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#SPANISH REVOLUTION EXPLAINED

 Luis Fernández-Castañeda, 22 de mayo 2011

 

La primera noticia que se ofreció en la tele sobre el 15M fue a toro pasado, como sucede la mayoría de las ocasiones. Si los periodistas lo avisan con antelación, más que una noticia sería lisa y llanamente propaganda. En ese momento, muchos españoles se sorprendieron al enterarse de que había una convocatoria de protesta pidiendo una democracia mejor. Sonaba bien. Desde hacía meses la gente se preguntaba: ¿cómo es que hay casi cinco millones de parados y no se mueve nada? ¿Cómo es que hay tantísimos autónomos que han tenido que cerrar su negocio por falta de crédito y no pasa nada? ¿Cómo es que ya hay miles de familias que han perdido el piso por no poder pagar la hipoteca y no protesta nadie? ¿Cómo es que el paro juvenil pasa del 43% y no se alzan voces? ¿Cómo es que la reforma laboral sólo ha conseguido precarizar más el trabajo y no se convocan huelgas? ¿Qué ocurre en este país?

Hasta ahora, mayo de 2011, ha predominado en la sociedad española la idea de que con protestas no vamos a conseguir nada. Por una parte, se piensa, España ha conseguido una democracia que ya la quisieran otros. Hemos logrado subir el nivel de vida hasta extremos impensables hace cuatro generaciones. Por otra parte, ahora la crisis mundial nos golpea, como a todos, y España no puede protestar contra el resto del mundo, y tampoco puede arriesgar lo que ha conseguido. Tenemos que adaptarnos a la situación económica internacional, que ya sabemos que no es justa, pero es lo que hay, y no podemos hacer nada para cambiarla. Como empecemos con inestabilidad social, con huelgas y manifestaciones masivas, tenemos mucho más que perder que lo que íbamos a ganar. Un país que tiene que importar el 80% de la energía que consume no está en condiciones de movilizarse. Acabamos de ver a griegos, islandeses, irlandeses y portugueses al borde del desastre (y lo que nos queda por ver). Tragaremos salarios más bajos con tal de conservar el trabajo, tragaremos prolongar la edad de jubilación con tal de que las pensiones nos puedan dar para vivir, etc.,etc. Esta es más o menos la mentalidad dominante del español desde que la crisis comenzó a golpearnos de verdad en mayo del año pasado, y es lo que explica que no haya habido aún un estallido social, y que puede que no lo haya.

La segunda noticia que difundieron los medios fue al día siguiente, señalando que se habían detenido a más de 20 personas durante la noche por violencia y altercados con la policía. La imagen resultante que cuajaron estas dos noticias fue la de que jóvenes tipo okupa, antisistema, intentaban reventar la campaña electoral (elecciones municipales del 22 de mayo). El centro emblemático fue la Puerta del Sol.

Sin embargo, la gente empezó a acudir, y se decidió seguir allí durante los próximos días, sin moverse. Lo mismo se organizó en ciudades de toda España. Los periodistas comenzaron a difundir más noticias sobre lo que se llamó “democracia ya”, y en seguida pudo comprobarse que esta movilización no surgía de los partidos políticos, que era de amplio espectro y no sólo de jóvenes (aunque predominen), y que no era una simple pataleta. Los antecedentes de esta movilización hay que buscarlos en las huelgas generales, de un día, que se hicieron en años pasados. Fueron protestas generalizadas que le idicaban al gobierno de turno que las cosas no iban por el camino social que deberían. No tuvieron secuelas dignas de mención. Sin embargo, esta sí parece que pueda tenerlas, porque las fuentes del descontento son más profundas.

Y es que no se ven salidas aceptables desde el sistema político presente. Si el PSOE ha transigido con los bancos, es difícil creer que el PP no vaya a hacer lo mismo. Los grandes sindicatos, por otra parte, padecen de un desprestigio que no cesa. La sociedad se ha visto, por decirlo así, sola frente a la crisis, y con la sensación de que lo va aseguir estando. Aún hay quienes piensan que el PP gobernará mejor y será capaz de sacar a España del atolladero. Esto, unido a la falta de otras expectativas, plantea un difícil problema a muchos ciudadanos: ¿he de votar al PP simplemente porque no hay alternativa? El miedo a que no votar pueda dar al traste con nuestro nivel de vida y todo lo que se ha conseguido en estos años, por precario que sea, dará la victoria al PP. Todas las encuestas lo señalan desde hace meses. Pero frente a este planteamiento, otros ciudadanos creen que todo, en el mejor de los casos, seguirá igual. Por eso protestan por la situación, y exigen remodelar la democracia. No creen que seguir como hasta ahora, con esta alternancia PP-PSOE, sea una solución.

El problema es que nadie sabe cuál pueda ser la solución. Algunos piensan que incluso esta muestra pública y sostenida de indignación actuará como lubricante en el engranaje del sistema político acual. En una palabra, si te indignas, les favoreces. Otros consideran que la indignación es lo fácil, que todos tenemos de qué quejarnos, pero que lo que hace falta es actuar. Creo que estos planteamientos, por acertados que sean, no expresan las vísceras del conflicto. La gente permanece en las plazas de las ciudades de España, sobre todo en la Puerta del Sol (a la que han bautizado Plaza de la Solución), como las madres de la Plaza de Mayo en Buenos Aires: no quieren irse, quieren que se les tome en serio, son testigos de una situación insostenible, y no quieren desaparecer, no quieren que aquello se convierta en la Plaza de la Disolución. ¿No es esto, acaso, sino la continuación de la política por otros medios?

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