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NIETZSCHE

 (Por Luis Fernández-Castañeda,  profesor del  IES Mar de Alborán, Estepona, Málaga. Septiembre de 2003)

1. CRÍTICA CULTURAL

 

 

1.1 CRÍTICA A LA MORAL

 

            Platón es el primer y principal responsable de que en la cultura occidental se abandonara el perspectivismo del ser, la idea de que cada uno percibe desde su punto de vista. Platón afirmó la existencia de un bien, supremo, el mismo para todos, y al que todos deben aspirar. Para Nietzsche no hay un bien, sino que eso depende de cada uno y según en qué momento. Lo que para mí está mal, para otro está bien, y al revés.

 

            E1 cristianismo, que tomó como base filosófica al platonismo, erigió una moral que se sustenta en los conceptos de "pecado", "culpa", "arrepen­timiento", etc. Dios dicta lo que es bueno y malo para el hombre, como en el principio del Génesis. Dios dirige el mundo (la "providencia divina") hacia su plenitud. Si bien el hombre es libre, está atado al pecado origi­nal, que lo hace pecador.

 

            Para Nietzsche la moral que propugna el cristianismo va directamente contra la naturaleza humana, es una contranaturaleza. Esta moral se opone a la vida y a sus instintos. E1 Cristianismo ha buscado dominar los instin­tos del hombre y reprimirlos: por eso surgieron las ideas de pecado, culpa y arrepentimiento. Sin embargo, los instintos constitu­yen el fondo de la vida humana: no son ni buenos ni malos, no hay que reprimirlos. En cuanto que instintos de la vida, hay que desarrollarlos lo más posible para así poder vivir intensamente. Todo lo que contribuya a esto, será bueno. Por eso el cristianismo se juzga malo para el hombre, pues no contribuye a que cada persona viva con más intensidad los impulsos de su propia vida, sino que los refrena.

 

            E1 platonismo y el cristianismo se basan en la idea de que el mundo no es un caos, sino un conjunto ordenado, y además con un orden moral. (La idea suprema es el bien; el bien supremo es Dios). Nietzsche cree que el mundo no tiene ninguna ley trascendente (idea de bien, Dios) que le obligue. E1 mundo es lo que es, ni bueno ni malo, ni ordenado ni desordenado. La elección moral se basa en la plenitud de la vida de uno mismo, y no en el recurso a la voluntad de Dios. En definitiva, la moral platónico‑cristiana es una moral de decadentes, de enemigos de la vida. Esta moral destruye la inocencia del devenir: el hecho de que el mundo es el que es y nosotros somos lo que somos, y que es inútil o engañoso querer aplicarle al mundo y a nosotros mismos ideas como culpa, pecado, providencia, etc. Nuestra propia naturaleza y el mundo en su conjunto permanecen indiferentes ante nuestras categorías morales. No le afectan, pues son eterno devenir, inocencia pura.

 

 

1.2 CRÍTICA A LA METAFÍSICA

 

            La metafísica hasta ahora, empezando por Parménides y Platón, ha supuesto que el verdadero ser es inmóvil, mientras que el movimiento de las cosas, su cambio, no son auténtico ser, sino sólo apariencias.

‑Para Platón, las ideas son la esencia de las cosas, y son inmóviles, mien­tras que la movilidad que nos transmiten los sentidos no es más que una apariencia que hay que superar con ayuda de las ciencias y dle la dialéctica.

Aristóteles procura explicar el cambio (al que no niega realidad) acudiendo a conceptos que designan realidades inmóviles, corno "sustancia", "materia", "acto", etc. Es decir, las cosas pueden cambiar porque hay un fondo en ella que no cambia (la sustancia, la materia, la forma, etc., según se hable en sentido absoluto o relativo).

‑Para Tomás de Aquino la auténtica realidad, el auténtico ser, es Dios. Y no cambia, pues eso supondría que no sería perfecto. E1 mundo, incluidos nosotros mismos, no somos más que pálidos reflejos de lo que es el ser de Dios. Y somos esos reflejos porque participamos del ser divino.

‑Para Descartes el mundo entero puede no ser más que un engaño. Se duda de los sentidos en primer lugar. La única evidencia es la del cogito, y esa evidencia permanece siendo igual a sí misma siempre que la pensemos.

Kant reduce lo que es el ser para nosotros (los fenómenos) a unas catego­rías inamovibles.

 

            Frente a todos ellos, Nietzsche reivindica la postura de Heráclito: el ser es devenir, cambio, movilidad. Todo lo estático, inmutable o inamovible no es ser, sino no‑ser, es decir, nada. Si toda la metafísica se ha hecho hasta ahora siguiendo la antítesis real‑aparente ("lo que vemos no es en el fondo más que producto de la idea, el cogito, etc., y por tanto no son más que apariencias frente a esto último, que es lo real). Nietzsche, al decir que el ser es devenir, deshace la antítesis: no hay algo así como realidad‑apariencia, sino que la apariencia lo es todo o, si queremos, la realidad del mundo consiste en su apariencia, y no hay nada debajo.

 

1          Entonces, ¿por qué ha elaborado el hombre tantas teorías siguiendo esta antítesis? Porque para orientarse y sobrevivir el hombre ha necesitado imaginarse un fondo fijo e inmutable, pudiendo así aferrarse a las cosas y  actuar con confianza. Los conceptos que ha producido la razón han proporcionado al hombre esta supuesta "realidad" bajo la apariencia. Son conceptos como los de "idea", "forma", "acto", "yo", "categorías", etc. Lo que ha hecho la razón durante dos mil años de filoso­fía es plegarse a las exigencias de orientación y seguridad del hombre. La razón no ha sido "libre" ni "objetiva": el hombre necesitaba seguridad­ y la razón se la ha proporcionado. Nietzsche deduce de aquí que la base de la razón es la necesidad humana de sobrevivir en el devenir y que, por tanto, la actividad de la razón no tiene nada de racional. La razón ea un instinto de supervivencia.

 

2          Todos los conceptos que la razón ha producido, en lugar de atrapar el ser, lo han esquivado: son conceptos vacíos, momias huecas, signos del no‑ser, de la nada.

 

3          Pero el hombre no sólo ha inventado una "realidad" por debajo de las apariencias con el fin de sobrevivir. También ha hecho esto por resentimiento, por venganza contra este mundo donde todo está en perpetua movilidad, don­de nadie se conoce verdaderamente, loa sentimientos cambian, etc. Ha inven­tado otra realidad para olvidarse de esta.

 

4          Esato último nos enseña que realizar esta antítesis también es cosa de decadentes, de recelosos contra la vida.

 

            Si la moral cristiana nace de la antítesis bueno‑malo determinada por Dios, la metafísica occidental nace de la antítesis real‑aparente determinada por la razón. Nietzsche ve no sólo un paralelismo entre ambos procesos, sino que se da cuenta de que en el fondo son el mismo: lo real, lo bueno y lo verdadero es Dios; lo aparente, lo malo y lo falso es el mundo. En esta forma de pensar ha nacido y se ha criado la cultura le Occidente, sin sospechar que no era más que un montaje para no tener que enfrentarse a un mundo en perpetuo devenir y ajeno a conceptos como bueno o malo, verdadero o falso.

 

 

1.3 CRÍTICA AL CONOCIMIENTO

 

Podemos resumir este punto en tres pasos:

 

1.‑ El ser es devenir.

2.‑ E1 concepto atrapa al ser inmóvil.

3.‑ E1 concepto, por tanto, no atrapa al ser.

 

            ¿Por qué el concepto atrapa al ser inmóvil? El origen del concepto es la metáfora. La metáfora consiste en intercambiar los nombres de las cosas porque nos parecen, en un sentido, iguales. Podernos llamar al mar "una inmensa soledad" y podemos llamar a la soledad "un inmenso mar". Si podemos hacer esto, es porque advertirnos que hay algo en común entre la soledad y el mar que nos permite hacerlo. Por mucho que se diferencien el mar (masa de agua salada) y la soledad (sentimiento personal), algo tienen en común, y para expresarlo utilizamos la metáfora. Pues bien, lo mismo sucede con el concepto. E1 concepto no es más que una metáfora de la que ya hemos olvidado que era una metáfora. Por ejemplo, hablamos de "la hoja de un cuchillo" sin pararnos a pesar que el concepto "hoja" es una metáfora, pues hemos tomado la palabra "hoja" (partes de los vegetales donde se realiza la fotosíntesis, etc.), la hemos desgajado de su contexto, y la hemos puesto como nombre de otra cosa diferente (parte de un cuchillo donde se encuentra el filo, etc.). ¿Qué tiene que ver la parte de un vegetal donde se realiza la fotosíntesis, con la parte de un cuchillo que tiene filo? La misma que entre una masa de agua salada y un sentimiento, es decir, aparentemente nada. Pero si profundizamos un poco más vemos que en algo, difícil de expresar, se parecen.­ Y para expresarlo utilizamos la metáfora. La única diferencia entre estos dos ejemplos está en que la metáfora "hoja" por "parte de un cuchillo" está más clara que “mar” por "soledad". Hay o puede haber una semejanza de forma entre la hoja de una planta y la de un cuchillo, y por eso decimos que la semejanza está más clara. Por eso esta metáfora queda incorporada al lenguaje cotidiano y nadie se para a pensar que es una metáfora, pues "parece" un concepto como cualquier otro. Entre "mar" y "soledad" no hay semejanza de forma, para empezar porque los sentimientos no están extendi­dos en el espacio. Esto hace que percibir una semejanza entre los dos sea más difícil. La semejanza es menos clara, pero eso no quiere decir que sea verdadera. Porque es menos obvia, no ha pasado al leguaje cotidiano, y hay que acercarse al lenguaje elaborado (la literatura, la poesía) para encontrarlo. En este caso salta a la vista que se trata de una metáfora, pero sólo porque no la utilizamos de modo cotidiano. Si así fuera, nos pasaría tan desapercibida como "hoja".

 

            Pues bien, Nietzsche sostiene que todos los conceptos son en realidad metáforas, lo que ocurre es que, como en el caso de "hoja", olvidamos su origen metafórico y los hipostasiamos en una noción imaginaria que llamamos "concepto".

 

            Para establecer la metáfora, tenemos que percibir una semejanza entre las dos realidades. Y por cierto, una semejanza tal, que nos empuje a usar la metáfora en lugar de la comparación. No decimos entonces: "sus ojos son como soles", sino:"sus ojos son soles". Y esta semejanza la percibe cada uno y en un momento determinado. Sus ojos son para mí dos soles, pero quizá no para Pedro. Quizá dentro de dos meses, en un momento de la tarde, sus ojos ya no me parezcan dos soles. Al cambiar el momento o la persona, la metáfora no vale.

 

            Resumiendo: que la metáfora es subjetiva y circunstancial (depende de uno mismo y de las circunstancias de un momento determinado). Si todo concepto proviene de una metáfora, y la metáfora es subjetiva y circunstancial, entonces todo concepto es subjetivo y circunstancial. Es decir, todo concepto le puede valer a una persona y a otra no; todo concepto puede valer en un momento y al siguiente no.

 

            Por eso quien cree que el concepto atrapa al ser inmóvil, se equivoca: si hiciera eso, entonces no sería ni subjetivo ni circunstancial; pero puesto que lo es, hay que concluir que no atrapa al ser inmóvil. Y no lo puede hacer precisamente porque no hay ser inmóvil, ya que todo ser es devenir. Creer que con "sustancia" o "alma" estamos refiriéndonos a una realidad fija y objetiva, es caer en el error, es haber olvidado que esos conceptos son en realidad metáforas y, por tanto, subjetivos y cir­cunstanciales. Cuando los filósofos se han olvidado de la naturaleza metafórica del concepto y han creído que conceptos como "idea" o "materia" designaban algo objetivo e inmutable, entonces es claro que esos conceptos no atrapan el ser (punto 3.)

 

            La propuesta de Nietzsche es utilizar metáforas en lugar de conceptos, para no volver a caer en ese error de la filosofía. Además, es la única manera de acercarse al ser móvil de las cosas.

 

 

1.4 CRÍTICA A LA CIENCIA

 

 

                Para Nietzsche, la ciencia es una postura más arte la vida. La ciencia se fundamenta en una creencia: ausencia de convicciones (todo conocimiento es relativo). Pero esto es tamibién una convicción, por lo que se cae en círculo vicioso (la convicción de no tener convicciones). La ciencia, por tanto, no puede arrogarse que descubre más verdades que el arte o que cualquier otra actividad humana, pues no está ni más ni menos justificada. Si la ciencia maneja conceptos creyendo que se refiere a realidades objetivas e inmutables, está en un completo error, como hemos visto. La ciencia no es más que una ordenación y clasificación del mundo, no su explicación. Nietzsche critica la postura del científico positivista, que cree que la ciencia es lo único que habla con derecho de la realidad, y que todo lo demás: arte, filosofía, literatura, etc. no son más que imaginaciones sin ningún derecho a la verdad. No ataca a la ciencia en sí, sino a las creencias en torno a la ciencia.

 

Crítica a la matematización de lo real. E1 positivismo pretende reducir las cualidades a cantidades, y esto es una reproducción de la dicotomía real‑aparente. Ahora se dice que las cualidades son apariencias de la realidad, que viene descrita en cantidades. Para Nietzsche esto es un olvido de lo que las cosas realmente son. Por más que analicemos una canción y la reduzcamos a números, etc. nunca podremos explicar cómo es que nos gusta. La cualidad "agradable" o "bello" no puede reducirse, pues, a can­tidades.

 

Crítica del progreso. Si la realidad pudiera reducirse a cantidades, el hombre también podría reducirse a cantidades, y llegaría un día en que se diría: "Hombre = fórmula (x, z, etc.)". Como no es así, hay que decir que las ciencias no explican al hombre, sino que es el hombre el que explica todas las ciencias. Por tanto, la ciencia no tiene orden que darle al hombre, no es ninguna guía de la acción humana.

            Por otra parte, hoy día la ciencia está al servicio del Estado, es un instrumento de dominación y control sobre los individuos, puesto que la ciencia es hoy el instrumento más eficaz de transformación del mundo. Quien posee la ciencia posee el poder. Este aspecto de la ciencia hace que la idea de progreso acabe por no significar sino un sometimiento progresivo del hombre al Estado.

 

 

2. EL NIHILISMO

 

            E1 nihilismo es el destino de la cultura occidental. Vuestra moral, nuestra metafísica y nuestra ciencia se han basado, como veíamos, en una antítesis fundamental: bueno‑malo, verdadero‑falso, real‑aparente. Para explicar este mundo y para justificarlo hemos necesitado de "otro mudo", superior, trascendente, distinto de este. Este mundo nuestro ha quedado entonces como apariencia, maldad y falsedad. Por eso cuando todas las hipó­tesis de "otros mundos" dejen de cumplir su función, el hombre se verá abocado a la realidad de su propia vida, a la realidad de este mundo nuestro ajeno a la bondad y maldad, a la falsedad o a la verdad, a la apariencia o a la realidad.

 

 

2.1. DIOS HA MUERTO

 

            La cultura occidental ha vivido durante toda su existencia apoyándose en Dios. Dios era el garante del sentido de nuestra vida, y del sentido del mundo. No vivimos una vida absurda, no vivimos en un mundo sin sentido, sino que todo está atendido por Él., cuidado por Él, y tiene un sentido.

            Pero Nietzsche se da cuenta de que en nuestra cultura de hoy, Dios ha dejado de cumplir su función para nosotros. Dios ya no juega ningún papel en nuestras vidas: no porque él (Nietzsche) lo diga, sino que lo dice porque lo observa a su alrededor. Ya no concebimos esta vida como prepara­ción y valle de lágrimas hacia la vida eterna (como en la Edad Media). Igual que se pasó de creer en los dioses a creer en un único Dios, hoy ha muerto la creencia en algo divino. Más exactamente: esa creencia no juega ya ningún papel en nuestras vidas, en nuestra cultura y en nuestra sociedad. Dios está muerto para nosotros.

 

            El significado que esto tiene para nosotros es tan grande que Nietzsche dice que aún pasará tiempo hasta que podamos comprederlo del todo. Dios ha sido la máxima encarnación del "otro mudo" de que hablábamos y, muerto Dios, muerto el "otro mundo", nos encontramos en este mundo nuestro faltos de toda orientación: ya no podemos acudir a É1 para justificar nuestros actos, para dotar de sentido a nuestra vida o a la historia. Lo único que nos queda es el mundo con su perpetuo devenir. Es tanta la angustia que provoca esta situación, que el hombre ha tratado de evitarla siempre, acudiendo a explicaciones "trasmundanas" (dioses, Dios, etc.) que hoy están definitivamen‑te desacreditadas. El europeo medio de hoy está abocado al nihilismo: a no creer en nada. Ninguna filosofía del pasado, ninguna religión, le parece ya cierta.

 

 

2.2 LA VOLUNTAD DE PODER

 

            Nos hemos quedado en "este" mundo nuestro, enfrenta­dos cara a cara ante nuestras propias vidas, sin posibilidad de recurrir a una instancia superior que nos justifique o nos guíe. ¿Qué encontramos? Encontramos que nuestra vida es voluntad de poder. Vivir es voluntad de poder, es decir: un continuo afán de superarse a uno mismo, de ir más allá. E1 hombre ama la voluntad de poder más que su felicidad. Descubre en sí mismo que todos sus instintos le empujan a vivir más intensamente, a vivir más de lo que ha vivido, y a superarse a sí mismo en cada ocasión. En esto consiste la vida, y se muestra desde los seres más primitivos, pasando por los animales, hasta el hombre: se observa que la vida supone continua superación de sí misma. Por eso se ha pasado a lo largo de una extensa cadena evolutiva desde las bacterias a los animales y al hombre. (Influencia de las ideas de Darwin en Nietzsche).

 

 

2.3. EL ULTRAHOMBRE

 

            Ese ser que, asustado ante el torbellino de su propia vida (como continua superación de sí mismo), necesitó acudir a "otros mundos"‑por encima de todo a Dios‑ y condenar este mundo como apariencia y tristeza, que necesitó la guía de un ser divino para que le dijera lo que estaba bien y mal y lo que tenía que hacer en la vida, ese ser se llama hombre.

 

            E1 hombre tiene que ser superado, y lo será por el ultrahombre. Todos nosotros estamos en camino de ello, no somos más que un puente hacia el ultrahombre. El ultrahombre es el ser que vive de todo corazón la voluntad de poder, que la acepta y la promueve, y que desarrolla sus instintos en ­el máximo grado posible. El ultrahombre sabe que su vida es lo único que tiene en el mundo, y está dispuesto a vivirla por sí misma, sin necesidad de que tenga sentido. El ultrahombre no necesita recurrir a instancias superiores que le orienten y le encaucen la vida, le distingan el bien ­del mal (moral cristiana), ni lo verdadero de lo falso (ciencia) ni lo real de lo aparente (metafísica), sino que está dispuesto a enfrentarse a su propia vida cara a cara y sin pedir explicaciones a nada ni a nadie. Buscarle un sentido a la vida, buscar una orientación en el mundo, etc. son empresas absurdas. El único sentido, la única orientación posible, es enfrentarse a la propia vida cara a cara y ser fiel a ella. No existe otro camino. El ultrahombre vive en un mundo libre como nunca lo conoció la cultura de occidental, ni con los griegos: un mudo donde se ha restaurado la inocencia del devenir y que está, por tanto, miás allá del bien y del mal.

 

 

2. 4. EL ETERNO RETORNO

 

            Durante sus últimos años le asalta a Nietzsche la idea de que quizá el mundo, en su cambio continuo, no sea más que una rueda y que lo que ha sido volverá a ser exactamente igual. Esto es el eterno retorno. Está anclado en la concepción del ser como un devenir cíclico. Si esto es así, es la idea más terrible que puede pensarse, siente Nietzsche, porque es la que nos quita de la cabeza toda idea de que el mundo tenga un sentido. E1 ultrahom­bre será aquel que viva su vida de tal modo que, si tuviera que vivirla otra vez (por causa del eterno retorno), querría hacerlo. El hombre que se reprimió, que se engañó o que se dejó guiar por un supuesto sentido de la vida, de volver a vivir, no le gustaría vivir de la misma forma en que lo hizo.

 

            Para Nietzsche, el proceso nihilista era necesario en nuestra cultura.. Se dedica a analizarlo y a proponerle una salida: está en la creación de unos valores nuevos que tienen como centro la exaltación de la vida. Só­lo así es posible salir de la. desesperación nihilista de no creer en nada. La solución que N'ietzsche propone no es volver a creer en algo sino, fieles al resultado de nuestra cultura y sin querer volver a explicaciones pasadas, limitarse a vivir la propia vida, haciéndonos así dignos de nosotros mismos.

 

 

Luis Fernández-Castañeda, IES Mar de Alborán, Estepona, Málaga

 

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