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Análisis de las Enneadas de Plotino, por Gonzalo Hernández Sanjorge!
Tratado
Segundo de la Enneada Primera
Acerca
de las virtudes[1]
La
virtud como forma de semejanza con la divinidad.
En este tratado Plotino intentará determinar en qué
medida las virtudes nos elevan por encima de nuestra naturaleza común con los
animales asemejándonos a la divinidad. No se trata de descubrir cuáles son
las virtudes, sino que cuando se mencionen se las dará por ya aceptadas. El
texto comienza con una cita no textual del Teetetos, de Platón.[2]
Se considera allí que dado que necesariamente existen los males en el
mundo que habitamos y puesto que el alma desea huir, debemos huir. La huida no
consistiría en otra cosa más que en ser semejantes a la Divinidad.[3]
Plotino pasa por alto la afirmación del deseo del alma, seguramente entendiéndolo
como una expresión metafórica ya que en el Tratado Primero de la Enneada
Primera aseguró que lo propio
del alma el alma es ser impasible, lo cual volverá a reiterar en este
tratado. Decide, entonces, tratar de arrojar luz sobre qué cosa puede
significar para un ser humano hacerse semejante a la Divinidad.
Para lograr tal similitud,
para asemejarnos a la Divinidad, debemos ejercitarnos en lo justo, en la
piedad acompañada de la moderación y, en general, en la virtud.[4]
La Divinidad a la cual nos volveremos semejantes es el alma del cosmos,
lo cual es razonable si se tiene en cuenta que es en el cosmos donde
habitamos.[5]
Si es por la virtud que nos asemejamos a la Divinidad, entonces parecería
razonable suponer que la Divinidad posee las virtudes, en particular aquellas
que nos permiten llegar a elevarnos hasta lo divino. Sin embargo, mirada con
un poco de detenimiento, esa suposición se vuelve un tanto absurda. Hay
virtudes, como la prudencia y el valor viril que en nada pueden corresponder a
la Divinidad.[6]
La Divinidad es superior en dignidad
al alma, según estableció en el Tratado Primero.[7]
Por lo tanto cabe asignarle a la Divinidad potestades aún más
excelsas que al alma. Atendiendo a ello, no tiene sentido pretender que la
Divinidad posea la virtud del valor, del coraje, puesto
que nada puede temer. No tiene la Divinidad que sobreponerse a ningún
temor ya que nada existe que pueda afectarle. Su misma impasibilidad hace
improcedente suponer que
posee la virtud de la moderación. No hay objeto que pueda afectar su
deseo, no hay objeto que se agregue a ella
para el placer ni que se le quite
para el sufrimiento. La templanza no tiene sentido en ella.
Sin embargo, debemos afirmar que debido a la aspiración de la
Divinidad hacia los inteligibles
recibimos el orden y las virtudes.[8]
Aún quien quisiera persistir en pensar que la Divinidad posee algunas
virtudes, debería aceptar que hay ciertas virtudes que ella no posee, como
por ejemplo el conjunto que se engloban bajo el nombre de virtudes cívicas:
la prudencia, el coraje, la templanza y la justicia.[9]
La prudencia refiere al razonamiento, el valor a la voluntad, la
templanza al acuerdo entre el deseo y el razonamiento y la justicia a que cada facultad
cumpla con su propia función ya sea mandando u obedeciendo.
Si bien este tipo de virtudes no vuelven al ser humano totalmente
semejante a la Divinidad, de todas maneras son tenidas en tan alto valor por
los seres humanos que aquél que las posee es considerado una especie de
Dios, un ser divino, entendiendo que al menos en algo la posesión de
esas virtudes logra acercar a la Divinidad a quien las posee.[10]
Quien suponga que los seres humanos nos volvemos semejante a la
Divinidad por medio de las
virtudes que están presentes en ella, no pudiendo
demostrar que nos asemejamos por las virtudes cívicas tratará de
mostrar que nos asemejamos por algún otro tipo de virtudes. Parece bastante
natural pensar que si las virtudes nos vienen de la Divinidad[11],
ella deberá tener esas virtudes. Si no todas, al menos las más importantes.
Una analogía que permite entender ese supuesto es la que trata sobre los
cuerpos que se calientan.[12]
Cuando un cuerpo recibe calor, lo recibe de otro que, necesariamente, también
posee calor y el cual a su vez debió ser calentado. Esta cadena se corta
cuando se considera que es el fuego el que calienta un objeto, ya que el fuego
no necesita ser calentado por poseer un calor que le es propio.
La analogía pretende mostrar dos cosas: que un objeto sólo puede
recibir ciertas propiedades de otro objeto que ya las poseía y que debería
haber un objeto que poseyera esas propiedades de manera natural y pudiera
transmitirlas sin que, a su vez, le hubieran sido transmitidas a él.
Por lo tanto, parecería desprenderse por analogía que el ser humano sólo
puede recibir la virtud de algo que contenga la virtud y que la Divinidad, en
tanto entidad suprema, ya tiene en sí las virtudes y puede transmitirlas sin
tener que haberlas recibido antes.
Plotino acepta la relación
causal planteada por el ejemplo de los objetos que se calientan, simplemente
se opone a considerar adecuado su utilización para explicar la relación
causal respecto del tema de las virtudes. Para ilustrar lo inaceptable de esa
analogía acude a otra analogía: la que señala la relación que hay entre la
idea de casa y la casa real.[13]
Las entidades sensibles no son idénticas a las entidades inteligibles.
Por lo tanto, esa falta de identidad permite encontrar en unas entidades
propiedades que no encontramos en las otras. La casa real, la casa que
pertenece al orden de las entidades sensibles, participa, por ejemplo del
orden y la proporción. La idea de casa, que pertenece al orden de las
entidades inteligibles, no participa en lo más mínimo ni del orden ni de la
proporción. Y sin embargo concibe que la casa sensible se asemeja a la casa
inteligible, aunque no se aborda
aquí el grado de semejanza que se cumple entre ambas.
Con esto Plotino pretende ilustrar la idea de que en nada estamos
obligados a suponer que la Divinidad posee virtud alguna aunque afirmemos que
es por medio de las virtudes que el ser humano alcanza semejanza con la
entidad divina.[14]
Esto es posible porque hay una profunda diferencia ontológica entre la
Divinidad, que es la que transmite la virtud, y aquello que realmente posee la
virtud. Es esta distancia ontológica la que impide tratar la causalidad como
si se tratara entre objetos sensibles. Plotino pretende erradicar la concepción
que supone que la Divinidad posee virtudes, aunque se trate de virtudes como
las del ser humano pero más excelsas. Pero a su vez pretende mantener en pie
la concepción de que el ser humano puede lograr asemejarse a la divinidad por
medio de la virtud. Esto es posible, como lo es la semejanza entre la idea de
casa y la casa concreta, porque hay dos tipos de semejanza: una relativa
a seres que tienen el mismo origen, y otra relativa a entidades
de las cuales una es superior a la otra.[15]
Precisamente, la relación de semejanza entre el ser humano y la Divinidad será
de este último tipo.
Las
virtudes cívicas y las virtudes intelectuales.
Las llamadas virtudes cívicas son virtudes
que mantienen limitados nuestros deseos y nuestras pasiones, posibilitándonos
permanecer alejados de la opinión engañosa. Suponen un freno a la primacía
de las afecciones corporales, un aquietamiento de todo desequilibrio afectivo.
Por lo tanto nos van haciendo mejores, pues al mantenernos sujetos a la medida y al límite
nos apartan de aquello que carece de medida y de límite.[16]
La idea de límite, propiedad que proviene de lo inteligible, se opone
a la idea de ilimitado, la cual es una propiedad que radica en lo sensible.[17]
Ese límite, esa limitación que se da por medio de estas virtudes, informa el
alma, le da forma, de la misma
manera que toma forma la materia. En la materia falta por completo la medida.
La materia aparece como totalmente ilimitada, pura ilimitación. Si acaso ella
puede participar en algo de la perfección es porque toma forma, porque le
acontece una limitación. Y esta
forma que toma la materia no viene sino dada por lo inteligible que si bien no
puede otorgarle todas sus propiedades, al menos es capaz de dejar en la
materia una huella, un vestigio, un indicio
de esa perfección, de esa superioridad que posee el inteligible. Por
lo tanto cuanto más participa un ser de la forma, tanto más logra asemejarse
a lo divino pues de esa manera mayor
es su distancia de lo informe.[18].
Tanto más se aleja el ser de la Divinidad cuanto menos participa de la forma,
y más cerca está de lo divino en tanto más es su participación en la
forma. Sólo hay dos polos que son la forma absoluta y lo completamente
informe. De un lado está la divinidad y del otro está la materia pura sin
forma alguna.
Ese “participar más de la forma” significa
participar más de lo inteligible, de
la naturaleza de lo inteligible. Si
prestamos atención veremos que los
términos “forma” e “inteligible” pueden ser vistos como sinónimos,
bajo cierto aspecto. Se habla de
forma cuando queremos buscar un contraste con lo informe (que es la materia),
cuando queremos también señalar la participación, o la huella,
de lo inteligible en la materia. Se habla de lo o los inteligibles
cuando se alude a las formas en su conjunto y a su especial naturaleza, cuando
se pretende dar cuenta de la separación ontológica entre los seres de ese
nivel y los seres sensibles.
Es así
que el alma, que no pertenece a lo sensible, está mucho más cerca de la
Divinidad que los seres sensibles. El alma, pues, participa en mayor grado de
la forma que lo que puede hacerlo el cuerpo.[19]
Recordemos que el alma considerada en sí misma es de naturaleza inteligible y
contempla directamente los inteligibles –y que el alma humana es una imagen
manada de ese alma- en tanto el cuerpo lo más que puede aspirar es a tener en
sí una huella, un indicio, una imagen de la perfección que le pertenece al
inteligible. Es también por ese
motivo que aquellos hombres que poseen
las virtudes cívicas son tenidos por seres divinos, porque de alguna manera
se los concibe como más cercanos a la divinidad en cuanto participan más de
la forma, de la limitación, por medio de esas virtudes, que hacen que el alma
humana se asemeje más al alma como tal.
Las
virtudes cívicas consideradas como purificaciones.
Se habló antes de que las virtudes cívicas podrían entenderse como
inferiores respecto de otro tipo de virtudes.
No se les ha dado ningún calificativo especial aquí aunque en el
Tratado Primero de esta Enneada Primera se habló de las virtudes
intelectuales. Antes de presentar
directamente este grupo de virtudes Plotino recoge lo dicho por Platón en La
República acerca de la existencia de un grupo diferente de virtudes
–diferentes de las virtudes cívicas- y superiores a ellas, así como la
consideración de que las virtudes son una suerte de purificación.[20]
Plotino se pregunta en qué medida las virtudes significan una purificación y
cómo ocurre que por medio de esa purificación los seres humanos se vuelven
semejantes a la Divinidad.[21]
Si admitimos la existencia de una purificación estamos admitiendo que
hay cosas que purgar, es decir, que hay manchas, que hay impurezas que quitar.
Por lo tanto así como hay una
situación negativa a la que se aplica la purificación habría una situación
positiva –bien antes o después de la purificación- donde todo lo negativo
habría desaparecido o simplemente no tendría lugar. En el alma humana toda
la situación negativa proviene de su contacto con el cuerpo, de su
sometimiento al cuerpo, en tanto la situación positiva estaría pautada por
el desligarse del cuerpo existiendo de acuerdo a sí misma.[22]
El alma humana es mala en tanto se mezcla con el cuerpo y tiene sus mismas
pasiones, en tanto se deja arrastrar por lo que hay de inferior en el ser
humano, en tanto vive la vida del cuerpo y no la suya propia. En cambio, sería
buena, estaría en condiciones de poseer la virtud, en caso de obrar por sí
misma, de desligarse de la vida del cuerpo y de las pasiones, en fin, de todo
lo que hubiera en el ser humano de naturaleza inferior. Este pensar por sí
misma, separadamente, es la prudencia. El no tener las pasiones del cuerpo es
la templanza. El no temer vivir separadamente del cuerpo es el valor, el
coraje. Este dominar de la razón
y de la inteligencia es la justicia. Pues cada facultad se ocupa de su
actividad, ya sea mandando u obedeciendo.
Sin duda que esta disposición, esta distribución de
las actividades del alma, no sólo hace primar la razón sino que la torna
impasible y por ello mismo semejante a la Divinidad.[23]
La Divinidad no tiene en sí misma ningún contacto con el cuerpo por lo tanto
está libre de todos los atributos que
se pueden atribuir al cuerpo: muerte, sinrazón, pasión. En tanto el alma
humana se domine a sí misma y se desentienda de las afecciones del cuerpo,
entonces también logrará desvincularse de los efectos de estar enlazada a un
cuerpo y se volverá semejante a la Divinidad.
Cabe aquí una aclaración respecto a la interpretación.
Literalmente, en este Segundo Trtado, Plotino sólo habla de alma (yuc»). Sin
embargo, aquí he preferido hablar de alma humana.
Si pensamos lo que dice aquí con relación a lo que dice en el Primer
Tratado de esta Enneada, entonces no tenemos otra interpretación posible que
asumir que cuando en este tratado se refiere al alma como asemejándose a la
Divinidad mediante el desligarse de lo corporal, no puede sino estarse
refiriendo a la imagen del alma que forma junto al cuerpo al ser humano, ya
que es esa imagen la que está emparentada con el cuerpo puesto que el alma
considerada en sí misma es absolutamente impasible y libre de todo error.
El alma que necesita purificación sólo puede ser el
alma humana, el alma en tanto imagen encarnada, el alma que forma un compuesto
con el cuerpo. Y ese alma no es sino una imagen del alma surgida por emanación.
El alma humana, pues, es la que por medio de las virtudes logra asemejarse a
Dios.
Sin embargo esas virtudes son disposiciones del alma
humana y no de la Divinidad.[24]
Esto es así de la misma manera que el pensamiento es diferente en el alma y
en Dios. [25]
Si bien respecto de los inteligibles el pensamiento de la Divinidad es
absoluto y el del alma no, no hay que pensar que el pensamiento de la
Divinidad y el del alma sólo tienen en común el nombre de pensamiento.[26]
Otra vez Plotino compara la actividad del alma y la de la Divinidad
para poner de relieve la diferencia ontológica entre ambas entidades, de tal
manera que guardan una diferencia insalvable que vuelve imposible la
obligatoriedad de asignar las
mismas propiedades a una y a otra. Con ese fin es que Plotino se ha detenido
en la consideración de que el pensamiento de ambas guarda una profunda
diferencia, así como el lenguaje del alma es una imagen del
lenguaje de la Divinidad, de la misma manera que difieren el lenguaje
del ser humano, el lenguaje hablado y del lenguaje del alma. Toda esta
aparente digresión en el texto ha sido para mostrar que no existe ninguna
necesidad de que las propiedades de la Divinidad sean idénticas a las del
alma. Por lo tanto pasa a concluir que la virtud, que es propia del alma
humana, no lo es de la inteligencia considerada en sí misma, ni de la
Divinidad.[27] Las virtudes corresponden
al ser humano y no a las entidades más altas en jerarquía ontológica.
Ha dicho Plotino que el alma humana no entra en posesión de la virtud
hasta tanto logra someterse a sí
misma, desligándose de las afecciones provocadas por el cuerpo.
Es en ese sentido que las virtudes pueden ser consideradas una forma de
purificación. Sin embargo, esta
consideración podrían resultar demasiado ambigua. Es decir, para que
se tuviera una idea exacta de la relación entre la virtud y la idea de
purificación habría que responder si la virtud es ella misma una purificación
o es una consecuencia de la purificación.
Si la virtud fuera ella misma la purificación,
entonces la virtud consistiría en el acto mismo de purificarse. Si la virtud,
en cambio, es una consecuencia de
la purificación, entonces sólo podría sobrevenir luego del estado de
purificación.[28]
Purificarse es inferior a estar ya purificado y de ninguna manera es estar ya
en posesión de lo bueno.[29]
La purificación significa limpiarse de todo lo que es extraño, ajeno, de
todo lo que no es propio. Sin embargo ser puro, haberse purificado,
no significa estar en posesión del bien, de lo bueno.
Para que así fuera, el alma debería haber poseído lo bueno antes
de perder su pureza, de tal manera que purificándose el resultado sería
de nuevo la posesión del bien.[30]
Si la purificación restituye el estado de pureza original y en dicho estado
formaba parte el bien, es claro que al restituirse el estado original se
restituye la posesión de lo bueno. Pero en la purificación de la que ha
hablado Plotino, no es el bien lo que se restituye pues si así fuera eso
significaría que lo bueno puede formar parte de algo malo.[31]
Lo que posee en sí mismo el bien no puede tener ninguna inclinación hacia lo
malo puesto que de lo contrario ocurriría que el bien forma parte de la
naturaleza de lo malo, lo cual no se admite como posible. De hecho, la
posibilidad del alma de inclinarse tanto hacia lo bueno como hacia lo malo es
la garantía, la comprobación, de que el bien no formaba parte del alma antes
de la purificación y por lo tanto el mero estado de pureza no lo logra
producir. La posesión de lo
bueno no es el resultado automático e inmediato de la purificación. Es
decir, la purificación coloca al ser humano en estado de pureza, pero no lo
coloca aun en un estado superior a ese como es el de la posesión de lo Bueno.
Las virtudes elevan al ser humano, lo ennoblecen, pero no lo ponen aún en
posesión del bien supremo, del Bien.
El bien y el mal, en relación con el alma humana,
aparecen vinculados a las tendencias superiores e inferiores,
respectivamente, del compuesto que forma al ser humano.
Por lo tanto el bien del alma humana será el mantenerse ligada a la
inteligencia, con la cual está emparentada, mientras que el mal del alma humana será
estar unido a todo lo contrario, a la parte irracional del compuesto.[32]
El bien significa mantener en acto las facultades que ligan el alma humana a
la inteligencia, que es un principio superior. El mal del alma significa
mantener el alma humana ligada a las pasiones, a lo que hay de animal en el
ser humano. Es decir, el bien del alma humana está en que cumpla con las
posibilidades de su propia naturaleza, en tanto el mal del alma humana
consiste en que permanezca atada a, y determinada por, una naturaleza inferior
a la suya, como es el caso del cuerpo.
Por ello mismo es que el bien no puede considerarse
existente en el alma antes de la purificación pues la purificación supone
una caída, un pecado, un error y si el alma estuviera en posesión del bien,
es decir, si el alma ya se mantuviera ligada a la inteligencia no podría
haber en ella error alguno, ya fuera cognitivo o moral. El error sólo existe
por ausencia de la inteligencia y el bien es la presencia misma de la
inteligencia. Por eso no se puede suponer que el bien puede formar parte de
algo malo, pues sería lo mismo que suponer que la Inteligencia puede estar
involucrada en el error.
Se ha dicho que el bien del alma es permanecer ligada a la
Inteligencia. Ese “estar ligado” a la inteligencia no significa sino
“permanecer con” la inteligencia, “vivir junto a” ella, “estar
ocupado en” ella.[33]
Y ese estar ocupado en ella no puede sino ser posterior a la purificación y
no puede realizarse sin volverse
hacia el bien. La virtud no es ese volverse hacia el bien sino el resultado de
ese volverse hacia.[34]
El estar ligado a la Inteligencia supone una orientación,
un posicionamiento del alma respecto de la Inteligencia. La purificación no
provoca, por sí sola ese resultado de volverse hacia el Bien. O, si se
quiere, la purificación nos pone solamente en situación de posibilidad
respecto de la adquisición del Bien, nos posibilita volvernos hacia él.
Y lo que resulta de ese volverse hacia el Bien no es sino la observación
de los inteligibles.[35]
Este tipo particular de observación se compara con la visión de los objetos
sensibles mediante la vista. Esa comparación no tiene otra finalidad que
mostrar el papel que juega el bien en
esa contemplación que el alma humana hace
de los inteligibles .[36]
Es cierto que el alma humana no es totalmente ajena a los inteligibles,
pero es como si naturalmente los mantuviera en una región alejada y oscura,
por lo cual para verlos necesita de una luz que los ilumine, que los torne
visibles. El Bien es esa luz que hace posible que el alma humana pueda ver
claramente los inteligibles. Es lo Bueno
lo que pone en acto la visión de los inteligibles y por lo tanto también
de la verdad y la realidad superior. No hay que olvidar que el alma humana, si
bien no es totalmente ajena a los inteligibles, no posee los inteligibles en sí
mismos sino que posee una marca, una huella de esos inteligibles y para
acomodar esa huella con la
realidad debe contar con la ayuda del Bien que le ilumine pues de lo contrario
todo ello permanecería como algo ajeno al alma.[37]
Sin duda que la
inteligencia no es ajena al alma humana pues el alma la posee como una
facultad, es decir la posee en potencia. Pero si esa facultad no se utiliza,
es decir, si no se pone en acto entonces la inteligencia pasa a ser tan ajena
al alma como lo son los conocimientos que sabemos pero que no recordamos, en tanto que no los
recordamos.
Se ha dicho que las virtudes son una suerte de purificación y se ha
visto que la purificación en cuanto tal no supone necesariamente la obtención
del Bien. Sin embargo todavía se
podría tratar de dar una caracterización más clara del alma humana
purificada, es decir, del alma que puede apartarse del cuerpo. Obviamente, no
está pensando aquí en el alma que deja de formar parte del compuesto
mediante la disolución del compuesto sino en el alma que se gobierna a sí
misma y se mantiene alejada de los intereses del cuerpo, del alma humana que
puede apartarse del cuerpo en esta vida y aún manteniéndose encarnada,
formando parte del compuesto.
Precisamente, el
alma apartada del cuerpo es el alma impasible, que no se ve turbada por
aquellos sufrimientos del compuesto que ella no puede evitar, como los
sufrimientos corporales. Su misma
impasibilidad la aleja de cualquier pasión. Un ser humano que logre esta
separación de cuerpo y alma no se dejará guiar por ningún deseo y logrará
satisfacer las necesidades del cuerpo sin buscar en ello deleite alguno.[38]
El ser humano que logre tener un alma con esas características no será
un ser insensible y sin
intereses. El cuerpo no deja de sentir por más que el alma se haya vuelto
impasible. Si el cuerpo resultara herido, sufrirá corporalmente. Sin embargo
esa sensibilidad sería sólo física por cuanto el alma estaría exenta de la
sensación de dolor. El alma humana purificada
no se dejaría arrastrar por las sensaciones corporales. Tampoco por
ninguna pasión, que deben atribuirse al cuerpo, a la naturaleza más baja que
forma el compuesto de lo que llamamos ser humano. Lo anteriormente dicho de
ninguna manera significa que el cuerpo debe ser privado de todo. Simplemente quiere decir
que se sabrá distinguir con total precisión entre la satisfacción de una
necesidad corporal, algo así como satisfacer una demanda funcional de un
sistema operativo, y aquello que sobrepasando eso se vuelve deleite,
sensualismo. No participando así de nada atinente a la naturaleza corporal
del compuesto el alma humana purificada no tiene ninguna mancha, nada de lo
cual avergonzarse.
El
alma purificada y las virtudes intelectuales.
El alma purificada toma dominio absoluto del cuerpo
para que no entorpezca su pureza y de alguna manera, podría decirse,
dirige a la mezcla. De tal modo ocurre esto que
la parte irracional acata los dictados del alma imperante.[39]
Por lo tanto el alma purificada eleva las cualidades de todo el
compuesto y tendrá total control, como si fuera el dueño del compuesto. Por
lo tanto, la presencia de la razón hace que la parte inferior del compuesto
se someta de buena gana al cumplimiento de los designios del alma.
El ser humano que llega a
este estado no sólo está buscando no cometer
pecado alguno, sino que está buscando algo más elevado aún pues lo que en
verdad quiere es parecerse a la Divinidad,
convertirse él mismo en un ser divino.[40]
Si surgiera en un ser humano de estas características
algo de involuntario, es decir, algo no dominado por la razón,
entonces se convertiría en un ser dual, en una mezcla de ser divino y demoníaco
ya que de no ocurrirle eso será considerado un ser divino, como una divinidad
que vino de lo alto a morar en el mundo de los humanos.[41]
Seria, entonces como una de las divinidades que forman el cortejo de la
divinidad primera y más alta. Se podría considerar una suerte de divinidad
encarnada que ha roto las determinaciones corporales mediante la ligazón con
la inteligencia.
Se dijo antes que las llamadas virtudes cívicas podían ser
consideradas como virtudes
inferiores en relación con otro conjunto de virtudes. Esas virtudes
superiores son las que podrán tener estos seres humanos que logren tal grado
de purificación que
puedan lograr que el alma viva en el compuesto apartada de los impulsos del
cuerpo. Este conjunto de virtudes superiores son virtudes que provienen de la
Inteligencia y aunque allí no existen como virtudes (de la misma manera que
tampoco hay virtudes en la Divinidad) tienen en la Inteligencia su modelo.[42]
Por eso en este trabajo, y atendiendo a lo dicho por Plotino en el Primer
Tratado de la Primera Eneada, se las ha llamado virtudes intelectuales. En
ellas también podemos distinguir la prudencia, la templanza, el valor y la
justicia, sólo que ahora aparecerán enteramente referidas a la inteligencia,
a la contemplación de la inteligencia.[43]
La prudencia consiste en la contemplación de lo que la Inteligencia posee y
le es propio; la mayor justicia es una
actividad enfocada hacia la Inteligencia; la templanza es un movimiento
interior orientado hacia la Inteligencia; el valor es una suerte de
impasibilidad del alma que no comparte las pasiones de la parte inferior que
convive con ella en el compuesto. Las virtudes del alma no solo siguen los
modelos de la Inteligencia, sino que las relaciones entre las virtudes del
alma también corresponden a las relaciones
que hay entre los modelos en la Inteligencia.[44]
Por supuesto que quien posea las virtudes superiores
debe poseer las virtudes inferiores, aunque la inversa no tiene por qué
cumplirse.[45] Es decir, quien posea las
virtudes intelectuales es porque necesariamente antes debió poseer las
virtudes cívicas, que son el primer paso hacia la limitación del peso de las
afecciones del cuerpo sobre el alma. Sin embargo no se cumple necesariamente
que quien posea las virtudes cívicas posea también las virtudes
intelectuales, ya que las virtudes intelectuales suponen un estadio superior
del alma humana. Si bien las virtudes cívicas ponen al ser humano en el
camino de la semejanza con la divinidad, son verdaderamente las virtudes
intelectuales las que de manera más plena llevan a cabo esa semejanza.
Si observamos atentamente la exposición de Plotino,
pareciera que son las virtudes cívicas las que se consideran una suerte de
purificación del alma humana. Las virtudes intelectuales suponen un
orientarse hacia el Bien, dado el íntimo contacto que el ser humano toma con
la Inteligencia al poseerlas. Sólo quien posea las virtudes cívicas podrá
llegar a poseer las virtudes intelectuales, pero para ello no basta la simple
posesión de las virtudes cívicas. Purificarse es el paso previo a
profundizar la semejanza con la divinidad, pero ello no ocurre de manera automática,
requiere un trabajo intelectual dirigido hacia la contemplación, hacia la
comprensión de las entidades inteligibles.
Se puede así distinguir entre los seres humanos unos
que corresponden al conjunto de los seres humanos nobles -y que tienen a estos
por modelos- y otros que corresponde al conjunto de los seres humanos que
tienen por modelo a la Divinidad.[46]
La semejanza del ser humano con los seres humanos nobles será una semejanza
como la que se da entre seres del mismo tipo y que tienen un origen común. En
cambio la semejanza del ser humano con la Divinidad, es una semejanza como la
que se da entre seres de distinto nivel ontológico y entre los cuales hay una
relación tal que uno proviene del otro.
Gonzalo Hernández Sanjorge
! Gonzalo Hernández Sanjorge es Ayudante Grado 1 de la Cátedra de Historia de la Filosofía Antigua en la Facultad de Humanidades y Ciencias de la Educación, y dicta Lógica en la Facultad de Ciencias de la Comunicación, Montevideo, Uruguay.
[1]
Para las citas del presente artículo se usó el texto griego según
aparece en la versión de las Enneadas
publicadas en 1924 por Les Belles Lettres, París. Para las citas
se han escogido la siguiente forma de nomenclatura: el primer número
corresponde al número de la Enneada; el segundo número, al
tratado; el tercer número al numeral dentro del tratado; y el/los
último/s (dos) número/s, a la/s línea/s del texto griego donde se
encuentra la cita.
[2]
Teetetos, 176 a
[3]
(I, II, 1, 1-4)
[4]
(I, II, 1, 4-5)
[5]
(I,
II, 1, 6-9)
[6]
(I,
II, 1, 10-13)
[7]
I, I, 8, 8-10
[8]
(I,
II, 1, 13-15)
[9]
(I,
II, 1, 16-21)
[10]
(I, II, 1, 23-26)
[11]
Véase nota 8.
[12]
(I,
II, 1, 31-36)
[13]
(I, II, 1, 40-45)
[14]
(I, II, 1, 50-52)
[15]
(I,
II, 2, 4-10)
[16]
(I,
II, 2, 13-18)
[17]
(I, II, 2, 18-21)
[18]
(I, II, 2, 21-23)
[19]
(I,
II, 2, 23-26)
[20]
(I, II, 3, 1-10)
[21]
(I, II, 3, 10-11)
[22]
(I, II, 3, 11-19)
[23]
(I, II, 3, 19-22)
[24]
(I,
II, 3, 22-24)
[25]
(I,
II, 3, 24-25)
[26]
(I, II, 3, 25-30)
[27]
(I,
II, 3, 31)
[28]
(I, II, 4, 1-3)
[29]
(I,
II, 4, 4-7)
[30]
(I, II, 4, 9-10)
[31]
(I, II, 4, 10-13)
[32]
(I,
II, 4, 13-15)
[33]
Ese es el significado del verbo
syneînai que aparece
en la nota 32.
[34]
(I, II, 4, 15-18)
[35]
(I,
II, 4, 19-20)
[36]
(I, II, 4, 20-23)
[37]
(I, II, 4, 23-28)
[38]
(I, II, 5, 5-21)
[39]
(I, II, 5, 21-31)
[40]
(I, II, 6, 1-3)
[41]
(I, II, 6, 3-11)
[42]
(I, II, 6, 13-19)
[43]
(I, II, 6, 12-13) (I, II, 6, 23-27)
[44]
(I, II, 7, 1-3)
[45]
(I, II, 7, 10-12)
[46]
(I, II, 7,
21-30)