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DESCARTES

  (Por Luis Fernández-Castañeda,  profesor del  IES Mar de Alborán, Estepona, Málaga. Septiembre de 2003)

 

       A Descartes se le debe un descubrimiento matemático del mayor alcance: él une por primera vez, de forma íntima, la geometría y 1a aritmética. De dos ciencias separadas hace una ciencia común. Esto le convence de que sólo hay una única ciencia. Rompe así con el pasado. Para los aristotélicos existían múltiples ciencias, según la multiplicidad de los objetos. Para Descartes es exac­tamente lo contrario, y esto es debido a que todas las ciencias, si quieren progresar, se han de valer de un único método, el que corresponde al modo de proceder del espíritu humano. De todas las ciencias, la que con más pureza ha seguido ese método son las matemáticas. Deslumbrado por el rigor de las demostraciones matemáticas, Descartes abogará por un método fuertemente matematizado.

 

 

1. EL MÉTODO

 

            El método consiste en un conjunto de reglas para. aumentar el cono­cimiento verdadero sin derrochar tiempo y energía. La mente sabe antes que nada operar según reglas de verdad, de lo contra­rio, las reglas del método serían inconcebibles.  Si no fuera así, ningún mé­todo podría evitar el error, puesto que la mente usaría mal del método. Sin embargo, ocurre todo lo contrario. La mente, dejada a sí misma, es apta para operar con verdad, independientemente de todo método. Es esto precisamente lo que hace posible el método, pues si la mente operara mal desde el comienzo, ningún método podría evitarlo jamás. El método nos enseña cómo utilizar esta capacidad de verdad de la mente de modo racional, siguiendo el camino más lógico, más apto para que la verdad salga a relucir por sí misma.

                Las operaciones infalibles de la mente son dos: la intuición y la deducción. La intuición es una visión intelectual clara y distinta. La deducción es una conclusión necesaria que se sigue de hechos conocidos con certeza. E1 mejor ejemplo de deducción serían has demostracio­nes matemáticas. La. intuición es verdad que se capta de una sola vez, de golpe. La deducción, por el contrario, exige muchos pasos intermedios hasta llegar a un resultado. El ideal del conocimiento es reducir en lo posible la deducción a la intuición.

 

 

1.1 LAS REGLAS DEL MÉTODO

 

1. No aceptar sino evidencias, dudar de todo lo demás (duda metódica).

2. Para descubrir cosas, recurrir al análisis. Consiste en reducir las proposiciones complejas a proposiciones simples que se hagan evidentes por intuición. Para demostrar lo descubierto, recurrir a la síntesis. Es la deducción ordenada, sin saltarse ningún paso lógico, de lo descu­bierto, partiendo de los principios más claros y evidentes para llegar a las conclusiones más remotas. Esta regla la acepta Descartes de la matemática.

El análisis nos permite llegar a la intuición de naturalezas simples, que no son elementos reales, sino intuiciones simples muestras. Para aclarar esto, pongamos un ejemplo del propio Descartes: el cuerpo puede descomponerse en tres naturalezas simples: la naturaleza corpórea, la extensión y la figura. Sin embargo, estas tres naturalezas simples, que son evidentes y directamente intuibles, se dan siempre juntas en la realidad. Hay que decir, por tanto, que son simples respecto de nuestra comprensión, no respecto de la realidad.

Las naturalezas simples se pueden dividir en materiales (como el cuerpo), intelectuales (como el pensar, el querer) y mixtas, propias del mundo de las naturalezas materiales y del de las intelectuales (como la existencia, la unidad, la duración y las reglas de inferencia).

 

 

1.2 LA DUDA

 

            De las dos reglas del método que hemos dado (y que son las más impor­tantes de cuantas enuncia Descartes), todo depende de la primera. En efecto, si no llegamos a evidencias, no podemos avanzar ni un palmo en el conocimiento. Frente a toda la filosofía anterior, Descartes inaugura la filosofía moderna preguntándose por un punto de partida evidente, del cual sea imposible dudar. Vemos, por consiguiente, que la duda es universal, se aplica a todo, nada queda libre de ella. Es metódica, es decir, no se duda por dudar, sino porque es parte del método para llegar a cono­cer la verdad. Es provisional: no se trata de desechar todo lo antiguo, al­go de ello podría ser verdad, solo que de momento dudamos de eso. Final­mente, es teórica: la duda no se extiende a la conducta, a la vida, sino que queda en el terreno intelectual. Recordemos que el problema que se plantea el filósofo es, ante todo, el de conocer de modo verdadero, no el de actuar con corrección. Es un problema de conocimiento, no de ética, aunque tenga muchas repercusiones éticas.

            Puestos a dudar, encontramos que podemos dudar de los sentidos, pues es posible que nos engañen. Quizá el mundo que nos ofrecen los sentidos no sea más que una ilusión, de la misma manera, diríamos, que el cine nos produce la ilusión de un mundo real.

            También puede dudarse de los estados de conciencia: pues a menudo tenemos sueños tan intensos que mientras los soñamos nos creemos que es el mundo real. ¿Y si la conciencia viviera en un estado de perpetuo sueño? Se hace imposible distinguir entre la vigilia y el sueño. Vemos que aquí la duda se extiende a uno mismo. Pero aun en este estado, dormidos o despiertos, las verdades de la matemática se cumplen. Dos y dos son cuatro, despiertos o en sueños. Quizá de cosas como de las matemáticas no se pueda dudar.

            Sin embargo, podemos imaginar una situación en la que el hombre se engañe al razonar. Es como si su cerebro no funcionase bien, y viera lógico que dos y dos fueran cinco. Descartes lo ilustra diciendo que podríamos imaginar que un genio maligno hace que nos equivoquemos en los razonamientos más simples. Si esto fuera así, entonces la mente, en con­tra de lo que se ha dicho antes, no sería capaz de llegar a la verdad. Esta situación es el colmo: no podemos fiarnos de los sentidos, ni de nuestro estado de conciencia, por último, ni siquiera de nuestra forma de pensar. ¿Habrá que concluir que, en definitiva, el hombre puede legítimamente dudar de todo y que el conocimiento cierto y evidente es imposible? Será así a menos que descubramos algo de lo que es imposible dudar. De momento, las perspectivas no son buenas.

 

 

1.3 El COGITO

 

            Pensando sobre esto, Descartes se da cuenta de una cosa sumamente sencilla, pero que, como todas las grandes ideas, tiene una sencillez tan grande que no se había visto antes, de puro obvia. Descartes se da cuenta de que está pensando. Y esto es decisivo, pues los sentidos pueden engañarnos, podemos estar en sueño o vigilia, podemos equivocarnos o no en nuestros razonamientos pero, aun en el caso de que exista ese genio maligno, hay algo evidente: si pensamos, aunque lo hagamos mal, existi­mos. Esto no es un razonamiento, sino una intuición personal, y hay que hacerla en primera persona: yo pienso, luego existo. "Cogito, ergo sum". Descartes ha encontrado el punto de apoyo último, lo único indudable: que si pensamos es que existimos. Podemos estar engañados en todo lo demás, pero en esto no, pues sería absolutamente imposible que pudiéramos pensar si no existiéramos. Una imposibilidad no lógica, sino ontológica.

            E1 cogito es el modelo de intuición clara y distinta. Pero hay que matizar: ¿qué existe , según el cogito? ¿el cuerpo? ¿la conciencia? E1 cogito afirma la existencia de un yo pensante, nada más. Un yo que piensa, y, por lo tanto, es individual, personal, no está en ningún sitio, no posee cuerpo. Una segunda matización es que Descartes entiende por "pensar" toda actividad de la que somos conscientes, como desear, querer, proyectar, etc.

            El cogito es la primera piedra y el fundamento de toda certeza en el edificio del conocimiento. ¿Cómo salir ahora de la duda en cuanto al mundo exterior, a los sentidos, al valor de 1os razonamientos? Si existie­ra el genio maligno, el cogito nos daría la única certeza, ya que todo lo demás que pudiéramos pensar podría estar equivocado. ¿Cómo romper este muro de dudas que el cogito, por sí solo, no puede? Este es el gran problema de Descartes. Ha llegado a algo indudable, el cogito, pero resulta que el cogito no puede garantizar más que la existencia del yo pensante. Ni siquiera puede librar de la duda el hecho de que tengamos un cuerpo. Más aún, el cogito no garantiza la existencia del yo cuando no piensa, sino sólo del yo pensante. Si el yo dejara de pensar, no se le podría aplicar el cogito, y su existencia como tal yo sería dudosa. Vemos, en suma, que el cogito tiene muy poco poder para hacernos salir de tanta duda. Solamente garantiza una certeza: que existimos mientras pensamos. ¿Cómo librarnos del genio maligno para poder afirmar con certe­za que la mente, dejada a sí misma, puede llegar a la verdad?

 

 

2. EL PRESUPUESTO NECESARIO: DIOS

 

            Solamente si existiera Dios, podríamos estar seguros de que no existe tal genio maligno. Es decir, Dios no habría dejado, porque es bueno, que la mente de los hombres funcionara mal. Dios no permite que exista el genio maligno que engañe a los hombres en sus razonamientos, puesto que eso es un mal para el hombre, y Dios es bueno. Hemos dicho "si existiera Dios". Se ve que Descartes tiene que demostrar la existencia de Dios para evitar la existencia del genio maligno. Si lo consigue, queda despejado el principal escollo de la duda. Se habrá mostrado que la mente puede razonar con verdad y que al razonar no se engaña.

                Pero las dificultades son muchas para demostrar la existencia de Dios, porque Descartes, si quiere ser consecuente con su sistema, no puede demostrar a Dios recurriendo a la experiencia sensible (como había hecho Tomás de Aquino), pues de ella se puede dudar, como de la existencia del mundo. En lo único en que podemos basarnos es en nuestro propio yo pensante para demostrar la existencia de Dios. Basarnos en otra cosa sería basarnos en cosas que aún no son ciertas y evidentes. Por ahora, lo úni­co cierto y evidente de que disponemos es el cogito, no conviene olvi­darlo.

            Por otra parte, no podemos demostrar la existencia de Dios mediante un razonamiento. Una vez demostrado Dios, podemos concluir que el hombre, al razonar, no se equivoca. Pero antes de demostrar a Dios, no podemos, sería petición de principio. Hay que demostrar la existencia de Dios por una intuición, semejante a la del cogito.  Para ello Descartes se inspira en el célebre argumento ontológico de Anselmo de Canterbury.

            Profundizando en el significado del yo pensante, Descartes se da cuenta de que el yo pensante está lleno de ideas. De todas las ideas se pregunta su origen, es decir, ¿las ha producido este mismo yo pensante? Y se topa con una idea, la única, que no puede haber producido el yo, la idea de Dios. Su "demostración" se basa en que el yo no concibe cómo ha surgido en él la idea de Dios, mientras que de todas las demás se puede imaginar que haya surgido del yo. La prueba se basa, pues, en la intuición de que la idea de Dios no procede de uno mismo. Ha sido puesta en el yo pensante por Dios. Por lo tanto, Dios existe.

            Dios se erige ahora en el garante de la verdad de nuestros razonamien­tos. Ahora sí que podemos empezar a utilizar el método tal como lo describe Descartes. La existencia de las naturalezas simples queda garantizada por Dios.

 

 

 

3. EL MUNDO

 

            Vamos a pasar revista a algunas conclusiones que extrae Descartes sobre la realidad y el mundo. Analizando el mundo y aceptando sólo ideas claras y distintas, llegamos a las naturalezas simples, cuya división ya hemos dado. Una idea simple de la mayor importancia, es la idea de sustancia. Por sustancia entiende Descartes una cosa existente que no requiere más que de sí misma para existir. En sentido propio, sólo puede haber una sustancia: Dios, puesto que todas las demás cosas necesitan de Dios para existir. Sin embargo, Descartes no fue tan estricto en la aplicación de su definición, y distingue dos sustancias, que corresponden a dos ideas simples, claras y distintas, en que está dividi­do el mundo: sustancia espiritual y sustancia corpórea Cada sustancia tiene un atributo principal que se ve clara y distintamente como perteneciente de forma imprescindible a la sustancia. E1 atributo principal de la sustancia corpórea sería la extensión, el de la espiritual el pensamiento.

            Como se ve, Descartes tiene una concepción fuertemente dualista de la realidad. Los animales son sustancias corpóreas, carecen de pensamiento, son máquinas. El hombre, en cuanto compuesto, tiene un cuerpo que es una máquina, pero la esencia del hombre, a lo que Descartes llama propia­mente hombre, es lo espiritual. E1 hombre es espiritual y está alojado en un cuerpo, sólo que la unión de estas dos sustancias es mucho más íntima que otras uniones: lo que le duele al cuerpo, también me duele a mí. Esta interacción psicofísica no la niega Descartes, por eso intenta explicarse cómo se produce esta unión (experimentos de disección y anatomía).

            Dios es el garante de que nuestras ideas claras y distintas sobre naturalezas simples provienen de objetos exteriores. Dios no engaña. Hay objetos exteriores. (Quizá no son lo que sugiere la percepción sensible, pero son.

            Si la mente razona con corrección, ¿cómo es que el conocimiento es una gran historia de errores rectificados? Lo que hace falta es, preci­samente, no apresurarse. Los errores vienen de que no se utiliza un método y de que, por tanto, se juzga sobre las cosas sin haber llegado a ideas claras y distintas. Por eso es necesario el método.

            No hay vacío, porque sería extensión sin sustancia. No hay átomos, porque la extensión es divisible infinitamente.

            Dios introduce el movimiento. La cantidad de movimiento siempre perma­nece igual. Como Dios actúa siempre igual, pueden extraerse leyes de la naturaleza: la física depende de la metafísica.

           

 

NOTA DE RELACIÓN CON HUME

            Las ideas claras y distintas no las produce la experiencia sensible (pues la experiencia sensible es todo lo contrario de claridad y distin­ción), sino que son innatas, se encuentran ya en la mente, y "salen a la luz" con ocasión de la experiencia, que es la chispa que las provoca. Hay que matizar este innatismo, entendiéndolo como predisposición: del mismo modo que por genética hay personas predispuestas para algunas enfermedades, y a la menor ocasión de ello caen enfermas, de tal modo estamos los hombres predispuestos a esas ideas. La estructura de nuestra mente nos predispone a tener unas determinadas ideas (como extensión, figura, etc.).

            Para Hume toda idea se deriva de la experiencia. No hay ideas innatas. Esta es la conocida oposición entre racionalismo (Descartes, Spinoza, Leibniz) y empirismo (Locke, Berkeley, Hume). Sin embargo, no hay que entender que esta oposición sea radical, puesto que, como veremos con Hume, cabe decir que en la naturaleza humana se encuentran predisposiciones muy fuertes, que a veces denomina "costumbres", y que tienen influencia en el conocimiento.

 

 

 

Luis Fernández-Castañeda, IES Mar de Alborán, Estepona, Málaga

 

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