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ANTOLOGÍA DE SOFISTAS GRIEGOS

 (Septiembre de 2003)

ANTIFONTE

 

Vale la pena no dejar de lado las discusiones que man­tuvo [Sócrates] con el sofista Antifonte. Así, en una oca­sión, Antifonte, con la intención de sustraerle sus discípu­los, se aproximó a Sócrates, en presencia de ellos, y dijo lo que sigue: «Yo creía, Sócrates, que sería obligado que quie­nes se dedican a la filosofia se volvieran más felices. Tú, en cambio, me parece que has obtenido de la filosofia el efecto contrario. Vives, por ejemplo, de un modo tal que ni siquie­ra un esclavo soportaría vivir en tal régimen, bajo la suje­ción de su amo. Comes los alimentos y bebes las bebidas más vulgares y vistes un manto no sólo humilde, sino ade­más siempre el mismo en invierno y verano y vas siempre descalzo y sin túnica. No cobras, por otro lado, dinero, que es algo que alegra a quien lo adquiere y hace que quienes lo poseen vivan un vida más libre y agradable. Por tanto, si, al igual que los maestros de las demás profesiones hacen a sus discípulos imitadores de ellos mismos, también tú vas a crear en tus alumnos la misma disposición, considérate maestro de infelicidad». A todo ello respondió Sócrates:

«Me parece, Antifonte, que te has imaginado que mi vida es tan triste que estoy convencido de que preferirías morir a vivir como yo lo hago. Examinemos, pues, juntos qué as­pecto de mi vida has percibido como opresivo. ¿Acaso el hecho de que, a quienes cobran dinero, les es forzoso llevar a cabo el trabajo por el que reciben su salario, mientras que yo, puesto que no cobro, no tengo obligación de discutir con quien no deseo hacerlo? ¿O consideras sin valor mi régimen de vida, por creer que los alimentos que como son menos saludables que los que comes tú y proporcionan menor vi­gor ?... Te asemejas, Antifonte, a quien cree que la felicidad es molicie y lujo. Yo, en cambio, creo que el no tener nece­sidad alguna es cosa de dioses, tener el menor número po­sible de ellas está muy próximo a lo divino y lo divino es excelso y aquél que se aproxima al destino divino se apro­xima al destino excelso».

En una nueva ocasión, mientras dialogaba con Sócrates, Antifonte le dijo: « Sócrates, has de saber que yo te conside­ro justo, pero sabio ni en la más mínima medida. Y me pa­rece que tú también eres de esa misma opinión, porque, por ejemplo, no cobras a nadie dinero por tu enseñanza. Ahora bien, tu manto o tu casa o cualquier otro bien que, entre tus posesiones, consideres que tiene un valor determinado, no lo darías gratis a nadie ni tampoco por una suma inferior a su valor. Resulta evidente que, si creyeras que tu enseñanza ,2 tiene algún valor, cobrarías por ella una suma de dinero no inferior a su valor. Por tanto, tú puedes ser justo, puesto que no engañas por ambición de dinero; no, en cambio, sabio, ya que tus conocimientos no valen nada». A estas razones Sócrates respondió: «Antifonte, entre nosotros se considera bello y vergonzoso por igual comerciar con la belleza y la sabiduría. Así, si alguien vende a quien la desee su propia belleza por dinero, se le suele llamar prostituido, en cambio, si alguien se gana la amistad de quien sabe que es un amante bueno y honesto, lo consideramos morigerado. Y con respecto a la sabiduría sucede otro tanto: a quienes la venden a cualquiera que la desee por dinero, los llaman so­fistas como a personas que se prostituyen; aquel, en cambio, que se gana la amistad de quien sabe que posee un espíritu superior, enseñándole cuanto de bueno conoce, consideramos que hace lo que conviene al ciudadano de bien. Pues bien, por lo que a mí se refiere, Antifonte, así como otros gozan con un buen caballo, un perro o un ave, así y aún más gozo yo también con los buenos amigos y les enseño cuanto de bueno conozco y los pongo en relación con otros, si pienso que de ellos pueden sacar algún beneficio en orden a la virtud. Y los tesoros de los sabios de antaño, que nos han legado en forma de libros escritos, junto con mis amigos los desenrollo y examino y, si vemos algo bueno, lo escogemos para nosotros. Y consideramos un beneficio inmenso el tra­bar una amistad mutua». Al oírle estas razones, me parecía un hombre beato y que incitaba a la perfección a quienes lo escuchaban.” JENOFONTE, Recuerdos de Sócrates 1 6, 1 ss.

 

Ingenioso es el dicho de Antifonte. Un individuo consi­deró de mal agüero el hecho de que una cerda suya hubiese devorado a los lechones. Antifonte, que la había visto enfla­quecer de hambre por causa de la tacañería de su amo, le dijo: «Alégrate del presagio, ya que, a pesar de estar tan hambrienta, no se ha comido a tus hijos».

 

Los preceptos legales son  fruto de la convención, no nacen por sí mismos; sí lo hacen, por contra, los de la naturaleza, ya que no resultan de una convención.

 

Los que son de padres ilustres los respetamos y honramos; en cambio, a los que des­cienden de una casa humilde ni los respetamos ni los hon­ramos. En este aspecto nos comportamos como bárbaros los unos con los otros, puesto que por nacimiento somos todos naturalmente iguales en todo, tanto griegos como bárba­ros. Y es posible observar que las necesidades naturales son igualmente necesarias a todos los hombres...

Ninguno de nosotros ha sido distinguido, desde el co­mienzo, como griego ni como bárbaro. Pues todos respira­mos el aire por la boca y por las narices y comemos lodos con las manos...

 

... puesto que lo justo es considerado digno de estima, justo y no menos útil, en ningún sentido, para la actividad humana, se considera el dar testimonio recíproco de la verdad. Ahora bien, quien tal haga no será justo, si realmente es justo el no cometer injusticia contra nadie, sin haber su­frido personalmente una injusticia41. Porque es obligado que quien da testimonio, aunque éste sea verdadero, cometa, sin embargo, injusticia, en cierto modo, contra otro y, al mismo tiempo, que él mismo pueda ser objeto de injusticia en el futuro por su declaración, en cuanto que por causa del testimonio presentado por él, el inculpado por dicho testi­monio es condenado y pierde su hacienda o su vida por cau­sa de alguien a quien no ha injuriado. En este sentido, pues, comete injusticia contra el inculpado por su testimonio, en cuanto perjudica a quien no lo ha perjudicado, mientras que, por otro lado, él mismo se hace víctima de la injusticia del inculpado por su testimonio, por cuanto es objeto de su odio aun cuando haya testimoniado la verdad. Y no solamen­te por su odio, sino también por el hecho de que debe durante toda su vida guardarse de aquel contra el que prestó tes­timonio. Ya que tiene en él un enemigo tal que dirá y hará cuanto pueda hacerle daño. Ciertamente estas injusticias, las que él sufre y las que él comete, no parecen ser pequeñas. Por tanto no es posible que sea justo el dar testimonio ver­dadero y el no cometer ni sufrir injusticia, ya que es forzoso que sea justa una de las dos posibilidades o que las dos sean injustas. Y también parece evidente que procesar, juzgar y arbitrar, no importa el modo en que se lleven a término, son acciones injustas. Ya que lo que a unos beneficia, daña a otros. Y en este sentido, los que resultan beneficiados no su­fren injusticia, quienes reciben un daño, en cambio, son objeto de ella...

 

De Antifonte hay una fábula que cuenta que un hom­bre, viendo que otro amasaba una gran fortuna, le pedía que le prestara dinero a interés. Éste, sin embargo, no se mostró dispuesto a ello, pues era de natural desconfiado y nada proclive a ayudar a nadie. Cogió, pues, su dinero y lo de­positó en un lugar de donde alguien, que había tenido noti­cias de esta operación, se lo llevó. Tiempo después, el que había escondido el dinero fue al lugar y no podía encontrar­lo. Sumamente dolido, en consecuencia, por la desgracia, entre otras razones porque no había dado el dinero a quien se lo solicitaba, con lo que lo habría conservado y le habría producido otro suplementario, encontrándose con el que en aquella ocasión le había pedido el préstamo, estuvo lamen­tándose de su desgracia, admitiendo que se había equivoca­do y que ahora se arrepentía de no haberle hecho el favor, mostrándose descortés con él, ya que había perdido todo el dinero. El otro, por su parte, lo animaba a no preocuparse y a que, colocando una piedra en el mismo lugar, creyera que poseía el dinero y que no lo había perdido. «Ya que mien­tras lo tuviste no hiciste ningún uso, en modo alguno, de él, no pienses, por tanto, ahora que has sido privado de nada». Por tanto, si uno no hace ni hará uso de algún bien, tanto si lo posee como si no lo posee, el daño no será mayor ni me­nor. A1 hombre al que la divinidad no quiere conceder en absoluto bienes, si le ha ofrecido riqueza de dinero, pero lo ha hecho pobre de sabiduría, con privarlo de este segundo bien, lo despoja de ambos bienes.

 

CRITIAS

 

También Critias, unos de los que ejercieron la tiranía en Atenas, parece haber pertenecido al grupo de los ateos, ya que afirmó que los antiguos legisladores forjaron la divini­dad como una suerte de supervisor de los aciertos y errores humanos, a fin de que nadie hiciera, en secreto, ninguna injusticia a su prójimo, para guardarse del castigo divino. Sus palabras son como sigue:

"Un tiempo hubo en que la vida del hombre no tenía orden era una vida bestial, de la fuerza esclava, una época en que no había un premio para los buenos ni tampoco un castigo para los malvados. Después, según creo, los hombres establecieron leyes punitivas, de modo que fuese justicia un soberano imparcial para todos y la insolencia, su esclava. Así recibía castigo todo el que erraba. Tiempo después, pues las leyes impedían,

por su fuerza, cometer a los hombres crímenes mani­fiestos, aunque, a ocultas, seguían cometiéndolos, entonces, yo creo que, por vez primera, un hombre astuto y sabio de mente inventó, en bien de los hombres, el miedo a los dioses, para que los malvados temieran, si cometían, a ocultas, alguna maldad, de obra, palabra o pensamiento.

            Introdujo, por tanto, la noción de divino, diciendo que existe un dios, floreciente de vida inmortal,

que oye y que ve con la inteligencia, que posee una mente y rige el universo, revestido de divina natura. Este dios oirá cuanto, entre los hombres, se dice, y tendrá poder para ver todas sus acciones. Si, por acaso, maquinas, en silencio, alguna maldad, no escapará a la atención de los dioses. Porque en ellos hay providencia.

            Con estas razones, introdujo la más dulce doctrina, ocultando la verdad con falso argumento. Decía que los dioses habitan allí en donde más podrían aterrorizar a los hombres, de donde, según comprendió, proceden los temores humanos, las dificultades de sus míseras vidas: de la esfera suprema, en donde veía surgir el relámpago y oía el horrísono fragor del trueno y la faz estrellada del cielo, hermoso retablo de Crono, el sabio artesano, por donde camina, esplendente, la masa ardiente del sol  y de donde cae a la tierra la húmeda lluvia. Tales terrores puso alrededor de los hombres, mediante los cuales asentó firmemente, con sus razo­nes,el poder divino y en el sitio adecuado, y extinguió, con las leyes, la ilegalidad que reinaba."

 

GORGIAS

 

Gorgias de Leontinos fue el iniciador de la (sofistica) más antigua en Tesalia... [Parece] que fue el primero en pronunciar un discurso improvisado. Para ello se presentó en el teatro de Atenas y tuvo la osadía de decir: «Proponed». De ese modo fue el primero en hacer proclama de tan arriesgado ofrecimien­to, mostrando, con ello, que lo sabía todo y que podía hablar de cualquier asunto, confiándose a las sugerencias de la opor­tunidad.

 

Si fue la palabra la que la persuadió y engañó su mente tampoco es dificil hacer una defensa ante tal posibilidad y de­jarla libre de la acusación, del modo siguiente. La palabra es un poderoso soberano que, con un cuerpo pequeñísimo y

completamente invisible, lleva a cabo obras sumamente divi­nas. Puede, por ejemplo, acabar con el miedo, desterrar la aflicción, producir la alegría o intensificar la compasión (...) ¡Cuántos persuadieron ‑y aún siguen persuadiendo‑ a tantos y sobre tantas cuestiones, con sólo modelar un discurso fal­so! Si todos tuvieran recuerdo de todos los acontecimientos pasados, conocimiento de los presentes y previsión de los futu­ros, la palabra, aun siendo igual, no podría engañar de igual modo. Lo cierto es, por el contrario, que no resulta fácil recor­dar el pasado ni analizar el presente ni adivinar el futuro. De forma que, en la mayoría de las cuestiones, los más tienen a la opinión como consejera del alma. Pero la opinión, que es inse­gura y está falta de fundamento, envuelve a quienes de ella se sirven en una red de fracasos inseguros y faltos de fundamento.

 

HIPIAS

 

Sé que, en una ocasión, él [Sócrates] debatió con Hipias de Élide sobre lo justo en los términos que siguen. Llegado, en efecto, a Atenas Hipias, después de mucho tiempo, estu­vo presente cuando Sócrates manifestaba a unos interlocuto­res que era extraño el hecho de que, en caso de que alguien quisiera aprender el arte del calzado, de la construcción, la herrería ola hípica, no existiera dificultad en saber a dónde habría que encaminarlo para lograr esos conocimientos. Se­gún dicen algunos, todo está lleno de gente que enseña a quien desea volver justo a un caballo o a un buey. Mas, si alguien desea aprender él mismo lo justo o hacer instruir en ello a un hijo o a un esclavo, no sabría a dónde dirigirse para conseguirlo. A1 oírlo Hipias, en un tono de burla, le dijo: «¿Sigues diciendo aún, Sócrates, las mismas cosas que ya hace tiempo, en otra ocasión, te oí decir?». A lo que Sócra­tes respondió: «Y lo que es aún más grave, Hipias, no sólo digo siempre las mismas cosas sino, también, sobre las mismas cuestiones. Tú, en cambio, quizás por ser persona de una amplia instrucción, jamás dices las mismas cosas so­bre las mismas cuestiones».

 

«Hipias dice que hay dos clases de envidia: la justa, cuando se envidia los honores que reciben los malos; la in­justa: cuando se envidia a los buenos. Los envidiosos sufren el doble que las demás personas, ya que no sólo soportan el peso de sus propios males, como los malvados, sino tam­bién el de los bienes ajenos».

 

«Hipias dice que la calumnia es algo terrible, precisando el término en el sentido de que ni siquiera las leyes recogen un castigo contra los calumniadores como hacen contra los ladrones. Ellos, sin embargo, roban la amistad que es un bien supremo, de tal modo que la arrogancia, que es fuente de males, es más justa que la calumnia, por no estar oculta».

 

PRÓDICO

 

Pródico de Ceos dice que «los antiguos consideraron dioses, en razón de la utilidad que de ellos de­riva, al sol, la luna, los ríos, las fuentes y, en general, a todo lo que beneficia a nuestra vida, del mismo modo que hicie­ron los egipcios con el Nilo».

 

TRASÍMACO

 

Trasímaco en un discurso suyo escribió algo semejan­te, a saber, que los dioses no ven las acciones humanas. De lo contrario, no habrían descuidado el mayor de los bienes humanos: la justicia. En efecto, vemos que los hombres no la ponen en práctica.

 

PROTÁGORAS

 

También a Protágoras de Ábdera algunos lo incluyeron en el grupo de los filósofos que han eliminado el criterio, porque afirma que todas las representaciones y opiniones son verdaderas y que la verdad es una de las cosas relativas, ya que todo lo que se le representa o parece [ser] a alguien, inmediatamente cobra existencia para él. Al comienzo, por ejemplo, de sus Discursos demoledores exclamó: «El hombre es medida de todas las cosas, de las que son, puesto que son, de las que no son, puesto que no son.”

 

Sócrates: La verdad es que hay una gran probabilidad de que hayas hecho sobre la ciencia un aserto valioso, aquel que dijera también Protágoras. Si bien, esas mismas ideas las expresó de modo algo distinto. En efecto, él afirma, en algún escrito suyo que «el hombre es medida de todas las cosas, de las que son, puesto que son, de las que no son, puesto que no son». Seguramente lo has leído.

Teeteto: Lo he leído muchas veces.

Sócrates: ¿Quiere decir, en consecuencia, aproximadamente que tal como se me mues­tra a mí cada cosa, así es para mí; y tal como se te muestra a ti, así es para ti, dado que tú y yo somos hombres?... ¿No ocurre, a veces, que a los soplos de un mismo viento, uno de nosotros siente frío y otro, no? ¿Y uno moderadamente, y otro en grado extremo?

Teeteto: Así es.

Sócrates: ¿Tendremos, en tal caso, que decir que el viento, en ese momento, es en sí frío o que no lo es, o deberemos dejarnos convencer por Protágoras de que para el que siente frío es frío, y para el que no lo siente, no lo es?

Teeteto: Es ve­rosímil.

Sócrates: ¿Le parece, por tanto, a cada uno dife­rente?

Teeteto: Sí.

Sócrates: ¿Y ese «parece» es lo que cada uno siente?

Teeteto: Así es.

Sócrates: En tal caso la representación y la sensación es la misma cosa, tanto en lo que hace al calor como en todos los estados semejantes. Por tanto, tal como cada uno percibe las cosas, así también deben probablemente ser para cada cual. En cuanto a sus demás afirmaciones, Protágoras las ha formulado de modo muy agradable para mí, que lo que cada uno cree existe también. Sin embargo, siempre me ha causado extrañeza el comienzo de su argumentación, que no haya dicho, al inicio de La verdad, que la medida de todas las cosas es el cerdo o el cinocéfalo o algún otro ser aún más extraño de entre los que poseen sensación, con lo que habría comenzado a ha­blarnos solemnemente y con gran distanciamiento, mos­trándonos que nosotros lo admirábamos como a un dios por su sabiduría, pero que, en cuanto a su inteligencia, no resul­taba ser superior a un renacuajo, tanto menos a cualquier otro hombre. PLATÓN, Teeteto 151e‑152a.

 

Protágoras dice: «A ti, que estás presente, te parezco estar sentado. A quien está ausente no se lo parezco. Es in­cierto si estoy o no sentado».

 

«Sobre los dioses no puedo tener la certeza de que existen ni de que no existen ni tampoco de cómo son en su forma externa. Ya que son muchos los factores que me lo impiden: la imprecisión del asunto así como la brevedad de la vida humana».

 

Se cuenta que en cierta ocasión en que reclamó sus ho­norarios a su discípulo Evatlo, como éste le respondiera: «Es que aún no he ganado ningún juicio», replicó: «De acuerdo, pero si lo gano yo, puesto que lo he ganado, debo cobrarlos. Y también si ganas tú, dado que lo has ganado».

 

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