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EL DESARROLLO DE LA RACIONALIDAD COMO UN COMPROMISO SOCIAL. APUNTES CRITICOS CONTRA LA INCONSECUENCIA FILOSOFICA. Febrero de 2001.
Mario
J. Delgado Alonso.Doctor en Filosofía.
I.E.S.
"Eusebio Barreto Lorenzo"
Islas
Canarias
Resulta enormemente asombroso comprobar como la mayoría de aquellos que
han hecho de la filosofia su "modus vivendi" pasan por el mundo como
un espectador ante una pantalla de cine. Si la Filosofía no es un elemento de
emancipación y transformación social, ¿qué es, entonces? Para
acercarse a las aulas a enseñar filosofía como quien enseña poesía, más
vale contar películas de los hermanos Marx, que son más entretenidas y
emocionantes. Es evidente, que los influjos del posmodernismo han hecho mella
sacra en los ombligos de los filósofos y de la sociedad en general, y es
patente que el posmodernismo no es desde luego una asunto como para tomárselo a
broma. Pero la historia de la filosofía ha sido siempre consciente de hasta qué
punto hay que enfrentarse a estos hijos descarriados, que ni aportan ni permiten
que los demás aporten algo.
Pero ¿quienes son estos personajillos que viven de la filosofía
pero no para la filosofía? Es evidente que tras la crisis de la izquierda el
panorama de las luchas sociales ha quedado emborronado y la confianza en que los
oprimidos se levantaran contra situaciones desigualitarias e injustas se ha
marchado de paseo por el campo. Sin embargo existen cauces de acción que
levantan designios antiposmodernos. Me refiero básicamente al uso y abuso del
poder, a las situaciones de injusticia preclara que aquejan a la sociedad, a la
manipulación descarada de los medios de información, a la banalización del
entretenimiento, al imperialismo de la riqueza y al dominio del amigismo y el
enchufismo en las relaciones profesionales y en el reparto del trabajo, el
gremialismo, corporativismo, criterios de antiguedad y autoridad etc. La Filosofía
ha realizado un esfuerzo enorme a lo largo de la historia para perfilar el
concepto de racionalidad, un concepto que la define por principio y que subsume
en él mismo al propio concepto antagónico de crítica de la racionalidad. No
puede afirmarse lo mismo de lo contrario, esto es, no existe posibilidad de que
la irracionalidad incluya como parte de sí efectos autocríticos.
Pero es evidente que la racionalidad se opone al ejercicio desenfrenado
del poder, al uso incontrolado de las emociones, al mantenimiento irracional de
la autoridad, a la desmesura del favoritismo y "enchufismo", a las
injusticias y al silencio que las acompaña, a la corrupción y a sus cómplices,
al mantenimiento y conservación de los intereses propios y de grupo, al
parasitismo de los que gozan se privilegios a cuenta de los que no lo hacen etc.
Para llevar a cabo esta lucha -lucha que hoy en dia agoniza en manos de teóricos
arrepentidos y de activistas desilucionados junto a los cuatro parásitos
aprovechados- la filosofía ha articulado desde siempre la vieja máxima aristótelica
de combinar la teoría y la acción en aras de la transformación política.
Fueron Sócrates y Platón quienes primero percibieron el peligro de convertir
la razón en un instrumento de manipulación político-social arremetiendo con
fuerza contra el relativismo más que peligroso que preconizaban los sofistas.La
batalla quedó ganada con la llegada de la Modernidad y la Ilustración y tan sólo
los desaires nietzscheanos lograron abrir una brecha hasta la llegada de Rorty,
Deleuze, Derrida, Lyotard y algunos otros destructores de las
"metarranativas". Ninguno de estos planteamientos merece,
evidentemente, menosprecio. Sin embargo, no es posible interpretar estos últimos
resabios de otra manera que no sea la testificación permanente de la autocrítica
filosófica como crítica de la razón en aras de la consumación de la razón.
Descartes, Malebranche, Spìnoza y Hegel quisieron abrir la potencialidad del método
mientras Hume, Kant y Wiggenstein dejadan ver las limitaciones pero también
posibilidades de la razón, toda vez que Husserl camina del Método
racuionalizante a la Intersubjetividad racionalizada. Mientras tanto Nietzsche
agonizaba en Nietzsche mismo cuando se vio en la complicada tesitura de redimir
a la humanidad del pecado cristiano convirtiéndose en un nuevo crucificado, un
nuevo redentor de la razón y un nuevo adalid de la Ilustración.
En este proceso, la actualidad se perfila como el desengaño de los que
sin haber perdido se sienten a sí mismos como perdedores. Hasta ahora el peor
enemigo de la filosofía ha sido la propia filosofía dirigida hacia el
desarrollo de la misma filosofía; a partir de ahora el peor enemigo de la
filosofía están siendo muchos filósofos y profesionales de la filosofía. Es
cierto que si en algo se ha distinguido la "nueva época" de la
antiguedad clásica es en que la arremetida de los detractores de la razón ha
alcanzado cotas insospechadas y en que los puenteos entre los neomodernistas y
los posmodernistas van resultando cada vez más estrechos. Entre el intento
preclaro de un Lyotard por testificar el desenfreno y los excesos de la
modernidad, el empeño de un Rorty por rescatar al hombre de la
"humanidad" y el deseo
habermasiano de alejar la recuperación de la Ilustración de los ámbitos del
positivismo, existen tan sólo actitudes diferentes en cuanto a las causas y al
proyecto; pero ninguno acaba de definir bien donde se establece el límite entre
las buenas ideas-planteamientos comunes y los problemas-soluciones respecto al
proyecto Ilustrado. Sin embargo, una vez más, de poco importa cuál es el
nombre de la rosa. No hay forma de entender el ser humano sino como un ser
social aristótelico que se perfila en el caballo de la racionalidad desde Jesús
(en clave monista spinoziana: "¿y dónde está el reino de los
cielos? Miradlo, está entre vosotros")
hasta Apel y Habermas, piense a quien le pese.
Mientras tanto, quedamos confundidos en el meollo de la dialéctica teoría-práxis
para la acción social. Si claro está con Kuhn, Lakatos, Hanson, Feyerabend que
la teoría dirige y filtra la observación (idea un tanto matizada por Laudan)
para la práctica científica y que la fórmula aristotélica teoría-acción
recubre espacios moderados para la política, uno se plantea cómo refinar la
teoría y cómo descontaminar la práxis.
En el primer caso, el esfuerzo de los historiadores de la ciencia no
parece haber superado con buen pie la más que evidente infliltración de
resabios posmodernistas en las revisiones epistemológicas en ciencia social. En
la antropología, por ejemplo, la cohorte de parlanchines como Tyler, Geertz,
Clifford, Marcus etc. continúan proponiendo fórmulas grotescas para
"interpretar la interpretación de las interpretaciones de las otras
interpretaciones..." en un intento claro por retardar el avance de teorías
explicativas de corte científico. Tan sólo M. Harris parece escapar a tanto
infortunio con un materialismo "rebosante de salud" heredado de los
trabajos positivistas de Marx. A estas alturas, destaca, sin duda, el intento de
Habermas por redefinir la teoría social en clave filosófico-dialógica
tratando de explicar los hechos sin los hechos mismos o, más bien, haciendo
discurso de los mismos hechos. Las coordenadas para interpretar, en todo caso,
los cambios sociales, siguen en la aureola de la crisis epistémica que afecta a
la filosofía y a la ciencias sociales tras el derrumbe del "muro fenomenológico".
Se palpa, entonces, la necesidad de bajar la guardia en la búsqueda de
reconsideraciones epistemológicas y no en abocarse a un fracaso prematuro para
un conjunto de ciencias jóvenes que aún no han dispuesto del suficiente tiempo
para sentar las primeras bases de su desarrollo.
En el segundo caso, aparece la problemática que el propio Habermas
arrastra desde "Conocimiento e Interés" buscando por doquier la fórmula
que permita ir más allá de la filosofía de la conciencia de los Sócrates,
Jesús, Kant para hacer de la práctica una práctica racional discursiva para
la acción. En este punto, desde luego, la crisis es patente porque la
conciencia filosófica nunca fue, en clave hegeliana, autoconciencia de la
filosofía. La clave posmoderna de la filosofía como disolución de la filosofía
impera en las entrañas de la cultura y la filosofía como autoconciencia no
alcanza ni a los mismos practicantes de filosofía. Sea, sin embargo, desde una
reivindicación de la conciencia ético-filosófica, o desde una reconstrucción
de la acción comunicativa proyectada hacia adelante en clave ético-política,
la racionalidad filosófica tiene que recuperar viejas fórmulas de acción de
cara a la emancipación social. Pero para ello es fundamental recuperar antes
que nada la conciencia filosofica de la consecuencia expresada a modo de
discurso teórico-práxico en el mismo ámbito de la filosofía. Porque la
filosofía es, antes que nada, un compromiso filosófico. Y muchos practicantes
de la filosofía la circundan simplemente al modo de posmodernos que escriben
libros de filosofía. Se percibe en la enseñanza, en los tribunales, en los
opositores y en la misma práctica individual. Desde aqui hasta la autodisolución
intelectual no hay más que un paso. Tanto si la práxis es el resultado de
planteamientos teóricos conscientes como si queda colgada en el abismo de la
incongruencia, se sopesa rápidamente que en el proceso de desarrollo de la
racionalidad y de la conciencia filosófica ambos polos distan mucho de la
proyección interna y coherente que hasta ahora ha caracterizado al pensamiento
filosófico.