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El sentido del trabajo en el siglo XXI
Elena Sánchez Gómez
Recientemente se han multiplicado las publicaciones sobre el futuro del trabajo. Desde nuestra perspectiva la situación que nos ocupa no parece ajustarse ni a una visión pesimista, ni a una optimista, creemos que ni desaparecerá el trabajo por completo, ni todo seguirá igual, aunque con más tecnología. En realidad, estamos asistiendo a una transformación de gran calado. En este proceso de cambio, de desplazamiento, se da algo más que una variación instrumental, o que un avance tecnológico. Estamos convocados a replantearnos nuestra forma de vida, estamos inmersos en un cambio de época, germina un modo diferente de ser y estar en el mundo.
Nos preguntamos por la transformación del trabajo, por cómo empleamos el tiempo, nos preguntamos qué supone la revolución tecnológica en el ámbito laboral.
TRABAJO
Todas las sociedades humanas, de una manera u otra, han realizado actividades para poder sobrevivir. Los humanos hemos producido herramientas, distribuido funciones y constituido organizaciones sociales para sobrevivir y vivir.
El concepto de trabajo, el reparto y ejecución de las funciones productivas se ha ido transformando a lo largo de la historia del ser humano. La sociedad griega clásica daba un elevado valor al ocio y la contemplación, a la vez que despreciaba el trabajo manual.
La Edad Moderna con el giro antropocéntrico y la ética protestante contribuyó a comprender el trabajo como una parte central de la vida de las personas. La revolución industrial ayudó a comprender el trabajo como una actividad valiosa y fundamental del hombre.
En el siglo XIX Marx en su obra El capital define el trabajo como una actividad exclusiva del humano, que permite el desarrollo de la racionalidad humana y lo diferencia de los animales. El trabajo se presenta como una actividad vital del humano, en la cual se transforma la naturaleza en productos.
En el siglo XX el trabajo define al humano: somos lo que hacemos. El trabajo determina el estatus social. Incluso define nuestro carácter según expone Richard Sennet en su libro La corrosión del carácter (2000)
En el siglo XIX y XX se gesta el concepto de dignificación del trabajo, el empleo permite el desarrollo humano. El trabajo se convierte en un Derecho Humano. Cuando se trabaja, además de realizar una actividad que garantiza la supervivencia, mediante la percepción de un salario, se favorece la realización y el desarrollo personal, y el bienestar y equilibrio social. De esta manera quedan engarzados la dignidad humana y el trabajo. El trabajo dignifica a la persona.Nuestro trabajo nos vincula con los demás y con nosotros mismos, favoreciendo el desarrollo y realización personalidad humana. Por eso, cuando a un niño se le pregunta qué quiere ser de mayor contesta con una profesión.
SOCIEDAD SIGLO XXILa reflexión sobre el sentido del trabajo implica plantearse la historia de la relación del ser humano con el tiempo. Cada transformación social ha supuesto también una nueva forma de comprender cuánto de nuestra existencia se dedica a la producción y cuánto a otros menesteres. En la actualidad, la reducción de la jornada laboral se ha convertido en uno de los grandes debates de las sociedades contemporáneas, no solo como una cuestión económica o jurídica, sino como una reflexión sobre lo que somos y cómo gestionamos el tiempo.
La jornada laboral de ocho horas fue aprobada por primera vez a inicios del siglo XX. En la Constitución Española de 1978, en su artículo 40.2, se estableció el deber de los poderes públicos de garantizar el descanso necesario mediante la limitación de la jornada laboral, las vacaciones retribuidas y unas condiciones de trabajo que protegieran la seguridad y la salud de las personas trabajadoras.
Entre los argumentos que sustentan esta reducción de la jornada laboral destaca que favorece la salud física y mental de los trabajadores. Disponer de más tiempo para el descanso, la actividad física, la vida familiar repercute positivamente en la calidad de vida y contribuye a disminuir el absentismo laboral, las bajas médicas y los conflictos laborales.
Francia fue el primer país europeo en implantar una jornada laboral de treinta y cinco horas semanales a finales de la década de 1990. Entre 2015 y 2019, Islandia redujo el tiempo de trabajo a treinta y cinco horas semanales sin disminuir los salarios. Bélgica, por su parte, planteó la posibilidad de concentrar la jornada en cuatro días semanales sin reducir el número total de horas trabajadas. También en España existen iniciativas empresariales de esta tendencia.
El debate sobre la reducción de la jornada laboral trasciende el simple cómputo de horas. El uso generalizado de nuevas herramientas tecnológicas ha permitido que las tareas sean más sencillas y más rápidas por lo que tenemos más tiempo y podemos tener una jornada laboral más reducida. La verdadera cuestión no consiste únicamente en cuánto tiempo trabajamos, sino en qué hacemos con el tiempo que desocupamos, con el tiempo que ya no dedicamos a la jornada laboral.
La sociedad actual asume la reivindicación de la reducción de la jornada laboral. Cada sociedad tiene una estructura económica, laboral y productiva. El gran cambio en las últimas décadas ha sido la normalización e inclusión de la tecnología en nuestro día a día. Todos nosotros tenemos teléfonos, tabletas, u otros dispositivos que nos acompañan en nuestro quehacer diario. Hoy, nuestra sociedad produce principalmente datos. Nosotros cedemos datos a cada segundo, a través de los aparatos que llevamos.
¿Nos preguntamos si en nuestra época nuestra vida diaria no es una forma de producción? ¿No somos más rentables en la económica digital cuando no estamos trabajando, cuando estamos utilizando el teléfono, la tableta...?
En la actualidad, en la economía digital, los datos tienen más valor y poder que la moneda tradicional. El dinero facilita las transacciones y la compra de mercancías, pero los datos permiten no solo vender más, sino que pueden predecir comportamientos, detectar patrones, ajustar demandas …convirtiéndose en el recurso más valioso de la economía digital.
Desde luego, de la misma manera que las fábricas no eliminaron a los agricultores, ni a los ganaderos, la economía de datos no va a hacer desaparecer a los trabajos como los conocemos hoy, aunque se está produciendo una transformación. En la sociedad feudal se trabajaba en el campo, en siglo XIX en las fábricas, en el siglo XX en las oficinas, en el siglo XXI se trabaja en todas partes, en casa, en la calle, en los vehículos… es un trabajo ubicuo, sin materialidad, sin objetos ni mercancías, y sin horario.
De forma consciente o inconsciente una buena parte de las decisiones que tomamos cada día se sostienen en datos y generan datos. Desde consultar la ubicación, elegir la ruta más rápida, mirar la previsión meteorológica, buscar los resultados de una prueba médicas, planificar viajes, comprar entradas…
Hoy no solo sirve la información. La información se acumula, procesa, gestiona y analiza; la información analizada es el maná de nuestra época. Permite control social. Quien posee y analiza la información es capaz, tiene posibilidad de influir, incluso cambiar, la opinión pública. Por eso, los datos resultan tan valiosos, devalúan el valor del dinero.
Comprender esta transformación es fundamental para poder tener un debate sobre el trabajo en la sociedad de siglo XXI.
Se está produciendo una transformación del modo de producción, reclamamos la reducción de la jornada laboral porque somos más necesarios y rentables utilizando los dispositivos y en las redes sociales, generando información y datos.
En nuestros días no es necesario comprar para producir beneficios. Además de los beneficios financieros y mercantiles, se está expandiendo otro espacio, donde el sujeto cuando se comunica con otros, cuando consulta y utiliza sus dispositivos tecnológicos está generado beneficios. En el supuesto “tiempo libre”, fuera de la jornada laboral, durante todo el día, estamos generando datos y beneficios. Hoy los datos son la nueva moneda. Vivimos en una Datocracia. Actualmente, la gestión de datos se ha convertido en una herramienta de control, de poder y de riqueza.
En el siglo XXI cuando un sujeto está con su teléfono viendo videos en redes sociales o en plataformas está en un modo de producción que ya no se rige por las reglas del capitalismo clásico. Lo rentable no es la prestación o venta de un servicio, sino la información y los datos de los usuarios. Nos ofrecen servicios gratuitos desde el punto de vista del capitalismo económico, porque desde la perspectiva de la economía de datos somos trabajadores que producimos información sobre sus hábitos, preferencias, intereses… esta información se convierte en la materia prima de la nueva economía.
Los usuarios son la nueva clase trabajadora del siglo XXI, trabajadores digitales sin horario ni espacio fijo donde ejercer sus labores, trabajadores a todas horas, sin descanso, de la “sociedad del rendimiento” que menciona Byung-Chul Han.
El modelo de trabajo clásico se basa en un contrato de trabajo, en el que se regula la jornada y las funciones del trabajo, a cambio de un salario monetario. Este es el núcleo del asunto. ¿No es preciso preguntar si los cambios tecnológicos que han marcado en profundidad la segunda parte del siglo XX y la primera parte del siglo XXI, han supuesto una forma de trabajar diferente? ¿En el siglo XXI el concepto de trabajo adquiere un nuevo y peculiar sentido?
La forma en que vivimos a inicios del siglo XXI representa una determinada forma de entender el mundo y las relaciones humanas, en ningún caso es una necesidad ni una ley histórica. Es tan solo una de las muchas formas posibles de organización social y laboral.
Los humanos creamos artefactos y estos nos transforman a nosotros. Nos concierne el cambio de época, estamos inmersos en un modelo de producción capitalista, además de en un incipiente modelo de producción que ya no se rige por las leyes del capitalismo clásico.
Hasta el siglo XX los humanos no percibían un salario por su trabajo, no tenían una jornada laboral regulada. La jornada laboral y el salario son el modo de trabajar de un determinado sistema de producción. Hoy en día se produce en el tiempo de trabajo, aunque, en ocasiones, se producen mayores beneficios en el tiempo fuera la jornada laboral.
La sociedad de inicios del siglo XXI reivindica la reducción de la jornada laboral a la vez que los humanos dormimos con el teléfono móvil a nuestro lado. Nos despertamos y nos acostamos con nuestros artefactos. ¿De verdad no tienen repercusión económica?
Nuestra manera de trabajar con una jornada laboral regulada y un salario no es ni el primer, ni será el último, sistema laboral de la historia humana.
La mayoría de los humanos que vivieron en la Edad Media crecieron y murieron sin comprar ni vender ninguna mercancía. Hoy emerge una nueva fuente de ganancia y beneficios desvinculada de las mercancías, de la compra y venta, del mercado financiero. Lo rentable es la información y los datos que vamos generando con nuestros dispositivos. El trabajo se ha desplazado, se ha deslocalizado, se encuentra en el tiempo no asalariado, en el tiempo que dedicamos a nuestros dispositivos. Los usuarios son la nueva clase trabajadora del siglo XXI. Vivimos en la sociedad de los datos, el flujo de datos sustenta la gran maquinaria cuyos operarios trabajan incansablemente 24 horas al día y 365 días al año, sin vacaciones.
El capitalismo moderno habría sido imposible sin la clase proletaria, la economía digital sería imposible sin usuarios conectados a sus dispositivos.