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MARX

 

  (Por Luis Fernández-Castañeda,  profesor del  IES Mar de Alborán, Estepona, Málaga. Septiembre de 2003)

 

1. LA FILOSOFIA DE HEGEL

 

 

            Hegel es el punto de partida de la filosofa de Marx, y criticándole aprendió Marx su propia filosofía. Hegel es, ante todo, idealista. Para él la esencia de la materia es el pensamiento. Según se piense el mudo, así es el mundo. Pero el pensamiento no es una actividad diferente en cada individuo, sino que cada uno de nosotros no somos más que una indi­vidualización del espíritu (Geist) universal. Este espíritu, que no hace más que ocuparse de sí mismo como el dios aristotélico (un pensamiento que se piensa a sí mismo), necesita desenvolverse en la historia para ir aprendiendo cómo es él mismo. Con la historia aprenderá que es, ante todo, libertad. Y lo que signifique la palabra libertad, dice Hegel, lo va poniendo en claro la misma historia según discurre. En el XVIII, por ejemplo, a partir de la Revolución Francesa, el espíritu aprendió que libertad es pensar por sí mismo, no estar coaccionado por un poder injusto (la soberanía reside en el pueblo), la extensión de estos privile­gios a todos los ciudadanos sin excepción, etc. En la Antigüedad grecorromana, la libertad sólo la entendía el espíritu como libertad de unos pocos gracias a que una mayoría ‑los esclavos‑ les descargaban del traba­jo. La historia ha ido evolucionado, y esto en Hegel quiere decir: en la historia del mundo ha habido individuos (Alejandro Magno, Julio César, Carlomagno, etc.) y pueblos (Grecia, Roma, Alemania, etc.) que han sentido hacia dónde tenía que marchar la historia: han sentido cuáles son las necesidades del espíritu y se han dispuesto a realizarlas.

 

            Muchos pueblos, dotados de un espíritu particular, han aportado en la historia su contribución a esta larga marcha del espíritu que trata de comprenderse a sí mismo desarrollándose en la historia. Estos pueblos e individuos nos han enseñado posibilidades del espíritu en el que todos participamos. Cabe darle la vuelta a la frase y decir, con Hegel, que le espíritu ha formado diversos pueblos e individuos en la historia que son expresión de su riqueza y diversidad, y que son expresión de su intento por comprenderse.

 

            Si el mundo es lo que el espíritu piensa que es, entonces en cada época de la historia, según sea el pensamiento del espíritu, así será el mundo. Es decir, el mundo cambia de unas concepciones a otras, según sea el desarrollo del espíritu, y este cambio es hacia una mayor compre­sión y perfección suyas. Por eso para Hegel, quien no comprende la historia, no se comprende a sí mismo ni a su propia época. Pues cada época es el producto de todos los pensamientos del espíritu hasta enton­ces.

 

            Que la historia sea este desarrollo del espíritu hacia su propia comprensión garantiza que hay un hilo conductor de la historia. Que por diversas y contradictorias que sean las acciones de los hombres en la historia, están guiadas en último término por un fin: el espíritu que lucha por comprenderse a sí mismo en toda su diversidad y riqueza. Todo esto significa que la historia es racional: puesto que es el despliegue del espíritu, es racional, tiene un sentido.

 

            Como resultado de estas ideas, la filosofía de Hegel contiene una propuesta humanista muy clara para el hombre: el hombre debe dejar de enfrentarse a su prójimo como a un enemigo al que hay que someter. Esto es lo que ha ocurrido de modo generalizado en la historia: de una parte, los faraones y sacerdotes, de otra el pueblo (Egipto); de una parte, los re­yes y sacerdotes, de otra el pueblo (Mesopotamia); de una parte, los ricos y aristócratas -hombres libres-, de otra, el pueblo y los esclavos (Grecia, Roma); de una parte, los señores feudales, marqueses y reyes, de otra, los vasallos y siervos de la gleba (Edad Media); y, actualmente, de una parte, empresarios y magnates, de otra, los trabajadores. Hasta ahora, el espíritu ha progresado en la historia a pesar de estos enfrenta­mientos. Pero ahora que hemos descubierto el hilo de la historia, piensa Hegel, el hombre debe considerar que el espíritu le pide univer­salidad y libertad, le pide la abolición de estos enfrentamientos. De lo contra­rio, la historia del espíritu seguirá progresando a pesar nuestro (pues la historia muestra cómo se va caminando hacia una mayor libertad, piensa Hegel animado por la Revolución Francesa), sólo que este progreso será muy lento y desesperante, como hasta ahora lo ha sido.

 

            En estos enfrentamientos entre los hombres, que hasta hoy han sido inevitables, cabe descubrir lo que Hegel llama dialéctica. Los hombres se oponen entre sí, y el resultado histórico de esta lucha no da la razón ni a una parte ni a la otra, sino que toma la parte de razón de cada contendiente y lo junta en una unidad que supera el enfrentamiento. De aquí se puede deducir que el espíritu, para comprenderse a sí mismo, necesita de una postura (tesis), otra contraria (antítesis) y, como fin provisional de esta confrontación, surgirá un resultado que superará amplia­mente las dos posturas iniciales (síntesis). Para poder comprenderse, el espíritu necesita de este movimiento dialéctico, y esto es porque el espíritu es dialéctico. Por eso ahora podemos entrever mejor la historia humana, sembrada de pasos hacia delante y hacia atrás: es un movimiento dialéctico cuyo fruto es el progreso en síntesis cada vez más perfectas. Hegel veía una culminación de la historia en la Alemania prusiana de su tiempo, donde el Estado era la materialización casi perfecta del espíritu, el lugar de síntesis de todas las tesis y antítesis: donde el Estado es de todos y todos son del Estado.

 

 

1.1 LO QUE MARX ACEPTA Y RECHAZA DE HEGEL

 

            Marx no es idealista, sino materialista, y esto quiere decir que para él el pensamiento no es la esencia de las cosas. Esta postura le lleva a una confrontación profunda con Hegel.

 

            La primera consecuencia es que Marx desestima la idea hegeliana de espíritu. La historia no es un espíritu que lucha por comprenderse en su diversidad y libertad. Hablar de "espíritu" supone cegarse ante la realidad de la historia: la historia es, propiamente, la historia de cómo los hombres se han ido ganando la vida, no la de un espíritu. El hombre tiene razón y espíritu, piensa Marx, pero los conserva si y sólo si logra mantenerse con vida. Por eso hay que pensar que la base de la historia, el cimiento de donde todo lo demás parte, es la economía.

 

            Sin espíritu, ¿dónde está el hilo conductor de la historia? De modo coherente, Marx lo busca en las formas de producción: las formas en que el hombre ha ido produciendo para vivir. Así, hay una forma de producción asiática antigua, una forma de producción esclavista, otra feudal y otra capitalista. Se ha pasado de una a otra por medio de revoluciones:cambios bruscos en la historia que han arruinado una forma o modo de producción para instaurar otro.

 

            La historia que se nos dibuja ahora, ¿es una historia de progresiva libertad y autoconocimiento, como pensaba Hegel? Desde el momento en que la inmensa mayoría de la población, hoy día, es libre para trabajar alienada o para morirse de hambre, hay que decir que no. (Qué sea trabajo alienado, lo veremos luego). Hasta ahora, nos dice Marx, más que historia ha habido prehistoria. Una prehistoria que consiste en que los hombres han creado sistemas económicos que luego no han podido controlar, de modo que la mayor parte de la gente ha tenido que sufrir las consecuencias (paro, hambre, pobreza, delincuencia, y un largo etcétera que se llevaría en contenido casi toda la historia humana). Hoy día también podemos ver esto, como en el siglo XIX: la gente a menudo trabaja en cosas que no le gustan, estudia no por gusto propio, sino para poder un día ganar dinero, a menudo es el sistema económico el que decide por nosotros lo que tenemos que hacer pues, de lo contrario, nos espera la miseria en sus más variadas formas. ¿Es que no se podría controlar este sistema económico para que se adaptase a las necesidades de los hombres, en lugar de tener nosotros que adaptarnos a él olvidándonos de nuestros gustos, deseos y sueños? El día en que esto sea posible, piensa Marx, se habrá pasado a la histo­ria auténtica. De momento, y llevamos así muchos siglos, vivimos en la prehistoria, dominados por fuerzas exteriores a nosotros y que no pode­mos controlar, exactamente igual que les ocurría a nuestros tatarabuelos de las cavernas, sólo que peor: pues ahora se trata de inventos nuestros, llamados formas de producción, que se independizan de nosotros y escapan a nuestro control. El hombre pasa de ser un creador a ser un esclavo de sus creaciones.

 

            De manera paralela a Hegel (según sea el espíritu en un momento de la historia, así será el mundo), para Marx según sea una forma de produc­ción, así será el mundo. La sociedad es así en gran parte un reflejo del modo en que está organizada para ganarse la vida.

 

            Marx acepta y hace suyos los análisis hegelianos del enfrentamiento entre los hombres, y los desarrolla. Un esclavo no mantiene las mismas relaciones con su señor (en Roma, por ejemplo) que un obrero con el empresario. Cada modo de producción tiene unas relaciones de producción, donde el enfrentamiento entre los hombres se plasma de diferentes formas.

 

            Marx hace también suya (y desarrolla mucho más) la consecuencia humanista de la filosofía de Hegel: las relaciones entre los hombres, que hasta ahora han estado marcadas por el enfrentamiento, tienen que cambiar. ¿Cómo? Si toda forma de producción implica unas relaciones de producción, habrá que buscar una forma de producción que implique unas relaciones de producción humanas, no basadas en el enfrentamiento. Esta nueva forma de producción, que Marx quiere que sea consecuencia del capitalismo, la llama comunismo.

 

            Aceptando el método dialéctico de Hegel (esa lucha entre opuestos es el motor de la historia), rechaza sin embargo la pretendida culmina­ción de la historia en el Estado. El Estado moderno, para Marx, es la suprema superchería: es un invento de unos pocos para controlar a toda una población, y no en vano sus pilares son los bancos e industrias, los militares y la policía.


 

1.2 LA CRÍTICA DE FEUERBACH A HEGEL

 

 

          Antes que Marx, Feuerbach realizó una famosa crítica a Hegel. Frente a todo el idealismo hegeliano, Feuerbach se declaró materialista (y como vemos, Marx le siguió). Para Feuerbach, la naturaleza de todo lo real no se agota en su ser‑pensado: nunca por mucho pensar una cosa llegaremos a todo lo que es.

 

          Partiendo de esta base, la crítica que le hace a Hegel podríamos resu­mirla en este imaginario monólogo: (de Feuerbach a Hegel) "tú dices que la historia es el desarrollo del espíritu hacia su compren­sión. El hombre ha de servir al espíritu como a algo superior. La realidad material no es sino algo que el espíritu pone de sí mismo, por eso es engañoso centrarse en lo sensible y material, pues su esencia es el espíritu, el pensamiento. Pues bien, ¿qué es esto sino algo muy similar a decir que el mundo es puesto o creado por Dios, a identificar al espíritu con Dios, igualando el desprecio cristiano por la realidad sensible con el desprecio del espíritu hacia lo material? Tu filosofía no es otra cosa que una teología racionalizada."

 

          Y la propuesta de Feuerbach: "lo que yo pretendo es reducir la teología a la antropología, es decir, mostrar que las ideas que el hombre tiene de Dios, del cielo, etc., no son más que proyecciones de la esencia del hombre El hombre toma sus mejores cualidades y las proyecta en un ser fuera de él mismo, y se obliga a servirle y adorarle. Pero hay que darse cuenta de que este Dios no es más que una creación nuestra, que lo auténticamente divino está en nosotros mismos, en nuestra vida, en la esencia humana. La teología no es más que una antropología alienada." Esto es coherente con el punto de partida materialista, que consiste en aceptar que hay que partir de la vida (no del pensamiento), de las sensaciones, de nuestras necesidades: eso es lo más real, según Feuerbach. Seguramente eso de "antropolo­gía alienada" no lo hemos entendido del todo, así que se lo preguntaremos:

 

          "Cuando hablo de alienación, me refiero a ese proceso por el que el hombre proyecta fuera de sí todo lo bueno que tiene y luego hace de eso un ente extraño ante él mismo (Dios). Lo malo de la alienación es que el hombre, al considerar a Dios, lo considera como un ser extraño, ajeno a él, y no se da cuenta de que es él mismo el que ha formado ese ser, reuniendo para ello lo mejor que tiene. Como se podrá ver, la alienación es un concepto social: unos hombres proyectan lo mejor del hombre y hacen de eso un Dios. Luego vienen otros hombres y cree que ese Dios existe, sin darse cuenta de que es una producción humana. Eso es alienación."

 

          Feuerbach habla de una alienación religiosa, Marx lo extenderá a otros campos.

 

 

1.3 LA CRÍTICA DE MARX A FEUERBACH

 

          En la crítica que Feuerbach hace a Hegel, Marx advierte un fallo fundamental: Feuerbach no recoge nada de esa dialéctica que, enfrentando a los hombres, mueve la historia. Para Feuerbach, la historia no existe. Marx está de acuerdo con él en que la base de la que hay que partir ha de ser la vida misma, con sus necesidades materiales, pero esa vida hay que entenderla como un proceso histórico. No es una "vida" intemporal, sino una vida muy concreta que se mantiene en cada momento merced a un modo de producción determinado. Esto es lo que Feuerbach nunca tiene en cuenta.

 

          Mientras que Feuerbach vería en un automóvil la necesidad humana de desplazarse de un lugar a otro, Marx ve en él, además de eso, al capitalis­ta que ha reunido maquinaria y obreros para fabricarlo, ve en él al siste­ma de mercado que ha adjudicado un precio al vehículo y ve, finalmente, toda la organización social que ha hecho ese coche posible. Feuerbach se queda en la superficie de los objetos: su materialismo es abstracto, ahistórico. Marx penetra en la realidad de los objetos y descu­bre que si existen, es por una forma de producción y unas relaciones de producción determinadas. A esto no llegaba Feuerbach, que se limitaba a contemplar los objetos.

 

          Por último, Feuerbach deja intacto el sentimiento religioso, y esto no es consecuente con su crítica a la alienación religiosa. Si la idea de "Dios" no tiene otro origen que el humano, no tiene sentido hablar de la naturaleza humana como de algo divino. La esencia del hombre parece en Feuerbach algo divino, como si propugnara la religión del hombre. Y la esencia humana no es más, nos dirá Marx, que un producto de la historia y de las relaciones sociales.

 

          Es en este último punto donde más difieren Feuerbach y Marx: en cuanto al hombre. Al hombre, dice Marx, no le basta con saber que Dios procede en realidad de él mismo, sino que tiene que dar el paso a la reali­dad concreta y dejar de verse como una esencia abstracta ("hombre") para verse como el producto de unas condiciones económicas, históricas y socia­les determinadas. No existe el "hombre", sino un determinado hombre en cada época histórica y modo de producción. El hombre es así lo que la economía y la historia han hecho de él, con cosas buenas y malas, y no una pura esencia sin historia.

 

 

2. LA IDEOLOGÍA

 

          Lo que en el marxismo se llama ideología es la justificación de una realidad injusta por medio de pensamientos que logren disimular la reali­dad. La ideología es todo el conjunto de ideas y pensamientos difundidos en la sociedad con el fin do ocultar la alienación del hombre.

 

          Como hemos visto, la base económica de la sociedad es el suelo de donde ha de partir toda explicación ulterior de la vida humana. Por eso Marx va a estudiar la ideología dentro de la economía, y va a demostrar su falsedad.

 

          Los pensamientos que corrientemente manejamos en nuestra sociedad, los que se oyen por la calle y nos anuncian los medios ‑en definitiva, la ideología‑ podemos resumirlos, en cuanto se refieren e lo económico, así:

 

1        Vivimos en un mundo de mercado libre donde cada cual es libre de vender y comprar lo que quiera al precio que quiera. A nadie se le fuerza a nada.

 

2        Al obrero se le paga lo correspondiente a las horas de trabajo.

 

3        Los precios están regulados por un mercado libre.

 

4       El mercado libre regula la cantidad de productos que se fabrican, de forma que esta cantidad está adaptada a los requerimientos de la sociedad en cada momento.

 

5       Cada uno puede producir lo que quiera.

 

6       El trabajo del empresario consiste en sacar adelante la empresa.

 

7        Se produce para la sociedad, se produce lo que la sociedad desea y necesita.

 

            Frente a estas afirmaciones, Marx, como conclusión de su estudio económico, contrapone estas otras:

 

(1)       Frente a tanta libertad, la realidad es que algunos no son libres de comprar lo que quieren sencillamente porque no tienen dinero. Habría que decir: uno es libre de comprar siempre que tenga dinero. Si uno no tiene nada que vender, ¿cómo va a ser libre de vender? Por eso los trabajadores, que no tienen nada que vender, tienen que vender su trabajo, que es parte de uno mismo. La libertad que predica la ideología del capitalismo es sólo una libertad teórica, no práctica.

 

(2)       Si al obrero se le paga lo correspondiente a las horas de trabajo, no habría ningún beneficio en la venta de productos: el empresario ganaría lo que le cuesta la materia prima, las máquinas y lo que le cuesta pagar a los obreros. Por tanto, al obrero no se le paga por horas de trabajo (aunque se diga eso) sino que se alquila su fuerza de trabajo por un día: no se le pagan ocho horas de trabajo, por ejemplo, sino que el empresario alquila por un día, es decir, se adueña, de todo el trabajo que pueda producir el obrero durante la jornada. Parte de ese trabajo lo dedicará el empresario a pagar al obrero, pagar maquinaria y materias primas, y el resto del trabajo del obrero se lo apropia él. Este beneficio se llama plusvalía. De aquí sale el dinero del capitalismo, y de ningún otro sitio: del trabajo del obrero.

            El obrero no vende ocho horas de su trabajo, sino que se vende para trabajar. El capitalista no compra ocho horas de trabajo al obrero, sino que compra todo lo que pueda trabajar el obrero, su fuerza de trabajo, du­rante una jornada.

            La ideología nos dice que entre capitalista y obrero hay un contrato equitativo. Marx dice que si fuera así, ninguna empresa sería rentable. La realidad es que no se trata de un contrato entre partes iguales, sino de una compra más: el capitalista compra al obrero para trabajar. Al obrero se le trata, por tanto, como otra mercancía más: lo mismo que se compran naranjas o vestidos, se compra la fuerza de trabajo del obrero.

            Aparentemente no hay esclavitud, sino una libertad que, sin embargo, disimula ideológicamente una realidad de esclavitud. Pues el obrero cierta­mente "es libre" de vender una parte de sí mismo (su fuerza de trabajo) o de morirse de hambre.

 

(3)       Si uno vende coches, por ejemplo, no podrá ponerles un precio mucho mayor que los demás vendedores de coches, pues entonces nadie le compra­ría. Por eso se dice que el mercado (oferta‑demanda) regula los precios. Se habla del libre mercado como si fuera un instrumento valiosísimo que permite una "justicia" en los precios, al mantenerlos dentro de unos límites. Frente a esto, dice Marx, hablar así del mercado es ideología, pues con ello se trata de disimular la situación de partida. Y la situación de partida es que cada capitalista trata de vender lo más caro posible para poder ganar más dinero, y que nunca se llega a un equilibrio de precios, sino que lo normal es la oscilación continua de precios: a ver quién puede ganar más. El sistema es intrínsecamente inestable: funciona a base de ganadores y perdedores.

 

(4)       Se dice que cada uno produce lo que quiere, pero con esto se oculta de modo ideológico la realidad fundamental del capitalismo: que cada uno lo que quiere es producir aquello que le dé más dinero. Los capitalistas no hacen muchas veces lo que quieren, sino lo que pueden frente a la competencia de otros capitalistas.

 

(6)          También se dice que el trabajo del empresario consiste en sacar ade­lante la empresa, cuando en realidad lo que el capitalista intenta es adueñarse de la mayor cantidad de plusvalía posible, es decir: intentar que el obrero trabaje más y cobre menos, para poder agenciarse el dinero de todo el trabajo restante. (El dinero que produce todo el trabajo del obrero no invertido en salarios, maquinaria y materias primas).

 

(7)       El colmo de la ideología, según Marx,  es cuando se pretende que se produce para las necesidades de la sociedad. Esto es lisa y llanamente mentira: se produce para ganar cuanto más dinero mejor, y al capitalista le da lo mismo (mientras dé dinero) producir alimentos que drogas, artículos necesarios que superfluos, etc. Sólo aparentemente (ideológicamente) se tiene en cuenta a la sociedad, pues nadie va a producir algo que la sociedad no quiera comprar, sino que va a producir cosas que la sociedad necesite. Pero no lo hace porque la sociedad lo necesite, sino para hacer mucho dinero.

            En nuestros tiempos muchas empresas no se dedican a vender productos que la sociedad necesita, sino que buscan crear en la sociedad nuevos deseos, para así vender los productos que los satisfagan y hacer negocio. Es decir, la sociedad no manda ya sobre lo que producirá la empresa, sino al revés: lo que produce la empresa se impone a la sociedad. (Por ejemplo, hace cien años la sociedad no tenía necesidad de beber coca‑cola, hoy sí).

 

            Como hemos visto, la ideología que brota del capitalismo intenta disimular la auténtica realidad, por eso es ideología. La labor de la filosofía está en desenmascararla y demostrar que no se ajusta a la reali­dad de los hechos.

 

            Lo malo, piensa Marx, es que esta ideología se extiende a toda la sociedad: todo el mundo la acepta. Por eso dice que, en cada caso histórico, las ideas de la clase dominante han sido las ideas de toda la sociedad. Con la difusión de la ideología, se oculta la realidad hasta para los mismos que no están de acuerdo con ella. Por otra parte, la ideología es necesa­ria para mantener el modo de producción, pues ningún modo de producción puede sobrevivir si se califica a sí mismo de injusto y explotador, como es natural.

 

 

3. LA ALIENACIÓN

 

            Vimos cómo Feuerbach analizaba la alienación religiosa. Tenía dos pasos:

1 Situar fuera de uno mismo algo perteneciente a uno.

2 Ser incapaz de reconocer que lo que vemos fuera proviene de uno mismo

 

            Este proceso, señala Marx, no sólo se da en la religión, sino en muchos otros campos. Hay una alienación social, una alienación política e incluso una alienación filosófica. Pero la primera y más fundamental alienación, origen de todas las demás, es la alienación económica, y se encuentra en germen en el punto (2) del capítulo anterior. La alienación económica que se produce en el capitalismo puede resumirse en dos palabras: trabajo alienado. ¿Qué quiere decir esto? Apliquemos los dos puntos en que consiste la alienación:

 

(1)       El trabajo, que pertenece a uno mismo, se sitúa fuera. En principio, esto no es otra cosa que objetivación. Cuando queremos clavar un clavo, lo que hacemos es aplicar el trabajo fuera de nosotros mismos, por medio de un martillo. El clavo firmemente asegurado en la pared constituye la objetivación de nuestro esfuerzo: no es ni más ni menos que nuestro trabajo hecho realidad. Para crear o fabricar cualquier cosa, hace falta aplicar nuestro trabajo, y esto quiere decir: hace falta tomar ese trabajo, que es parte nuestra, capacidad o facultad nuestra, y situarlo fuera de nosotros mismos, objetivarlo, enviarlo afuera para que transforme el mundo.

 

            Cuando el obrero trabaja, lo que hace es desprenderse de algo suyo (el trabajo) para poder aplicarlo y transformar el mundo (fabricación del objeto). Tal objeto producido es la objetivación de su trabajo: es su trabajo acumulado, existe gracias a su trabajo, es el símbolo de su trabajo, representa su trabajo. Un avión, un coche, un cuchillo, son la objetivación del trabajo de muchos hombres.

 

            En Feuerbach, Marx criticaba el hecho de tener que situar fuera de uno mismo, en un dios, las virtudes y cualida­des propias, que le pertenecen a uno. Crear otro mundo, ¿no será una maniobra ideológica, pregunta Marx, para evitar que la gente piense en este mundo y caiga en la cuenta de su injusticia? Por eso dice que la religión es el opio del pueblo: la ideología religiosa pretende trasladar al hombre a un mundo divino y celeste donde todas las injusticias han sido superadas. ¿Con qué fin? Con el de evitar que el hombre se rebele contra este mundo de aquí abajo.

 

            Sin embargo, este primer paso de la alienación económica es positivo. Si el hombre no situara su trabajo fuera de sí mismo, si no lo aplicara al mundo, no habría podido sobrevivir. El hombre nace, precisamente, cuando aplica su trabajo al mundo y fabrica el primer instrumento de piedra. Esto es lo que le distingue de los animales, mucho más que el lenguaje, la conciencia o el pensamiento. El hombre es un fabricante de objetos, un ser que continuamente sitúa fuera de sí su trabajo para transformar alguna parcela del mundo.

 

(2)       Aquí viene el problema. Cuando el obrero ve en el coche que ha fabricado un objeto de metal, cristal y goma, y sólo eso, se aliena. Todo lo que aporta Marx ( y es lo que él critica en Feuerbach por no tenerlo en cuenta) es que el objeto producido hay que verlo no como una cosa impersonal, ajena a nosotros como una montaña o una nube, sino como objeto producido, fruto de nuestro trabajo. Si el trabajo me pertenece, y al situarlo fuera de mí fabrico un coche, ese coche ha nacido gracias a mi trabajo, ese coche no es más que mi trabajo y por lo tanto me pertenece. Lo que uno hace con su trabajo, es suyo. La alienación del trabajo en el capitalismo consiste en que el obrero fabrica un objeto y no lo considera suyo, creyendo que no tiene nada que ver con él. De la misma manera que el alienado religioso de Feuerbach no se daba cuenta al adorar a Dios que este era una creación suya, el alienado económico de Marx no se da cuenta al fabricar el objeto que es una creación suya, no se da cuenta de que no es más que su trabajo objetivado en la materia, y por lo tanto le pertenece.

 

            Entonces ocurre que el obrero, al trabajar, lo que hace es situar fuera de sí mismo un trabajo que ya no le pertenece. En cuanto sale de sus manos, su trabajo ya no le pertenece a él, sino al capitalista. El capitalista no le paga por el tiempo en horas que trabaja, ni por los productos que fabri­ca, sino que le paga por dejar que el trabajo salga de sus manos, simplemente. El trabajo prestado en estas condiciones es un trabajo alienado, y es el origen de todas las demás alienaciones, pues si se supri­miera, todas las demás caerían por su base. Se comprende entonces que el trabajo alienado sea la base del capitalismo y que es imposible un capita­lismo sin trabajo alienado. En efecto, si el capitalista pagara al obrero por los productos que fabrica, tendría que pagárselos a su valor (descon­tando costos de maquinaria y materias primas), y entonces no ganaría nada. Es fundamental, entonces, que el trabajador esté alienado, que no sea dueño de lo que fabrica, para que el capitalista pueda sacar algún benefi­cio.

 

            La existencia de la alienación es lo que fuerza a que se forme una ideología: para disimular la alienación.

 

            La alienación social consiste en considerar que la sociedad dividida en clases (sobre todo en dos: explotadores y explotados) es algo natural, sin tener en cuenta que es el resultado de un modo de producción que provoca en la sociedad esa división injusta.

 

            La alienación política consiste en ver dividida a la sociedad en sociedad civil, por una parte, y Estado por otra, sin caer en la cuenta de que el Estado no es más que el producto de la asociación de los explotadores para defender sus privilegios. ¿Por qué le resulta al obrero tan difícil darse cuenta de su alienación? Porque la ideología tiende a ocultar profundamente el hecho, como hemos visto.

 

 

4. EL HOMBRE

 

          De lo que llevamos dicho puede extraerse lo que se denomina "humanismo marxista", y es la concepción marxiana del hombre y su propuesta para hacerlo más libre.

 

            En primer lugar, el hombre es un ser natural objetivo, y esto quiere decir que tiene necesidades objetuales: necesita fabricar objetos para vivir, esa es su naturaleza, y no el "entendimiento" (Aristóteles, Tomás), la “sustancia pensante” (Descartes), etc. Ser hombre consiste en aplicar trabajo para transformar el mundo, por eso se puede decir que el trabajo es la esencia del hombre, frente a los animales, que no producen sus medios de vida.

 

            Además, el hombre es un ser que se hace en la historia. No es un ente dado de antemano, una "esencia" dada de una vez por todas, como pensaba Feuerbach sino que, retomando la idea de Hegel, el hombre se va haciendo en la historia. Pues el trabajo, en sus diferentes modos de producción, es un concepto histórico: se desarrolla y evoluciona en la historia. La histo­ria es, propiamente, la producción de los medios de vida del hombre, y no grandes hazañas, conquistas o cosas por el estilo. La historia es la praxis, la práctica: el trabajo aplicado del hombre.

 

            El trabajo también es un concepto que implica relación: se trabaja para uno mismo, o para otros. Esto hace que Marx subraye la idea de Aristóteles de que el hombre es un animal político (zóon politikón), que su naturaleza es social, no individual. Son las relaciones sociales las que en cada momento muestran qué es el hombre, hasta dónde puede llegar, etc., y esto no es previsible de antemano. De ahí que diga que la esencia humana es el conjunto de las relaciones sociales, contraponiéndolo a la idea de Feuerbach, que pensaba que la esencia humana era un conjunto de cualidades atemporales, dadas de una vez para siempre.

 

            El humanismo de Marx consiste en la propuesta de acción que se deriva de sus análisis filosóficos y económicos. Marx intentó demostrar que el capitalismo llevaba a una crisis inevitable, y que se produciría en conse­cuencia una revolución en los países más desarrollados, en la que los obreros accederían al poder y, tras una etapa de dictadura del proletariado, abolirían el Estado y se daría el paso al comunismo. Estas profecías de Marx, que él quiso confirmar científicamente como pasos inevitables que se iban a producir en la historia, no se han cumplido. ¿Quiere esto decir que la propuesta humanista de liberación del hombre que propugnó Marx es falsa?

 

            Para Marx, el hombre tiene que hacerse consciente de la realidad del trabajo alienado, si es que quiere cambiar el proceso de producción capitalista. Tiene que darse cuenta de que el "sistema económico" no es una realidad exterior a él como pueda serlo una piedra o un volcán. El sistema económico no es algo independiente de la sociedad, que escapa a su control, y que se impone sobre los individuos. Aunque en la práctica sea así, el análisis de la alienación demuestra que ese sistema lo hemos creado nosotros mismos. Somos nosotros mismos los que hemos puesto en marcha un mecanismo que ahora nos aprisiona y no sabemos parar.

 

Frente a la economía capitalista, hay que oponer la economía propiamente humana. Esta es la utopía marxista. Una economía:

 

‑donde la gente buscaría producir toda clase de bienes materiales para intercambiárselos entre sí. Todos tendrían acceso a los bienes producidos (substitución de la codicia por el disfrute de los bienes materiales en común)

‑donde los productos estarían en una relación inmediata con el que los produce: serían obra y propiedad suya. El trabajo no estaría alienado.

‑donde, sin tener que recurrir al mercado para ver qué es lo que conseguimos endosarle al comprador, la gente se pusiera de acuerdo antes de producir. Se preguntaría ¿qué es lo que necesita la sociedad? ¿qué productos son de urgencia? ¿en qué cantidades? Y se produciría en consecuencia, sin las oscilaciones de precio, sin los sobrantes de producción del capitalsmo. En definitiva, un trabajo guiado para tener en cuenta a la sociedad, en lugar de un trabajo guiado por la codicia personal en oposición a todos los demás.

 

            Existe otra versión menos halagüeña del humanismo marxista. Si lo que los hombres piensan no pasa de ser un reflejo de su modo de producción, hay que decir que la estructura económica condiciona el hacer y el pensar del hombre. El hombre es así un producto del mismo sistema, y por tanto no cabría hablar de humanismo. Aquí el hombre se reduce a las estructuras que lo hacen posible. La obra económica de Marx suscitó la idea de que su humanismo era inexistente, pues reducía al hombre a estructuras económico‑ideológicas. A1 publicarse los Manuscritos muchos decenios después, se descubrió un Marx mucho más humanista, abriéndose un debate que en realidad no ha quedado cerrado (pero que ya no interesa a casi nadie).

Luis Fernández-Castañeda, IES Mar de Alborán, Estepona, Málaga

 

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