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La
racionalidad instrumental como fundamento del Estado en la doctrina política de
Thomas Hobbes
(Por
Rusbel Martínez Rodríguez*.
colegio
Anglo-Colombiano de Bogotá D.C,
Colombia,mayo de 2002))
Este
artículo
tiene como propósito principal indagar por la concepción de racionalidad
empleada por Thomas Hobbes para justificar la necesidad de un poder soberano y
para presentar los fundamentos contractuales de la obligación política. Se va
a defender la idea de que la racionalidad que opera en las consideraciones
hobbesianas, y que le permite derivar de la naturaleza humana la fundamentación
de la política, es de carácter instrumental. Se trata de una concepción de
racionalidad en la que la razón está despojada de cualquier fin sustantivo y
opera solamente como instrumento de cómputo que indica o prescribe los mejores
medios disponibles para alcanzar los fines que persigue el agente racional.
Ahora bien, este artículo se apoya en dos consideraciones. En primer lugar,
sostengo que la concepción instrumental de la razón hobbesiana está vinculada
a un constructo de hombre, cuya naturaleza se inscribe en una dimensión
intramundana subordinada a las leyes que rigen la materia y el movimiento. Esta
elaboración le permite a Hobbes, por un lado reubicar el puesto de la razón
dentro de la naturaleza humana, y por otro, conferir un carácter científico a
los estudios del hombre en sociedad. En concreto, eleva la política al estatus
de las ciencias de la naturaleza. Y en segundo lugar, sostengo que la concepción
de racionalidad hobbesiana es de carácter económico, es decir, se inscribe en
una relación medios-fines. Esto presupone, entre otras cosas, que la razón está
despojada de sustantividad, y se subordinada a las pasiones.
2.
Un problema
En
el prólogo a la edición de 1925 del libro Hobbes:
vida y doctrina, Fernand Tönnies afirmaba que «(...) ha aumentado el número
de los que se ocupan de Hobbes; pero no es todavía grande.»[1]
En esto Tönnies tenía razón, y en mi opinión, todavía parcialmente la
tiene. A Hobbes se le reconoce como uno de los grandes pensadores de la filosofía
moderna, así sea para escribir contra él. Algunos han afirmado que su filosofía
por fin ha salido de la cuarentena a la que había sido sometida, y que hoy se
hace necesario revisar sus puntos de vista y presupuestos filosóficos, con lo
cual me encuentro totalmente de acuerdo. Existen varios estudios acerca de
Thomas Hobbes, los más de los cuales se ocupan de revisar y analizar el
pensamiento político de Hobbes con el fin de contextualizarlo dentro de una
completa historia de las ideas políticas, en tanto que otros se ocupan de este
autor para hacer historia de la filosofía. En el aspecto de la historia de las
ideas políticas se ha intentado mostrar la importancia decisiva que tuvo Hobbes
en la construcción del estado moderno al hacerlo derivar, no de voluntades
divinas, sino de la razón misma. En filosofía las preocupaciones han sido
variadas, empero, se ha asumido más desde la filosofía política y la ética.
También se han realizado estudios acerca de su sistema filosófico, y a pesar
de que la mayoría de sus ideas físicas (a excepción de la óptica) han sido
refutadas por la ciencia, existe coincidencia entre varios autores en que Hobbes
fue verdaderamente un pensador importante del mundo moderno[2].
En lo que hace referencia a lo político, ha sido objeto de estudio la situación
que agobiaba a Inglaterra en el siglo XVII y la repercusión que esto tuvo sobre
su pensamiento. Algunos han afirmado que la reflexión hobbesiana tiene un serio
antecedente y éste es la lucha intestina que se presentaba en la Inglaterra de
la revolución de Cromwell, y que reclamaba urgentemente una seria reflexión
política; era necesario hallar principios fijos para el orden jurídico y
estatal, que permitieran erradicar la peligrosa lucha entre el Rey y el
Parlamento. En ese sentido el propósito de Hobbes parecía consistir en
establecer de manera firme la conexión entre la naturaleza del hombre, el
estado natural de la humanidad, y el ideal de orden jurídico y estatal[3].
Otros han asumido con mayor ahínco el estudio de Hobbes por considerarlo
pieza fundamental para el esclarecimiento de algunos planteamientos
concernientes a la filosofía política contemporánea. Es este el caso de Yves
Zarka y Norberto Bobbio.
Pero justificar la escogencia de un autor no es proponer un problema. En
ese sentido, es pertinente cifrar las razones problemáticas que se han
encontrado respecto de la filosofía de Hobbes y que suscitan las
consideraciones de este trabajo.
Parece haber coincidencia entre los autores de filosofía política e
historia de las ideas políticas sobre el hecho de que la propuesta política
hobbesiana permite derivar el Estado de un orden racional de cosas. Inclusive
estos mismos pensadores analizan y explican en qué puede consistir ese orden
racional. Sin embargo, no se preguntan por la racionalidad que está implicada
en las concepciones hobbesianas y que permite fundar el Estado sobre bases
racionales. En algunos casos, por ejemplo, se considera que existe en Hobbes una
refundación racional que implica dos aspectos: primero, una reconstrucción
racional de la ciencia, y segundo, una reconstrucción racional de la ética y
la política. Sin embargo, no aparece explícito el tipo de racionalidad a la
que se están refiriendo. En otros casos, se sostiene que el objetivo
fundamental de Hobbes en su filosofía política es asentar, sobre bases sólidas,
el poder civil[4];
esas bases sólidas no son otras distintas a asumir la política como ciencia, y
en tanto ciencia y razón en Hobbes son una y la misma cosa, se diría que se
trata de asentar el Estado sobre bases racionales. Sin embargo, tampoco se
explica la racionalidad de tales bases. Lo mismo sucede en otros casos. Muchos
teóricos se han dedicado más a establecer si el estado
de naturaleza en Hobbes equivale al estado de barbarie, o si se trata de una
situación en la que participan hombres civilizados. Otros han buscado
determinar si las inferencias que hace Hobbes acerca de la naturaleza del hombre
son producto de la experiencia o son de carácter lógico. Se podría ampliar la
lista, pero no creo que sea necesario.
En este estudio se va a intentar suplir esta carencia poniendo en
evidencia la instrumentalidad de la razón en Thomas Hobbes y su modus
operandi.
En
Thomas Hobbes la doctrina del hombre hace parte de un proyecto mayor: la
elaboración de un sistema filosófico que dé cuenta del conocimiento último
de las causas de las cosas, irrebasable y concordante con una concepción mecánica
del universo y con una única realidad, a saber, la realidad de la materia y su
movimiento. En efecto, se trata de poner en claro el orden causal que rige,
tanto la naturaleza, como el hombre y la sociedad. A juicio de Hobbes, «(...)
todo género de filosofía comprende el Cuerpo, el Hombre y el Ciudadano.»[5]
En ese orden de ideas, el sistema que se propuso elaborar, y que se titularía Elements
of Philosophy, se compone de tres partes: la naturaleza (De
Corpore), en la que se explica el cuerpo (la materia) y su movimiento; la
naturaleza humana (De Homo), en la
que se elabora una filosofía del hombre en estado natural, y por último, el
cuerpo político (De Cive), en la que
pretende elaborar una filosofía
del hombre en sociedad. Este proyecto ha sido interpretado por sus críticos
teniendo como base el esquema de sus obras[6]
y las anotaciones que hace en su autobiografía. Aunque Hobbes no modificó sus
concepciones generales, sí alteró el orden de publicación de las obras que
componen su sistema[7].
El primer escrito que apareció fue El
pequeño tratado, publicado en 1631. En él, Hobbes enuncia el principio de
conservación del movimiento y una teoría corpuscular de la emisión luminosa.
Estas primeras apreciaciones de Hobbes acerca de la filosofía de la naturaleza
fueron reafirmadas y ampliadas por él en sus obras posteriores. En efecto, el
opúsculo de 1631 sirvió de base para el desarrollo de su obra posterior. Ahora
bien, su plan de trabajo fue alterado por los acontecimientos del siglo XVII en
Inglaterra, por lo que dejó sin concluir la primera parte de su sistema -De
Corpore- y, en cambio, se ocupó de las partes segunda y tercera (De
Homo y De Cive, respectivamente).
Se trataba de edificar una doctrina filosófica del hombre, tanto en estado
natural, como en sociedad. La primera parte de su sistema sólo vio la luz hasta
el año de 1665, luego de que sus obras acerca de las partes dos y tres fueran
publicadas. La premura de los acontecimientos lo obligó a anticipar sus ideas
fundamentales acerca del hombre, sin embargo, en algunas obras posteriores éstas
ideas fueron reafirmadas.
Las tres obras que componen la tarea de elaborar una doctrina del hombre
son Elements of Law (Traducida al
castellano bajo el título Elementos de
derecho natural y político) publicada en 1640 y en la que Hobbes anticipa
algunas consideraciones acerca de la naturaleza humana y el cuerpo político[8];
El Ciudadano, publicada en 1642, en
la que amplía lo referente al cuerpo político[9];
y, el Leviatán, publicada en 1651 y
reconocida como su obra más importante[10],
y considerada por sus comentaristas y por el mismo Hobbes como una obra por
fuera del sistema[11],
que en todo caso, incluye un libro preliminar sobre la naturaleza humana. A mi
juicio esta obra se nutre de sus dos obras anteriores acerca del hombre. En 1658
publica De Homine en la que, por una
parte reafirma su concepción general acerca del hombre, y por otra, da por
concluidas las partes dos y tres de su sistema[12].
Ahora bien, el planteamiento básico que guía este apartado puede
resumirse en los siguientes términos: la fundamentación racional del Estado y
de la obligación política que presenta Hobbes (derivándolos de una construcción
humana, es decir ubicándolos en el plano intramundano) sólo fue posible
tomando como punto de partida una concepción de racionalidad que corresponde a
una caracterización de hombre. Ésta tiene correspondencia con la construcción
filosófica hobbesiana en la que desde un principio se pretendió crear un
sistema en el que la materia, el hombre y el Estado respondieran a relaciones
causales. En ese sentido, la propuesta hobbesiana puede ser presentar la política
como ciencia.
Hobbes tiene de presente que el conjunto deducciones que justifican la
necesidad de un poder soberano y que demuestran la racionalidad de la obligación
política depende de postular la existencia de un hombre natural que, cuanto
menos, cumple las siguientes condiciones:
1.
Está compuesto de materia, ocupa un lugar en el espacio y se mueve por sí
mismo a través de un mecanismo interno al que Hobbes denomina deseo.
2.
Está inmerso dentro de una concepción mecánica del universo, lo cual
implica que su existencia está determinada por las leyes que rigen la materia y
el movimiento. Esta concepción permite establecer que las acciones de los
hombres pueden ser sistematizadas por medio de una ciencia causal. En ese
sentido, debe existir una ciencia de las acciones del hombre, concordante con
una mecánica.
3.
Es un ser racional, pero el puesto de la razón está sometido a las
directrices que le traza el movimiento y la materia en los que se inscribe el
hombre.
De esta manera, el pensamiento de Hobbes sustituye la concepción metafísica
de la existencia del hombre por una concepción ajustada a su experiencia con
las demás formas de materia que le rodean. Ese ajuste va a redundar, como se
verá más adelante, en la instrumentalización
de la razón. A partir de la doctrina del hombre de Hobbes la razón va a
convertirse en un instrumento del deseo. Por lo anteriormente expuesto puede
entonces decirse que no
es casual que Hobbes empiece en el Leviatán
su reflexión filosófica con el hombre, como tampoco es casual que aborde,
también por separado, los pactos (que instituyen el Estado) y el gobierno
cristiano.
Pero ¿Cómo logra Hobbes situar al hombre dentro del espectro de la ciencia
causal de la época? Este
interrogante nos lleva ineludiblemente a considerar algunas cuestiones de método
imbricadas en los estudios hobbesianos.
El método que aplica Hobbes en sus estudios es el analítico-sintético.
Hobbes concibe que hay dos métodos en filosofía: el analítico o resolutivo y
el sintético o compositivo. El analítico
consiste en encontrar una causa posible para un efecto dado. Se trata de un
proceso de descomposición, separación y distinción de las partes que componen
un fenómeno hasta llegar a sus principios más elementales. El sintético
consiste en hallar los efectos posibles derivados de una causa; es un proceso de
composición y, en ese sentido, es el inverso del método análitico. Esta
terminología que emplea Hobbes en muchas de sus consideraciones la sustrae de
la escuela de Padua de la cual formaba parte Galileo.
Pero, ¿cómo se aplica el método analítico-sintético a las acciones
de los hombres? En este punto parece haber confusión. Es común encontrar
autores que sostienen que, si bien Hobbes pregonaba un método analítico-sintético,
en sus estudios sobre el hombre realizó un análisis psicológico de la
naturaleza humana. Lo anterior lo sostienen con base en el léete
a ti mismo que presenta Hobbes en la introducción al Leviatán.
En él, sostiene Hobbes, para leer
las acciones de los demás hay que saber leer las propias. Manifiesta Hobbes
que:
(...)
quien se mire a sí mismo y considere lo que hace cuendo piensa, opina, razona,
espera, teme, etc., y por qué razones, podrá leer y saber, por consiguiente,
cuáles son los pensamientos y pasiones de los demás hombres en ocasiones
parecidas[13].
En realidad el texto es ambiguo, pero quienes sostienen que de él se
deriva un análisis psicológico de la naturaleza humana están siendo bastante
laxos en su apreciación. A mi juicio, es incorrecto sostener que Hobbes no
emplea el método analítico-sintético en sus estudios, sino que realiza un análisis
de los demás haciendo una lectura introspectiva de sí. Si lo anterior fuese
cierto, ¿qué sentido tendrían las partes primera del Leviatán
y Elementos de derecho natural y político?
En ellas, desde mi perspectiva, Hobbes aplica el método analítico-sintético a
la naturaleza del hombre. El asunto lo veo como sigue.
Lo que interesa a Hobbes es sistematizar las acciones de los hombres, y como la única realidad es la materia y el movimiento, se ve obligado a precisar la causalidad del movimiento interno de los seres humanos en tanto materia animada. El material de trabajo inicial que posee Hobbes es el factum de las acciones humanas, es decir, los efectos de ciertas causas que están por establecerse. En ese sentido, Hobbes apela a la observación de los hombres y a una lectura de sí mismo a fin de determinar la naturaleza del impulso interno que mueve al hombre y las relaciones causales que de él se derivan. Hobbes pretende leer desde sí lo que hacen o dejan de hacer los demás con el fin de sistematizar las acciones desde una perspectiva analítica, partiendo de los efectos e indagando por las posibles causas. En este proceder analítico o resolutivo se van resolviendo las conexiones entre los efectos, las posibles causas y los mecanismos de la causación. Esto le permite a Hobbes identificar el deseo como el impulso interno que la naturaleza ha puesto en los hombres y que hace posible que estos se muevan. Desde mi perspectiva, el conjunto de relaciones causales en el plano analítico va de la siguiente manera: las acciones de los hombres, la razón, el lenguaje, los pensamientos, la imaginación, las sensaciones y el deseo.
Ahora bien, esto no es explícito en la exposición hobbesiana. En lo que se refiere a lo metodológico la exposición de Hobbes empieza desde la síntesis, es decir, desde el proceso de composición. Hobbes no expone el recorrido resolutivo que va desde los efectos hasta sus causas, sino que presenta los primeros principios e inicia el recorrido de composición (síntesis). El punto de partida del proceso compositivo es el deseo, si bien en el orden expositivo presenta en primera instancia a la sensación. Esto equivale a decir que en el proceso de análisis el deseo es la unidad más elemental a la que Hobbes llegó, en lo que se refiere al movimiento en los hombres. En ese orden, el conjunto del plano sintético va de la siguiente manera: el deseo, los pensamientos, el lenguaje, la razón y las acciones. A partir del deseo, Hobbes debe explicar las relaciones causales que existen entre la naturaleza humana y las acciones de los hombres. Esta empresa supone que Hobbes debe componer el todo iniciando con el deseo, y pasando luego por la sensación, la imaginación, la razón, el lenguaje, etc., hasta llegar a concretar la naturaleza de los hombres abstraídos de toda forma de sociedad. Los siguientes numerales sintetizan a grandes rasgos los caracteres del hombre natural hobbesiano:
1.
El hombre está constituido de materia y, como tal, sigue los designios
que traza el comportamiento de la materia y el movimiento. Cuenta con un impulso
interno que hace que sea materia animada. Este reconocimiento posibilita a
Hobbes, sirviéndose de la ciencia causal, explicar sus acciones. En ese
contexto, por una parte lo indescifrable de las acciones humanas, de la moral,
la política, etc., se vuelve
descifrable, es decir, se abre la posibilidad de sistematizar científicamente
un conocimiento acerca del hombre, y por otra parte se desvincula al hombre de
realidades metafísicas o trascendentes y se inscribe en lo intramundano.
2.
El hombre se mueve por sí mismo por cuanto posee un mecanismo interno:
el deseo. Ahora bien, este mecanismo depende del movimiento externo. Por ese
motivo, es necesario sistematizar sus acciones recurriendo a las relaciones
causales que se establecen entre el deseo, la sensación, la imaginación, el
pensamiento, el lenguaje y la razón.
3.
El hombre es un ser racional, pero su razón es de carácter
instrumental; simplemente realiza cómputos sirviéndose de los números y el
lenguaje y, como tal, no posee ningún contenido positivo. Su función es servir
de apoyo al proceso de deliberación. Por medio de la razón los hombres evitan
caer en la insignificancia o el absurdo, y pueden satisfacer de manera más
adecuada sus deseos.
4.
El hombre, además de ser racional, tiene voluntad, es decir, ejecuta
acciones voluntarias. La voluntad no está subordinada a la razón. Un hombre
puede ejecutar acciones que la razón no recomienda.
5.
La voluntad está subordinada al deseo, en primera instancia al deseo de
vivir; y en segunda, al deseo de poder. Para satisfacer de la manera más
adecuada los deseos, la voluntad se sirve de la deliberación, y ésta de la razón.
Ahora bien, esto no garantiza que los deseos sean satisfechos tal como se
mostrará más adelante. Por el contrario, en su afán de satisfacer los deseos
la razón puede traer como consecuencia un estado de guerra de todos contra
todos. Sin embargo, también puede hacer posible la paz, considerada por Hobbes,
como el estado más eficaz para que los hombres puedan perseverar en el ser,
considerado como el primer y principal deseo.
Esta concepción de hombre es la que le permite a Hobbes justificar la necesidad de un poder soberano y sentar las bases de la obligación política. La interacción de este hombre dotado de una razón sin contenido positivo resulta desde todo punto de vista interesante, pues de la razón instrumental va a brotar el Estado como restricción acordada por seres racionales.
4.
Racionalidad y estado de naturaleza
El
estado de naturaleza es, tal vez, el término por el cual más se conoce a
Thomas Hobbes. Desde mi perspectiva, elabora la ficción del estado
de naturaleza con el fin de justificar la necesidad de un poder soberano. En
ese sentido, esta ficción ocupa un lugar intermedio y necesario, entre la
naturaleza del hombre y la institucionalización del Estado. Es un punto enlace.
El estado de naturaleza permite
conectar adecuadamente el hombre natural hobbesiano y el Estado civil.
Para este estudio, la ficción de estado
de naturaleza cumple una doble función. Por una parte, pone en claro el
comportamiento natural de los hombres abstraídos de la sociedad y en constante
interacción. Y por otra, recala sobre las contradicciones que en tal estado
descubre y pondera la razón, y las salidas que provee como forma de superación
de tal estado.
El estado de naturaleza debe
ser comprendido como un espacio desprovisto de restricciones normativas de
cualquier índole, en el que interactúan hombres que promueven exclusivamente
su propio interés. Ese espacio está mediado por la escasez de recursos lo que
hace muy difícil la interacción, trayendo como resultado una situación
competitiva que degenera en la guerra de todos contra todos. Contrastar
competencia con ausencia de normatividad es, en realidad, poner de manifiesto el
grado de conflictividad que se presenta en este estado hipotético.
Miguel Angel Rodilla en su estudio preliminar del
Diálogo entre un filósofo y un jurista y escritos autobiográficos opone
el individualismo en el que se inscribe el hombre en el estado
de naturaleza al Zoón politikón aristotélico. El hombre no es un ser
social y político por naturaleza. Por el contrario, los hombres no han nacido
aptos para vivir en sociedad. La sociabilidad del hombre es reemplazada por una
tendencia universal a la dominación recíproca. El asunto es ponderado por
Rodilla de la siguiente forma:
(...)
el hombre es una fiera rapaz, y rapaz para con los de su misma especie, con los
que no le une ningún impulso natural gregario; y la condición natural de los
seres humanos es la de un estado de hostilidad universal[14].
El estado de naturaleza
expuesto por Thomas Hobbes en tres de sus obras principales (Elementos
de derecho natural y político, El Ciudadano y El Leviatán) resulta similar
en cada una de ellas. Los tres modelos parten de los mismos supuestos y son
sostenidos por idénticos argumentos. Los puntos básicos en los que concuerdan
los tres modelos disponibles pueden ser presentados de la siguiente manera:
1.
En el estado de naturaleza
todos los hombres son iguales a pesar de que en su constitución física algunos
sean más fuertes e ingeniosos que otros. La fortaleza y el ingenio no se
constituyen en factores de desigualdad, pues la vida, incluso de los fuertes, es
frágil. Los argumentos que presenta Hobes para sostener la igualdad del género
humano se reducen a dos. Primero, la vida es frágil por lo que incluso el más
débil y falto de ingenio puede quitarle la vida al más fuerte e ingenioso.
Segundo, cada uno está conforme con lo que le correspondió[15].
Esto último es expuesto en el Leviatán
de la siguiente manera:
Tal
es, en efecto, la naturaleza de los hombres que si bien reconocen que otros son
más sagaces, más elocuentes o más cultos, difícilmente llegan a creer que
haya muchos tan sabios como ellos mismos, ya que cada uno ve su propio talento a
la mano, y el de los demás hombres a distancia. Pero esto es lo que mejor
prueba que los hombres son en este punto más bien iguales que desiguales. No
hay, en efecto y de ordinario, un signo más claro de distribución igual de una
cosa, que el hecho de que cada hombre esté satisfecho con la porción que le
corresponde[16].
2
De la igualdad del género humano sobreviene la desconfianza y el miedo
recíproco, pues la vida (bien máximo de cada hombre) está a merced de
cualquiera. Cuando, además de lo anterior, los hombres desean las mismas cosas
que los demás, el temor y la desconfianza aumentan, y los hombres tienden a
agredirse mutuamente, pues en este estado ningún hombre está dispuesto a hacer
concesiones ni a sacrificarse en favor de los otros. Su actitud es agresiva pues
los hombres no han nacido aptos para vivir en sociedad. Conviven con los demás
por interés, honor o comodidad, pero nunca por benevolencia o porque su
naturaleza así se lo exija[17].
3
En el estado de naturaleza
nada es injusto. Todo lo que haga un hombre o deje de hacer es conforme al
derecho, entendiendo por éste, aquello que es conforme a la recta razón. En
ese contexto, es de derecho el que los hombres traten de preservar su vida y que
huyan de dolores y penas. Cada hombre tiene el derecho de conservar con todas
sus fuerzas su propia vida y sus miembros, y para ello, puede valerse de todos
lo medios de que disponga, incluso aquellos que prescriban subyugar a otros o
causarles la muerte. Así pues, derecho es la libertad que todo hombre tiene de
usar sus facultades naturales según su propia razón[18].
4
La inferencia lógica que sustrae Hobbes del hecho de que todos los
hombres tengan derecho a todo, y a la vez, desconfíen de los demás, sientan
temor y se agredan mutuamente, es que en realidad no tienen nada, pues tener
derecho a todo, y que todos los demás también lo tengan, es como no tener ningún
derecho. Éste resulta inútil. Dándose cuenta de lo anterior los hombres
practican la anticipación, es decir, subyugan o le quitan la vida a los demás
antes de que los demás hagan los mismo con ellos. La consecuencia de lo
anterior es la guerra, entendida ésta no como guerras particulares, sino como
la voluntad manifiesta de luchar en todo momento y lugar, es decir, la voluntad
firme de emplear siempre la fuerza[19].
5
La guerra, que es un resultado del ejercicio de la recta razón, es un
subproducto no deseable, pues va en contra del máximo bien que posee cada
hombre: su vida. En ese sentido, la situación de guerra puede ser entendida
como una contradicción resultante de los cálculos que la razón ha realizado.
En estado de guerra la vida es solitaria, pobre, tosca, embrutecida y breve. No
hay industria, ni artes, ni letras, ni cultivos, ni navegación. Los hombres se
dedican exclusivamente en ser enemigos de los demás y en asegurarse, por su
fuerza e ingenio, su propia vida[20].
6
La razón pondera y calcula la contradicción existente entre la
naturaleza del hombre, que le dicta que debe conservar su vida, y el estado de
guerra de todos contra todos. El resultado de los cómputos es que cada hombre
se esfuerce por conseguir la paz siempre que exista alguna esperanza de
obtenerla, entendiendo que la paz es el orden de cosas más acorde con la
naturaleza del hombre. El argumento de Hobbes es simple: dado que ningún hombre
tiene la suficiente fuerza y el suficiente poder para sentirse plenamente seguro
durante mucho tiempo, la razón dicta que hay que buscar la paz si hay
posibilidades de alcanzarla; de lo contrario, la razón dicta que se fortalezca
todo lo que pueda a fin de tener mayores posibilidades de preservar la vida en
la guerra[21].
El estado de naturaleza pone
en evidencia la situación contradictoria, en la que
la vida no se puede garantizar adecuadamente. Sin embargo, la razón
insta al hombre a superar tal estado, pues es contrario a la naturaleza humana.
En cada uno de los tres modelos de estado
de naturaleza propuestos se evidencia una contradicción entre la naturaleza
del hombre y la interacción con los demás. Tal contradicción se expresa en la
incompatibilidad entre los fines que persiguen los hombres y lo que su
naturaleza les impele a hacer. Para el hombre natural lo que individualmente es
conforme a su naturaleza (perseguir la conservación de su movimiento interno,
aumentar su poder, perseguir sus fines, entre otros) colectivamente va en contra
de su naturaleza misma; por lo que la razón dicta la necesidad de la superación
del estado de naturaleza.
En cada uno de los modelos existen en el hombre ciertas facultades o
capacidades que le permiten, en primer lugar darse cuenta de la existencia de la
contradicción entre la naturaleza del hombre y el resultado de la interacción
con los demás hombres naturales; y en segundo, hallar una salida favorable a
tal contradicción. Tales facultades son: el deseo y la razón.
Un hombre sabe que el deseo superior es la conservación de su vida, por
lo que prefiere una situación distinta a la del estado
de naturaleza; prefiere una situación en la que se armonicen sus fines con
los fines de los demás, es decir, un punto de equilibrio. En ese sentido,
permite el despliegue de ciertos deseos que le conduzcan a una interacción
mutuamente beneficiosa con los demás, en aras de obtener y garantizar sus fines
particulares.
La salida que proporciona Hobbes al estado
de naturaleza y que tiene como base, tanto la razón como algunos deseos, es
el conjunto de leyes que dicta la razón y que Hobbes denomina, las leyes de la
naturaleza. Bien lo pondera J.M. Bermudo cuando sostiene que en el fondo de la
asociación civil sólo actúa el deseo de vivir; la razón interviene pero sólo
como instrumento. En ese sentido «(...) la ley natural es un precepto de la razón
que manda a los hombres cuando favorece su vida y les prohibe cuando va contra
ella»[22].
Pero, ¿qué son las leyes de la naturaleza? ¿qué relación existe entre éstas
y la razón?
Las leyes de la naturaleza son, ante todo, el despliegue de una razón
instrumental que opera bajo las máximas de la utilidad y el beneficio y que
tiene correspondencia con una concepción subjetiva y relativa del valor[23].
Son, además, un punto intermedio entre la naturaleza humana y la
institucionalización de un poder soberano. En cada una de las tres obras de
Hobbes que hemos sometido a análisis en el presente texto se establece una sólida
conexión entre razón y ley natural. En Elementos
de derecho natural y político Hobbes se refiere a la ley natural en los
siguientes términos.
(...)
no puede haber más ley natural que la razón, ni otros preceptos de DERECHO
NATURAL que los que conducen por los caminos de la paz, cuando puede
conseguirse, y de la defensa cuando no puede lograrse[24].
La identidad entre razón, ley natural y precepto de la razón es
manifiesta en este fragmento de Hobbes. En las dos obras posteriores, Hobbes va
a seguir manteniendo esta identidad
y la va a fortalecer por medio de la noción de derecho, inscrita exclusivamente
en la razón: entiende que derecho es lo que está conforme a la razón. En Del
ciudadano Hobbes define la ley natural bajo los siguientes términos:
La
ley natural no es un acuerdo de los hombres sino un dictamen de la recta razón.
(...) Es pues la ley natural, por definirla ya, un dictamen de la recta razón
acerca de lo que se ha de hacer u omitir para la conservación, a ser posible y
duradera, de la vida y de los miembros[25].
Conforme lo anterior, las leyes de la naturaleza, dígase mejor, los dictámenes
de la razón, no son producto de un acuerdo o convenio. Son de carácter
universal. Cualquier hombre que use adecuadamente la razón llegará a ellas;
las podrá establecer de manera adecuada. Ahora bien, si esto depende
exclusivamente de la naturaleza del hombre se puede sostener que en cualquier época
y lugar todos los hombres razonables llegan o llegaron a los mismos dictámenes
de la razón, situación que resulta controvertible si hemos de referirnos a
otros estudios. En este estudio concibo que la situación histórica (tanto política
como científica) hace posible que el filósofo pueda generalizar ciertos dictámenes
de la razón y que los eleve a la categoría de leyes de la naturaleza.
En El Leviatán (tercera obra
en cuestión), la ley de la naturaleza es presentada por Hobbes en los
siguientes términos:
(...)
un precepto o norma general, establecida por la razón, en virtud de la cual se
prohibe a un hombre hacer lo que puede destruir su vida o privarle de los medios
de conservarla, o bien, omitir aquello mediante lo cual piensa que puede quedar
su vida mejor preservada[26].
En cada una de las tres presentaciones de la ley natural en la obra de
Hobbes, se concibe la razón como instrumental; al servicio del deseo de
conservar la vida y de vivir confortablemente. Por las razones expuestas en lo
que se refiere al estado de naturaleza,
la razón calcula y pondera las posibilidades de la paz y, a partir de allí,
dicta las leyes de la naturaleza; también dicta en qué situaciones es más
razonable preferir la guerra. Ahora bien, cada una de las leyes de la naturaleza
establece la necesidad de mantener la paz, dando por descontado que la paz es frágil
y que los hombres deben esforzarse por mantenerla
y por recuperarla cuando la han perdido.
En todas y cada una de las leyes de la naturaleza la razón calcula el
beneficio o el perjuicio que pueden ocasionar ciertas acciones, y ordena que el
hombre se esfuerce por obtener para sí lo que resulta más provechoso. En el
orden de la exposición de Hobbes el estado de cosas más adecuado para los
fines de la autoconservación es, sin lugar a dudas, la paz. Sin embargo aclara
Hobbes que esto es siempre que haya esperanza de alcanzarla. Si no hay ninguna
esperanza de obtener la paz el resultado de la razón no puede ser el
sometimiento pacífico de unos hombres a otros; por el contrario, la razón
dictará que cada hombre se arme de la mejor manera para la guerra. Este asunto
es bien ponderado por H. Kliemt en el siguiente fragmento:
Sin
garantías institucionales, sería un heroísmo unilateral el que alguien
obedeciera la exigencia de (...) la ley natural de buscar la paz y conservarla.
Pues cualquiera sabe que el no pacifismo unilateral, si se supone el pacifismo
por parte de los demás, sirve mejor al propio “aumento de poder” (y, por lo
tanto, a la autoconservación) que el propio pacifismo y cualquiera sabe también
que, en caso de no pacifismo de los demás, le sería más ventajoso no actuar
tampoco pacíficamente[27].
Tomemos algunas de las leyes de la naturaleza de Hobbes y pongamos en
evidencia los cómputos que lleva a cabo la razón a fin de hacer posible la
paz:
|
Ley
Natural |
Situaciones
Computables |
Consecuencia
de los Cómputos |
Conclusión |
Cuarta
Ley del Leviatán
Que
quien reciba un beneficio de otro por mera gracia, se esfuerce en lograr
que quien lo hizo no tenga motivo razonable para arrepentirse
voluntariamente de ello. |
Dar
para hacer un bien a sí mismo por cuanto el objeto de todos los actos
voluntarios es, para cualquier hombre, su propio bien. |
PAZ
|
La
razón, por el beneficio propio dicta que, en aras de la paz, se debe
evitar una situación que puede desencadenar en la guerra. |
|
Quebrantar
la ley natural, lo cual es ingratitud. |
GUERRA |
||
|
Séptima
Ley de Elementos de Derecho Natural y Político Que
ningún hombre reproche, envilezca, insulte o declare de cualquier otra
forma su odio, desprecio o falta de estimación por otro. |
Cumplir
cabalmente con lo expresado en el mandato. |
PAZ |
Los
hombres deben de abstenerse de los actos antes mencionados si esperan
vivir en paz. |
|
Reprochar,
envilecer, despreciar, etc., a otro hombre. |
GUERRA |
||
|
Segunda
Ley de El Ciudadano Cumplir
los pactos y mantener la fe dada |
Cumplir
los acuerdos a los que han llegado los hombres |
PAZ |
Los
hombres debe abstenerse de incumplir sus pactos y de no mantener la fe
dada si esperan que los demás hagan lo mismo y de esa manera se pueda
vivir en paz. |
|
Incumplir
los acuerdos y defraudar a los demás |
GUERRA |
El
mismo procedimiento se puede llevar a cabo con las demás leyes de la
naturaleza y se llegará a idénticos resultados. Las leyes de la naturaleza
dictan o prescriben los comportamientos humanos que más se adecuan a la paz;
y no porque la paz sea un bien sustantivo que es deseable por sí mismo, sino
porque el estado de paz es el que más conviene a los fines de la
autoconservación. Ahora bien, esos dictámenes de la razón obedecen a un
modelo de racionalidad. Es precisamente el objeto de este trabajo poner en
claro el modelo de racionalidad en el que la razón es concebida como cálculo.
A partir de allí es posible para explicar los movimientos que se operan,
desde el estado de naturaleza,
hasta la institucionalización del poder soberano.
Queda enunciado, pues, que la razón dicta las leyes de la naturaleza
con el fin de superar el estado de guerra de todos contra todos y que cada una
de las leyes de la naturaleza apunta a generar y preservar la paz. Pero ¿Por
qué las leyes de la naturaleza son insuficientes para garantizar la paz? ¿En
dónde radica la insuficiencia? ¿Qué nuevos cómputos debe realizar la razón
para obtener una paz duradera? Estos interrogantes suponen cifrar el nuevo
recorrido de la razón, desde las leyes de la naturaleza hasta las leyes
positivas.
¿En dónde radica la insuficiencia de las leyes de la naturaleza para
garantizar la paz? Una aproximación a este interrogante lo constituye la
solución al problema de en qué condiciones es racional la paz. En términos
muy generales se hallan, cuanto menos, dos condiciones en las que se puede
preferir la paz a la guerra, o lo que es igual, dos condiciones en que es más
razonable la paz que la guerra:
1.
Cuando por medio de la paz se puede obtener un beneficio cualquiera que
resultaría imposible obtener en estado de guerra.
2.
Cuando los beneficios obtenidos en la paz son más ventajosos que los que se
pueden obtener en la guerra.
Si en la guerra se puede obtener beneficios mayores que los que se
pueden alcanzar en la paz, decimos que ésta resulta más ventajosa, por lo
que ningún hombre razonable preferirá la paz frente a la guerra. Pero la
postura de Hobbes es que la paz resulta más ventajosa que la guerra, pues en
ese estado los hombres pueden obtener mayores beneficios y su
autoconservación es más probable.
Podría pensarse en la suficiencia de las leyes de la naturaleza para
garantizar la paz por el simple hecho de que son dictámenes de la razón y
todo hombre razonable estaría en disposición de acatarlas por cuanto
favorecen el estado de paz. Sin embargo no es así. Las leyes de la naturaleza
son frágiles y en términos reales no operan. Su ineficacia radica en que
estas leyes rigen como fuero interno (según que convenga o no a cada uno) por
lo que, en realidad son dictámenes morales. No hay un fuero externo que haga
obligatorio su cumplimiento; que constriña a todos para que cumplan tales
dictámenes. Dependen de que los hombres decidan aceptarlos siempre que los
consideren ventajosos. Norberto Bobbio sostiene, al respecto, que como las
leyes de la naturaleza son reglas de prudencia cualquier hombre las respetaría
siempre que haciéndolo tenga la completa seguridad de alcanzar los fines que
persigue[28].
Si esas leyes no son ventajosas ningún hombre razonable estaría en condición
de aceptarlas. En ese sentido, Hobbes sostiene que la regla o dictamen se
respeta siempre que los demás estén dispuestos también a respetarla. A
manera muy general el problema sustancial radica en el hecho de que los
deberes que prescriben las leyes de la naturaleza no son sólidos por lo que
la razón debe ponderar esta situación y prescribir una salida nueva al
estado de naturaleza.
Se puede afirmar que si todos los hombres naturales estuvieran en
disposición de acatar y cumplir los pactos a los que se comprometen con los
demás, las leyes de la naturaleza serían eficaces y no sería necesario
introducir ningún componente coercitivo. Pero, si bien el razonamiento de
algunos hombres dicta o prescribe las leyes de la naturaleza, un nuevo
componente de racionalidad se agrega. Ese nuevo componente se podría resumir
en los siguientes términos: ¿Hasta donde es ventajoso que aceptando todos
las leyes de la naturaleza yo las acepte? ¿Y quién hace cumplir los pactos
en caso de que sean incumplidos?
En el estado de naturaleza
no existen garantías para que los hombres cumplan las reglas. En consecuencia
el cumplimiento de los dictámenes de la razón depende de cada uno, y como se
ha sostenido anteriormente, en estado
de naturaleza nadie está en disposición de hacer concesiones ni de
sacrificarse por los demás. Quienes así lo hicieran en realidad no estarían
siguiendo los dictámenes de la razón, por lo que se les podría considerar
como hombres no razonables. En el orden de la exposición de Hobbes las leyes
positivas son más ventajosas que las leyes de la naturaleza pues son las que
más sirven al propósito de la paz. Ahora bien, si la razón prescribe las
leyes positivas como eficaces ¿por qué motivo la razón no pasa directamente
del estado de naturaleza a las leyes positivas? ¿por qué se detiene en las
leyes de la naturaleza? Todo conduce a suponer que la razón no es capaz de
realizar primero los cómputos que arrojan como resultado las leyes positivas,
sino que estos son el resultado de los cómputos anteriores.
La razón no está en capacidad de prescribir primeramente las leyes
positivas por el hecho de que varios de los componentes de cálculo que
necesita para ponderar la situación derivan de las leyes de la naturaleza.
Los cómputos de la razón necesitan primero establecer cómo se comportarían
los hombres naturales regidos por su fuero interno, es decir, por dictámenes
morales de la razón. La razón no puede establecer de antemano la ineficacia
de este paso. Debe darlo y después reestructurar los cómputos y arrojar un
nuevo resultado. Si se vuelve a las leyes de la naturaleza se tiene claro que,
en tanto la paz es más ventajosa que la guerra para conseguir los fines de
los hombres, la razón dicta como prescripción que los demás se deben
esforzar por conseguir la paz. En este punto parece no haber discusión. Ahora
bien, conseguir la paz supone una empresa conjunta que depende de los pactos
que los hombres realicen entre sí, por lo que la lógica de los dictámenes
de la razón indica que, además de esforzarse por alcanzar la paz, los
hombres deben cumplir los pactos a los que se comprometen; pero como no hay un
poder capaz de hacer cumplir los pactos, nada sucede con algunos hombres que
decidan no cumplirlos. Pero ¿serían irracionales esos hombres que deciden no
cumplir los pactos a los que se comprometieron? En modo alguno. En tanto
persiguen sus fines y buscan ventajas, estos hombres son totalmente
racionales. Sin embargo, su racionalidad individual pronto arroja resultados
que son, desde todo punto de vista, irracionales, pues el incumplimiento de
los pactos trae como consecuencia el retorno al
estado de naturaleza. Bobbio afirma que «(...) para conseguir la paz es
necesario que las reglas que
tienen previstas las diversas acciones que llevan a este fin sean respetadas
por todos, o al menos por la mayoría»[29].
En esto Bobbio tiene parcialmente la razón, pues la garantía de la paz
radica en que todos, sin excepción, cumplan los pactos. Si alguno o algunos
los incumplen no existe motivo razonable para que todos los demás los
cumplan, pues no es aceptable que un hombre que se guía por su razón,
transfiera beneficios en favor de terceros y que estos no cancelen el costo
intermedio. Para el caso es necesario determinar las dos situaciones que hacen
que las leyes de la naturaleza sean frágiles y, a la postre, ineficaces.
La primera es la que ilustra N. Bobbio. Nadie que sea razonable seguirá
las prescripciones de las leyes de la naturaleza pues no existe garantía
alguna de que los demás cumplan también con lo que les corresponde. Desde
esa perspectiva, las leyes de la razón no podrían operar ni tan siquiera una
sola vez, por lo que los hombres no podrían aprender de la experiencia la
ineficacia de las leyes de la naturaleza. Esta perspectiva supone que la razón
pondera solamente situaciones hipotéticas y niega las leyes de la naturaleza
como salida viable al estado de
naturaleza. En resumen, el fuero interno que imponen las leyes de la
naturaleza no puede ponerse en práctica porque los resultados que arrojaría
no serían adecuados para los fines de la paz.
La segunda situación es todavía más compleja. Esta situación
concibe que los hombres acuerdan la paz y la garantizan por medio de las leyes
de la naturaleza. En ese sentido, la paz depende de lo que cada hombre decida
hacer. Lo más favorable para la paz es que todos cumplan con los dictámenes
de la recta razón. Pero, ¿no resultaría favorable para algunos incumplir
sus pactos, siempre que los demás los estén cumpliendo? ¿para individuos
egoístas no es ventajoso explotar la buena voluntad de los demás? Este
incumplimiento de los pactos daría ventaja a aquellos que los incumplen y
pondría en desventaja a aquellos que los cumplen. En efecto, un hombre que
incumpla sus pactos podría obtener beneficios adicionales que en el estado
de naturaleza no habría podido obtener y que, además, acatando las leyes
de la naturaleza tampoco habría obtenido. Es este el argumento de los necios
que bien presenta Hobbes en el Leviatán.
Según este argumento unos hombres podrían sacar beneficios adicionales
siempre que se comporten de manera injusta. Veamos el texto de Hobbes:
Los
necios tienen la convicción íntima de que no existe esa cosa que se llama
justicia, y, a veces, lo expresan también paladinamente, alegando con toda
seriedad que estando encomendada la conservación y el bienestar de todos lo
hombres a su propio cuidado, no puede existir razón alguna en virtud de la
cual un hombre cualquiera deje de hacer aquello que él imagina conducente a
tal fin[30].
Por supuesto debe entenderse la justicia hobbesiana desde una
perspectiva formal, es decir, como cumplimiento de la ley. De manera pues que
justo es aquel que observa la ley mientras injusto es aquel que no la observa.
Ahora bien, los necios pueden comprender que el ser injustos les pone en
ventaja frente a los justos, pues mientras los justos restringen su actitud
maximizadora en virtud de los pactos que han convenido, los injustos hacen
todo lo contrario. Esta situación termina en una disolución de lo pactado y
en un retorno al penoso estado de
naturaleza.
La salida que halla la razón a estas situaciones contradictorias es la
institucionalización del Estado como garante del cumplimiento de los pactos.
El Estado es, pues, un artificio de la razón en procura de la autoconservación
de los hombres frente al estado de fragilidad que se obtiene por medio de la
implementación de las leyes de la naturaleza. La razón introduce un
componente de fuerza que hace que las leyes se cumplan y que, frente a la
palabra empeñada de los otros, un hombre cualquiera tenga seguridad de la
observancia de lo pactado. Afirma Hobbes que:
La
causa final, fin o designio de los hombres (...) al introducir esta restricción
sobre sí mismos (...) es el cuidado de su propia conservación y, por añadidura,
el logro de una vida más armónica; es decir, el deseo de abandonar esa
miserable condición de guerra[31].
Cada uno de los hombres está de acuerdo en instituir un poder capaz de
atemorizar a todos y garantizar el cumplimiento de lo pactado. Ese poder
motiva a todos lo hombres a observar lo pactado, pues, «(...) los pactos que
no descansan en la espada no son más que palabras, sin fuerza para proteger
al hombre, en modo alguno»[32].
Detrás de todo esto hay implícito el modelo de racionalidad que he
venido enunciando y que funciona conforme opera la racionalidad económica que
se ha tomado el mundo occidental. Eso me lleva a plantear la hipótesis de que
la concepción contemporánea dominante de racionalidad (la instrumental)
tiene sus raices en el pensamiento político de Thomas Hobbes.
Termino diciendo que, no obstante lo anterior, todavía hace falta un
análisis más detallado de las operaciones de la razón instrumental
hobbesiana. Creo que ese será el objetivo de un próximo artículo.
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