La
quiebra es la solución a la crisis. Un texto de Marx
Javier Fisac Seco. Noviembre de 2011
El Capítulo XV: “Las revoluciones de 1848” del tomo X de la
Historia del Mundo Moderno de Cambridge, comienza con este texto: “Aunque las
revoluciones de 1848 fueron simultáneas y estuvieron inspiradas por una
ideología común, constituyeron, no obstante fenómenos aislados. No había ninguna
organización revolucionaria internacional y los refugiados políticos que se
reunieron en Francia, Bélgica, Suiza e Inglaterra de las revoluciones de sus
propios países. Ningún complot se produjo ni se prepararon las revoluciones.
Problemas análogos en general tomaron distintas formas en cada Estado y
produjeron resultados antagónicos; el mismo vocabulario, el mismo programa,
encubría situaciones diferentes.
En los comienzos del año 1848 nadie creía que la revolución fuera inminente; y
sin embargo, la situación en muchos países de Europa era la que precede a las
revoluciones.”
En 1940, frente la amenaza del Totalitarismo, escribía el editorialista de
“Times”: “Cuando hablamos de democracia, no nos referimos a una democracia que
defienda el derecho a votar, pero que descuide el derecho a trabajar y a vivir.
Cuando hablamos de libertad, no nos referimos a un puro individualismo que
excluya la configuración social y la planificación económica. Cuando hablamos de
igualdad de derechos, no nos referimos a una igualdad de derechos política que
sea destruida de nuevo por los privilegios sociales y económicos”.
Recordando los estatutos del primer Congreso de la Internacional, que tuvo lugar
en Ginebra en 1866, decía Bakunin: “Que, por esta razón, la emancipación
económica de los trabajadores es el gran objetivo al cual debe subordinarse todo
el movimiento político…He aquí la frase decisiva de todo el programa de la
Internacional. Ella ha cortado el cable, para servirme de la expresión memorable
de Siéyes, ha quebrado los lazos que encadenaban al proletariado a la política
burguesa. Reconociendo la verdad que expresa y profundizándola cada día, el
proletariado ha vuelto resueltamente la espalda a la burguesía y en lo sucesivo
cada paso que avance acrecentará el abismo que los separa”.
Con otros argumentos, Marx en “Las luchas de clases en Francia de 1848 a 1850”,
decía: “¡Orden!, gritaba Cavaignac, eco brutal de la Asamblea Nacional francesa
y de la burguesía republicana. ¡Orden!, tronaban sus proyectiles, cuando
desgarraban el cuerpo del proletariado. Ninguna de las numerosas revoluciones de
la burguesía francesa, desde 1789, había sido un atentado contra el orden, pues
todas dejaban en pie la dominación de clase, todas dejaban en pie la esclavitud
de los obreros, todas dejaban subsistente el orden burgués, por mucha que fuese
la frecuencia con que cambiase la forma política de esta dominación y de esta
esclavitud…
Al convertir su fosa en cuna de la república burguesa, el proletariado obligaba
a ésta, al mismo tiempo, a manifestarse en su forma pura, como el Estado cuyo
fin confesado es eternizar la dominación del capital y la esclavitud del
trabajo.”
Qué conciencia tan distinta a la que tenemos hoy día. Hoy nos ocurre como a los
esclavos en el mundo antiguo o a los siervos en el mundo feudal y del antiguo
régimen, que, al igual que a ellos ser esclavos o ser siervos les parecía algo
natural, porque formaba parte del orden natural de las cosas, a nosotros nos
parece lo más natural del mundo que el sistema democrático y social en el que
vivimos se fundamente sobre la explotación económica, política, cultural y moral
de la mayoría de la población por una minoría.
Y, como dirían los estoicos, aceptar la función social que cada uno tiene en la
vida porque forma parte de un plan divino, de esas fuerzas impersonales que
determinan nuestro destino, e identificarse con esa voluntad extraña al
individuo, actuamos nosotros, cuando, hablando de democracia, aceptamos como una
especie de ley natural que este sistema se construya sobre la dialéctica de
explotadores y explotados. Así que, reformar el sistema, antes que
transformarlo, es la tarea fiel a la que nos dedicamos. Un sistema democrático y
social en el que junto con las conquistas progresistas se sigue protegiendo el
sistema de explotación. De manera que, como diría Marcuse en “Eros y
civilización”, giramos en torno a esta realidad dialéctica sin encontrar la
salida, al tiempo que alimentamos y perpetuamos la explotación capitalista.
De todas formas, si nos sirve de consuelo, hasta los filósofos socialistas y
anarquistas del siglo XIX, todo el pensamiento filosófico, y digo el pensamiento
que no la teoría política de algunos filósofos, se ha elaborado, como la
teología, sin cuestionar el orden social basado en la explotación, como si ésta
fuera un estado natural en el que se nace y en el que se debe vivir con espíritu
estoico. Para los filósofos, que construían su pensamiento abstracto, idealista,
precientífico y de clase a partir de un orden social natural inmutable, también
les parecía que lo más natural era ser esclavos o siervos. Y sin embargo, es
posible que algún día podamos ser libres, tod@s.
Volviendo a “Las luchas de clases en Francia de 1848 a 1850”, cuya lectura
recomiendo a las izquierdas que no hayan renunciado a la utopía de la
revolución, no a aquéllas que han abandonado la ideología progresista por
ídolos, tal vez dorados, como el Capitalismo, que, a diferencia del de Marx,
produce dividendos, y leyendo el siguiente párrafo: “El Gobierno provisional
podía obligar al banco a declararse en quiebra…La quiebra del Banco hubiera sido
el diluvio que barriese en un abrir y cerrar de ojos del suelo de Francia a la
aristocracia financiera…” empecé a darme cuenta de por qué razón el Capitalismo,
fielmente representado por Merkel, la socialdemocracia, la democracia cristiana
y Wall Street, están dispuestos a hacer todo lo posible por impedir que Grecia,
Portugal, Italia, España…se desplomen en la quiebra. Es que, si estos países
quiebran quien quiebra no es la sociedad sino el capitalismo financiero y
especulativo. De manera que si nos dejáramos quebrar no solamente nos veríamos
libres de deudas y podríamos volver a empezar sin necesidad de endeudarnos y sin
necesidad del capitalismo, sino que nos habríamos librado del Capitalismo. Así
con sólo quebrar y sin recurrir a ninguna revolución armada.
Por eso la contrarrevolución de las fuerzas políticas gobernantes o en la
oposición se está desangrando, nos están desangrando descontruyendo, arruinando,
lo poco que tenemos: la Sociedad de bienestar, para salvar el Capital. Esa
bestia que empezó como un fantasma en el siglo XIX y ahora lo domina todo. Hasta
para quitarnos un dolor de cabeza acabaremos teniendo que pedir un préstamo.
¿Cómo puede ser tan sencillo acabar con el Capitalismo sin necesidad de recurrir
a la revolución, si sólo nos dejamos quebrar? Los economistas se ve que no
habían caído en la solución, pero, ¿cuándo se enteran los economistas de las
crisis del sistema, sino cuando ésta ya ha estallado?
Porque a lo largo de la historia se han producido muchas quiebras como solución
a las crisis. Y no me refería, solamente, a las tantas veces que quebró el
Estado durante el reinado de Felipe II, ni si quiera a que de hecho, la Primera
y Segunda Guerra mundial hicieron quebrar el sistema, excepto en USA, reserva
monetaria del Capitalismo mundial, es que hasta en la Grecia clásica, allá por
el siglo VI antes de nuestra era, Solón levantó las hipotecas, la esclavitud por
deudas y prohibió los préstamos que esclavizaran a los ciudadanos. A pesar de lo
cual, años después las ciudades de Grecia construyeron la democracia y
alcanzaron la luz en la ciencia, la literatura y el arte.
En el artículo de Marx, arriba citado, éste decía: “El crédito público y el
crédito privado estaban, naturalmente, quebrantados. El crédito público descansa
en la confianza de que el Estado se deja explotar por los usureros de las
finanzas. Pero el viejo Estado había desaparecido y la revolución iba dirigida,
ante todo, contra la aristocracia financiera. Las sacudidas de la última crisis
comercial europea aún no habían cesado. Todavía se producía una bancarrota tras
otra.
Así, pues, ya antes de estallar la revolución de Febrero el crédito privado
estaba paralizado. La circulación de mercancías entorpecida y la producción
estancada. La crisis revolucionaria agudizó la crisis comercial. Y si el crédito
privado descansa en la confianza de que la producción burguesa se mantiene
intacta e intangible, ¿qué efectos había de producir una revolución que ponía en
tela de juicio la base misma de la producción burguesa- la esclavitud económica
del proletariado-, que levantaba frente a la Bolsa la esfinge del Luxemburgo? La
emancipación del proletariado es la abolición del crédito burgués, pues
significa la abolición de la producción burguesa y de su orden. El crédito
público y el crédito privado son el termómetro económico por el que se puede
medir la intensidad de una revolución. En la misma medida en que aquéllos bajan,
suben el calor y la fuerza creadora de la revolución.
…Para alejar hasta la sospecha de que la república no quisiese o no pudiese
hacer honor a las obligaciones legadas a ella por la monarquía, para despertar
la fe en la moral burguesa y en la solvencia de la república, el Gobierno
provisional acudió a una fanfarronada tan indigna como pueril: la de pagar a los
acreedores del Estado los intereses del 5, 4 y medio y del 4 por 100 antes del
vencimiento legal. El aplomo burgués, la arrogancia del capitalista se
despertaron en seguida, al ver la prisa angustiosa con que se procuraba comprar
su confianza.
Naturalmente las dificultades pecuniarias del Gobierno provisional no
disminuyeron con este golpe teatral, que lo privó del dinero en efectivo de que
disponía. La apertura financiera no podía seguirse ocultando y los pequeños
burgueses, los criados y los obreros hubieron de pagar la agradable sorpresa que
se había deparado a los acreedores del Estado.
Las libertas de cajas de ahorro por sumas superiores a 100 francos se declararon
no canjeables por dinero. Las sumas depositadas en las cajas de ahorro fueron
confiscadas y convertidas por decreto en deuda pública no amortizable. Esto hizo
que el pequeño burgués, ya de por sí en aprietos, se irritase contra la
república. Al recibir en sustitución de su libreta de la caja de ahorros,
títulos de la deuda pública, veíase obligado a ir a la Bolsa a venderlos,
poniéndose así directamente en manos de los especuladores de la Bolsa contra los
que habían hecho la revolución de febrero.
La aristocracia financiera que había dominado bajo la monarquía de Julio, tenía
su iglesia episcopal en el Banco. Y del mismo modo que la bolsa rige el crédito
del Estado, el Banco rige el crédito comercial.
Amenazados directamente por la revolución de febrero, no sólo en su dominación,
sino en su misma existencia, el Banco procuró desacreditar desde el primer
momento la república, generalizando la falta de créditos. Se los retiró
súbitamente a los banqueros, a los fabricantes, a los comerciantes. Esta
maniobra, al no provocar una contrarrevolución inmediata, tenía por fuerza que
repercutir en perjuicio del banco mismo. Los capitalistas retiraron el dinero
que tenían depositado en los sótanos del Banco. Los tenedores de billetes de
Banco acudieron en tropel a sus ventanillas a canjearlos por oro y plata.
El Gobierno provisional podía obligar al Banco a declararse en quiebra, sin
ninguna injerencia violenta, por vía legal; para ello no tenía más que
mantenerse a la expectativa, abandonando al Banco a su suerte. La quiebra del
Banco hubiera sido el diluvio que barriese en un abrir y cerrar de ojos del
suelo de Francia a la aristocracia financiera, la más poderosa y más peligrosa
enemiga de la república, el pedestal de oro de la monarquía de Julio. Y una vez
en quiebra el Banco, la propia burguesía tendría necesariamente que ver como
último intento desesperado de salvación el que el Gobierno crease un Banco
nacional y sometiese el crédito nacional al control de la nación… la revolución
de Febrero reforzó y amplió directamente la bancocracia que venía a derribar.
Entretanto, el Gobierno provisional se encorvaba bajo la pesadilla de un déficit
cada vez mayor. En vano mendigaba sacrificios patrióticos. Sólo los obreros le
echaron una limosna. Había que recurrir a un remedio heroico: establecer un
nuevo impuesto. ¿Pero a quién grabar con él? ¿A los lobos de la bolsa, a los
reyes de la Banca, a los acreedores del Estado, a los rentistas, a los
industriales? No era por ese camino por el que la república se iba a captar la
voluntad de la burguesía. Eso hubiera sido poner en peligro con una mano el
crédito del Estado y el crédito comercial, mientras con la otra se le procuraba
rescatar a fuerza de grandes sacrificios y humillaciones. Pero alguien tenía que
ser el pagan. ¿Y quién fue sacrificado al crédito burgués? Jacques le bonhomme,
el campesino.”
Javier Fisac Seco
Historiador, caricaturista político, diseñador, analista político