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¿Y SI SOMOS UNA RECETA? SER HUMANO E INTELIGENCIA ARTIFICIAL
Luis Fernández-Castañeda
Los adelantos en lo que se llama inteligencia artificial hacen temer que reemplace al hombre en todos los frentes, en otras palabras: que lo que es ser humano acabe siendo algo programable. Recuerda esta situación mucho a la de la idea de Dios en nuestra cultura, cuando ante las sucesivas críticas a su existencia siempre se aprovechaba el lado oscuro y desconocido de la realidad para situarlo allí, hasta que nuevos avances en ciencia y pensamiento obligaban a resituarlo un poco más al fondo, a donde aún no había llegado la luz. Ahora, con el tema de la inteligencia artificial y del ser humano, lo que se hace es decir que la creatividad humana no está al alcance del algoritmo. La IA podrá saber más cosas y será capaz de relacionarlas mejor, pero no es capaz de crear nada nuevo, se dice. Parece que la creatividad es el refugio de lo que es el ser humano, pero con ello se corre el peligro de que si uno no es creativo, no es ser humano, o su humanidad es falsa por decirlo así. ¿Tenemos que asumir que cualquier ser humano, por el hecho de serlo, ya es creativo, es decir, que produce cosas nuevas? ¿Que todos los habitantes Homo de este planeta somos creativos y hay cerca de nueve mil millones de creadores en la superficie de la Tierra? Si esto parece ir demasiado lejos, hay dos formas de rebajarlo: por un lado siempre se puede decir que ser creativo no implica tener que ser un artista genial, que la creatividad se expresa de muchas maneras y algunas no dejan huellas materiales, como por ejemplo el sentido del humor, que algunos convierten en profesión, pero en la mayoría de los casos no pasan de la vida cotidiana. También podemos decir que la creatividad humana surge de entornos humanos, de la interacción entre humanos, y no de una especie de parto de Minerva por el que una persona se saca de la cabeza de sopetón algo nuevo nunca visto antes. En cualquiera de los casos, colocar la especificidad humana en la creatividad parece tener mucho de último refugio antes de la disolución, como en el caso de Dios. (Entiéndase: al margen de su existencia o no, son los empeños humanos en demostrarla o mostrarla lo que ha acabado llevando a la disolución de su concepto). Si la IA resultara creativa en un futuro, ¿qué diríamos entonces? ¿Que es humana? Aún nos quedaría la conciencia, verdadero lado oscuro de la realidad y sin duda candidata a albergar la especificidad humana. Diríamos entonces que la IA no es humana porque no tiene conciencia, y no tiene conciencia porque no siente, entre otras cosas. Con ello, estamos situando otra vez lo humano en lo más desconocido, para preservarlo. Mal camino.
Hasta ahora, lo que es ser humano ha gozado de una situación de privilegio. Los avances en biología han llevado a pensar que quizá no haya una diferencia cualitativa entre el Homo sapiens y los demás seres vivos, sino cuantitativa. Al menos respecto a algunos seres vivos como los grandes simios. También se admite que los animales sienten y que pueden tener incluso algunos atisbos de conciencia y de moralidad. Lo que ocurre ahora es más radical, porque ya no se trata de atisbos, sino de que ser humano puede ser algo programable y, por lo tanto, nada haya de especial en serlo. Resulta curioso que sin saber todavía muy bien qué nos hace humanos y en qué consiste ser humano, estemos planteando producir artificialmente el ser humano. A nadie se le escapa que, vista así, la empresa no tiene mucho sentido, como no lo tiene copiar un Bexto cuando nadie sabe qué es un Bexto. Pero quizá -se me ocurre- plantear así las cosas deja al descubierto la verdadera intención de la creación de la IA, que es copiar algunas capacidades humanas para poder usarlas a destajo sin los inconvenientes de que residan en seres humanos. Por ejemplo, resumir textos. Se trata de explotar algunas capacidades humanas sin explotar al hombre. Es la mutación perfecta del capitalismo. Ya no se explota al ser humano con trabajos repetitivos y monótonos, horarios largos y sueldos bajos, sino que se le hace prescindible. Con ello dejan de tener sentido las luchas obreras, los sindicatos y toda la ideología revolucionaria, porque ahora nos ahorramos al ser humano. Reducir el personal al máximo siempre ha sido uno de los medios más utilizados en el capitalismo para aumentar sus beneficios (su único objetivo), y ahora con la IA esto quizá sea posible a un nivel nunca visto, aunque no está tan claro y hay mucho marketing por medio. Pero lo importante no es que la IA pueda ser un modo de reducir personal, sino cómo lo hace. Porque hasta ahora las reducciones de personal implicaban un mayor grado de explotación laboral: los que quedaban tenían que trabajar más y/o cobrar menos. Ahora no se toca al ser humano, sino que se le deja de lado. El ser humano, ese factor tan problemático para el capitalismo, siempre polémico y difícil de tratar y de amoldar, puede empezar a dejarse de lado. La IA asume sus funciones.
Al final, la tecnología tiene un resultado no previsto para nosotros, que es el de hacernos prescindibles. La liberación que prometía la tecnología no era la de dar más libertad al ser humano, sino que es ella la que se ha liberado de nosotros y sigue su camino al margen de nosotros.
Por tanto, no hay que preocuparse por si nos reducirán a un algoritmo, porque el objetivo de la tecnología no es producir un ser humano artificial, que sería más bien su pesadilla. El objetivo es dejarnos de lado, hacernos prescindibles, dándonos a cambio las migajas de la tecnología para que nos entretengamos y no alborotemos.