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MOROS Y CRISTIANOS. Y GRIEGOS (Jesús Palomar Vozmediano. Profesor de Filosofía del I.E.S Sixto Marco (Elche). Marzo de 2002)
Los
antiguos griegos consideraban que las ideas estaban para ser discutidas; que la
razón servía para pensar libremente; que el mundo era un hermoso enigma por
resolver, una especie de reto para la inteligencia. También los griegos tenían
una religión, pero sus dioses eran cercanos a los hombres, carecían de Iglesia
que articulara las creencias en un dogma férreo, y los sacerdotes y las
pitonisas habitaban en los oráculos y en los templos, no en los palacios de los
gobernantes. Para los griegos los muertos viajaban al Hades donde, sin cuerpo y
sin memoria, vagaban eternamente como sombras. De modo que nada había después
de la muerte y, precisamente por ello, la vida era valiosa. Algo hermoso,
alegre.
Llegaron después los cristianos.
Los cristianos pensaban que las ideas verdaderas eran vertidas por Dios a
los hombres, a través de la iluminación o de las Escrituras Sagradas; que las
ideas estaban para ser proclamadas desde el púlpito y, finalmente, impuestas
sin discusión; que el mundo era un inmenso misterio que había que respetar,
pero en ningún caso un enigma por resolver. Porque la manzana del conocimiento
era un ardid de la maldita serpiente, y la inevitable consecuencia de su ingestión
era siempre la expulsión de algún paraíso. Para los cristianos la razón era
sospechosa de connivencia con el demonio y, justo por ello, debía subordinarse
siempre a la fe. De modo que el razonamiento sólo era válido si coincidía con
la verdad revelada (precisamente por la coincidencia, no por ser correcta
deducción). Para los cristianos sólo había un Dios, trascendente y alejado de
los hombres y, en su honor, crearon una Iglesia. Articularon un dogma férreo
que procuraron imponer, por su propio bien, a los otros: los paganos, los ateos;
en definitiva, todos aquellos que estaban errados.
Durante mucho tiempo la Iglesia habitó en los palacios de los gobernantes, y la
Iglesia y el poder fueron una misma cosa.
Volvieron los griegos.
Fue en el Renacimiento. Se volvió a ver el mundo como un hermoso enigma
que había que resolver. Y el pensamiento volvió a ser libre, y las ideas se
volvieron a discutir. Y la verdad dejó de ser palabra susurrada por Dios al oído
de sus predilectos, para ser, de nuevo, tarea lúdica de la razón. Pero a los
cristianos, que aún habitaban en los palacios de los gobernantes, nada de esto
les pareció bien. Y persiguieron a Kepler, y condenaron a Galileo. Y arrojaron
a las llamas purificadoras a Miguel Servet y a Giordano Bruno, y a otros muchos
valientes griegos: griegos alemanes, griegos españoles, griegos italianos...
Eppure
si muove. El mundo. A pesar
del Papa y de la Iglesia. Y también continuó moviéndose la Historia. Nada fue
ya igual después de esta batalla. Los cristianos, que se veían a sí mismos
como piadosos corderos, supieron desde entonces que en el interior de cada uno
de sus feligreses dormitaba un lobo, un peligroso lobo con los colmillos de la
razón bien afilados, es decir, un griego. Sospecharon que había demasiados
griegos vestidos de cristiano. Al fin y al cabo, lobos con piel de cordero. Y
consideraron que era de vital importancia no despertar al griego que cada cual
llevaba dentro. Desde entonces, fueron algo más sutiles y diplomáticos. También
los griegos aprendieron la lección. Supieron del verdadero poder de los
cristianos y, temerosos, continuaron ejerciendo de griegos sólo por las noches,
conspirando en la oscuridad. Quizá esperando tiempos mejores.
Y, poco a poco, los griegos fueron dejándose ver, y volvió el libre
pensamiento y la emocionante búsqueda de la verdad. Y el siglo en el que todo
esto sucedió, se iluminó.
Y llegó al fin la gran batalla. Fue en Francia, a finales del Siglo de
las Luces. Europa tembló. El Terror fue un ángel exterminador. La tierra se
inundó de sangre de cristianos y de griegos. Mucha de esa sangre fue inocente.
Lo sé. Siempre hay demasiada sangre inocente en las batallas (quizá siempre
hay demasiadas batallas). Pero, tímidamente, fue abriéndose el día. La
Iglesia dejó de habitar en los palacios de los gobernantes. Y el mundo fue de
nuevo un hermoso enigma que había que resolver, y la verdad algo por descubrir.
Y el libre pensamiento volvió a ser alabada virtud.
La disyuntiva fundamental no es pertenecer a la cultura occidental o a la
oriental, no es ser cristiano o musulmán. Lo verdaderamente importante, viva
usted en la cultura que viva, es si es griego o no lo es. Si es usted griego y
vive en Occidente quizá se sienta amenazado por los musulmanes fundamentalistas
de Oriente que se asoman por su televisor. Pero también se verá ocasionalmente
enfrentado con los cristianos de casa, la mayoría de las veces un
enfrentamiento cordial, casi amistoso, otras veces menos cordial, porque también
aquí hay cristianos fundamentalistas que intentan salvar a toda la Humanidad.
En cualquier caso sin graves consecuencias, porque afortunadamente ninguna
Iglesia habita ya en el Poder. Pero si es usted griego y vive en un país musulmán
la cuestión es otra. En demasiados países orientales la Iglesia islámica aún
no ha salido de los palacios de los gobernantes, y los secretos del mundo siguen
siendo manzanas prohibidas que no se deben conocer, y la razón continúa
recibiendo miradas de recelo, sospechosa de ser arma sutil del demonio. Y, a
menudo, desconocidos galileos siguen
siendo perseguidos y condenados tan sólo por decir libremente lo que piensan.
Mi solidaridad con los griegos del mundo, pero muy especialmente con los
que viven en los países musulmanes más radicales, sufriendo en silencio a sus
gobernantes, ejerciendo de griegos a escondidas, de noche, sin que nadie los
vea.
Jesús Palomar Vozmediano.
Profesor de Filosofía del I.E.S Sixto Marco (Elche)