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DIONISIO CAÑAS, LA NOCHE DE EUROPA. Madrid: Amargord, 2017

José Luis Plaza Chillón


 

La poesía como desgracia intelectual

El mismo mar que baña la isla griega de Lesbos abraza también a Creta, lugar elegido por Zeus para llevar a la princesa fenicia Europa, una vez consumado el consabido rapto. Metamorfoseado en un hermoso toro blanco el dios sedujo a la bella joven que consagró con su nombre al viejo continente. De esa misma isla que cobijó al mítico Minotauro, regresaba Teseo de cumplir su heroica misión; un mal entendido en el despliegue de las velas negras de su barco llevó a la confusión al padre del héroe ateniense cuando las divisaba a lo lejos creyendo que su hijo había sucumbido ante las fauces de tan fabulosa criatura. Su apresurada desesperación lo incitó a lanzarse sobre las azules aguas, bautizando con su nombre, Egeo, a un mar para siempre afligido. El mito cobra vida y se humaniza a través los lacerantes versos que componen el último poemario de Dionsio Cañas, La noche de Europa1.

Lesbos será el punto final de un homérico viaje iniciado muchos años atrás por el poeta castellano-manchego. Una llamada premonitoria emerge de las reflexiones que la filósofa malagueña María Zambrano le provoca tras las constantes lecturas de su ensayo, La agonía de Europa2. La vigencia y el sentido último de un continente que ha sufrido en el siglo XX las mayores tragedias culturales, ideológicas y éticas de toda su historia abocándolo hacia una constante autodestrucción, sirve como hilo conductor a las meditaciones que sobre este nuevo “rapto de Europa” realiza la escritora de Vélez-Málaga, sin duda, una de las más destacadas intelectuales españolas del siglo pasado. Ha tenido que suceder la dolorosa tragedia de los refugiados provocada por la cruenta y críptica guerra de Siria para que las palabras de María Zambrano cobraran actualidad en la despedida poética de Dionisio Cañas. Si en su anterior poemario, Los libros suicidas3, el escritor hacía “estallar el corazón de Europa” lamentándose de la ausencia de lágrimas por parte de Occidente ante tan incomprensible conflicto bélico, en éste solo queda recoger los pedazos de tan flagrante detonación, a saber, los restos humanos ahogados bajo las aguas que golpean los acantilados de la isla en la que nació Safo. La poeta de Mitilene decidió quitarse la vida lejos de su tierra natal lanzándose desde los precipicios jónicos de la pequeña isla de Léucade, para fundirse con el mismo mar que 2700 años después sirve de tumba a tantos hombres, mujeres y niños, muertos ante la impasividad de una Europa que agota sus últimos estertores. A esta Europa oscura, casi tenebrosa, se asoman los entrecortados versos de este polifacético escritor.

Tal es el aspecto de esta orilla: / ¡Esto es Grecia, mas ya no la Grecia viva!”, cantaba Byron en su monumental poema El infiel (1813); el bardo inglés se lamentaba al contemplar los residuos de un territorio que tuvo un pasado glorioso, y que ahora se había convertido en un símbolo de los estragos que produce el paso del tiempo4. Su compatriota, el pintor romántico William Turner, dio forma plástica a estos versos cuando en 1822 pinta una acuarela de homónimo título en la que dos bellas jóvenes griegas cautivas son profanadas por la mirada pervertida de un malintencionado turco; una imaginaria acrópolis ateniense se erige al fondo de la composición en majestuosa testigo del acontecimiento. Las apocadas mujeres aparecen encadenadas y sumidas en un ensimismamiento a la espera de una libertad que ha de llegar precisamente de Europa. Ese pueblo europeo personificado alegóricamente en Lord Byron, que ayudó en el resurgir de la nueva nación helena, es el mismo que casi doscientos años después se avergüenza por su pasividad ante la tragedia de los expatriados que llegan a sus costas. “Demasiados muertos para seguir soñando”, proclama un verso del poeta español, unas palabras que anuncian la evidencia de un cadáver tan desmedido como todo ese vasto territorio. Los sueños se desvanecen en cada cuerpo arrojado al fondo del Egeo; un mar “puro, vertical y dramático” (así lo definía el escritor británico Lawrence Durrell5), que se nutre también de la abundante sangre emanada de una tierra apenada por la nostalgia, de su perpetua condena al exilio.

El primer poema del libro titulado igualmente, “La noche de Europa”, resulta verdaderamente abrumador; su riqueza y complejidad urden una trama poética casi testamentaria. Dionisio se despide para siempre de la poesía; sumido en un profundo abatimiento compone un texto que supone un epítome de toda su obra lírica, y cuyo resultado final se manifiesta fatalmente pesimista. La desconfianza sobre la esencia del hombre en general evidencia la duda sobre sí mismo, sobre su propio ser: “un hombre hermoso nunca debería morir”, escribe a la vez que se pregunta reiteradamente sobre el equívoco rumbo de Europa; un destino fraguado en el calamitoso devenir del siglo XX convertido en cenizas, aunque rebosante de pequeñas irisaciones para la esperanza. “El lenguaje debe ser destruido”, sentencia la pesarosa voz de Dionisio; sus referencias a Paul Valéry, Dámaso Alonso o Marcel Duchamp abundan en esta dirección. La palabra se convierte en asesina, cómplice de una Europa descompuesta que hiede de su propio y cruel pasado, donde judíos, gitanos y maricones han sido gaseados para complacencia de sus verdugos. María Zambrano toma la palabra para sentenciar lo dicho por Cañas. Si bien es verdad que las reflexiones de la pensadora afloran de la oscuridad, no es menos cierto que esa opacidad contiene aberturas por donde puede penetrar la claridad, pese a la tajante insistencia del poeta al proclamar la muerte absoluta: “Ya no estamos vivos”.

El mismo Mediterráneo que acoge a beodos y despreocupados turistas es también un cementerio marino, una fosa común en constante movimiento que empapa los cuerpos sin vida de los ahogados antes de hacerlos desaparecer en la eternidad de sus profundidades. “Es lo humano que se marchita entre las manos de los humanos”, dice un turbador verso; esa humidad desgajada de una Europa que se prostituye olvidando las palabras escritas por Eliot, Pound o García Lorca, a la vez que acude a la usura mercantilista que ofrecen los bancos suizos o los potentados chinos. Por eso, “Europa folla para olvidar Europa” y asiste a su propia aniquilación como civilización porque la muerte ha dejado de ser esa herida abierta “en el cuerpo del tiempo” para cerrarse en la más completa negrura. Esta desesperanza plasmada por el manchego adquiere la pátina del nihilismo; su posicionamiento poético se alinea claramente con la heterodoxia, por tanto, su discurso resulta antiintelectual, y no ha de sorprendernos si tenemos en cuenta que gran parte de su trayectoria artística ha sido la de un outsider, situándose siempre en la periferia del mercado. A pesar de su determinante postura, la voz expectante de María Zambrano le advierte de que algo está obligado a permanecer en Europa: el pasado nos pertenece todavía, y el “Cristo de los desposeídos” puede aparecer en cualquier momento para pedirnos que le “hagamos el amor”. El lamento se torna en reproche al evocar la taberna neoyorquina del “Caballo Blanco” (White Horse) donde el fantasma borracho de Dylan Thomas lo invitaba a encolerizarse ante la “muerte de la luz”. El poeta regresa a la vida con el beso de un árabe; Kamal de Irak le devuelve por un instante el optimismo del amor, aunque sea fugaz, o incluso mentira. Tomar conciencia de la escritura en el remate de este largo poema lo sume de nuevo en la infelicidad.

El “cuaderno de Lesbos” nos devuelve a la cotidianeidad de una presencia real; en esta segunda parte del libro, el poeta, a modo de diario, relata los aconteceres vividos en la isla durante su estancia. La poesía y la existencia componen en esta sección un insólito episodio de palabras desnudas que dañan cuando son leídas. Lesbos servirá de colofón al poema iniciado unos años antes de la mano de la filósofa malagueña. Los versos se distorsionan ahora en un relato cuasi periodístico, la intención del poeta es mostrarnos cada suceso vivido en primera persona; desde el encuentro casual con el citado militar iraquí Kamal (clave sustancial para concluir el poemario), a la implicación directa en los campos de refugiados, donde adquieren protagonismo la sociedad civil y los voluntarios llegados a la isla (como “el argelino” Hussein), testigos directos de un presente que intenta borrar con rapidez la memoria de un cercanísimo pasado repleto de muertos. Rememora también su propio sufrimiento como inmigrante en los años sesenta hacia la desolación de una Francia desconocida y hostil, estableciendo un pertinente símil que lo retorna a una despiadada actualidad. Si la intención de Dionisio al llegar a la isla era poner en marcha de nuevo su performance El gran poema de nadie, la conclusión es que esa acción poética está siendo el viaje en sí mismo: “la poesía no se hace sola, se hace viviendo, aunque no siempre te acompañen las palabras”, escribe nuestro moderno aedo. El incombustible espíritu de Safo y los perros abandonados que deambulan por la isla son los auténticos testigos de una tragedia humana que sucede para que la poesía avance hacia su inequívoca condena, su destrucción. ¿Cómo ha podido suceder esta desdicha en la patria de Safo?, se pregunta Dionisio, un lugar espacioso y amable que ha servido de refugio a tantos escritores a lo largo del tiempo, y cuya herencia cultural es sinónimo de lo más avanzado que ha dado la civilización, ejemplificada en las escasas estrofas que nos han llegado de la poeta cuyos versos forman parte de nuestro universo emocional.

No hacen falta los poetas en tiempos de miseria; esta indigencia se erige en la única vía de escape para obtener la “riqueza espiritual”, una suerte de iluminación que culmina con la muerte como metáfora de un nuevo renacer. El poema, “La noche del mundo” irrumpe como un capítulo independiente en la tercera parte del libro; la lectura de un texto de 1945 titulado La pobreza, del alemán Martin Heidegger y su posterior consideración sirven de inspiración para la composición del mismo6. La negación de todo debe entenderse como una especie de redención sensitiva cuyo objetivo es una liberación categórica: las desgracias siempre ocurren lejos de nosotros (en Irak, Siria o Turquía); Federico García Lorca volverá a ser asesinado 80 años después, mientras “saboreas la orina de tu último amante…”; “no es Europa la que muere, no es la noche del mundo, eres tú quien está anocheciendo”, sentencia el poeta, sabedor de que cada forma amorosa vivida le ha pertenecido. La “traición de Europa” se condensa en un pasaje escrito por el artista catalán Francesc Torres que incluye el poeta a modo de una sucinta quinta parte, en el que invoca la vergüenza que supuso para el continente la no intervención en la enrevesada guerra de los Balcanes de finales del siglo XX, finalizando con un contundente repaso de la ignominia y el consciente olvido al que se sometieron organismos internacionales como la Unión Europea o la Organización de las Naciones Unidas.

El escepticismo regresa con contundencia al amargo y, sin embargo, grandioso poema “La noche de los tiempos”. La venganza supura un dolor inconmensurable al asomar en sus palabras el arrepentimiento de un parricidio no cometido: “Anoche el semen derramado en la tierra / me trajo el recuerdo de mi padre; / debí matarlo y lavarlo con su sangre”. Su amada región retorna siempre en imágenes familiares; como una necesidad perentoria la figura de su madre se persona como regeneradora de todo lo que ha derruido el tiempo; la esperanza por recuperar el beso perdido de la infancia se torna en extracto de todo el poema. La pérdida de la fe como sinónimo de renuncia se refleja en la idea de un Cristo hierático que ha desatendido su eterno retorno, “ni muere, ni resucita”. El evangélico sermón de las siete palabras pende de una cruz vacía: “Crista”, la madre sacrificada, nos ha abandonado para siempre.

La noche de Europa supone el suicidio poético de su autor, y debe entenderse como la culminación de un acto expiatorio que tiene su origen algunos años atrás cuando decide poner en marcha El Gran Poema de Nadie, un largo y sacrificial camino repleto de versos ajenos encontrados en la inmundicia arrojada por los poetas de la miseria; esa es la razón de elegir la pobreza como única vía para alcanzar la verdadera “riqueza espiritual”7. Esta alienación lírica se manifiesta también en su anterior poemario, el citado Los libros suicidas, que nace como un correlato “rimbaudiano” de la alteridad cuando el autor afirma en los comentarios y notas finales del libro que su escritura mana de “otro yo”. Con determinación y sin ningún atavismo trágico Dionisio ha decidido poner fin a su vida como poeta. ¿Para qué alargar la agonía cuando Europa entera se abre bajo nuestros pies como la balsa de Ulises? ¿Para qué más cantores cuando a nuestro alrededor solo escuchamos llanto? La negación de la poesía no es sino la afirmación de la vida. El encuentro con la muerte sucede como una abertura hacia lo ilimitado: fallecer “es nacer hacia dentro”. Tomar consciencia de que forma parte del mundo cuando ha decidido prescindir de la palabra lo hace gritar con alegría: “¡Maldita sea, la poesía me ha hecho un desgraciado!”.

El libro se cierra literalmente con un “collage de voces y sonidos” bajo el título de “Las ocho puertas de la noche”. Los poemas en prosa recogidos en el último capítulo son también reproducidos en el CD que acompaña al volumen, donde se recoge la voz grabada del mismísimo poeta. El cómic “manga” japonés de Masashi Kishimoto, y las ocho puertas de la Jerusalén histórica sirven, a la vez, de inspiración dispar y complementaria a esta parte final. Las puertas de la Apertura, del Descanso, de la Vida, de la Herida, de la Clausura, de la Visión, del Milenio y la puerta de la Muerte forman un compendio apocalíptico de vocablos y fragmentos sonoros (de la música rock de los Rolling Stones, al flamenco patrio de Alejandro Torres y del Niño de la Era, pasando por el “soul” codificado en “Chain of Fools” de Aretha Franklin o la melodía desgarrada de Edith Piaf, para concluir con una entrevista radiofónica realizada al poeta en tiempo real mientras sucedía el ataque terrorista del 11 de septiembre de 2001 sobre Nueva York (ciudad en la que ha vivido una parte muy importante de su vida) que sella para siempre este adiós lírico e inmisericorde. El autor, con ese afán juglaresco que siempre le ha caracterizado, recita estos últimos párrafos escritos a modo de una definitiva despedida. Su adiós a la poesía adquiere la forma de la palabra dicha. En su “voz poética” encontramos esa fuerza redentora emanada de los sonidos que codifican el verbo. Poesía viva y evocadora de tiempos remotos; poemas para ser recitados como epílogo a esta acción social que es, sin duda, La noche de Europa.

 

José Luis Plaza Chillón, doctor en historia del arte, grupo de investigación: UNES. Universidad, escuela y sociedad. Ciencias Sociales (HUM-985). Departamento de Didáctica de las Ciencias Sociales, Universidad de Granada, España. Correo electrónico: jlplazachillon@hotmail.com

 

 

NOTAS

 

1 Dionisio Cañas (Tomelloso, Ciudad Real, España, 1949) ha sido catedrático de literatura española de la City University of New York. Escritor y artista polifacético ha publicado varios libros de ensayo como, Poesía y percepción, El poeta y la ciudad: Nueva York y los escritores hispanos, Memorias de un mirón (vouyerismo y sociedad) o Los tigres se perfuman con dinamita, entre otros. Pero ha sido la lírica el campo que lo ha definido específicamente como creador en obras como, El fin de las razas felices, El gran criminal, Videopoemas o Empezó a no hablar. Sus incursiones en el mundo de las artes plásticas y la performance poética se materializa en colaboraciones con el grupo de artistas Estrujenbank, o las acciones colectivas fraguadas en el interminable, El gran poema de nadie. Actualmente está sumido en el estudio del sufismo, cuyo primer fruto ha sido su último libro de poesía, Los libros suicidas (horizonte árabe), a la espera de la publicación de un ensayo sobre dicha temática. Su obra ha sido traducida al árabe, el francés y al inglés. Véase, http://dionisioc.com/


 

2 Esta obra fue publicada por primera vez durante su exilio en Buenos Aires en el año 1945; Zambrano, María. La noche de Europa. Buenos Aires: Editorial Sudamericana, 1945. Existe una edición relativamente reciente con prólogo de Jesús Moreno Sanz en, Madrid: Trotta, 2000.

3 Cañas, Dionsio. Los libros suicidas (horizonte árabe). Madrid: Hiperión, 2015.

4 Tsigakou, Fani-Maria. Redescubrimiento de Grecia. Viajeros y pintores del Romanticismo. Barcelona: Reseña, 1985. 49-50.

5 Durrell, Lawrence. Las islas griegas. Barcelona: Ediciones del Serbal, 1983.

6 Heidegger, Martin. La pobreza (Presentación de Philippe Lacoue-Labarthe). Buenos Aires/Madrid: Amorrortu, 2006.

7 Este proyecto poético bifurca el camino de la poesía tradicional, ya que supone la despedida indiscutible al protagonismo del autor, por tratarse de una creación anónima y colectiva. La participación es aleatoria y está abierta a cualquier individuo; las palabras pueden ser buscadas en cualquier parte, incluso en la basura. El Gran Poema de Nadie y su interacción social ha sido experimentada a lo largo de más de diez años en diversas ciudades del mundo, desde Cuenca a Nueva York, pasando por Barcelona, Rabat, El Cairo, Toulouse…, incluido su propio pueblo, Tomelloso. Véase, http://www.yorokobu.es/el-gran-poema-de-nadie/


 

 

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