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Teoría del alma y la naturaleza


Edwar Rafael Diaz Villanueva


 

En las siguientes líneas no pretendo convencerlos de que el alma sea una manifestación física a la que, por comodidad y sin precisión científica, llamaré 'energía'. Tampoco pretendo negar la existencia de un Reino de los Cielos como destino final de las almas humanas ni convencer a quienes no creen de la existencia del alma. Solo quiero plasmar una reflexión que ha rondado mi mente durante mucho tiempo y que he decidido hoy socializar.

Eso que a lo largo del curso de la humanidad se ha llamado ‘alma’ no sería sino una forma de energía unida íntimamente, de manera todavía incomprendida, a nuestro cuerpo, de modo tal que ambos conforman una unidad mientras vivimos. Si es una forma de energía, conviene preguntarnos de qué tipo: ¿eléctrica?, ¿electromagnética?, ¿nuclear?, ¿térmica? Esta pregunta puede tener dos respuestas. La primera, que el alma sea una combinación de todas o algunas de las formas de energía conocidas. Lo maravilloso e inexplicable de la vida podría haber condensado en sí esa fusión. La segunda, que sea una forma de energía, o una manifestación química y/o física, todavía desconocida.

Así como la física distingue conceptualmente entre materia y energía, cuerpo y alma tampoco tienen que ser lo mismo. Puede que el alma sea la otra cara de una misma moneda con respecto a la materia, con capacidad de producir efectos sobre nuestra realidad. La ciencia no afirma ni niega la existencia del alma; simplemente carece, hasta el momento, de instrumentos conceptuales y experimentales para demostrarla o refutarla. Desde la filosofía, refiriéndonos a lo que Aristóteles postulaba hace más de dos mil años, podemos concebir el alma como la forma del cuerpo.

Si aceptamos que el espermatozoide de nuestro padre y el óvulo de nuestra madre, cuando están separados, no poseen un alma, entonces cabe pensar que, en algún momento del embarazo, la adquirimos. Puede que aparezca en el instante mismo de la concepción, que exista algún proceso biológico que determine el momento en que todo feto adquiere la suya o es que el alma se une a nuestro cuerpo en el nacimiento, cuando abrimos los ojos y respiramos por primera vez. No lo sabemos.

Desde un punto de vista aristotélico, el alma no sería exclusiva de los seres humanos. Los animales y las plantas también la tendrían. Todo ser vivo poseería un alma. De lo contrario, si dejamos de lado el relato de Adán y Eva, según el cual el alma habría sido otorgada al ser humano en el acto de la Creación, y prescindimos también de la postura que niega su existencia, tendríamos que admitir que existió un momento preciso en la evolución en el que nuestra especie adquirió el alma, diferenciándose del resto de los homínidos, que, pese a ser biológicamente muy similares, habrían carecido de ella.

Como hemos mencionado, la materia que constituye nuestro cuerpo posee energía o algo parecido o afín a ella. La única diferencia entre los seres humanos y el resto de los seres vivos es que, hasta donde sabemos, nosotros somos conscientes de nuestra existencia. De esa conciencia surgen todos los significados y atributos que históricamente se han añadido al concepto de "alma", desde la época de las cavernas, en los albores de la humanidad, hasta la actualidad.

Cuando morimos, ese vínculo desconocido entre alma y cuerpo se rompería. Nuestro cuerpo es sepultado y la materia orgánica de la que está compuesto inicia el inevitable proceso de descomposición. El alma, en cambio, podría seguir el mismo principio de conservación de la energía. Allí podría encontrarse el fundamento de quienes creen en la reencarnación. Cabría entonces imaginar que, tras separarse del cuerpo, el alma pudiera integrarse nuevamente a otra forma de vida concebida después de nuestra muerte.

Todos tendríamos un alma con fecha de devolución. La tomaríamos de la naturaleza. Al morir, la devolveríamos, pero ya no como la recibimos, sino transformada por la experiencia de nuestra existencia. Ni esto, ni la teoría platónica sobre la inmortalidad del alma, significa que tras nuestra muerte permanezcamos convertidos en entes invisibles, capaces de observar cuanto ocurre a nuestro alrededor, ni que caminemos eternamente en otro plano atravesando puertas y paredes. No. El alma no experimentaría sentimientos, conciencia ni ninguna de las facultades que nos proporciona el cerebro. En efecto, ya muertos, nuestro cerebro deja de funcionar y procede a desintegrarse.

Si el alma fuera una forma de energía, en teoría podría ser medida, aunque el desarrollo tecnológico actual quizá aún no nos permita contar con los instrumentos necesarios para tal fin. Esa energía podría tener la capacidad de influir sobre el plano material en el que vivimos. Allí podría encontrarse el origen del mito del alma en pena o de aquellas que “jalan la pata”, que no sería otra cosa que una clase de energía desconocida presente en un determinado espacio físico, convertida en mito a través de construcciones culturales y cinematográficas.

También podría ocurrir que el alma no se desprendiera del cuerpo de manera instantánea, sino gradualmente, como una energía que se descarga poco a poco. Si constituye un campo energético distribuido por todo el organismo, no habría razón para pensar que deba abandonarlo completamente en el instante de la muerte. Podría hacerlo de forma progresiva, dejando pequeñas concentraciones allí donde vivimos emociones profundas, ya fueran de alegría o de sufrimiento. Inconscientemente, nosotros aceptamos esta idea como cierta, aunque desprovista de su concepción, pues cuando nos recuperamos de un gran susto solemos decir que “nos vuelve el alma al cuerpo”.

Desde esta perspectiva, el alma desprendida del cuerpo, ya sea íntegra o fragmentada, seguiría interactuando con el mundo físico, como el calor cuya presencia no se ve, pero se siente. El alma no permanecería inmóvil durante siglos en un único punto, sino que podría desplazarse a través del aire, del campo electromagnético o mediante algún mecanismo aún no descubierto, al igual que las descargas eléctricas que desde el cielo descienden sobre árboles, personas o pararrayos. Algunos relatos populares sobre presencias o lugares embrujados podrían interpretarse, desde esta hipótesis, como la manifestación de fenómenos físicos originados en tales características no descifradas.

Dicho esto, cabe preguntarnos por qué tenemos alma. Es una pregunta tan difícil de responder como preguntarnos por qué estamos vivos o por qué existe el universo. Hay aspectos de la naturaleza que todavía ignoramos y que difícilmente obedecen al azar. Como integrantes de la naturaleza, estamos sujetos a sus leyes, y una de ellas podría ser la de dotarnos de esa energía prestada destinada a unirse a nuestro cuerpo.

Aun así, aunque nuestra breve vida no bastará para desentrañar todos los misterios del universo, me atrevo a ensayar una posible respuesta. Quizá la naturaleza nos dota del alma para comprenderse a sí misma. Si el alma fuese energía prestada, entonces, a través de cada ser vivo, esa energía acumularía experiencias e información que, al morir, regresarían a la naturaleza. Sería una energía enriquecida la que retorna. De ese modo, cada vida constituiría un medio a través del cual la naturaleza amplía su propio conocimiento y evoluciona.

A lo largo de la historia, hemos tendido a llamar sobrenatural a todo aquello cuya causa desconocíamos. Eclipses, rayos, enfermedades, inundaciones, plagas o terremotos fueron interpretados durante siglos como manifestaciones divinas, hasta que la ciencia logró comprender sus mecanismos. Quizá el alma pertenezca a esa misma categoría de fenómenos cuya explicación aún ignoramos. Si algún día llegamos a comprender qué es realmente el alma, tal vez descubramos que nunca estuvo fuera de las leyes del universo, sino que, por el contrario, siempre se rigió por ellas.


 

 

 

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