los monstruos marinos. París, Librería Hachette y Cía., 1870. Col. Biblioteca de las Maravillas. Además cita a diversos autores franceses de distintas épocas. Todo el capítulo XVI de esta obra está dedicado a esta materia.
[70]. Olao Magno (Olaf Mansson) fue el último obispo de Upsala que acató las disposiciones de Roma; vivió entre 1490-1555 y, tal como ya indica G. Allegra, fue también historiador y cartógrafo. La edición que hemos consultado es: Historia delle genti et della Natvra delle cose Settentrionali. Venetia, Domenico Nicolini, 1565; f. 270 r. El libro dispone de una excelente tabla de materias en las hojas previas al texto, que permite localizar con prontitud los contenidos.
[71]. Juan Eusebio Nieremberg. Op. cit.; p. 91.
[72]. «Varios prodigios y prodigiosos monstrvos, que se an visto en el mvndo ... Por el liceciado Diego Ortiz de la fuete...». Montilla, Juan Bautista de Morales, 1624.
[73]. Juan Botero Benes. Relaciones Universales del mundo... Valladolid, herederos de Diego Fernández de Córdova, 1599; f. 47.
[74]. Fray Andrés de Villamanrique. Singularidad histórica la más peregrina ... en vna calaverita. Sevilla, Juan Cabezas, 1675; f. 3 r.
[75]. Francisco de Mendoza. Viridarivm vtrivsqve ervditionis, tam sacrae, qvam profanae. Lugduni, s.a., 1631; p. 79. La obra es una miscelánea, dividida en 8 «Liber» o «Flores», 9 «Saturnaliorum Decas» y una «Flores Poetici». El «Liber IV» (pp. 63-117) trata de problemas filosóficos y en particular de pigmeos, monstruos y gigantes. Vide. pp. 79-87 de dicha obra.
[76]. Fray Alonso de Castrillo. Tractado de republica cõ otras hystorias y antiguedades. Burgos, Alonso de Melgar, 1521; f. 103 v.-105 r.
[77].
El
primero que hemos visto es: «Verdadera
relacion, del nacimiento del mas protentoſo Gigante que en el mundo
ſe ha viſto...». Jaén, s.i., 1680; el segundo no tiene pie de
imprenta, pero podemos datarlo en 1680; el tercero está impreso en
Barcelona, por
R. Figueró, en 2 fols., y no lo hemos visto, lo cita el catálogo de la
Biblioteca Central de Catalunya o col. de folletos Bonsoms.
[78]. Antonio de Torquemada; Giovanni Allegra, ed. Jardín de flores curiosas. Madrid, Castalia, 1982; pp. 161-171.
[79]. Ibídem; p. 166.
[80]. «Fiel copia de una relación ... vn hombre caſado, que tiene trecientos y ochenta años...». Cádiz, Juan Lorenzo Machado, 1664; procede, tal como indica, de un original impreso en Lisboa en 1622 por Pedro Crasbeh. Biblioteca U.S.
[81]. Las referencias religiosas a las que se alude figuran en la parte final del pliego citado.
[82]. «Verdadera y nveva relación, y copia de Carta ... del juſtiſsimo castigo ... en vn Herege...». Madrid, s.i., 1676.
[83]. Juan Eusebio Nieremberg. Op. cit.; pp. 214-223. Trata extensamente sobre los aojos.
[84]. Fray Andrés de Villamanrique. Op. cit.; f. 4 v. De este tipo de imaginaciones puede derivar la secular tradición de los llamados «antojos». Incluso hay en la actualidad mujeres en estado de gestación que cuando sienten apetencia por ciertos alimentos, adquisición de objetos y, en general, por observar algo con gran deseo, se tocan de inmediato el talón con la mano para desviar a ese lugar menos visible cualquier posible mancha o lunar que el antojo pudiera producir en la criatura. Esta vieja tradición, que hemos detectado todavía como legado familiar, no es ya una creencia como lo era todavía hace un siglo.
[85]. «Relacion verísima de lo que ha sucedido en la ciudad de Sevilla a una hõrada señora por no entenderse su marido que haciéndose preñada el primer año de su casamiento, vino a parir un negrito...». Cuenca, Bartolomé de Selma, 1603; 4.º, 4 hs. Citado por Simón Díaz en su Bibliografía, t. X; n.º 1823. No hemos podido localizar el original, que nos permitiría entrar en las argumentaciones del caso y establecer mejor su origen libresco.
[86]. «El caso de la niña monstruosa nacida en Montilla, en 1658, mitad blanca y mitad negra, hija de Dª Mencía de Ávalos...». Cit. Gallardo, t. II (Índice); p. 108.
[87]. Juan de Piña. Segvnda parte de los casos prodigiosos. Madrid, viuda de Alonso Martín, 1629. El culteranismo de este autor recrea prodigios hiperbólicos y hechos hazañosos muy exagerados; su valor es novelesco.
[88]. Juan Eusebio Nieremberg. Op. cit.; p. 242.
[89]. Fernández Raxo. De cometis, et prodigiosis eorum portentis libri quatuor. Madrid, Guillermo Drouy, 1579; f. 40 v., 41 r. y 41 v.
[90]. Alonso Fernández de Madrid; Matías Vielva Ramos, ed. Silva Palentina. Palencia, Excma. Diputación Provincial, 1932; p. 417. También en la p. 405 cita una curiosa lluvia que sucedió en 1438: «vieron venir por el aire unas piedras muy grandes, y eran como de toba tan livianas que no pesaban más que si fueran de pluma, ni hacían mal a ninguno, aunque le daban en la cabeza, y de estas cayeron gran muchedumbre».
[91]. Peter Burke. La cultura popular de la Europa moderna. Madrid, Alianza Editorial, 1991; p. 89.
[92]. «Copia de Carta, remitida de Cádiz a esta Ciudad de Seuilla, donde da cuenta muy por extenso del lamentable estrago que en dicha Ciudad causó el Huracán». S.l., s.i., 1671? (B.N.)
[93]. «Admirables prodigios y portentos, que ſe manifeſtaron en Bayona de Frãcia». Barcelona, Lorenzo Deu, 1613.
[94]. Juan Eusebio Nieremberg. Op. cit.; p. 253.
[95]. Roland Antonioli, et. al.; Guy Demerson, ed. Livres populaires du XVIe siècle. Rèpertoire Sud-Est de la France. París, Editions du Centre National de la Recherche Scientifique, 1986; pp. 291-292. Describe el pliego: «Amas et recveil des miracles et | faictz prodigievx ... sanglante & furieuse bataille, qui c'est veue au Ciel sur | la ville de Paris...». Lyon, Jean Patrasson, 1583. Reproduce unos fragmentos del texto.
[96]. Roland Antonioli. Ídem; pp. 292 y 293. Incluye el pliego: «Prodige de devx armees veves en l'air, le 21. Septembre 1587, en la terre de Montfort; pres la ville de Sarlat en Perigord». Lyon, Benoist Rigaud, 1587.
[97]. IRELAND. Appendix. II. Miscellaneous. Irelands Amazement, or the Heavens Armado: being a true relation of two ... prodigious Wonders or apparitions which was seene over the City of Dublin. etc. London, s.i., 1641; 4.º. (B.L.)
[98]. María del Mar Llinares García. Mouros, ánimas, demonios. El imaginario popular gallego. Madrid, Akal, 1990; p. 124.
[99]. Elviro Martínez. Leyendas asturianas. León, 1990, Everest; pp. 5, 7 y 137. Copiamos literalmente parte de la nota a pie de página por no disponer de su procedencia y, lo que es peor, su fecha. Sólo indica que el opúsculo es el siguiente: «Don Nuño de Rondaliegos. Aquí se contienen unas vien assonadas coplas que fizo Johan Menéndez Pidal, natural de las Asturias de Oviedo y en la qual es relatado de como el buen cavallero D. Nuño de Rondaliegos se topo con la uestia...» El fragmento es el siguiente: «...por entr'una angosta vía | d'alamos et robredales, | luenga hilera de pantasmas | que unos en pos d'otros vane; | todos llevan blancos cirios, | e visten blanco sayale; | todos vienen silenciosos, | todos andan de vagare...».
[100]. Antonio de Torquemada; G. Allegra, ed. Op. cit.; pp. 257-259.
[101]. «Sucesso atroz y espantoso qve ha acontecido a vna mal acondicionada mujer...». Barcelona, Sebastián y Jaime Matevat, 1625.
[102]. Pedro Mexía; A. Castro, ed. Op. cit., vol. I, cap. XXIII; p. 679 y ss.
[103]. «Relación verdadera en qve se da cuenta del más maravilloso caso...». S.l., s.i., 1680.
[104]. «Los incendios de la montaña de Soma». Op. cit.; p. 19 r.
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GONZALO
GIL
(Reg. Gral. Prop. Int.: M.103.157-01)
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