El análisis del ejército de Tocqueville: un ejemplo de los efectos de la igualdad
David Carrión Morillo. Octubre de 2007.
La forma de razonar de Tocqueville,[1] uno de los más brillantes pensadores políticos de todos los tiempos, muestra una cierta reiteración cuando se trata de contraponer la realidad de su tiempo democrático con el del pasado aristocrático. Procede de igual forma. Parte del modelo ofrecido por la Historia para contraponerlo a los diversos aspectos de la realidad que analiza. Un ejemplo es su apreciación del carácter de un pueblo, sus instituciones y finalidades, cuando se trata de fijar la atención sobre las necesidades defensivas. Pasa a ocuparse del ejército, que es una institución muy alejada del espíritu, la formación y preocupación del autor de La democracia en América. No pretendemos aquí una exposición detallada y exhaustiva de su pensamiento al respecto, pero sí detenernos en la valoración del ejército en la perspectiva comparada entre lo que era el ejército feudal, estamental y el del Antiguo Régimen con respecto al ejército surgido de las revoluciones.
El método de valoración de Tocqueville sobre la igualdad y sus efectos se repite, sea por su estimación global sobre la sociedad cuando habla de las nuevas condiciones en las sociedades democráticas o sobre algún aspecto tan determinado como es su efecto sobre un cuerpo organizado y jerarquizado como el ejército. Lo importante, de su método de valoración, es como engarza la existencia de la igualdad con los efectos que provoca. Sea de forma general o particularizada, se trata de una función que sigue poseyendo una expresión cuasi matemática. A mayor igualdad, mayor pasión por superarla para diferenciarse y menor la facilidad para lograrla. Tocqueville no puede ser más claro: en el ejército democrático, “la necesidad de ascender es mayor que en otras partes y la facilidad de ascender menor”.[2] La igualdad provoca la pasión por superarla, pero la resistencia que encuentra cada individuo es mayor.
Partiendo del núcleo básico de su análisis procede a recordar la condición esencial de la aristocracia, la desigualdad social, cuyo origen es el nacimiento. Por tanto, el ejército de aquella organización aristocrática se hallaba en concordancia con su origen. Venía caracterizado por la desigualdad. Tocqueville lo diría con realismo: “el oficial es el noble, el soldado es el siervo”. Las funciones atribuidas procedían del mismo esquema social de la dicotomía del mando y la obediencia. La ambición de unos y de otros –dirá Tocqueville- también se hallaba limitada. Su explicación resulta palmaria. El rango social era el origen y a él se supeditaba el rango militar. No buscaba ni “biens”, ni “considération” ni “pouvoir”. Procedía según lo que Tocqueville cifraba como “una especie de deber que le impone su nacimiento”.[3] Anotará que ahora se ha producido una inversión entre el puesto social ocupado y el rango militar. Será este último el decisivo para alcanzar la posición social.
Nuestro autor expone dos modalidades entre las que acabará encontrando una contradicción. La sociedad democrática reconoce que desea la paz, mientras el ejército ve en la guerra la mejor opción para ascender. Por esa razón afirma que “la cosa extraordinaria es que la igualdad produce a la vez estos efectos contrarios”. Tenemos que introducir alguna matización en este aspecto. En primer lugar, la igualdad no es el sujeto que provoca esa contradicción, porque opera en el mismo sentido, sea de forma general sobre la sociedad –democrática- o sea sobre su ejército. Contrastada como un hecho, provoca que todo el que la vive trata de superarla y despegarse de los demás. En segundo término, por tanto, no es un efecto contrario sino el mismo con igual resultado. En cambio, si “la chose extraordinaire”,[4] es la contradicción entre el deseo de paz en la sociedad y el de la guerra en el ejército, el origen de ese hecho no es la igualdad sino la diferente organización entre la sociedad aristocrática y la sociedad democrática, al venir aquella unificada por el mando de la sociedad y el ejército y esta otra separada y subordinada: el mando en unas manos y el ejército en otras, dependientes del poder político en la sociedad democrática. La diferencia es muy notable.
En la sociedad aristocrática, el mando movía a la sociedad y al ejército, en la dirección y el sentido establecido por el régimen social –la aristocracia misma-. En la sociedad democrática, el mando establece el objetivo de la paz por decisión no del ejército, sino del mismo mando social y político, y naturalmente supeditado a los mejores fines que considere la sociedad política y no la institución militar. No se puede afirmar que estemos analizando precisamente las páginas más deslumbrantes de Tocqueville porque no existe contradicción entre paz y guerra en los términos de su discurso y además parece que comete el error de olvidar los presupuestos de las dos medidas que compara –sociedad aristocrática y sociedad democrática-. Prueba de este error son estas palabras suyas: “En ambas partes, la inquietud del corazón es la misma, el gusto por los goces es igualmente insaciable, e igual la ambición; el medio de satisfacerla es lo único diferente”.[5]
En el caso de Tocqueville, si no todas las consecuencias resultan falsas, si se da esta consecuencia expresada por sus palabras anteriores. Se le olvidaba lo obvio, que él mismo exponía con toda claridad. En los tiempos de la sociedad aristocrática, la función de mando abarcaba la paz y la guerra bajo su única dirección, política y militar. Pero en la sociedad democrática, la paz y la guerra posee una dirección política del mando que establece sus objetivos y prioridades sin choque posible, porque el ejército no es parte al margen de la dirección de mando política. Por esa razón, se pueden considerar de nuevo equivocadas sus palabras y su conclusión al respecto cuando afirma que “estas disposiciones opuestas de la nación y del ejército hacen correr a las sociedades democráticas grandes peligros”.[6] En absoluto. Precisamente si hay alguna sociedad menos proclive a la guerra es, como apunta Tocqueville, la sociedad democrática, puesto que en ésta decide la sociedad civil.
La ambición mayor es la que posee la sociedad. La del ejército es minoritaria y se halla subordinada a aquella, aspecto que no puede olvidarse. En relación con los objetivos buscados es decisivo el peso de la sociedad y su opinión que, posiblemente, es la que decide.
[1] Para profundizar en este autor, puede leerse mi artículo: “Alexis de Tocqueville (1805-1859): vida y obras”. Saberes: Revista de estudios jurídicos, económicos y sociales, nº 3, 2005. Texto completo en http://www.uax.es/publicaciones/saberes.htm
[2] Alexis de Tocqueville, De la Démocratie en Amérique, Paris, Libraire Philosophique J.Vrin, 1990. Volumen II, tercera parte, capítulo XXII, pág. 221.
[3] Op. cit., volumen II, tercera parte, capítulo XXII, pág. 221.
[4] Ibidem, pág. 222.
[5] Ibidem.
[6] Ibidem.