Luis Fernández-Castañeda
En uno de mis paseos por hipermercados, encuentro una gran cantidad de libros a un euro, entre ellos algunos de Manuel García Morente. Leo al azar lo que sigue, y me sumo en una honda reflexión o, para ser más sincero, me quedo ligeramente traspuesto, sobre todo al leer el año en que está escrito:
“Por muchas razones propende el docente a ser un resentido. Prescindo del maestro fracasado. Porque toda vida fracasada, la del maestro como la de cualquier otro profesional, conduce derechamente al resentimiento. Pero aparte del maestro fracasado el resentimiento acecha también al buen maestro, al docente de vocación auténtica, si no cuida de fortalecer de continuo su fidelidad a la misión elegida. Me limitaré a subrayar dos causas principales que empujan fácilmente al maestro por el plano inclinado del resentimiento.
La primera es la gran desproporción entre las virtudes y capacidades que la sociedad exige del maestro y las compensaciones y satisfacciones que le ofrece. La sociedad no confiere todavía al docente la holgura económica que necesita. Con lo cual la sociedad comete una gran torpeza, porque es principio evidente y casi ley física que no se pueden tener buenos servidores si no se les paga bien. Pero aun esto sería de poca monta y el docente auténtico no para demasiadas mientes en ello. Lo peor es que la sociedad, tacaña en bienes materiales, es quizá todavía más parca en conceder al maestro la estimación a que tiene perfecto derecho. Es curioso que la sociedad no se cansa de proclamar los merecimientos de la profesión docente, pero al mismo tiempo le niega de hecho esa preeminencia de valor que, sin dificultad y epontáneamente, confiesa deberle. Hay en esto una extraña duplicidad y como hipocresía, que valdría la pena someter a un estudio sociológico e histórico.”
Manuel García Morente: Virtudes y vicios de la profesión docente, Revista de Pedagogía 169 (1936) pp. 11-12.
“Y así, según mi opinión, la juventud, en las escuelas, se vuelve tonta de remate por no ver ni oír en las aulas nada de lo que es realmente la vida. Tan sólo se les habla de piratas con cadenas apostados en la costa, de tiranos redactando edictos con órdenes para que los hijos decapiten a sus propios padres, de oráculos aconsejando con motivo de una epidemia que se inmolen tres vírgenes o unas cuantas más; las palabras y las frases se recubren de mieles y todo -dichos o hechos- queda como bajo un rocío de adormidera y sésamo. [...] En el fondo, los maestros no tienen la menor culpa en lo que atañe a los ejercicios declamatorios: ellos se ven en la necesidad de ponerse a tono con los insensatos. Pues si sus lecciones no gustaran a la juventud, ‘se quedarían solos en sus escuelas’, como dice Cicerón.” (I, 1-3)
Petronio: El satiricón (II d.C.), traducción de Lisardo Rubio, Gredos, Madrid 1988.
II.[1] Como he dicho, creo que todas estas ventajas se deben al país mismo. Pero en lugar de limitarnos a los recursos que podemos llamar autóctonos, estudiemos en primer lugar los intereses de los residentes extranjeros. Pues opino que en ellos tenemos una de las mejores fuentes de ingresos, por cuanto que se mantienen a sí mismos y, lejos de recibir pago por los muchos servicios que prestan a los estados, contribuyen pagando un impuesto especial.
Jenofonte: Sobre los ingresos del estado, (IV a.C.), traducción propia.
Esta cita podría llamarse EL CUENTO DE LA LECHERA DE JOVELLANOS. En una época como la de hoy, con la agricultura por los suelos, las industrias en plena deslocalización y un comercio dificultoso, la utopía ilustrada, si quiere mantenerse, debe buscar otra formulación. No podemos permanecer mentalmente en el siglo XVIII. Ahora bien, quizá todo cambia si en lugar de verlo desde un punto de vista nacional, lo vemos desde un punto de vista global. Lo que no sé es si cambia a peor. Hagan ustedes la prueba:
“Pero supóngase un país a quien todo falte menos la instrucción. Por lo menos, los hombres que le pueblan emplearán bien su trabajo, cualesquiera que sean los instrumentos, sus capitales, sacarán de él el mayor producto posible. De este modo aumentarán los medios de subsistir y, por consecuencia, su número. A mayor número, mayor suma de su trabajo y riqueza. El empleo de ésta, dirigido por la instrucción, perfeccionará los instrumentos y los métodos; y el cultivo, al paso se extienda, se perfeccionará y crecerá su producto en una progresión prodigiosa. He aquí ya un principio fecundo de una gran población y una agricultura floreciente. Con brazos, con primeras materias, con la baratura de subsistencias consiguiente a uno y otro y con la instrucción supuesta, al punto creará la industria. El producto de ésta crecerá en razón de la bondad de sus instrumentos y máquinas y de la exactitud de sus métodos, y aumentando la riqueza, no sólo influirá en su prosperidad, sino también en la de la agricultura, cuyos productos consumirá. De una y otra resultarán materias, manufacturas y artefactos sobrantes, y se pensará en comerciar con ellos; la instrucción perfeccionará las especulaciones; se echará de menos la navegación; pero ciencias de una parte y materias y proporciones de otra, llamarán hacia este objeto una porción de los capitales sobrantes; y la instrucción supuesta, dirigiendo al interés, llenará de naves los puertos y de diestros pilotos y de marineros las naves. ¿Qué riquezas no producirá entonces una agricultura vigorosa, una industria activa, un comercio floreciente, una marina mercante atrevida? ¿Y qué empleo no dará a esta riqueza una instrucción que conozca los recursos, los medios y los objetos de su empleo?
Gaspar Melchor de Jovellanos: Borrador de un discurso sobre el influjo que tiene la instrucción pública en la properidad social, en Censuras literarias y otras obras, (Biblioteca de Autores Españoles, tomo 87, Atlas, Madrid 1956, p. 331)